sábado, 21 de mayo de 2022

53.- La Historia siempre acaba repitiéndose. Parte I

53.- La Historia siempre acaba repitiéndose.

Parte I


 

Mis lectores saben de sobra, porque me he referido a ello en varias entradas de este mismo blog, que durante más de treinta años fui Director Técnico de la filial española de una multinacional alemana muy conocida.

Hoy he recordado las frecuentes conversaciones que tuve la oportunidad y fortuna de mantener con uno de mis Directores Generales, sobre varios aspectos de la vida e idiosincrasia de los alemanes, en especial, durante el azaroso mandato de Hitler, la Guerra Mundial y la postguerra.

Konrad R. K., así se llamaba, era un alemán simpático, amable, capaz y muy pragmático. Estaba perdidamente enamorado de España, hasta tal punto que, cierto día, me confesó ese íntimo e irrealizable sueño o deseo que muchos llevamos dentro, a pesar de estar convencidos de que nunca se hará realidad. Su mayor ilusión era que le tocara la lotería para comprar un cortijo en el sur, con una ganadería de reses bravas. Dejaría, de buen grado, su profesión de ingeniero, y se dedicaría de lleno a los trabajos de campo en el cuidado y cría de los bravos animales.

Antes de incorporarse a nuestra Compañía, había trabajado para otra, también alemana y multinacional, en Madrid. Añoraba los años en los que vivió en la capital de España. Allí se casó con una madrileña y allí también nacieron sus hijas que, por entonces, eran ya dos niñas creciditas. Y sobre todo, echaba en falta las gratas y sugestivas tertulias diarias celebradas en la rebotica de un farmacéutico amigo.

Llegamos a ser buenos amigos, tanto durante su mandato, como después de él, cuando abandonó España para hacerse cargo de la filial de Reino Unido.

Solíamos tener largas conversaciones sobre los más variados temas, tanto terrenales como divinos. Aunque yo, en cuanto podía, trataba de tirarle de la lengua sobre la siniestra figura del Führer y de su régimen.   Siempre me ha parecido enigmático que un hombre, que al parecer no era ninguna lumbrera, hubiera podido encadenar la voluntad de la inmensa mayoría de los alemanes a la suya propia y conducirles a perpetrar, de buen grado, la gran locura que sobrevino con su mandato.

-Es muy sencillo de entender, Guillermo -explicaba con tono pausado y afable-. Él decía en voz muy alta lo que todos los alemanes tenían en la mente y deseaban escuchar: la expiración de las humillaciones y las costosas reparaciones de guerra exigidas por las potencias ganadoras de la Iª Gran Guerra, el fin de la penuria económica provocada por ellas y la terrible crisis del 29, el desencanto de la gente en los partidos tradicionales, incapaces de dar soluciones a sus problemas, así como la ferviente esperanza de ver a su país tan grande como lo había sido en el pasado.

-Lo entiendo, pero me sigue admirando que lograra promover tanto entusiasmo a su persona y sus acciones entre la gran mayoría de la población alemana.

-Sí, sorprende, pero solo a quienes no conocieron la dura posguerra de la Iª Guerra Mundial. Y sobre todo, los años de la temible crisis económica del 29.

-Mira –continuó-, no te puedes ni imaginar la dureza de aquellos años. Mi padre era ingeniero y dirigía una azucarera en Baja Sajonia. Vivíamos relativamente bien, pero pronto empezaron a escasear los alimentos de primera necesidad. El dinero, poco a poco al principio y de manera galopante después, fue perdiendo su valor de manera escandalosa. El día de cobro, la gente salía corriendo hacia las tiendas, porque los precios subían por minutos. Con decirte, que mi abuela guardaba un gran baúl lleno de miles de millones de marcos en billetes, con la esperanza y convencimiento de que llegaría un tiempo en el que recobrarían el valor perdido.

-Sí, sí, me estoy haciendo una idea –reconocí.

-Claro, mi padre cobraba un buen sueldo, pero pronto se igualo a los de los demás, es decir, a nada. Mi familia fue intercambiando joyas y objetos de valor por bonos de pan y leche y así fuimos tirando. Tanto la panadería como la vaquería eran propiedad de judíos, por lo que ellos eran cada vez más ricos y nosotros cada vez más pobres.

-Ya empiezo a comprender el rencor que levantaron allí los judíos.

-Así fue. Por suerte, la azucarera tenía unos terrenos sin ocupar y mi padre ordenó plantar verdura y montar un gallinero junto a una pequeña granja, con guardia las 24 horas del día. Gracias a esto, nosotros y los empleados fijos teníamos algún extra de alimento. La inmensa mayoría de la población de nuestra región solo disponía de patatas y remolacha cocidas. Patatas para desayunar, patatas para comer y patatas para cenar. Además, el paro alcanzó cifras escandalosas ¿Te vas haciendo una idea de la situación?

