miércoles, 22 de junio de 2022

54.- La Posada del Red Lion

54.-  LA  POSADA  DEL  RED  LION



 

 

Decaía el otoño de 1967, y era mi segundo viaje a Inglaterra. Había permanecido una semana en Luton, una pequeña ciudad situada a unos cincuenta kilómetros de Londres. Llevaba la misión de tomar datos suficientes para caracterizar un nuevo proceso de sinterización, en la compañía Production Tool Alloy, de esta ciudad. Tras mi retorno a Huesca debería implementarlo en nuestra empresa, que trabajaba con licencia de aquella compañía.

Terminada mi tarea en la fábrica y tras el breve y poco atractivo almuerzo en su cantina, tomé un tren –no mejor que cualquier otro de RENFE de aquella época- que me llevó hasta la emblemática estación Victoria de Londres. Al día siguiente debería viajar con B. A. desde Heathrow a Barcelona.

Me habían reservado habitación en el hotel King Edward, en la actual zona de Docklands, donde estuvo situado el antiguo gran puerto fluvial de Londres. Debo aclarar que aquel hotel no tenía nada de “Real”. Era uno de los muchos hoteles británicos de aquel tiempo: sencillo, aseado y cómodo, sin más pretensiones. No había una razón especial en la  elección, salvo que, justo al lado, había una oficina de British, que me permitiría tomar el bus al aeropuerto de manera cómoda y segura.

El hotel se hallaba algo apartado del centro de la ciudad, por lo que decidí ocupar el poco tiempo que disponía, en dar un corto paseo por sus alrededores y la avenida que discurre junto a la orilla del Támesis.

Aquella zona de Londres se hallaba en pleno cambio urbanístico. El barrio estaba experimentando una enorme transformación, con la construcción de modernos edificios de todo tipo y ocupación, además de zonas ajardinadas, junto al río, que le conferían prestancia, agrado y deseos de pasear por ellos.  

Junto a esas modernas construcciones, convivían restos de lo que fue el antiguo puerto, seguramente conservadas a propósito, como recuerdo de una época gloriosa del Imperio y, con mayor seguridad, para atraer turistas a la zona. Además de chiringuitos, tabernas y mesones de corte portuario y marinero, se podían contemplar varios pequeños barcos arbolados, anclados en una antigua dársena: Un hermoso galeón de tres palos, una goleta y un clípper de dos. Varios esquifes y barcas de remo, en servicio, se dedicaban a pasear turistas por el Támesis.

Desde un primer momento, llamó mi atención un pequeño edificio de corte muy antiguo, siglo XVIII como máximo, con estructura de madera bien a la vista, al estilo de las casas palomeras, pintada de llamativo rojo y blanco, y decorada con leones rampantes y signos cabalísticos. Un flamante rótulo anunciaba: Red Lion Inn. –Posada del León Rojo-.

De inmediato pensé en entrar. Era un lugar atractivo  y sugerente.  Además, rondaban ya las ocho de la tarde. Buena hora para cenar en Inglaterra.

Tan pronto traspasé la puerta de entrada, comprobé lo acertado de mi elección. A la mermada luz de varios gruesos velones y algunos candelabros, distribuidos estratégicamente en la sala y sobre las mesas de los comensales, se mostraba la diestra e interesante labor de una pintoresca decoración: mucha madera antigua, muchos símbolos, banderas y utensilios marineros, con profusión de cuadros, grabados y dibujos de escenas de barcos de vela, navegando a todo trapo o en duras y enconadas batallas navales.

El conjunto de la sala hacía recordar la cubierta inferior del castillo de popa de un gran navío de guerra con cuatro o más palos, donde se supone que se encuentra el despacho y alojamiento del capitán, tal como se representa en tantas películas rodadas de piratas, corsarios y filibusteros. Tres grandes vitrales, situados al fondo de la sala, reforzaban la ilusión de ese recuerdo.

Para completar el pintoresco escenario, mesoneros y servidoras lucían vestimentas y atavíos propios de los aventureros tiempos en los que galeones, goletas y demás barcos de vela, surcaban los océanos, desafiando tormentas, huracanes y el acoso de corsarios, piratas y otros barcos de bandera enemiga.

Debo confesar aquí, que el idioma inglés siempre ha sido mi talón de Aquiles. Era el idioma oficial de mi compañía y a mí se me daba mal.

A trancas y barrancas, conseguí adquirir los conocimientos imprescindibles para mantener el tipo, aunque siempre sufriendo, en mítines, presentaciones y discusiones de trabajo, con mis jefes y colegas.

Pero en la época de esta historia, mi inglés era menos que primario y mis entendederas casi nulas.

Con ese escaso bagaje lingüístico, me instalé en una rústica mesa y traté de elegir algún plato que resultara conveniente, de entre la laberíntica carta que me ofreció una rolliza y sonriente mesonera. Era como intentar adivinar un enrevesado acertijo, pero acerté a descubrir tres palabras: soup, rabbit y ice. Me valían para componer un menú….y no estuvo mal la elección.

Mientras llegaba el condumio, me entretuve en descifrar una curiosa nota, en forma de pergamino y escrita en caligrafía antigua, que acompañaba a la carta, Decía así más o menos:

“En el año 1780, reinando nuestro amado Rey George III, murió en esta casa el famoso Corsario Rojo, terror del Océano. Fugado, tras ser condenado a muerte, se refugió en el Red Lion Inn, mientras hallaba el modo de huir hacia América, oculto en alguno de los barcos anclados en el puerto. Alguien del barrio le denunció y la Guardia Real asaltó la posada. El corsario defendió con bravura su vida, pero sucumbió ante el gran número de enemigos que le atacaron. Cuentan que, herido de muerte, maldijo al denunciante y juró que volvería del otro mundo para vengarse. Desde entonces, cada diez años, alguien del barrio muere de forma violenta y en tan extrañas circunstancias, que nunca se han podido determinar las verdaderas causas de estas misteriosas muertes”.

Por supuesto, no conseguí traducir la historia de manera tan detallada como la describo, pero sí logré hacerme una idea bastante aproximada de ella, a través de algunas palabras sueltas conocidas y ayudándome con un pequeño diccionario de bolsillo, en otras.

Cené bien y a gusto, algo infrecuente en Inglaterra y en aquella lejana época. Una vez consumido mi habitual te con leche final, me atreví a preguntar al mesonero por la fecha en la que se esperaba un nuevo cumplimiento de la tétrica maldición del Corsario Rojo.

-To day –contestó muy serio.

Sonreí. Vaya, qué casualidad, pensé. Seguro que este pájaro suelta  la misma respuesta, cada día, a la pregunta del cándido turista de turno.

Pagué y salí al exterior con el propósito de volver al hotel paseando. Fuera reinaba la oscuridad y un húmedo relente proveniente del Támesis. Miré a un lado y a otro de la solitaria calle y no pude evitar sufrir un fuerte sobresalto. Desde una esquina del mesón, surgía la alargada sombra de alguien oculto tras ella, proyectada por la escasa luz de un viejo farol.

Apreté el paso en dirección al hotel, situado a unos 500 metros más allá. Tras unos pocos pasos, la curiosidad me hizo mirar hacia atrás.

 ¡Cielos! La sombra se había materializado en la oscura figura de un ser viviente en forma de hombre, del que apenas se podían distinguir sus extraños atavíos, consistentes en una larga casaca, amplio chambergo emplumado y gruesas botas de caña vuelta. Una serie de brillos metálicos surgían de entre las oscuras sombras de sus ropas, sugiriendo la posesión de algún tipo de arma blanca.

No soy medroso por naturaleza. De hecho, en las dos o tres ocasiones en las que me he visto envuelto en un peligro real de muerte, me han salvado mis buenos reflejos y una extraña calma que me permitió tomar la decisión acertada para lograr sortearlo.

Pero en esta ocasión, no perdí el tiempo en evaluar la situación y salí corriendo a todo lo que daban mis piernas en dirección al hotel. Podía tratarse de un verdadero fantasma, una broma turística, un loco o un asesino en serie. Daba igual, no tenía ningún deseo en averiguarlo. No dejé de correr, sin mirar atrás, hasta llegar a él. Irrumpí en el hall como empujado por un vendaval, sofocado y sudoroso, y me dirigí al salón contiguo, a fin de tomar aliento, calmar el sofoco de la carrera y refrescarme con cualquier bebida.

