sábado, 21 de mayo de 2022

53.- La Historia siempre acaba repitiéndose. Parte I

53.- La Historia siempre acaba repitiéndose.

Parte I


 

Mis lectores saben de sobra, porque me he referido a ello en varias entradas de este mismo blog, que durante más de treinta años fui Director Técnico de la filial española de una multinacional alemana muy conocida.

Hoy he recordado las frecuentes conversaciones que tuve la oportunidad y fortuna de mantener con uno de mis Directores Generales, sobre varios aspectos de la vida e idiosincrasia de los alemanes, en especial, durante el azaroso mandato de Hitler, la Guerra Mundial y la postguerra.

Konrad R. K., así se llamaba, era un alemán simpático, amable, capaz y muy pragmático. Estaba perdidamente enamorado de España, hasta tal punto que, cierto día, me confesó ese íntimo e irrealizable sueño o deseo que muchos llevamos dentro, a pesar de estar convencidos de que nunca se hará realidad. Su mayor ilusión era que le tocara la lotería para comprar un cortijo en el sur, con una ganadería de reses bravas. Dejaría, de buen grado, su profesión de ingeniero, y se dedicaría de lleno a los trabajos de campo en el cuidado y cría de los bravos animales.

Antes de incorporarse a nuestra Compañía, había trabajado para otra, también alemana y multinacional, en Madrid. Añoraba los años en los que vivió en la capital de España. Allí se casó con una madrileña y allí también nacieron sus hijas que, por entonces, eran ya dos niñas creciditas. Y sobre todo, echaba en falta las gratas y sugestivas tertulias diarias celebradas en la rebotica de un farmacéutico amigo.

Llegamos a ser buenos amigos, tanto durante su mandato, como después de él, cuando abandonó España para hacerse cargo de la filial de Reino Unido.

Solíamos tener largas conversaciones sobre los más variados temas, tanto terrenales como divinos. Aunque yo, en cuanto podía, trataba de tirarle de la lengua sobre la siniestra figura del Führer y de su régimen.   Siempre me ha parecido enigmático que un hombre, que al parecer no era ninguna lumbrera, hubiera podido encadenar la voluntad de la inmensa mayoría de los alemanes a la suya propia y conducirles a perpetrar, de buen grado, la gran locura que sobrevino con su mandato.

-Es muy sencillo de entender, Guillermo -explicaba con tono pausado y afable-. Él decía en voz muy alta lo que todos los alemanes tenían en la mente y deseaban escuchar: la expiración de las humillaciones y las costosas reparaciones de guerra exigidas por las potencias ganadoras de la Iª Gran Guerra, el fin de la penuria económica provocada por ellas y la terrible crisis del 29, el desencanto de la gente en los partidos tradicionales, incapaces de dar soluciones a sus problemas, así como la ferviente esperanza de ver a su país tan grande como lo había sido en el pasado.

-Lo entiendo, pero me sigue admirando que lograra promover tanto entusiasmo a su persona y sus acciones entre la gran mayoría de la población alemana.

-Sí, sorprende, pero solo a quienes no conocieron la dura posguerra de la Iª Guerra Mundial. Y sobre todo, los años de la temible crisis económica del 29.

-Mira –continuó-, no te puedes ni imaginar la dureza de aquellos años. Mi padre era ingeniero y dirigía una azucarera en Baja Sajonia. Vivíamos relativamente bien, pero pronto empezaron a escasear los alimentos de primera necesidad. El dinero, poco a poco al principio y de manera galopante después, fue perdiendo su valor de manera escandalosa. El día de cobro, la gente salía corriendo hacia las tiendas, porque los precios subían por minutos. Con decirte, que mi abuela guardaba un gran baúl lleno de miles de millones de marcos en billetes, con la esperanza y convencimiento de que llegaría un tiempo en el que recobrarían el valor perdido.

-Sí, sí, me estoy haciendo una idea –reconocí.

-Claro, mi padre cobraba un buen sueldo, pero pronto se igualo a los de los demás, es decir, a nada. Mi familia fue intercambiando joyas y objetos de valor por bonos de pan y leche y así fuimos tirando. Tanto la panadería como la vaquería eran propiedad de judíos, por lo que ellos eran cada vez más ricos y nosotros cada vez más pobres.

-Ya empiezo a comprender el rencor que levantaron allí los judíos.

-Así fue. Por suerte, la azucarera tenía unos terrenos sin ocupar y mi padre ordenó plantar verdura y montar un gallinero junto a una pequeña granja, con guardia las 24 horas del día. Gracias a esto, nosotros y los empleados fijos teníamos algún extra de alimento. La inmensa mayoría de la población de nuestra región solo disponía de patatas y remolacha cocidas. Patatas para desayunar, patatas para comer y patatas para cenar. Además, el paro alcanzó cifras escandalosas ¿Te vas haciendo una idea de la situación?

-Claro, era una situación insostenible, capaz de generar una explosión social de proporciones inimaginables.

-Eso es. Era una inmensa olla a presión a punto de reventar. Y, de pronto, apareció un sujeto que clamaba ideas y conceptos que la mayoría deseaba escuchar. Pero además, con su llegada al poder, las cosas comenzaron a cambiar de manera casi mágica. De repente, el paro se esfumó. Los artículos de primera necesidad aparecieron en abundancia. La industria dio un salto cuantitativo y cualitativo espectacular. Los trabajadores obtuvieron ventajas y beneficios impensables para aquellas épocas. Había estudios y vacaciones pagadas, representaciones artísticas y culturales gratuitas y promoción y apoyo de toda clase de actividades deportivas. Era el comienzo de una época floreciente de esplendor nacional con la que todo alemán había soñado y deseado.