-Claro, era una situación insostenible, capaz de generar una explosión social de proporciones inimaginables.

-Eso es. Era una inmensa olla a presión a punto de reventar. Y, de pronto, apareció un sujeto que clamaba ideas y conceptos que la mayoría deseaba escuchar. Pero además, con su llegada al poder, las cosas comenzaron a cambiar de manera casi mágica. De repente, el paro se esfumó. Los artículos de primera necesidad aparecieron en abundancia. La industria dio un salto cuantitativo y cualitativo espectacular. Los trabajadores obtuvieron ventajas y beneficios impensables para aquellas épocas. Había estudios y vacaciones pagadas, representaciones artísticas y culturales gratuitas y promoción y apoyo de toda clase de actividades deportivas. Era el comienzo de una época floreciente de esplendor nacional con la que todo alemán había soñado y deseado.

-Todo esto –continuó Konrad, tras una breve pausa-, bien arropado por una masiva y eficaz campaña propagandista, junto a un total e intenso adoctrinamiento de niños y jóvenes en escuelas y colegios, dio lugar a un seguimiento mayoritario de los alemanes a su Führer, aún por aquellos que no tenían muy claro que era aquello del “Nacional Socialismo” Te aseguro que logró provocar un auténtico fervor en torno a su figura en muchos de sus seguidores.

-¿Hasta el punto de seguirle en todas aquellas barbaridades que cometió?

-Mira, hasta que terminó la guerra no tuvimos constancia de la enorme dimensión de la tragedia que provocó. Había rumores del mal trato que recibían judíos y otros grupos étnicos y políticos, pero lo achacábamos a propaganda enemiga. Hoy día, todavía hay alemanes que creen que el llamado “exterminio” es un invento de los judíos y una exageración. Dicen que no es posible matar a tanta gente en el corto espacio de tiempo en el que se dice que se produjo.

-¿Y tú, como lo ves? ¿Crees que exageran en el número de muertos?

-No, no. Hombre, no puedo discutir la cantidad de millones de gentes que fueron asesinadas, no solo judíos, pero que fueron muchísimos, eso es seguro. Hay que tener en cuenta que en el 1942, la población ya sufría de falta de alimentos, así que piensa en las carencias de  los prisioneros.

Y muchas más para los judíos, que eran odiados. El que no acabara en la cámara de gas moriría de hambre… o ambas cosas, primero esto y después lo otro.

-¡Qué horror! ¡Y vosotros tan frescos!

 -Lo ignorábamos o queríamos ignorarlo. La intensa propaganda y el adoctrinamiento de los niños y jóvenes era tal que estábamos  incapacitados para aceptar nada negativo de nuestro gobierno. Voy a hacerte una confesión: Yo, como todos los chicos decentes de mi pueblo, pertenecíamos a las “juventudes hitlerianas” y te aseguro, que si yo hubiera conocido alguna actividad o reacción de mis padres en contra del régimen, no hubiera dudado lo más mínimo en denunciarles. Hasta este punto llegó la cosa. Esa era la realidad de la situación de entonces.

-Me dejas de piedra. Jamás lo hubiera supuesto en ti. ¿Cuándo llegaste a abrir los ojos y darte cuenta de la dimensión de la tragedia en la que estabais metidos?

-Muy poco a poco. En realidad, solo cuando ya finalizaba la guerra, y durante la dura posguerra, fue cuando supe lo ciego que había estado. Yo y casi todos los alemanes.

-¡Es increíble! –no pude evitar pronunciar este exclamación.

-Sí, sí. Mira, hacia el 39, llegó a nuestro pueblo un convoy de camiones con un grupo bien armado de guardias. Reunieron a todos los judíos en la plaza, frente a la iglesia, los montaron en los camiones y se los llevaron. Nadie movió un dedo por ellos y muy pocos se apenaron.

-¡Qué barbaros! –volví a exclamar.

-Hombre, nadie pensó que los llevaban al matadero. Ellos tampoco, supongo. En caso contrario se habrían resistido o intentado fugarse. El caso es que, como te digo, aquel episodio fue acogido en el pueblo, no me atrevería a decir con regocijo, pero si con total indiferencia. Había mucho resquemor y animadversión contra ellos, porque mientras la gente del pueblo las había pasado moradas, ellos vivieron bien y seguían viviendo mejor. Además hubo también una buena dosis de envidia, claro.

-¿Hubo alguno que regresó después de la guerra?

-Nadie apareció por allí. Tampoco hubo ninguna reclamación sobre las propiedades que tuvieron que abandonar. Si alguno se salvó, prefirió comenzar una nueva vida en otro país. Quizás Israel.