En el lounge, una espaciosa sala con acusado sabor inglés en su decoración y mueblaje, solo había un huésped. Leía un periódico, arrellenado en un amplio sillón, ante una mediada copa de escocés con hielo y una pipa apagada en la boca. Su plácida lectura fue interrumpida por mi abrupta irrupción en la sala.

Algo me preguntó, sorprendido, que yo no alcancé a entender.

-Lo siento –dije, azorado, en español-, pero no hablo bien el inglés.

-¡Ah, es Vd. español! Me alegra poder conversar en su idioma, si Vd. me lo permite y no tiene inconveniente alguno.

¡Cómo iba a tenerlo, si mi bagaje del idioma inglés no pasaba de unas pocas frases, construidas de muy mala manera y pronunciadas con un horrible acento! Se lo agradecí y pudimos así disfrutar, al menos por mi parte, de una larga y amena conversación.

De nombre James, estaba jubilado. Antes, durante más de veinte años, había sido Cónsul del Reino Unido en Bilbao y recordaba con agrado y nostalgia los tiempos vividos allí. Se expresaba en un español fluido, con elegantes maneras y un ligero acento extranjero, que le proporcionaba un tono singular y, en cierto modo, aristocrático.

Supe que vivía en el campo, en un cottage cercano a Londres, pero era cliente habitual del hotel en sus frecuentes estancias en la ciudad.

Apenas concluidas nuestras someras y respectivas presentaciones, me preguntó la causa del sofoco con que llegué al hotel, con mucho tacto, desde luego. Dudé en darle un relato sincero de lo ocurrido. En aquel momento ya me sentía embargado por una sonrojante sensación de ridículo, ante mi vergonzante actitud en aquel extraño suceso.

-Bueno, no le han mentido en nada –dijo, tras escuchar mi relato-. La historia se mezcla con la leyenda, pero ambas son las que han llegado como ciertas hasta nuestros días. En cuanto a la fantasmal aparición, no sabría que decirle, pero no sería extraño que fuese una comedia preparada por el mesonero, de cara a la captura de turistas, tipo de clientes que no abundan por esta parte de Londres. La leyenda del Corsario Rojo es muy conocida a ambos lados del Atlántico y sirvió de base argumental para la célebre novela de James Fenimore Cooper.

A continuación, tuvo la gentileza de ampliar la información adquirida en la posada del León Rojo.

Parece ser que Mikael Greenhall, el futuro Corsario Rojo, era un jovenzuelo galés, de encrespada cabellera rojiza,  que embarcó de grumete en un barco mercante, con destino a las colonias americanas, hacia el año 1732. Huía del hambre, las fatigas de los duros trabajos impropios de su corta edad y los frecuentes golpes de su amo.

Durante los siguientes 15 años, navegó en incontables ocasiones de norte a sur y de un lado a otro del Atlántico. Realizó toda clase de trabajos y ostentó los más variados cargos, en todo tipo de navíos, desde honrados mercantes a barcos negreros y piratas.

Fue de este modo, como ganó una gran experiencia bélica y marinera, además del suficiente prestigio, poder y carácter necesarios para ganar su propio barco y obtener la patente de corso de el Rey Jorge II, que confirmaría su sucesor Jorge III, más tarde. Había nacido el sanguinario Corsario Rojo, terror de los mercantes españoles en los mares de México, Florida, Panamá y Venezuela.

Se hallaba fondeado en Newport, Rhode Island, cuando estalló la rebelión de los colonos americanos que conduciría a la independencia y fundación de los Estados Unidos de América. El corsario supo ver que los días del dominio inglés sobre esa gran colonia estaban contados y  puso su barco al servicio de los rebeldes. Su condición de galés, y el mal recuerdo de la desdichada infancia en Inglaterra, fueron determinantes en su decisión. Por otro lado, ganaba otro cliente más a esquilmar, sumándolo a los españoles y franceses habituales, además de muchos puertos seguros donde avituallarse.

Pero la Marina Real Inglesa no podía perdonar tamaña traición y, tras sufrir varias capturas de sus navíos de transporte, solicitó, ante el Rey Jorge III, la Real Orden de búsqueda y captura del corsario.

El Almirantazgo destinó tres veloces y bien artillados navíos, con el objetivo de perseguir y apresar el barco del Corsario Rojo. No era una misión sencilla. El corsario conocía aquellos mares como la palma de su mano. Además, jugaba a su favor la gran destreza adquirida en el arte de navegación y, sobre todo, contaba con una red de informadores que le trasmitían, en todo momento, la posición de los barcos de la Armada Británica.

Tres largos años de persecuciones fallidas, e intensas búsquedas a lo largo de la costa americana, fueron necesarios para que los tres barcos Reales lograran acorralar al corsario, en una escondida ensenada de una diminuta y remota isla sin nombre, del archipiélago de las Islas Vírgenes.

El corsario trató de escapar a cañonazo limpio, pero la enorme potencia de fuego de los atacantes lo impidió. Su barco fue hundido y los supervivientes apresados, entre ellos el temible Corsario Rojo.

Cargado de cadenas lo trasladaron a Londres, donde fue juzgado y condenado a muerte.

-Aquí debió acabar la historia del Corsario Rojo –comentó míster James-, pero nada más lejos de la realidad. Su historia, mezcla de realidad, misterio y leyenda, se ha prolongado hasta nuestros días.

Fascinado por su relato y deseoso de conocer el final de tan intrigante historia, animé a mi contertulio a proseguir con su amena narración.

-Gracias a la ayuda de un carcelero bien pagado, logró huir vestido con prendas de mujer. Se refugió en la posada del Red Lion, a la espera de embarcar en algún mercante con destino a América. Allí sería bien recibido y podría reanudar su delictivo trabajo. Pero alguien le delató. La Guardia Real rodeó la posada y dieron muerte al prófugo. Por lo demás, Vd. ya ha tenido ocasión de conocer la leyenda de la maldición y las misteriosas muertes producidas en cada décimo aniversario.

-Así pues ¿este es el final definitivo de la historia? –pregunté, un tanto desilusionado.

-Eso parecía, pero no. De manera inesperada, el Corsario Rojo ha ganado actualidad en nuestros días. Resultó que, al poco tiempo de la muerte del corsario, el Rey Jorge III enfermó. Poco a poco fue languideciendo sin que los médicos de la corte pudieran hacer nada por evitarlo. Murió, diagnosticado de porfiria, a los pocos meses. Nadie puso en cuestión la causa de su muerte, ya que esta enfermedad había atacado, con anterioridad, a varios monarcas ingleses.

-¿Insinúa que el diagnóstico no era correcto y que fue la maldición del Corsario Rojo la que acabó con la vida del Rey Jorge? –pregunté, intrigado.

-No, no, verá. Recientemente, investigadores de Oxford han verificado que en el cabello del Rey había restos de cianuro. Determinaron que la muerte del soberano se debía a un envenenamiento por ese producto. Nuevos análisis dieron a conocer el método empleado en la ejecución del crimen: el regicida suministró al monarca pequeñas, constantes y reiteradas dosis de veneno, a lo largo de varios meses. De este modo, nadie, ni los médicos que le atendieron, llegaron a sospechar que el Rey estaba siendo envenenado.

-¡Sorprendente! –exclamé- ¿Y se sabe quién lo hizo?

-Los expertos, tanto de Oxford como los forenses y detectives de Scotland Yard, formularon varias hipótesis. Se trataba de encontrar a la persona que pudiera interesar la muerte del Rey Jorge, bien por interés material, o por enemistad, despecho o venganza,

-Imagino la dificultad de la investigación, después de  transcurrido tanto tiempo.

-Claro, pero no fue tan dificultoso como pudiera parecer. La principal vía de investigación consistía en encontrar a la persona que contara con la oportunidad de poder realizar la acción material del crimen, desde los proveedores de alimentos, cocineros, criados y servidores. De entre un exhaustivo listado del personal afectado, saltó un nombre, que pronto alguien reveló como sospechoso: Ruth Greenhall.

-¡Eh, ese nombre me suena! -exclamé.

-Exacto. Esa mujer, ayudante de cocina, resultó ser hermana del Corsario Rojo. Sin duda, era la culpable. Contaba con la oportunidad, los medios –el cianuro se empleaba, como habitual matarratas, en la lucha contra estos roedores, que infestaban cocinas y despensas de aquel tiempo-, y un evidente móvil: la venganza por la muerte de su hermano.