-Todo esto –continuó Konrad, tras una breve pausa-, bien arropado por una masiva y eficaz campaña propagandista, junto a un total e intenso adoctrinamiento de niños y jóvenes en escuelas y colegios, dio lugar a un seguimiento mayoritario de los alemanes a su Führer, aún por aquellos que no tenían muy claro que era aquello del “Nacional Socialismo” Te aseguro que logró provocar un auténtico fervor en torno a su figura en muchos de sus seguidores.

-¿Hasta el punto de seguirle en todas aquellas barbaridades que cometió?

-Mira, hasta que terminó la guerra no tuvimos constancia de la enorme dimensión de la tragedia que provocó. Había rumores del mal trato que recibían judíos y otros grupos étnicos y políticos, pero lo achacábamos a propaganda enemiga. Hoy día, todavía hay alemanes que creen que el llamado “exterminio” es un invento de los judíos y una exageración. Dicen que no es posible matar a tanta gente en el corto espacio de tiempo en el que se dice que se produjo.

-¿Y tú, como lo ves? ¿Crees que exageran en el número de muertos?

-No, no. Hombre, no puedo discutir la cantidad de millones de gentes que fueron asesinadas, no solo judíos, pero que fueron muchísimos, eso es seguro. Hay que tener en cuenta que en el 1942, la población ya sufría de falta de alimentos, así que piensa en las carencias de  los prisioneros.

Y muchas más para los judíos, que eran odiados. El que no acabara en la cámara de gas moriría de hambre… o ambas cosas, primero esto y después lo otro.

-¡Qué horror! ¡Y vosotros tan frescos!

 -Lo ignorábamos o queríamos ignorarlo. La intensa propaganda y el adoctrinamiento de los niños y jóvenes era tal que estábamos  incapacitados para aceptar nada negativo de nuestro gobierno. Voy a hacerte una confesión: Yo, como todos los chicos decentes de mi pueblo, pertenecíamos a las “juventudes hitlerianas” y te aseguro, que si yo hubiera conocido alguna actividad o reacción de mis padres en contra del régimen, no hubiera dudado lo más mínimo en denunciarles. Hasta este punto llegó la cosa. Esa era la realidad de la situación de entonces.

-Me dejas de piedra. Jamás lo hubiera supuesto en ti. ¿Cuándo llegaste a abrir los ojos y darte cuenta de la dimensión de la tragedia en la que estabais metidos?

-Muy poco a poco. En realidad, solo cuando ya finalizaba la guerra, y durante la dura posguerra, fue cuando supe lo ciego que había estado. Yo y casi todos los alemanes.

-¡Es increíble! –no pude evitar pronunciar este exclamación.

-Sí, sí. Mira, hacia el 39, llegó a nuestro pueblo un convoy de camiones con un grupo bien armado de guardias. Reunieron a todos los judíos en la plaza, frente a la iglesia, los montaron en los camiones y se los llevaron. Nadie movió un dedo por ellos y muy pocos se apenaron.

-¡Qué barbaros! –volví a exclamar.

-Hombre, nadie pensó que los llevaban al matadero. Ellos tampoco, supongo. En caso contrario se habrían resistido o intentado fugarse. El caso es que, como te digo, aquel episodio fue acogido en el pueblo, no me atrevería a decir con regocijo, pero si con total indiferencia. Había mucho resquemor y animadversión contra ellos, porque mientras la gente del pueblo las había pasado moradas, ellos vivieron bien y seguían viviendo mejor. Además hubo también una buena dosis de envidia, claro.

-¿Hubo alguno que regresó después de la guerra?

-Nadie apareció por allí. Tampoco hubo ninguna reclamación sobre las propiedades que tuvieron que abandonar. Si alguno se salvó, prefirió comenzar una nueva vida en otro país. Quizás Israel.

-Y… ¿Cómo fue vuestra vida durante la contienda? –seguía yo tirándole de la lengua.

-Al comienzo bien. Inglaterra y Francia nos habían declarado la guerra, pero no había inquietud. Estábamos seguros de vencerles.

Konrad continuó relatando las diversas sensaciones percibidas por la gente corriente en el transcurso de la guerra. Desde el comienzo, nada había que reprocharse. El ejército no podía hacer otra cosa que repeler la agresión aliada. La invasión de Polonia, al contrario del pretexto esgrimido por ellos para declarar la guerra, estaba más que justificada. Alemania pedía algo muy justo: la concesión por parte de los polacos de un pasillo que comunicara Alemania con la región hermana de Danzig.

En ningún momento, según el gobierno alemán, los mandatarios polacos se prestaron a acceder a una negociación que pudiera resolver el conflicto de manera pacífica, a pesar de lo mucho que lo intentó. En cambio, se dedicaron a acosar a la población de Danzig y a hacer la vida imposible a los ciudadanos alemanes y germano parlantes de Polonia.

En definitiva, se había actuado en defensa de nuestros compatriotas residentes en Polonia. La reacción de los aliados respondía solo al deseo de evitar que Alemania volviera a ser la gran nación que había sido. Temían que pudiera llegar a disputarles las colonias africanas y asiáticas, de las que obtenían enormes beneficios en materias primas y otros recursos naturales. Era evidente. Rusia también había invadido Polonia y, sin embargo, no hubo ninguna reacción contra ella. ¿Por qué?