-Y… ¿Cómo fue vuestra vida durante la contienda? –seguía yo tirándole de la lengua.

-Al comienzo bien. Inglaterra y Francia nos habían declarado la guerra, pero no había inquietud. Estábamos seguros de vencerles.

Konrad continuó relatando las diversas sensaciones percibidas por la gente corriente en el transcurso de la guerra. Desde el comienzo, nada había que reprocharse. El ejército no podía hacer otra cosa que repeler la agresión aliada. La invasión de Polonia, al contrario del pretexto esgrimido por ellos para declarar la guerra, estaba más que justificada. Alemania pedía algo muy justo: la concesión por parte de los polacos de un pasillo que comunicara Alemania con la región hermana de Danzig.

En ningún momento, según el gobierno alemán, los mandatarios polacos se prestaron a acceder a una negociación que pudiera resolver el conflicto de manera pacífica, a pesar de lo mucho que lo intentó. En cambio, se dedicaron a acosar a la población de Danzig y a hacer la vida imposible a los ciudadanos alemanes y germano parlantes de Polonia.

En definitiva, se había actuado en defensa de nuestros compatriotas residentes en Polonia. La reacción de los aliados respondía solo al deseo de evitar que Alemania volviera a ser la gran nación que había sido. Temían que pudiera llegar a disputarles las colonias africanas y asiáticas, de las que obtenían enormes beneficios en materias primas y otros recursos naturales. Era evidente. Rusia también había invadido Polonia y, sin embargo, no hubo ninguna reacción contra ella. ¿Por qué?

-A cada hora y día, la prensa y radio alemanas nos ofrecían las gloriosas victorias de nuestro ejército sobre ingleses y franceses. Era lo esperado. Toda Europa aprendería a respetarnos. Era la confirmación de que Alemania había vuelto a ser la más importante potencia europea.

-¿Nunca dudasteis en alcanzar la victoria total? –quise tentarle así.

-Al principio no. En un año, se produjo la derrota de las tropas expedicionarias aliadas en Dunkerque, la invasión, sin apenas esfuerzo militar, de Dinamarca, Noruega, Bélgica, Holanda y Francia, que hubo de capitular en junio de 1940. Inglaterra, que había quedado arrinconada en su isla y sufría el bombardeo diario de nuestra aviación, pronto pediría la celebración de conversaciones para finalizar la guerra.

-¿Ni siquiera cuando Hitler ordenó la invasión de Rusia? –insistí.

-Menos aun. No se podía comparar la eficacia y potencia de nuestro ejército con el de Rusia, compuesto por tropas mal entrenadas y peor dotadas. Solo había que ver que, en unos pocos meses del 41, nuestras tropas estaban a las puertas de Moscú.

-¿Tampoco cuándo entró Estados Unidos en la contienda?

-Mira, eso nos sorprendió. No entendimos por qué nos declararon la guerra después de que los japoneses les atacaran en Pearl Harbor ¿Qué teníamos que ver nosotros con eso? De todas formas no le dimos demasiada importancia. América estaba muy lejos y sus transportes de tropas y material se hallaban a merced de nuestros submarinos.

-Y bien que os equivocasteis, porque la ayuda americana resultó decisiva para la derrota de Hitler, tanto en el frente del este como en el del oeste de Europa –aseguré.

-Tienes razón. Pronto habríamos de aterrizar en la triste y dura realidad y nuestros aires y deseos de grandeza se volatilizaron. A principios del 43, nuestro imbatible ejército se rindió en Stalingrado y allí comenzó nuestra decadencia y calvario. Los dos años que siguieron, hasta la firma de la rendición, fueron de creciente sufrimiento y angustia. Los artículos alimenticios y de primera necesidad comenzaron a escasear hasta agotarse. Los bombardeos de la aviación fueron aumentando. Nuestra región y, en concreto, nuestro pueblo no tenía importancia estratégica, pero los aviones aliados descargaban las bombas sobrantes al regresar de las misiones contra las ciudades y objetivos importantes. Y desde el aire las instalaciones de la azucarera debían parecer un objetivo apetecible, así que al final solo quedaron cascotes de ella, Te aseguro que te puedo contar todo esto de puro de milagro.

-Lo pasasteis mal ¿eh?

-Mal es muy poco.  Por suerte, a nuestro pueblo llegaron los ingleses que, aunque no se privaron de alguna violación y de algún robo, no se podía comparar con las tropelías de otros, sobre todo por parte de los rusos. Imposible justificar la enorme brutalidad y ensañamiento que protagonizaron sus tropas, pero se comprende. Habían muerto demasiados millones de rusos, tanto civiles como soldados y tampoco el trato que recibieron de nuestras tropas fue demasiado ejemplar. Llegaban con una inmensa sed de venganza y la aplicaron siempre que pudieron.