-Parece evidente. Y extraño que no la relacionaran con su hermano entonces. Pero óigame, ¿No le parece posible que esta mujer, que fue capaz de llevar su venganza hasta matar al Rey, ocasionara las iniciales  muertes que dieron lugar a la fantasmal leyenda del Corsario Rojo?

-Ah, mi querido amigo –contestó míster James, esbozando una sonrisa muy británica-, eso solo ella lo sabe. ¡Y no podemos preguntárselo!

Poco después nos despedimos, no sin antes agradecer, con vehemente y sincera efusión, la gentil y amena información que había tenido a bien concederme.

Aquella noche dormí poco. No podía alejar de mi mente los detalles de aquella insólita historia. Y aunque la cama, mullida y confortable, invitaba a un apacible sueño, me costó ni sé las vueltas alcanzarlo.

Pero al día siguiente, ya en el avión de regreso a casa, una vez cumplidos los engorrosos y azarantes trámites de embarque –para un inexperto como yo en aquel tiempo-, me sentí feliz, al haber conocido aquella interesante historia, de forma tan grata, y a través del relato de un auténtico gentleman inglés. 

Dedicado a mis nietos Leyre y Andrés.   

sábado, 21 de mayo de 2022

53.- La Historia siempre acaba repitiéndose. Parte I

53.- La Historia siempre acaba repitiéndose.

Parte I


 

Mis lectores saben de sobra, porque me he referido a ello en varias entradas de este mismo blog, que durante más de treinta años fui Director Técnico de la filial española de una multinacional alemana muy conocida.

Hoy he recordado las frecuentes conversaciones que tuve la oportunidad y fortuna de mantener con uno de mis Directores Generales, sobre varios aspectos de la vida e idiosincrasia de los alemanes, en especial, durante el azaroso mandato de Hitler, la Guerra Mundial y la postguerra.

Konrad R. K., así se llamaba, era un alemán simpático, amable, capaz y muy pragmático. Estaba perdidamente enamorado de España, hasta tal punto que, cierto día, me confesó ese íntimo e irrealizable sueño o deseo que muchos llevamos dentro, a pesar de estar convencidos de que nunca se hará realidad. Su mayor ilusión era que le tocara la lotería para comprar un cortijo en el sur, con una ganadería de reses bravas. Dejaría, de buen grado, su profesión de ingeniero, y se dedicaría de lleno a los trabajos de campo en el cuidado y cría de los bravos animales.

Antes de incorporarse a nuestra Compañía, había trabajado para otra, también alemana y multinacional, en Madrid. Añoraba los años en los que vivió en la capital de España. Allí se casó con una madrileña y allí también nacieron sus hijas que, por entonces, eran ya dos niñas creciditas. Y sobre todo, echaba en falta las gratas y sugestivas tertulias diarias celebradas en la rebotica de un farmacéutico amigo.

Llegamos a ser buenos amigos, tanto durante su mandato, como después de él, cuando abandonó España para hacerse cargo de la filial de Reino Unido.

Solíamos tener largas conversaciones sobre los más variados temas, tanto terrenales como divinos. Aunque yo, en cuanto podía, trataba de tirarle de la lengua sobre la siniestra figura del Führer y de su régimen.   Siempre me ha parecido enigmático que un hombre, que al parecer no era ninguna lumbrera, hubiera podido encadenar la voluntad de la inmensa mayoría de los alemanes a la suya propia y conducirles a perpetrar, de buen grado, la gran locura que sobrevino con su mandato.

-Es muy sencillo de entender, Guillermo -explicaba con tono pausado y afable-. Él decía en voz muy alta lo que todos los alemanes tenían en la mente y deseaban escuchar: la expiración de las humillaciones y las costosas reparaciones de guerra exigidas por las potencias ganadoras de la Iª Gran Guerra, el fin de la penuria económica provocada por ellas y la terrible crisis del 29, el desencanto de la gente en los partidos tradicionales, incapaces de dar soluciones a sus problemas, así como la ferviente esperanza de ver a su país tan grande como lo había sido en el pasado.

-Lo entiendo, pero me sigue admirando que lograra promover tanto entusiasmo a su persona y sus acciones entre la gran mayoría de la población alemana.

-Sí, sorprende, pero solo a quienes no conocieron la dura posguerra de la Iª Guerra Mundial. Y sobre todo, los años de la temible crisis económica del 29.

-Mira –continuó-, no te puedes ni imaginar la dureza de aquellos años. Mi padre era ingeniero y dirigía una azucarera en Baja Sajonia. Vivíamos relativamente bien, pero pronto empezaron a escasear los alimentos de primera necesidad. El dinero, poco a poco al principio y de manera galopante después, fue perdiendo su valor de manera escandalosa. El día de cobro, la gente salía corriendo hacia las tiendas, porque los precios subían por minutos. Con decirte, que mi abuela guardaba un gran baúl lleno de miles de millones de marcos en billetes, con la esperanza y convencimiento de que llegaría un tiempo en el que recobrarían el valor perdido.

-Sí, sí, me estoy haciendo una idea –reconocí.

-Claro, mi padre cobraba un buen sueldo, pero pronto se igualo a los de los demás, es decir, a nada. Mi familia fue intercambiando joyas y objetos de valor por bonos de pan y leche y así fuimos tirando. Tanto la panadería como la vaquería eran propiedad de judíos, por lo que ellos eran cada vez más ricos y nosotros cada vez más pobres.

-Ya empiezo a comprender el rencor que levantaron allí los judíos.

-Así fue. Por suerte, la azucarera tenía unos terrenos sin ocupar y mi padre ordenó plantar verdura y montar un gallinero junto a una pequeña granja, con guardia las 24 horas del día. Gracias a esto, nosotros y los empleados fijos teníamos algún extra de alimento. La inmensa mayoría de la población de nuestra región solo disponía de patatas y remolacha cocidas. Patatas para desayunar, patatas para comer y patatas para cenar. Además, el paro alcanzó cifras escandalosas ¿Te vas haciendo una idea de la situación?

-Claro, era una situación insostenible, capaz de generar una explosión social de proporciones inimaginables.

-Eso es. Era una inmensa olla a presión a punto de reventar. Y, de pronto, apareció un sujeto que clamaba ideas y conceptos que la mayoría deseaba escuchar. Pero además, con su llegada al poder, las cosas comenzaron a cambiar de manera casi mágica. De repente, el paro se esfumó. Los artículos de primera necesidad aparecieron en abundancia. La industria dio un salto cuantitativo y cualitativo espectacular. Los trabajadores obtuvieron ventajas y beneficios impensables para aquellas épocas. Había estudios y vacaciones pagadas, representaciones artísticas y culturales gratuitas y promoción y apoyo de toda clase de actividades deportivas. Era el comienzo de una época floreciente de esplendor nacional con la que todo alemán había soñado y deseado.

-Todo esto –continuó Konrad, tras una breve pausa-, bien arropado por una masiva y eficaz campaña propagandista, junto a un total e intenso adoctrinamiento de niños y jóvenes en escuelas y colegios, dio lugar a un seguimiento mayoritario de los alemanes a su Führer, aún por aquellos que no tenían muy claro que era aquello del “Nacional Socialismo” Te aseguro que logró provocar un auténtico fervor en torno a su figura en muchos de sus seguidores.

-¿Hasta el punto de seguirle en todas aquellas barbaridades que cometió?

-Mira, hasta que terminó la guerra no tuvimos constancia de la enorme dimensión de la tragedia que provocó. Había rumores del mal trato que recibían judíos y otros grupos étnicos y políticos, pero lo achacábamos a propaganda enemiga. Hoy día, todavía hay alemanes que creen que el llamado “exterminio” es un invento de los judíos y una exageración. Dicen que no es posible matar a tanta gente en el corto espacio de tiempo en el que se dice que se produjo.

-¿Y tú, como lo ves? ¿Crees que exageran en el número de muertos?

-No, no. Hombre, no puedo discutir la cantidad de millones de gentes que fueron asesinadas, no solo judíos, pero que fueron muchísimos, eso es seguro. Hay que tener en cuenta que en el 1942, la población ya sufría de falta de alimentos, así que piensa en las carencias de  los prisioneros.

Y muchas más para los judíos, que eran odiados. El que no acabara en la cámara de gas moriría de hambre… o ambas cosas, primero esto y después lo otro.

-¡Qué horror! ¡Y vosotros tan frescos!