-A cada hora y día, la prensa y radio alemanas nos ofrecían las gloriosas victorias de nuestro ejército sobre ingleses y franceses. Era lo esperado. Toda Europa aprendería a respetarnos. Era la confirmación de que Alemania había vuelto a ser la más importante potencia europea.

-¿Nunca dudasteis en alcanzar la victoria total? –quise tentarle así.

-Al principio no. En un año, se produjo la derrota de las tropas expedicionarias aliadas en Dunkerque, la invasión, sin apenas esfuerzo militar, de Dinamarca, Noruega, Bélgica, Holanda y Francia, que hubo de capitular en junio de 1940. Inglaterra, que había quedado arrinconada en su isla y sufría el bombardeo diario de nuestra aviación, pronto pediría la celebración de conversaciones para finalizar la guerra.

-¿Ni siquiera cuando Hitler ordenó la invasión de Rusia? –insistí.

-Menos aun. No se podía comparar la eficacia y potencia de nuestro ejército con el de Rusia, compuesto por tropas mal entrenadas y peor dotadas. Solo había que ver que, en unos pocos meses del 41, nuestras tropas estaban a las puertas de Moscú.

-¿Tampoco cuándo entró Estados Unidos en la contienda?

-Mira, eso nos sorprendió. No entendimos por qué nos declararon la guerra después de que los japoneses les atacaran en Pearl Harbor ¿Qué teníamos que ver nosotros con eso? De todas formas no le dimos demasiada importancia. América estaba muy lejos y sus transportes de tropas y material se hallaban a merced de nuestros submarinos.

-Y bien que os equivocasteis, porque la ayuda americana resultó decisiva para la derrota de Hitler, tanto en el frente del este como en el del oeste de Europa –aseguré.

-Tienes razón. Pronto habríamos de aterrizar en la triste y dura realidad y nuestros aires y deseos de grandeza se volatilizaron. A principios del 43, nuestro imbatible ejército se rindió en Stalingrado y allí comenzó nuestra decadencia y calvario. Los dos años que siguieron, hasta la firma de la rendición, fueron de creciente sufrimiento y angustia. Los artículos alimenticios y de primera necesidad comenzaron a escasear hasta agotarse. Los bombardeos de la aviación fueron aumentando. Nuestra región y, en concreto, nuestro pueblo no tenía importancia estratégica, pero los aviones aliados descargaban las bombas sobrantes al regresar de las misiones contra las ciudades y objetivos importantes. Y desde el aire las instalaciones de la azucarera debían parecer un objetivo apetecible, así que al final solo quedaron cascotes de ella, Te aseguro que te puedo contar todo esto de puro de milagro.

-Lo pasasteis mal ¿eh?

-Mal es muy poco.  Por suerte, a nuestro pueblo llegaron los ingleses que, aunque no se privaron de alguna violación y de algún robo, no se podía comparar con las tropelías de otros, sobre todo por parte de los rusos. Imposible justificar la enorme brutalidad y ensañamiento que protagonizaron sus tropas, pero se comprende. Habían muerto demasiados millones de rusos, tanto civiles como soldados y tampoco el trato que recibieron de nuestras tropas fue demasiado ejemplar. Llegaban con una inmensa sed de venganza y la aplicaron siempre que pudieron.

-¿Y la posguerra?

-¡Uf! Fue dura, aunque relativamente corta. Los primeros meses fueron terribles, no solo por la absoluta escasez de todo, sino por la angustiosa incertidumbre de qué iba a ser de nosotros o qué iban a hacer con nosotros los vencedores. Recuerdo aquellos días como si fuera ayer. El bombardeo, que acabó con la fábrica de azúcar, se llevó de paso nuestra vivienda que estaba anexa. Perdimos todo, salvo unas pocas prendas de vestir. Pronto llego el  invierno y apenas teníamos con qué cubrirnos. A mí me tocó una vieja levita de mi abuelo que me sobraba por todos los lados. Yo entonces era larguirucho y delgado como un palillo. Imagina mi aspecto: Era una cabeza flotando sobre una fantasmal túnica que me llegaba casi a los pies, ocultaba mis manos y en ella tenían cabida, al menos, cuatro como yo. Y no quiero hablarte del hambre tan atroz que tuvimos que sufrir. Me acostumbré a comer de todo, hasta las cosas más inverosímiles. Hoy día puedo decir que no le tengo manía a ningún alimento y puedo comer hasta piedras hervidas si es necesario. 

-Pero, hasta donde yo sé, los aliados se portaron bien –afirmé.

-Sí, sí. De inmediato, los ingleses organizaron una administración mandada por militares y llegaron toda clase de ayudas. Pronto, también, dio comienzo un ambicioso plan de reconstrucción, el Plan Marshall.

-¿Y hubo represión? Porque tú eras de las Juventudes Hitlerianas…

-Sí, claro. Era natural. Se buscaron culpables hasta debajo de las piedras y hubo de todo. Alguna venganza y algún inocente que pagó los platos rotos. A mí no me hicieron nada. La mayoría de los chavales pertenecíamos a esa organización, que era casi obligatoria, ¡Qué nos iban a hacer! En cambio, a un tío mío un tribunal militar le condenó a seis años de trabajos forzado por ser sargento de las SS.

-¿Le probaron algún delito?