-¿Y la posguerra?

-¡Uf! Fue dura, aunque relativamente corta. Los primeros meses fueron terribles, no solo por la absoluta escasez de todo, sino por la angustiosa incertidumbre de qué iba a ser de nosotros o qué iban a hacer con nosotros los vencedores. Recuerdo aquellos días como si fuera ayer. El bombardeo, que acabó con la fábrica de azúcar, se llevó de paso nuestra vivienda que estaba anexa. Perdimos todo, salvo unas pocas prendas de vestir. Pronto llego el  invierno y apenas teníamos con qué cubrirnos. A mí me tocó una vieja levita de mi abuelo que me sobraba por todos los lados. Yo entonces era larguirucho y delgado como un palillo. Imagina mi aspecto: Era una cabeza flotando sobre una fantasmal túnica que me llegaba casi a los pies, ocultaba mis manos y en ella tenían cabida, al menos, cuatro como yo. Y no quiero hablarte del hambre tan atroz que tuvimos que sufrir. Me acostumbré a comer de todo, hasta las cosas más inverosímiles. Hoy día puedo decir que no le tengo manía a ningún alimento y puedo comer hasta piedras hervidas si es necesario. 

-Pero, hasta donde yo sé, los aliados se portaron bien –afirmé.

-Sí, sí. De inmediato, los ingleses organizaron una administración mandada por militares y llegaron toda clase de ayudas. Pronto, también, dio comienzo un ambicioso plan de reconstrucción, el Plan Marshall.

-¿Y hubo represión? Porque tú eras de las Juventudes Hitlerianas…

-Sí, claro. Era natural. Se buscaron culpables hasta debajo de las piedras y hubo de todo. Alguna venganza y algún inocente que pagó los platos rotos. A mí no me hicieron nada. La mayoría de los chavales pertenecíamos a esa organización, que era casi obligatoria, ¡Qué nos iban a hacer! En cambio, a un tío mío un tribunal militar le condenó a seis años de trabajos forzado por ser sargento de las SS.

-¿Le probaron algún delito?

-¡Qué va! ¡Pero si mi tío era un hombre buenísimo, incapaz de matar una mosca! Le condenaron porque, siendo sargento, prejuzgaron que habría mandado cometer alguna fechoría. Pero mi tío había ascendido por méritos de combate y porque ya no quedaban mandos en su unidad. El caso es que fue enviado a una mina de carbón en Francia. Lo liberaron a los cuatro años, pero llegó hecho una lástima. El hombre no estaba acostumbrado a trabajos tan duros y logró sobrevivir de puro milagro.

-Las guerras son duras para todos, pero sobre todo para los perdedores.

-Así es. Por suerte, entre los vencedores de las potencias occidentales, había estadistas de muy alto nivel político que habían hecho un acertado diagnóstico de la principal causa del origen de aquella enorme catástrofe mundial. No estaban dispuestos a repetir los errores que cometieron los países vencedores de la I Gran Guerra, tras la capitulación de Alemania. En vez de fijar unas indemnizaciones enormes, que nos mantuvo en la ruina más negra durante años, promovieron un ambicioso plan de reconstrucción que, en pocos años, propició que las cotas de bienestar que se habían obtenido con Hitler fueran superadas con creces. Se probaba, de esta manera, que el camino de la paz y de la colaboración producía mejores resultados que el de la guerra y la confrontación.

-¿Y no quedaron rescoldos de rencor hacia los vencedores e, incluso pienso yo, gentes nostálgicas de los antiguos modos militaristas, que todavía rumiaran un desquite por la humillación y demás secuelas que conlleva la derrota?

-Mira, hay gente para todo, pero el batacazo fue tan grande, que la inmensa mayoría de la gente solo deseaba olvidar cuanto antes aquel horror y trabajar con ahínco para mejorar su posición personal y la de Alemania entera. La frase más repetida por los alemanes, durante la posguerra fue: “Nie wieder”  -Nunca más-.

De vez en cuando, Konrad  recordaba alguna anécdota o situación jocosa y también trágica. Aunque él, poseedor de un fino sentido del humor y de un gracejo impropio de un ciudadano alemán, trataba de suavizar, a fin de quitarle hierro, o para evitar mi desazón o molestia.           

No es algo casual que estos recuerdos hayan llegado a mi mente, tras más de 30 años de producirse. Hoy, se han dado una serie de hechos en Europa muy semejantes a los descritos en aquellas inefables conversaciones con mi jefe y amigo Konrad, sobre los prolegómenos del conflicto que ensangrentó a Europa, entre los años 1939 y 1945.

¿Será posible que esta triste historia vuelva a repetirse?

 

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