 -Lo ignorábamos o queríamos ignorarlo. La intensa propaganda y el adoctrinamiento de los niños y jóvenes era tal que estábamos  incapacitados para aceptar nada negativo de nuestro gobierno. Voy a hacerte una confesión: Yo, como todos los chicos decentes de mi pueblo, pertenecíamos a las “juventudes hitlerianas” y te aseguro, que si yo hubiera conocido alguna actividad o reacción de mis padres en contra del régimen, no hubiera dudado lo más mínimo en denunciarles. Hasta este punto llegó la cosa. Esa era la realidad de la situación de entonces.

-Me dejas de piedra. Jamás lo hubiera supuesto en ti. ¿Cuándo llegaste a abrir los ojos y darte cuenta de la dimensión de la tragedia en la que estabais metidos?

-Muy poco a poco. En realidad, solo cuando ya finalizaba la guerra, y durante la dura posguerra, fue cuando supe lo ciego que había estado. Yo y casi todos los alemanes.

-¡Es increíble! –no pude evitar pronunciar este exclamación.

-Sí, sí. Mira, hacia el 39, llegó a nuestro pueblo un convoy de camiones con un grupo bien armado de guardias. Reunieron a todos los judíos en la plaza, frente a la iglesia, los montaron en los camiones y se los llevaron. Nadie movió un dedo por ellos y muy pocos se apenaron.

-¡Qué barbaros! –volví a exclamar.

-Hombre, nadie pensó que los llevaban al matadero. Ellos tampoco, supongo. En caso contrario se habrían resistido o intentado fugarse. El caso es que, como te digo, aquel episodio fue acogido en el pueblo, no me atrevería a decir con regocijo, pero si con total indiferencia. Había mucho resquemor y animadversión contra ellos, porque mientras la gente del pueblo las había pasado moradas, ellos vivieron bien y seguían viviendo mejor. Además hubo también una buena dosis de envidia, claro.

-¿Hubo alguno que regresó después de la guerra?

-Nadie apareció por allí. Tampoco hubo ninguna reclamación sobre las propiedades que tuvieron que abandonar. Si alguno se salvó, prefirió comenzar una nueva vida en otro país. Quizás Israel.

-Y… ¿Cómo fue vuestra vida durante la contienda? –seguía yo tirándole de la lengua.

-Al comienzo bien. Inglaterra y Francia nos habían declarado la guerra, pero no había inquietud. Estábamos seguros de vencerles.

Konrad continuó relatando las diversas sensaciones percibidas por la gente corriente en el transcurso de la guerra. Desde el comienzo, nada había que reprocharse. El ejército no podía hacer otra cosa que repeler la agresión aliada. La invasión de Polonia, al contrario del pretexto esgrimido por ellos para declarar la guerra, estaba más que justificada. Alemania pedía algo muy justo: la concesión por parte de los polacos de un pasillo que comunicara Alemania con la región hermana de Danzig.

En ningún momento, según el gobierno alemán, los mandatarios polacos se prestaron a acceder a una negociación que pudiera resolver el conflicto de manera pacífica, a pesar de lo mucho que lo intentó. En cambio, se dedicaron a acosar a la población de Danzig y a hacer la vida imposible a los ciudadanos alemanes y germano parlantes de Polonia.

En definitiva, se había actuado en defensa de nuestros compatriotas residentes en Polonia. La reacción de los aliados respondía solo al deseo de evitar que Alemania volviera a ser la gran nación que había sido. Temían que pudiera llegar a disputarles las colonias africanas y asiáticas, de las que obtenían enormes beneficios en materias primas y otros recursos naturales. Era evidente. Rusia también había invadido Polonia y, sin embargo, no hubo ninguna reacción contra ella. ¿Por qué?

-A cada hora y día, la prensa y radio alemanas nos ofrecían las gloriosas victorias de nuestro ejército sobre ingleses y franceses. Era lo esperado. Toda Europa aprendería a respetarnos. Era la confirmación de que Alemania había vuelto a ser la más importante potencia europea.

-¿Nunca dudasteis en alcanzar la victoria total? –quise tentarle así.

-Al principio no. En un año, se produjo la derrota de las tropas expedicionarias aliadas en Dunkerque, la invasión, sin apenas esfuerzo militar, de Dinamarca, Noruega, Bélgica, Holanda y Francia, que hubo de capitular en junio de 1940. Inglaterra, que había quedado arrinconada en su isla y sufría el bombardeo diario de nuestra aviación, pronto pediría la celebración de conversaciones para finalizar la guerra.

-¿Ni siquiera cuando Hitler ordenó la invasión de Rusia? –insistí.

-Menos aun. No se podía comparar la eficacia y potencia de nuestro ejército con el de Rusia, compuesto por tropas mal entrenadas y peor dotadas. Solo había que ver que, en unos pocos meses del 41, nuestras tropas estaban a las puertas de Moscú.

-¿Tampoco cuándo entró Estados Unidos en la contienda?

-Mira, eso nos sorprendió. No entendimos por qué nos declararon la guerra después de que los japoneses les atacaran en Pearl Harbor ¿Qué teníamos que ver nosotros con eso? De todas formas no le dimos demasiada importancia. América estaba muy lejos y sus transportes de tropas y material se hallaban a merced de nuestros submarinos.

-Y bien que os equivocasteis, porque la ayuda americana resultó decisiva para la derrota de Hitler, tanto en el frente del este como en el del oeste de Europa –aseguré.

-Tienes razón. Pronto habríamos de aterrizar en la triste y dura realidad y nuestros aires y deseos de grandeza se volatilizaron. A principios del 43, nuestro imbatible ejército se rindió en Stalingrado y allí comenzó nuestra decadencia y calvario. Los dos años que siguieron, hasta la firma de la rendición, fueron de creciente sufrimiento y angustia. Los artículos alimenticios y de primera necesidad comenzaron a escasear hasta agotarse. Los bombardeos de la aviación fueron aumentando. Nuestra región y, en concreto, nuestro pueblo no tenía importancia estratégica, pero los aviones aliados descargaban las bombas sobrantes al regresar de las misiones contra las ciudades y objetivos importantes. Y desde el aire las instalaciones de la azucarera debían parecer un objetivo apetecible, así que al final solo quedaron cascotes de ella, Te aseguro que te puedo contar todo esto de puro de milagro.

-Lo pasasteis mal ¿eh?

-Mal es muy poco.  Por suerte, a nuestro pueblo llegaron los ingleses que, aunque no se privaron de alguna violación y de algún robo, no se podía comparar con las tropelías de otros, sobre todo por parte de los rusos. Imposible justificar la enorme brutalidad y ensañamiento que protagonizaron sus tropas, pero se comprende. Habían muerto demasiados millones de rusos, tanto civiles como soldados y tampoco el trato que recibieron de nuestras tropas fue demasiado ejemplar. Llegaban con una inmensa sed de venganza y la aplicaron siempre que pudieron.

-¿Y la posguerra?

-¡Uf! Fue dura, aunque relativamente corta. Los primeros meses fueron terribles, no solo por la absoluta escasez de todo, sino por la angustiosa incertidumbre de qué iba a ser de nosotros o qué iban a hacer con nosotros los vencedores. Recuerdo aquellos días como si fuera ayer. El bombardeo, que acabó con la fábrica de azúcar, se llevó de paso nuestra vivienda que estaba anexa. Perdimos todo, salvo unas pocas prendas de vestir. Pronto llego el  invierno y apenas teníamos con qué cubrirnos. A mí me tocó una vieja levita de mi abuelo que me sobraba por todos los lados. Yo entonces era larguirucho y delgado como un palillo. Imagina mi aspecto: Era una cabeza flotando sobre una fantasmal túnica que me llegaba casi a los pies, ocultaba mis manos y en ella tenían cabida, al menos, cuatro como yo. Y no quiero hablarte del hambre tan atroz que tuvimos que sufrir. Me acostumbré a comer de todo, hasta las cosas más inverosímiles. Hoy día puedo decir que no le tengo manía a ningún alimento y puedo comer hasta piedras hervidas si es necesario. 

-Pero, hasta donde yo sé, los aliados se portaron bien –afirmé.

-Sí, sí. De inmediato, los ingleses organizaron una administración mandada por militares y llegaron toda clase de ayudas. Pronto, también, dio comienzo un ambicioso plan de reconstrucción, el Plan Marshall.