-¡Qué va! ¡Pero si mi tío era un hombre buenísimo, incapaz de matar una mosca! Le condenaron porque, siendo sargento, prejuzgaron que habría mandado cometer alguna fechoría. Pero mi tío había ascendido por méritos de combate y porque ya no quedaban mandos en su unidad. El caso es que fue enviado a una mina de carbón en Francia. Lo liberaron a los cuatro años, pero llegó hecho una lástima. El hombre no estaba acostumbrado a trabajos tan duros y logró sobrevivir de puro milagro.

-Las guerras son duras para todos, pero sobre todo para los perdedores.

-Así es. Por suerte, entre los vencedores de las potencias occidentales, había estadistas de muy alto nivel político que habían hecho un acertado diagnóstico de la principal causa del origen de aquella enorme catástrofe mundial. No estaban dispuestos a repetir los errores que cometieron los países vencedores de la I Gran Guerra, tras la capitulación de Alemania. En vez de fijar unas indemnizaciones enormes, que nos mantuvo en la ruina más negra durante años, promovieron un ambicioso plan de reconstrucción que, en pocos años, propició que las cotas de bienestar que se habían obtenido con Hitler fueran superadas con creces. Se probaba, de esta manera, que el camino de la paz y de la colaboración producía mejores resultados que el de la guerra y la confrontación.

-¿Y no quedaron rescoldos de rencor hacia los vencedores e, incluso pienso yo, gentes nostálgicas de los antiguos modos militaristas, que todavía rumiaran un desquite por la humillación y demás secuelas que conlleva la derrota?

-Mira, hay gente para todo, pero el batacazo fue tan grande, que la inmensa mayoría de la gente solo deseaba olvidar cuanto antes aquel horror y trabajar con ahínco para mejorar su posición personal y la de Alemania entera. La frase más repetida por los alemanes, durante la posguerra fue: “Nie wieder”  -Nunca más-.

De vez en cuando, Konrad  recordaba alguna anécdota o situación jocosa y también trágica. Aunque él, poseedor de un fino sentido del humor y de un gracejo impropio de un ciudadano alemán, trataba de suavizar, a fin de quitarle hierro, o para evitar mi desazón o molestia.           

No es algo casual que estos recuerdos hayan llegado a mi mente, tras más de 30 años de producirse. Hoy, se han dado una serie de hechos en Europa muy semejantes a los descritos en aquellas inefables conversaciones con mi jefe y amigo Konrad, sobre los prolegómenos del conflicto que ensangrentó a Europa, entre los años 1939 y 1945.

¿Será posible que esta triste historia vuelva a repetirse?

 

52.- La Historia siempre acaba repitiéndose. Parte II



52.- La Historia siempre acaba repitiéndose.

Parte II


 


El 24 de febrero del año 2022, las tropas rusas invadieron Ucrania, nación independiente, por orden de Vladimir Putin, siniestro personaje que ostenta el poder absoluto en la Federación Rusa, sin que la ONU, organismo garante de la inviolabilidad de las naciones, haya movido un dedo para evitarlo.

Excusa: Proteger a los ciudadanos rusos y ruso parlantes, residentes en Ucrania, instalados allí durante el período de pertenencia a la Unión Soviética, de los desmanes que las autoridades fascistas de Ucrania están cometiendo con ellos, en varias zonas del país.

Propósito real: Evitar que Ucrania caiga en la zona de influencia de la  Unión Europea y, en su caso, la OTAN. Para ello, Putin ha diseñado un plan de ofensiva militar, consistente en eliminar al legítimo gobierno ucraniano, que mira hacia Occidente y sustituirlo por otro de carácter afín a la Federación, además de tomar el control directo de la zona del Donbás y todo el estratégico sur de Ucrania, bañado por el Mar Negro y el mar de Azov. Esta acción permitiría unir el importante enclave de Crimea, donde se encuentra su gran puerto militar de Sebastopol, con Rusia por vía terrestre. Putin ordenó la anexión de la península de Crimea en 2014, sin que tampoco ningún organismo internacional opusiera traba alguna de carácter práctico, salvo el no reconocimiento a dicha anexión. Por supuesto, a Putin esto le da igual. 

Trasfondo: Más allá de las razones de fondo de este desatinado conflicto, se hallan latentes otros difusos y enmascarados motivos, no declarados, pero que resultan, en definitiva, ser las causas más ciertas del origen de esta incalificable agresión.

En efecto. Este conflicto no se puede entender sin considerar dos factores fundamentales: la personalidad del líder ruso Putin y el desencanto producido en una gran parte de la población rusa, tras el gran batacazo de la descomposición y derrumbe de la antigua todopoderosa Unión Soviética.

La enigmática personalidad de Vladimir Putin viene condicionada por los 16 años que sirvió en el siniestro KGB, Comité para la Seguridad del Estado, organismo que podría definirse como una CIA y un FBI juntos.

Nacido en 1952, entró en el KGB con 23 años. Allí aprendió las técnicas de represión, desinformación, creación de conflictos en el exterior, operaciones especiales, espionaje y contraespionaje, en las que este organismo era maestro y de las que Putin fue alumno aventajado, pues a la caída de la Unión Soviética, 16 años más tarde, había alcanzado el grado de Teniente Coronel. Algo así, marca carácter para siempre y no se puede entender su personalidad, lo que está haciendo ni lo que hará en el futuro, sin conocer ni tener en cuenta ese siniestro y extenso capítulo de su vida.

Tras la debacle de la URSS, se dedicó a la política, donde creció a la sombra de Yeltsin, debido al enorme caudal de conocimiento de los entresijos políticos y económicos del Régimen. Gracias a ello, fue nombrado Primer Ministro en 1999. En el final de diciembre de ese mismo año, Yeltsin renunció a la Presidencia por “motivos de salud” y Putin se hizo con el cargo de manera interina.