-¿Y hubo represión? Porque tú eras de las Juventudes Hitlerianas…

-Sí, claro. Era natural. Se buscaron culpables hasta debajo de las piedras y hubo de todo. Alguna venganza y algún inocente que pagó los platos rotos. A mí no me hicieron nada. La mayoría de los chavales pertenecíamos a esa organización, que era casi obligatoria, ¡Qué nos iban a hacer! En cambio, a un tío mío un tribunal militar le condenó a seis años de trabajos forzado por ser sargento de las SS.

-¿Le probaron algún delito?

-¡Qué va! ¡Pero si mi tío era un hombre buenísimo, incapaz de matar una mosca! Le condenaron porque, siendo sargento, prejuzgaron que habría mandado cometer alguna fechoría. Pero mi tío había ascendido por méritos de combate y porque ya no quedaban mandos en su unidad. El caso es que fue enviado a una mina de carbón en Francia. Lo liberaron a los cuatro años, pero llegó hecho una lástima. El hombre no estaba acostumbrado a trabajos tan duros y logró sobrevivir de puro milagro.

-Las guerras son duras para todos, pero sobre todo para los perdedores.

-Así es. Por suerte, entre los vencedores de las potencias occidentales, había estadistas de muy alto nivel político que habían hecho un acertado diagnóstico de la principal causa del origen de aquella enorme catástrofe mundial. No estaban dispuestos a repetir los errores que cometieron los países vencedores de la I Gran Guerra, tras la capitulación de Alemania. En vez de fijar unas indemnizaciones enormes, que nos mantuvo en la ruina más negra durante años, promovieron un ambicioso plan de reconstrucción que, en pocos años, propició que las cotas de bienestar que se habían obtenido con Hitler fueran superadas con creces. Se probaba, de esta manera, que el camino de la paz y de la colaboración producía mejores resultados que el de la guerra y la confrontación.

-¿Y no quedaron rescoldos de rencor hacia los vencedores e, incluso pienso yo, gentes nostálgicas de los antiguos modos militaristas, que todavía rumiaran un desquite por la humillación y demás secuelas que conlleva la derrota?

-Mira, hay gente para todo, pero el batacazo fue tan grande, que la inmensa mayoría de la gente solo deseaba olvidar cuanto antes aquel horror y trabajar con ahínco para mejorar su posición personal y la de Alemania entera. La frase más repetida por los alemanes, durante la posguerra fue: “Nie wieder”  -Nunca más-.

De vez en cuando, Konrad  recordaba alguna anécdota o situación jocosa y también trágica. Aunque él, poseedor de un fino sentido del humor y de un gracejo impropio de un ciudadano alemán, trataba de suavizar, a fin de quitarle hierro, o para evitar mi desazón o molestia.           

No es algo casual que estos recuerdos hayan llegado a mi mente, tras más de 30 años de producirse. Hoy, se han dado una serie de hechos en Europa muy semejantes a los descritos en aquellas inefables conversaciones con mi jefe y amigo Konrad, sobre los prolegómenos del conflicto que ensangrentó a Europa, entre los años 1939 y 1945.

¿Será posible que esta triste historia vuelva a repetirse?

 

52.- La Historia siempre acaba repitiéndose. Parte II



52.- La Historia siempre acaba repitiéndose.

Parte II


 


El 24 de febrero del año 2022, las tropas rusas invadieron Ucrania, nación independiente, por orden de Vladimir Putin, siniestro personaje que ostenta el poder absoluto en la Federación Rusa, sin que la ONU, organismo garante de la inviolabilidad de las naciones, haya movido un dedo para evitarlo.

Excusa: Proteger a los ciudadanos rusos y ruso parlantes, residentes en Ucrania, instalados allí durante el período de pertenencia a la Unión Soviética, de los desmanes que las autoridades fascistas de Ucrania están cometiendo con ellos, en varias zonas del país.

Propósito real: Evitar que Ucrania caiga en la zona de influencia de la  Unión Europea y, en su caso, la OTAN. Para ello, Putin ha diseñado un plan de ofensiva militar, consistente en eliminar al legítimo gobierno ucraniano, que mira hacia Occidente y sustituirlo por otro de carácter afín a la Federación, además de tomar el control directo de la zona del Donbás y todo el estratégico sur de Ucrania, bañado por el Mar Negro y el mar de Azov. Esta acción permitiría unir el importante enclave de Crimea, donde se encuentra su gran puerto militar de Sebastopol, con Rusia por vía terrestre. Putin ordenó la anexión de la península de Crimea en 2014, sin que tampoco ningún organismo internacional opusiera traba alguna de carácter práctico, salvo el no reconocimiento a dicha anexión. Por supuesto, a Putin esto le da igual. 

Trasfondo: Más allá de las razones de fondo de este desatinado conflicto, se hallan latentes otros difusos y enmascarados motivos, no declarados, pero que resultan, en definitiva, ser las causas más ciertas del origen de esta incalificable agresión.

En efecto. Este conflicto no se puede entender sin considerar dos factores fundamentales: la personalidad del líder ruso Putin y el desencanto producido en una gran parte de la población rusa, tras el gran batacazo de la descomposición y derrumbe de la antigua todopoderosa Unión Soviética.

La enigmática personalidad de Vladimir Putin viene condicionada por los 16 años que sirvió en el siniestro KGB, Comité para la Seguridad del Estado, organismo que podría definirse como una CIA y un FBI juntos.

Nacido en 1952, entró en el KGB con 23 años. Allí aprendió las técnicas de represión, desinformación, creación de conflictos en el exterior, operaciones especiales, espionaje y contraespionaje, en las que este organismo era maestro y de las que Putin fue alumno aventajado, pues a la caída de la Unión Soviética, 16 años más tarde, había alcanzado el grado de Teniente Coronel. Algo así, marca carácter para siempre y no se puede entender su personalidad, lo que está haciendo ni lo que hará en el futuro, sin conocer ni tener en cuenta ese siniestro y extenso capítulo de su vida.

Tras la debacle de la URSS, se dedicó a la política, donde creció a la sombra de Yeltsin, debido al enorme caudal de conocimiento de los entresijos políticos y económicos del Régimen. Gracias a ello, fue nombrado Primer Ministro en 1999. En el final de diciembre de ese mismo año, Yeltsin renunció a la Presidencia por “motivos de salud” y Putin se hizo con el cargo de manera interina.

Desde entonces, de una manera u otra, mediante elecciones con acusaciones de amaño e idénticas sospechas en la celebración de una serie de propicios referéndums, ha conseguido, no solo mantenerse en el poder, sino además reunir todos los poderes del Estado en sus manos, y prolongar su mandato, por el momento, hasta el año 2036, según la Constitución vigente.

Esta somera biografía es suficiente para entender la personalidad de Putin. Es un hombre anclado en el siglo pasado, que ha mamado la guerra fría y la confrontación de bloques antagónicos. Ha escalado la montaña del poder, viniendo de muy abajo, hasta convertirse en uno de los hombres más poderosos de la tierra. Desde la cúspide de ese inmenso país, excepcionalmente rico en toda clase de recursos naturales, no puede olvidar aquellos años en los que la URRS era una potencia temida por todos. Está convencido de que la Historia le tiene reservado el sagrado destino de devolver a Rusia la grandeza perdida y recuperar los territorios desgajados injustamente de la “Gran Patria Rusa” Es el nuevo y poderoso Zar empeñado en hacer realidad esa gloriosa tarea anhelada por muchos ciudadanos rusos.

En la actualidad, existen 14 repúblicas independientes desde 1991, fecha de la descomposición de la Unión Soviética. La táctica empleada por Putin, para alcanzar sus fines de incorporarlas al redil patrio, es sencilla y muy efectiva. Se trata de crear y sostener gobiernos títeres en aquellos países favorables a ello, como Bielorrusia y Chechenia, esta última anexionada ya, mediante una fuerte intervención del ejército ruso.  En los más rebeldes y propicios a aliarse con Occidente, fomenta la rebelión armada en zonas de mayoría pro rusa, tal como Transnitria en Moldavia, el Dombas en Ucrania y Osetia del sur en Georgia, con la intención de que sirvan de pretexto para justificar una posterior intervención armada en estos países. Armenia puede ser la siguiente.

Las repúblicas bálticas Estonia, Letonia y Lituania, a pesar de que existe en ellas una importante colonia rusa, cuentan con la protección de la OTAN. Atacarlas supondría entrar en guerra con Occidente. ¿Será capaz de provocar semejante catástrofe? Hoy, creo que ni él lo sabe, pero es razonable suponer que no. Es imposible que ignore que entrar en guerra abierta con Occidente sería, no solo un desastre incalculable para los países intervinientes, sino también para el Mundo entero.

En cuanto a las seis repúblicas túrquicas, que se declararon independientes de la URRS en 1991, Azerbaiyán, Kazaquistán, Uzbekistán, Turkmenistán, Kirgistán y Tayikistán, no están más libres de la amenaza de Putin que las anteriores.

La mayoría de estos países tienen características políticas y económicas muy parecidas. Disponen de un sistema de gobierno presidencialista semidemocrático, con enormes reservas de gas y petróleo. En los últimos años, se han producido frecuentes disturbios, algunos especialmente violentos, solicitando una mayor apertura democrática, unos, y mayor participación del pueblo llano en la gran riqueza generada por la extracción del gas y del crudo, otros.

La situación se muestra intolerable para Putin, al producirse un cierto acercamiento a la UE y USA de estos países, en especial, Uzbekistán, Turkmenistán y Kirgistán, donde hubo una importante base americana durante la guerra de Afganistán. Por si fuera poco, la UE ha presentado un gran proyecto para la construcción de un oleoducto y de un gaseoducto, a fin de proveerse de ambos productos energéticos y evitar la dependencia actual con Rusia.

Esto no lo puede tolerar Putin. Ya ha manifestado que no permitirá  que infiltrados nazis provoquen inestabilidad y desorden en estos países. Entre paréntesis: Putin califica de nazi a todo aquel que mire hacia Occidente. La amenaza no es retórica ni baladí. En Tayikistán mantiene una poderosa base militar, que está siendo reforzada con armamento pesado, blindados, aviones de combate y unos 20.000 efectivos.

¿Quién podrá frenar la ambiciosa tarea, que se ha impuesto este nuevo Zar, de recrear la Gran Patria Rusa, con la anexión de todos estos países independientes?

No los ejércitos de estas repúblicas. No la OTAN, que es una organización defensiva y no puede intervenir si no es atacado algún país miembro. Menos aun la ONU, que debería ser garante de la inviolabilidad de cualquier estado de derecho inscrito en su organización, pero está desactivada por el posible veto de los países componentes del Consejo de Seguridad, en el que Rusia es miembro permanente. ¿La UE, quizás? Imposible. No dispone de la capacidad ofensiva necesaria para oponerse al potencial militar ruso. Y en los países de la UE se mantiene todavía vigente aquella frase acuñada tras la II Guerra Mundial: “Nunca más”.

Putin lo sabe y actúa con la impunidad que le otorga ese conocimiento. En Occidente se especula con la lentitud con que el ejército ruso está logrando sus objetivos militares. Confían en que el desgaste producido por la resistencia ucraniana y las sanciones económicas dictadas por ellos, serán suficientes para obligar a Putin a terminar con la invasión de Ucrania.

Se equivocan. Las sanciones occidentales puede que resulten más dañinas a la UE que a Rusia. Putin está aplicando el menor esfuerzo posible para obtener los objetivos ya señalados. No quiere hacer héroes ni mártires. No va a conquistar a ningún país por completo. Le bastará con tomar los territorios estratégicos que ayuden a asfixiar sus economías y a promover disturbios en el resto de sus territorios, para lograr que regresen al redil de la Madre Patria.

Esa función desestabilizadora, destinada a socavar los cimientos de los países de gobiernos con mayor o menor tendencia nacionalista o pro occidental,  está reservada al ejército en la sombra de Putin, conocido con el apelativo de Wagner.

Esta siniestra organización, encargada de realizar los trabajos sucios del Kremlin, es una unidad de carácter cívico militar. Dispone de sus propias fuentes de información y espionaje, tanto en el interior de Rusia, como en el exterior. Eliminan o hacen desaparecer a las personas influyentes que se oponen a Putin: políticos, empresarios o periodistas, aunque su función principal consiste en promover disturbios en aquellos países que no se plieguen a los deseos del nuevo Zar de todas las Rusias.

Sus efectivos están formados por combatientes de élite, elegidos entre los mejores en sus especialidades y los más capacitados miembros de la policía y el ejército. Se conoce su activa participación en el norte y centro de África y en Oriente Medio. Pero su intervención más decisiva ha sido en Transnitria, el Dombas, Osetia, Chechenia, la preparación de la invasión a Ucrania y en los disturbios acontecidos en varias de las repúblicas túrquicas.

A fin de no relacionar, clara y directamente, estas acciones con el Kremlin, Wagner se financia con dinero de los multimillonarios rusos amigos de Putin, puestos por él al frente de los más importantes grupos de empresas de recursos mineros, energéticos y tecnológicos.

¿Y el pueblo ruso qué dice? ¿Se volverá la opinión rusa contra Putin cuando comiencen a notar los inconvenientes que toda guerra provoca, obligándole a detener la guerra?

No. La maquinaria propagandista estatal y el férreo control de los medios de comunicación han logrado que la mayoría del pueblo ruso esté a favor de la invasión a Ucrania, considerándola una acción patriótica para la liberación de sus compatriotas, acosados por un régimen nazi. El mismo Kirill, Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, envía a sus clérigos a bendecir las tropas que marchan a combatir a Ucrania. Para él, se trata de una auténtica "guerra santa", provocando el escándalo y el desconcierto entre el clero ortodoxo ucraniano, que conoce, de primera mano, el sufrimiento de sus feligreses, ocasionado por esta incalificable agresión. 

Es una acción armada pacificadora, dicen. Putin cuenta, además, con el apoyo de los que añoran el poderío de la época soviética y con la pobre gente que se ha visto desplazadas por este extraño y salvaje capitalismo, donde la mayor parte de los recursos económicos están en manos de antiguos miembros de la nomenclatura soviética.

“Antes –durante la época comunista- teníamos un trabajo y un salario pequeño pero seguro y ahora no tenemos ni qué comer”, escuché decir a una encorvada viejuca. Su única esperanza es que Putin consiga revivir a la Gran Patria Rusa y, de este modo, mejorar su precaria situación económica.

Esa es la intención de Putin. Para ello tiene previsto -y lo ha dicho- intervenir en las demás repúblicas desgajadas de la antigua Unión Soviética, hasta lograr que todas ellas, de un modo u otro, se mantengan en la órbita Rusa de manera estable.

La guerra, por tanto, va para largo y no remitirá a lo largo y ancho de los países limítrofes con Rusia. Los conflictos saltarán de uno a otro, siguiendo la siniestra hoja de ruta planeada por Putin. Hay rumores que aseguran que Putin sufre de un cáncer y que pronto deberá operarse. Un mínimo resquicio para la esperanza.

Ante la larga previsión de conflictos, cabe preguntarse cómo acabará esto. Ahora, nadie lo sabe. Se conoce cuando empiezan las guerras, pero nunca cuándo, ni cómo, terminan.

Hay expertos que dicen hallarnos ante las puertas de un conflicto bélico mundial 

Hace unos 30 años se diría que, en efecto, estamos ante un peligro, muy cierto, del estallido de la III Guerra Mundial. Hoy nos parece que no puede haber nadie tan loco, como para propiciar esa catástrofe. Pero las circunstancias políticas, sociales y económicas son tan claramente semejantes, con las que provocaron la II, que nada queda garantizado.

En el pasado, las terribles consecuencias de una guerra nuclear evitaron la guerra generalizada, descargando las tensiones entre bloques antagónicos en pequeñas o limitadas guerras locales. Pero hoy existen armas nucleares tácticas, de limitados efectos destructivos, que algún insensato puede estar tentado en utilizar. De allí, a una escalada nuclear, hay un paso.

Los ciudadanos de a pié solo podemos mantener la esperanza de que algo habrá mejorado la humanidad y sus dirigentes, tras 77 años trascurridos desde el fin de la última guerra mundial, que sirva para evitar esa terrible tragedia.

Aunque, la Historia siempre acaba repitiéndose. Y en todo caso, repetiremos el dicho: “Qué Dios nos coja confesados.” 

Dedicado a mi nieta Isabel

 

sábado, 8 de enero de 2022

San Jorge en la Batalla del Alcoraz

51.- SAN JORGE EN LA BATALLA DEL ALCORAZ

 


Era el año 1094 y reinaba en Aragón Sancho Ramírez I, tras haber heredado el Reino, a la muerte de su padre Ramiro I en el sitio de Graus. Este había heredado el Condado de Aragón de Sancho Garcés III el Mayor, rey de Pamplona.

Ramiro se había autoproclamado Rey de Aragón, después de anexionarse los Condados de Sobrarbe y Ribagorza, una vez muerto, por asesinato, su hermanastro Gonzalo, propietario de los dos condados.