Desde entonces, de una manera u otra, mediante elecciones con acusaciones de amaño e idénticas sospechas en la celebración de una serie de propicios referéndums, ha conseguido, no solo mantenerse en el poder, sino además reunir todos los poderes del Estado en sus manos, y prolongar su mandato, por el momento, hasta el año 2036, según la Constitución vigente.

Esta somera biografía es suficiente para entender la personalidad de Putin. Es un hombre anclado en el siglo pasado, que ha mamado la guerra fría y la confrontación de bloques antagónicos. Ha escalado la montaña del poder, viniendo de muy abajo, hasta convertirse en uno de los hombres más poderosos de la tierra. Desde la cúspide de ese inmenso país, excepcionalmente rico en toda clase de recursos naturales, no puede olvidar aquellos años en los que la URRS era una potencia temida por todos. Está convencido de que la Historia le tiene reservado el sagrado destino de devolver a Rusia la grandeza perdida y recuperar los territorios desgajados injustamente de la “Gran Patria Rusa” Es el nuevo y poderoso Zar empeñado en hacer realidad esa gloriosa tarea anhelada por muchos ciudadanos rusos.

En la actualidad, existen 14 repúblicas independientes desde 1991, fecha de la descomposición de la Unión Soviética. La táctica empleada por Putin, para alcanzar sus fines de incorporarlas al redil patrio, es sencilla y muy efectiva. Se trata de crear y sostener gobiernos títeres en aquellos países favorables a ello, como Bielorrusia y Chechenia, esta última anexionada ya, mediante una fuerte intervención del ejército ruso.  En los más rebeldes y propicios a aliarse con Occidente, fomenta la rebelión armada en zonas de mayoría pro rusa, tal como Transnitria en Moldavia, el Dombas en Ucrania y Osetia del sur en Georgia, con la intención de que sirvan de pretexto para justificar una posterior intervención armada en estos países. Armenia puede ser la siguiente.

Las repúblicas bálticas Estonia, Letonia y Lituania, a pesar de que existe en ellas una importante colonia rusa, cuentan con la protección de la OTAN. Atacarlas supondría entrar en guerra con Occidente. ¿Será capaz de provocar semejante catástrofe? Hoy, creo que ni él lo sabe, pero es razonable suponer que no. Es imposible que ignore que entrar en guerra abierta con Occidente sería, no solo un desastre incalculable para los países intervinientes, sino también para el Mundo entero.

En cuanto a las seis repúblicas túrquicas, que se declararon independientes de la URRS en 1991, Azerbaiyán, Kazaquistán, Uzbekistán, Turkmenistán, Kirgistán y Tayikistán, no están más libres de la amenaza de Putin que las anteriores.

La mayoría de estos países tienen características políticas y económicas muy parecidas. Disponen de un sistema de gobierno presidencialista semidemocrático, con enormes reservas de gas y petróleo. En los últimos años, se han producido frecuentes disturbios, algunos especialmente violentos, solicitando una mayor apertura democrática, unos, y mayor participación del pueblo llano en la gran riqueza generada por la extracción del gas y del crudo, otros.

La situación se muestra intolerable para Putin, al producirse un cierto acercamiento a la UE y USA de estos países, en especial, Uzbekistán, Turkmenistán y Kirgistán, donde hubo una importante base americana durante la guerra de Afganistán. Por si fuera poco, la UE ha presentado un gran proyecto para la construcción de un oleoducto y de un gaseoducto, a fin de proveerse de ambos productos energéticos y evitar la dependencia actual con Rusia.

Esto no lo puede tolerar Putin. Ya ha manifestado que no permitirá  que infiltrados nazis provoquen inestabilidad y desorden en estos países. Entre paréntesis: Putin califica de nazi a todo aquel que mire hacia Occidente. La amenaza no es retórica ni baladí. En Tayikistán mantiene una poderosa base militar, que está siendo reforzada con armamento pesado, blindados, aviones de combate y unos 20.000 efectivos.

¿Quién podrá frenar la ambiciosa tarea, que se ha impuesto este nuevo Zar, de recrear la Gran Patria Rusa, con la anexión de todos estos países independientes?

No los ejércitos de estas repúblicas. No la OTAN, que es una organización defensiva y no puede intervenir si no es atacado algún país miembro. Menos aun la ONU, que debería ser garante de la inviolabilidad de cualquier estado de derecho inscrito en su organización, pero está desactivada por el posible veto de los países componentes del Consejo de Seguridad, en el que Rusia es miembro permanente. ¿La UE, quizás? Imposible. No dispone de la capacidad ofensiva necesaria para oponerse al potencial militar ruso. Y en los países de la UE se mantiene todavía vigente aquella frase acuñada tras la II Guerra Mundial: “Nunca más”.

Putin lo sabe y actúa con la impunidad que le otorga ese conocimiento. En Occidente se especula con la lentitud con que el ejército ruso está logrando sus objetivos militares. Confían en que el desgaste producido por la resistencia ucraniana y las sanciones económicas dictadas por ellos, serán suficientes para obligar a Putin a terminar con la invasión de Ucrania.