Sin embargo, el Papa Alejandro II no aprobó su coronación como Rey. Poderosas razones lo impedían. Ramiro era hijo ilegítimo, fruto de los amoríos juveniles del Rey con la noble Sancha de Aibar. No disponía, por tanto, de título adecuado para acceder a un trono. Tampoco el testamento de su padre se lo otorgaba Por si fuera poco, existían fundadas sospechas de su participación intelectual en el asesinato de su hermanastro Gonzalo.

Sancho Ramírez se vio obligado a emplear mucho esfuerzo, tiempo y dinero para conseguir la aprobación de la Santa Sede a su dinastía, sin la cual su título real no era más que un castillo en el aire.   

Consideró que una decidida ofensiva contra la morisma ayudaría a lograr sus fines ante el Papa y decidió tomar la plaza mora de Huesca.

Ocupó las alturas que rodeaban a la ciudad e invadió las almunias de sus alrededores, donde, según se dice, se cultivaban exquisitas verduras, hortalizas y legumbres, además de ricos frutales, gracias a los muchos pozos y fuentes existentes y a las aguas que tomaban del río  Isuela.

El asedio se prolongó varios meses. Sancho no ignoraba que disponía de un tiempo limitado para tomar la ciudad, ya que era seguro que Al-Mustain II, rey de Zaragoza, acudiría en ayuda de Huesca. Además, este había aumentado su poder al lograr la alianza de Alfonso VI. Doblándole el pago de parias, obtuvo su ayuda, olvidando el castellano su deuda de honor con Sancho, que le había socorrido ante los almorávides.

Cierto día en el que Sancho inspeccionaba las defensas de la ciudad, un rammah, arquero de mucha pericia, le metió una flecha por el costado hiriéndole de muerte.

Así lo relata la crónica de San Juan de la Peña:

“...Et un día, él, andando en rededor de la ciudad comidiendo por do se podría entrar, vio un flaco lugar en el muro forano et cavalgado sobre su caballo con la mano dreita designando con el dedo, dixo: por aquí se puede entrar Huesca- et la manga de la loriga se abrió, et un moro ballestero que estaba en aquel, con una sayeta por la manga de la loriga firiolo en el costado; et él non dixo res, mas fuese por la huest et fizo jurar a su fillo don Pedro por rey, et las gentes se maravilloron de aquesto, et jurado por rey fizole prometer que non se levantasse del sitio entro que avies Huesca a su mano.”  

Sancho Ramírez murió el día 4 de junio de 1094, a la edad de 50 años. Su cuerpo fue llevado a la abadía del castillo de Montearagón, donde permaneció durante seis meses y medio.

Después fue trasladado al monasterio de San Juan de la Peña con gran ceremonial. “...et soterraronlo denant el altar de San Johan...” El cuatro de diciembre del mismo año fue celebrado un sepelio regio que presidió su hijo Pedro I y en el que participaron el arzobispo de Burdeos, los obispos de Montpellier y Jaca, el abad de Leyre, el de Thomieres y legado pontificio Frotardo y el abad de San Juan de la Peña, Aimerico.

Dejó Sancho a su muerte un  hijo  ilegítimo,  Don  Vela  de Aragón, y tres legítimos: Pedro su heredero -ya que Fernando el primogénito había fallecido algunos años antes-, Alfonso y el monje Ramiro. Gracias a esos caprichos del destino los tres reinaron sucesivamente.

Pedro I siguió la recomendación de su padre Sancho y tomó el  firme  propósito  de  conquistar  Huesca, como principal objetivo de su reinado.

Deberían transcurrir dos años más antes de conseguirlo. En tanto llegaba ese momento, preparó concienzudamente el ejército y los medios de asalto a la doble muralla que rodeaba a la ciudad, así como la forma de evitar cualquier ayuda exterior.

Fortificó un pueyo situado al sur de la ciudad, que hoy lleva el nombre de San Jorge, con el fin de entorpecer la llegada de fuerzas de socorro desde Zaragoza. El castillo de Montearagón y las posiciones emplazadas en los altos del Estrecho Quinto cerraban toda posibilidad a la entrada de cualquier ayuda proveniente de la plaza mora de Barbastro.

En 1096 el rey Pedro I tenía ya  sus tropas dispuestas, con los planes de combate bien meditados y los lugares de asalto y defensa muy definidos.

Había llegado el momento más deseado y buscado. Era la ocasión de poner en marcha el ataque que le diera la posesión de Huesca.

La ciudad se defendió con denuedo durante seis meses, y este tiempo dio lugar a que de nuevo al-Mustain II preparara  un gran ejército de socorro, al que se le unieron  tropas castellanas al mando del conde de Nájera, García Ordóñez.

Pedro estaba advertido, gracias a la experiencia obtenida en el anterior asedio realizado junto a su padre Sancho, que el rey zaragozano trataría de impedir por todos los medios la toma de Huesca y se hallaba bien dispuesto para enfrentarse a él.

Conocía el avance y composición de las tropas expedicionarias, por medio de la información que puntualmente obtenía de sus espías, estratégicamente situados en las aldeas tributarias de Torres, Formiñena y Almudévar.

En el momento preciso, Pedro situó su primera línea de combate en unos altos situados a media legua al sur del pueyo y desde ese lugar avistaron la llegada del ejército musulmán, el 19 de noviembre de 1096.

De un lado las tropas moras  y  castellanas  y  de  otro  las navarras, aragonesas y francas de Aquitania y Bretaña que habían acudido en ayuda del rey Pedro, en respuesta a su llamada de apoyo.

Las filas cristianas estaban nutridas, además de las tropas del Rey  por gran parte de los varones de las familias, a veces completas, que acudieron al combate desde todas las aldeas del norte. Nadie capaz de sostener un arma faltó a aquel trascendental encuentro.

Bajaron de Biescas los Aznárez, Ximeno, Casal, Oliván, Dieste, Garín, Aso, Piedrafita y los Azcín, junto con los de la Garcipollera.

No faltaron los Garcés de Ayera, el Serrablo y el val de Gorga; ni los Forto y Ortiz del val de Nocito; ni tampoco los Alastrué de Boltaña, y los Lanuza de Sallent y de Basa.

Firmes en sus puestos de combate, aguardaban, con dientes y puños apretados, y las armas prestas, los Banzo y Blanco del val de la Fueva.

Junto a ellos, hombro con hombro, esperaban las órdenes para la batalla los Grasa, Nasarre, Bailo, Villacampa, Vallés, Blasco y Bellostas de Bara, con los Arnal a su frente.

Llegaron de Ribagorza los leales y valientes Bardaxí, Azara, Mur, Abella, Camporrels, Baldellou y Ravidats.

Galíndez de la Garcipollera se presentó conduciendo bajo su mando a los Bescós, Jiménez, Ariol, Calvo, Lalaguna y Danoria y muy cerca de ellos podían verse a los Allué, Alcázar, Orús y Osán del val de Basa, preparando sus armas y dándose ánimos antes del combate.

En las primeras filas, ocupando el lugar más destacado y peligroso tal como lo habían hecho siempre sus antecesores, se situaron los descendientes de los primeros luchadores del Sobrarbe. Allí estaban los Escuaín, Porto, Escal, Ligüerri, Aguirre, Atiart, Arro y Azlor que traía con él un grupo de montañeses almogávares. Con ellos estaban los Bistué de Troncedo y Torre de Obato.

Integrado en las huestes del abad Aimerico llegó también Bernardo de Bistué y desde Navarra no quisieron dejar de acudir al gran combate  los  descendientes  de  Fierro, Arroaga, Galíndez y García, en  la  tropa del conde de Navarra, deseosos de emular las gestas de sus mayores.

Pero eran tantos los que allí se habían congregado con el firme propósito de servir al rey y vengar la muerte del buen monarca Sancho, que nombrarlos a todos resultaría tarea imposible. No habría lugar ni tiempo suficiente para hacerlo.

Fue el ejército moro quien rompió las hostilidades. Su caballería se lanzó contra las primeras filas cristianas, seguidos por los infantes que corrían enardecidos mientras lanzaban grandes voces de aliento y clamaban invocando a su Dios.