Se equivocan. Las sanciones occidentales puede que resulten más dañinas a la UE que a Rusia. Putin está aplicando el menor esfuerzo posible para obtener los objetivos ya señalados. No quiere hacer héroes ni mártires. No va a conquistar a ningún país por completo. Le bastará con tomar los territorios estratégicos que ayuden a asfixiar sus economías y a promover disturbios en el resto de sus territorios, para lograr que regresen al redil de la Madre Patria.

Esa función desestabilizadora, destinada a socavar los cimientos de los países de gobiernos con mayor o menor tendencia nacionalista o pro occidental,  está reservada al ejército en la sombra de Putin, conocido con el apelativo de Wagner.

Esta siniestra organización, encargada de realizar los trabajos sucios del Kremlin, es una unidad de carácter cívico militar. Dispone de sus propias fuentes de información y espionaje, tanto en el interior de Rusia, como en el exterior. Eliminan o hacen desaparecer a las personas influyentes que se oponen a Putin: políticos, empresarios o periodistas, aunque su función principal consiste en promover disturbios en aquellos países que no se plieguen a los deseos del nuevo Zar de todas las Rusias.

Sus efectivos están formados por combatientes de élite, elegidos entre los mejores en sus especialidades y los más capacitados miembros de la policía y el ejército. Se conoce su activa participación en el norte y centro de África y en Oriente Medio. Pero su intervención más decisiva ha sido en Transnitria, el Dombas, Osetia, Chechenia, la preparación de la invasión a Ucrania y en los disturbios acontecidos en varias de las repúblicas túrquicas.

A fin de no relacionar, clara y directamente, estas acciones con el Kremlin, Wagner se financia con dinero de los multimillonarios rusos amigos de Putin, puestos por él al frente de los más importantes grupos de empresas de recursos mineros, energéticos y tecnológicos.

¿Y el pueblo ruso qué dice? ¿Se volverá la opinión rusa contra Putin cuando comiencen a notar los inconvenientes que toda guerra provoca, obligándole a detener la guerra?

No. La maquinaria propagandista estatal y el férreo control de los medios de comunicación han logrado que la mayoría del pueblo ruso esté a favor de la invasión a Ucrania, considerándola una acción patriótica para la liberación de sus compatriotas, acosados por un régimen nazi. El mismo Kirill, Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, envía a sus clérigos a bendecir las tropas que marchan a combatir a Ucrania. Para él, se trata de una auténtica "guerra santa", provocando el escándalo y el desconcierto entre el clero ortodoxo ucraniano, que conoce, de primera mano, el sufrimiento de sus feligreses, ocasionado por esta incalificable agresión. 

Es una acción armada pacificadora, dicen. Putin cuenta, además, con el apoyo de los que añoran el poderío de la época soviética y con la pobre gente que se ha visto desplazadas por este extraño y salvaje capitalismo, donde la mayor parte de los recursos económicos están en manos de antiguos miembros de la nomenclatura soviética.

“Antes –durante la época comunista- teníamos un trabajo y un salario pequeño pero seguro y ahora no tenemos ni qué comer”, escuché decir a una encorvada viejuca. Su única esperanza es que Putin consiga revivir a la Gran Patria Rusa y, de este modo, mejorar su precaria situación económica.

Esa es la intención de Putin. Para ello tiene previsto -y lo ha dicho- intervenir en las demás repúblicas desgajadas de la antigua Unión Soviética, hasta lograr que todas ellas, de un modo u otro, se mantengan en la órbita Rusa de manera estable.

La guerra, por tanto, va para largo y no remitirá a lo largo y ancho de los países limítrofes con Rusia. Los conflictos saltarán de uno a otro, siguiendo la siniestra hoja de ruta planeada por Putin. Hay rumores que aseguran que Putin sufre de un cáncer y que pronto deberá operarse. Un mínimo resquicio para la esperanza.

Ante la larga previsión de conflictos, cabe preguntarse cómo acabará esto. Ahora, nadie lo sabe. Se conoce cuando empiezan las guerras, pero nunca cuándo, ni cómo, terminan.

Hay expertos que dicen hallarnos ante las puertas de un conflicto bélico mundial 

Hace unos 30 años se diría que, en efecto, estamos ante un peligro, muy cierto, del estallido de la III Guerra Mundial. Hoy nos parece que no puede haber nadie tan loco, como para propiciar esa catástrofe. Pero las circunstancias políticas, sociales y económicas son tan claramente semejantes, con las que provocaron la II, que nada queda garantizado.

En el pasado, las terribles consecuencias de una guerra nuclear evitaron la guerra generalizada, descargando las tensiones entre bloques antagónicos en pequeñas o limitadas guerras locales. Pero hoy existen armas nucleares tácticas, de limitados efectos destructivos, que algún insensato puede estar tentado en utilizar. De allí, a una escalada nuclear, hay un paso.

Los ciudadanos de a pié solo podemos mantener la esperanza de que algo habrá mejorado la humanidad y sus dirigentes, tras 77 años trascurridos desde el fin de la última guerra mundial, que sirva para evitar esa terrible tragedia.

Aunque, la Historia siempre acaba repitiéndose. Y en todo caso, repetiremos el dicho: “Qué Dios nos coja confesados.” 

Dedicado a mi nieta Isabel

 

sábado, 8 de enero de 2022

San Jorge en la Batalla del Alcoraz

51.- SAN JORGE EN LA BATALLA DEL ALCORAZ

 


Era el año 1094 y reinaba en Aragón Sancho Ramírez I, tras haber heredado el Reino, a la muerte de su padre Ramiro I en el sitio de Graus. Este había heredado el Condado de Aragón de Sancho Garcés III el Mayor, rey de Pamplona.