Las tropas cristianas cedieron terreno, hasta llevar la contienda a unos estrechos llanos usados como avenida, cañada o cabañera, llamados de Alcoraz. Era una maniobra muy bien estudiada por el rey Pedro, ya que al avanzar las tropas musulmanas por estos llanos se colocaron entre el fortificado pueyo y un denso carrascal elevado, donde aguardaban, emboscadas, más tropas cristianas que atacaron sus flancos con flechas, venablos y a espada cuando vaciaron sus aljabas.

En ese momento de la batalla, entró en acción la potente caballería franca. Sus aguerridos jinetes, montados en vigorosos caballos protegidos por aceradas mallas y gruesas corazas, constituían una fuerza de choque muy difícil de frenar.

Los francos cargaron contra el centro de las tropas moras, abriendo una brecha en ellas con sus largas y poderosas lanzas, por la que penetraron los peones cristianos.

Con esta maniobra el ejército enemigo quedó partido en dos, viéndose atacado por dos nuevos flancos, lo que suponía en la práctica quedar en una grave desventaja estratégica.

Esta situación de inferioridad se agravó más, cuando la caballería ligera navarra atacó la retaguardia mora por el sur, tras rodear el pueyo.

La superioridad estratégica cristiana llegó a ser tan acusada que, a pesar de que las tropas moras les doblaban en número y aun más, y que los cristianos apenas podían cubrir  todos los frentes abiertos con sus  tropas, poco a poco, el resultado de la batalla se fue inclinando a su favor.

Ya los moros flaqueaban y comenzaban los cristianos a celebrar la victoria con gritos de júbilo, cuando de improviso una muchedumbre armada, mandada por el emir Abderramán, salió por la puerta sur de la ciudad y atacó la retaguardia cristiana.

El rey Pedro había previsto esta contingencia y mantenía un destacamento de aragoneses vigilando la posible salida de los asediados, pero no imaginó que el jefe cercado pudiese reunir tan numerosas huestes. El destacamento fue arrollado y el sorpresivo ataque sembró la confusión en el campo cristiano.

Aragoneses y navarros peleaban con inusitado ardor, fiereza y valor, produciéndose innumerables actos de heroísmo. Pero las filas se habían roto y la misma situación estratégica que antes era favorable, ahora se había vuelto en su contra y les obligaba a contender rodeados de enemigos por todas partes, con riesgo de sufrir una estrepitosa derrota.

En esa apurada situación se hallaban cuando, providencialmente, aparecieron nuevas tropas cristianas procedentes de los baluartes del norte, que desde sus alturas observaron la maniobra de los sitiados y se apresuraron a acudir en apoyo de los suyos.

No eran muchos, pero atacaron con tal decisión y arrojo, que las tropas salidas de Huesca -en buena parte formadas por paisanos armados, de escasa preparación militar- al verse atacados, a su vez, por la espalda, cundió el pánico entre ellos y ya solo trataron de salvarse en desbandada.

Entre las tropas cristianas de refresco apareció un singular caballero sin más distintivo que la cruz roja sobre pecho y escudo, característico de los cruzados de Tierra Santa, llevando a su grupa a otro caballero ataviado del mismo modo.

Nadie les conocía ni sabía cómo, cuándo y por dónde habían aparecido.

Metidos ya en el combate, el cruzado de la grupa echó pie a tierra y se puso a luchar al lado del caballero. Ambos  arremetieron con tal brío y coraje que solo ellos se bastaban para hacer retroceder a todo el frente enemigo.

Al ver los demás soldados cristianos aquel prodigioso y heroico proceder, tomaron ejemplo y redoblaron sus esfuerzos.

No faltaban los gritos de ánimo de sus mandos.

Entre ellos, por encima del fragor del combate, se podía escuchar la potente voz de Bernardo alentando a los suyos:

-¡Apretad, apretad soldados, que Dios está con nosotros!

O la del rey Pedro arengando a las tropas:

-¡Adelante mis leales! ¡Adelante, adelante por Aragón!

 Y estos, sacando fuerzas de flaqueza, continuaron el combate con más ahínco, hasta derrotar por completo al ejército musulmán.

Fue una gran victoria y una gran carnicería, la mayor acontecida hasta entonces en aquellas tierras. Cuentan los cronistas moros que perdieron la vida en la batalla más de diez mil de los suyos. El mismo conde castellano, García Ordóñez, cayó prisionero durante la contienda.

Ocho días después, la ciudad se rindió y las tropas cristianas entraron victoriosas en ella.

Cuando buscaron a los dos caballeros cruzados para agradecer su inestimable ayuda y enaltecer la magna proeza realizada, no los hallaron. Habían desaparecido tan misteriosamente como habían llegado.

Alguien pensó que aquel suceso tenía todas las apariencias de ser un hecho prodigioso y sobrenatural. Cuando así lo manifestó a las autoridades eclesiásticas presentes, estos le dieron la razón, añadiendo que solo San Jorge podría ser capaz de semejante portento.

Por aquel tiempo se tenían por ciertos algunos detalles sobre la vida de San Jorge. Se decía que nació en Capadocia. Recibió las enseñanzas de la fe cristiana y se dedicó a la milicia. Llegó a ser un alto mando en el ejercito de Diocleciano, pero se negó a perseguir a los cristianos y sufrió martirio por esa causa. Hecho ocurrido el octavo día antes de las calendas de mayo a la hora sexta, es decir, el 23 de abril al mediodía.

Años más tarde surgió la leyenda y en ella se relataba cómo un   caballero alemán, encontrándose en Antioquia combatiendo a los moros, fue descabalgado y quedó rodeado de enemigos. Al verse en trance de muerte se encomendó con tanta fe a San Jorge que este le escuchó. Apareció en la refriega montando un caballo de inmaculada blancura y lo subió a su grupa desapareciendo con tanto misterio como había empleado en su llegada.

En ese momento, escuchó el Santo implorar su ayuda desde el Alcoraz, y así fue como el santo Jorge y el caballero alemán intervinieron en la batalla, hasta hacer que las tropas cristianas lograran una gran victoria sobre sus infieles enemigos.

Como quiera que este hecho, o parecido, se repitiera en otras ocasiones, en las que el Santo se apareció para defender las armas aragonesas en situaciones de grave riesgo o amenazador apuro, se llegó a considerar San Jorge protector de la casa de Aragón, como lo había sido San Millán, y más tarde Santiago, con la de Castilla.

Para celebrar tan importante victoria, Pedro I ordenó construir una ermita dedicada al culto de San Jorge en lo alto de aquel cerro, próximo a los llanos de Alcoraz, que fue testigo mudo y notario inmóvil de la hazaña del Santo.

Sin entrar en la discusión de quién fuese aquel misterioso caballero, ni de cómo se produjeron los hechos, es obligado conceder que algo muy grande e inexplicable debió suceder aquel día 19 de noviembre de 1096, para que el pueblo conservara su devoción al Santo hasta nuestro tiempo.

No hay otra explicación para que, desde entonces, cada 23 de abril, fecha del martirio de San Jorge, se celebre una multitudinaria romería protagonizada por las gentes de Huesca, para recordar aquella remota gesta y agradecerle su ayuda protectora.

La tradición ha hecho que en tan señalado día, año tras año, acudan al cerro los descendientes de aquellos que, otro día, se reunieran por familias, armas en mano, para luchar contra los enemigos de su fe y vengar la muerte de su buen rey Sancho.

Desde entonces las familias han venido haciéndolo en paz, alrededor de cestas, ollas y fuentes, a cobijo de la buena sombra de su arbolado, para degustar el sencillo yantar de ensalada  y  huevo duro, tal vez unas chuletas empanadas de cordero, o quizás algún guiso de pollo para las familias más voraces, todo ello bien regado, eso sí, por el excelente vino del Somontano -hay que alabar las milenarias viñas de Bespén- o por el no menos excelso de la región de Almudevar o Robres.

Concluida la campaña de Huesca, algunos de los combatientes se quedaron en la ciudad y otros regresaron a las tierras altas de su procedencia, pero unos y otros sabían que el reino de Aragón había dejado de ser un incipiente estado, para convertirse en una monarquía asentada y madura, y que la legitimidad de su dinastía era ya un hecho incontestable.

Con broche de oro, se celebró el fin de siglo, ya que en el año 1100, se conquistó Barbastro.

El XI fue un siglo turbulento, donde germinó la buena mies y la cizaña; el fruto sustentador y la mala hierba; la fe de Cristo y su utilización hipócrita e interesada; la lealtad y la traición; la generosidad y la más abyecta ambición. Pero, sobre todos los eventos producidos, el mayor y más importante fue el  nacimiento del Reino de Aragón.