Ramiro se había autoproclamado Rey de Aragón, después de anexionarse los Condados de Sobrarbe y Ribagorza, una vez muerto, por asesinato, su hermanastro Gonzalo, propietario de los dos condados.

Sin embargo, el Papa Alejandro II no aprobó su coronación como Rey. Poderosas razones lo impedían. Ramiro era hijo ilegítimo, fruto de los amoríos juveniles del Rey con la noble Sancha de Aibar. No disponía, por tanto, de título adecuado para acceder a un trono. Tampoco el testamento de su padre se lo otorgaba Por si fuera poco, existían fundadas sospechas de su participación intelectual en el asesinato de su hermanastro Gonzalo.

Sancho Ramírez se vio obligado a emplear mucho esfuerzo, tiempo y dinero para conseguir la aprobación de la Santa Sede a su dinastía, sin la cual su título real no era más que un castillo en el aire.   

Consideró que una decidida ofensiva contra la morisma ayudaría a lograr sus fines ante el Papa y decidió tomar la plaza mora de Huesca.

Ocupó las alturas que rodeaban a la ciudad e invadió las almunias de sus alrededores, donde, según se dice, se cultivaban exquisitas verduras, hortalizas y legumbres, además de ricos frutales, gracias a los muchos pozos y fuentes existentes y a las aguas que tomaban del río  Isuela.

El asedio se prolongó varios meses. Sancho no ignoraba que disponía de un tiempo limitado para tomar la ciudad, ya que era seguro que Al-Mustain II, rey de Zaragoza, acudiría en ayuda de Huesca. Además, este había aumentado su poder al lograr la alianza de Alfonso VI. Doblándole el pago de parias, obtuvo su ayuda, olvidando el castellano su deuda de honor con Sancho, que le había socorrido ante los almorávides.

Cierto día en el que Sancho inspeccionaba las defensas de la ciudad, un rammah, arquero de mucha pericia, le metió una flecha por el costado hiriéndole de muerte.

Así lo relata la crónica de San Juan de la Peña:

“...Et un día, él, andando en rededor de la ciudad comidiendo por do se podría entrar, vio un flaco lugar en el muro forano et cavalgado sobre su caballo con la mano dreita designando con el dedo, dixo: por aquí se puede entrar Huesca- et la manga de la loriga se abrió, et un moro ballestero que estaba en aquel, con una sayeta por la manga de la loriga firiolo en el costado; et él non dixo res, mas fuese por la huest et fizo jurar a su fillo don Pedro por rey, et las gentes se maravilloron de aquesto, et jurado por rey fizole prometer que non se levantasse del sitio entro que avies Huesca a su mano.”  

Sancho Ramírez murió el día 4 de junio de 1094, a la edad de 50 años. Su cuerpo fue llevado a la abadía del castillo de Montearagón, donde permaneció durante seis meses y medio.

Después fue trasladado al monasterio de San Juan de la Peña con gran ceremonial. “...et soterraronlo denant el altar de San Johan...” El cuatro de diciembre del mismo año fue celebrado un sepelio regio que presidió su hijo Pedro I y en el que participaron el arzobispo de Burdeos, los obispos de Montpellier y Jaca, el abad de Leyre, el de Thomieres y legado pontificio Frotardo y el abad de San Juan de la Peña, Aimerico.

Dejó Sancho a su muerte un  hijo  ilegítimo,  Don  Vela  de Aragón, y tres legítimos: Pedro su heredero -ya que Fernando el primogénito había fallecido algunos años antes-, Alfonso y el monje Ramiro. Gracias a esos caprichos del destino los tres reinaron sucesivamente.

Pedro I siguió la recomendación de su padre Sancho y tomó el  firme  propósito  de  conquistar  Huesca, como principal objetivo de su reinado.

Deberían transcurrir dos años más antes de conseguirlo. En tanto llegaba ese momento, preparó concienzudamente el ejército y los medios de asalto a la doble muralla que rodeaba a la ciudad, así como la forma de evitar cualquier ayuda exterior.

Fortificó un pueyo situado al sur de la ciudad, que hoy lleva el nombre de San Jorge, con el fin de entorpecer la llegada de fuerzas de socorro desde Zaragoza. El castillo de Montearagón y las posiciones emplazadas en los altos del Estrecho Quinto cerraban toda posibilidad a la entrada de cualquier ayuda proveniente de la plaza mora de Barbastro.

En 1096 el rey Pedro I tenía ya  sus tropas dispuestas, con los planes de combate bien meditados y los lugares de asalto y defensa muy definidos.

Había llegado el momento más deseado y buscado. Era la ocasión de poner en marcha el ataque que le diera la posesión de Huesca.

La ciudad se defendió con denuedo durante seis meses, y este tiempo dio lugar a que de nuevo al-Mustain II preparara  un gran ejército de socorro, al que se le unieron  tropas castellanas al mando del conde de Nájera, García Ordóñez.

Pedro estaba advertido, gracias a la experiencia obtenida en el anterior asedio realizado junto a su padre Sancho, que el rey zaragozano trataría de impedir por todos los medios la toma de Huesca y se hallaba bien dispuesto para enfrentarse a él.

Conocía el avance y composición de las tropas expedicionarias, por medio de la información que puntualmente obtenía de sus espías, estratégicamente situados en las aldeas tributarias de Torres, Formiñena y Almudévar.

En el momento preciso, Pedro situó su primera línea de combate en unos altos situados a media legua al sur del pueyo y desde ese lugar avistaron la llegada del ejército musulmán, el 19 de noviembre de 1096.

De un lado las tropas moras  y  castellanas  y  de  otro  las navarras, aragonesas y francas de Aquitania y Bretaña que habían acudido en ayuda del rey Pedro, en respuesta a su llamada de apoyo.

Las filas cristianas estaban nutridas, además de las tropas del Rey  por gran parte de los varones de las familias, a veces completas, que acudieron al combate desde todas las aldeas del norte. Nadie capaz de sostener un arma faltó a aquel trascendental encuentro.

Bajaron de Biescas los Aznárez, Ximeno, Casal, Oliván, Dieste, Garín, Aso, Piedrafita y los Azcín, junto con los de la Garcipollera.

No faltaron los Garcés de Ayera, el Serrablo y el val de Gorga; ni los Forto y Ortiz del val de Nocito; ni tampoco los Alastrué de Boltaña, y los Lanuza de Sallent y de Basa.

Firmes en sus puestos de combate, aguardaban, con dientes y puños apretados, y las armas prestas, los Banzo y Blanco del val de la Fueva.

Junto a ellos, hombro con hombro, esperaban las órdenes para la batalla los Grasa, Nasarre, Bailo, Villacampa, Vallés, Blasco y Bellostas de Bara, con los Arnal a su frente.

Llegaron de Ribagorza los leales y valientes Bardaxí, Azara, Mur, Abella, Camporrels, Baldellou y Ravidats.

Galíndez de la Garcipollera se presentó conduciendo bajo su mando a los Bescós, Jiménez, Ariol, Calvo, Lalaguna y Danoria y muy cerca de ellos podían verse a los Allué, Alcázar, Orús y Osán del val de Basa, preparando sus armas y dándose ánimos antes del combate.

En las primeras filas, ocupando el lugar más destacado y peligroso tal como lo habían hecho siempre sus antecesores, se situaron los descendientes de los primeros luchadores del Sobrarbe. Allí estaban los Escuaín, Porto, Escal, Ligüerri, Aguirre, Atiart, Arro y Azlor que traía con él un grupo de montañeses almogávares. Con ellos estaban los Bistué de Troncedo y Torre de Obato.

Integrado en las huestes del abad Aimerico llegó también Bernardo de Bistué y desde Navarra no quisieron dejar de acudir al gran combate  los  descendientes  de  Fierro, Arroaga, Galíndez y García, en  la  tropa del conde de Navarra, deseosos de emular las gestas de sus mayores.

Pero eran tantos los que allí se habían congregado con el firme propósito de servir al rey y vengar la muerte del buen monarca Sancho, que nombrarlos a todos resultaría tarea imposible. No habría lugar ni tiempo suficiente para hacerlo.

Fue el ejército moro quien rompió las hostilidades. Su caballería se lanzó contra las primeras filas cristianas, seguidos por los infantes que corrían enardecidos mientras lanzaban grandes voces de aliento y clamaban invocando a su Dios.

Las tropas cristianas cedieron terreno, hasta llevar la contienda a unos estrechos llanos usados como avenida, cañada o cabañera, llamados de Alcoraz. Era una maniobra muy bien estudiada por el rey Pedro, ya que al avanzar las tropas musulmanas por estos llanos se colocaron entre el fortificado pueyo y un denso carrascal elevado, donde aguardaban, emboscadas, más tropas cristianas que atacaron sus flancos con flechas, venablos y a espada cuando vaciaron sus aljabas.

En ese momento de la batalla, entró en acción la potente caballería franca. Sus aguerridos jinetes, montados en vigorosos caballos protegidos por aceradas mallas y gruesas corazas, constituían una fuerza de choque muy difícil de frenar.

Los francos cargaron contra el centro de las tropas moras, abriendo una brecha en ellas con sus largas y poderosas lanzas, por la que penetraron los peones cristianos.

Con esta maniobra el ejército enemigo quedó partido en dos, viéndose atacado por dos nuevos flancos, lo que suponía en la práctica quedar en una grave desventaja estratégica.

Esta situación de inferioridad se agravó más, cuando la caballería ligera navarra atacó la retaguardia mora por el sur, tras rodear el pueyo.

La superioridad estratégica cristiana llegó a ser tan acusada que, a pesar de que las tropas moras les doblaban en número y aun más, y que los cristianos apenas podían cubrir  todos los frentes abiertos con sus  tropas, poco a poco, el resultado de la batalla se fue inclinando a su favor.

Ya los moros flaqueaban y comenzaban los cristianos a celebrar la victoria con gritos de júbilo, cuando de improviso una muchedumbre armada, mandada por el emir Abderramán, salió por la puerta sur de la ciudad y atacó la retaguardia cristiana.

El rey Pedro había previsto esta contingencia y mantenía un destacamento de aragoneses vigilando la posible salida de los asediados, pero no imaginó que el jefe cercado pudiese reunir tan numerosas huestes. El destacamento fue arrollado y el sorpresivo ataque sembró la confusión en el campo cristiano.

Aragoneses y navarros peleaban con inusitado ardor, fiereza y valor, produciéndose innumerables actos de heroísmo. Pero las filas se habían roto y la misma situación estratégica que antes era favorable, ahora se había vuelto en su contra y les obligaba a contender rodeados de enemigos por todas partes, con riesgo de sufrir una estrepitosa derrota.

En esa apurada situación se hallaban cuando, providencialmente, aparecieron nuevas tropas cristianas procedentes de los baluartes del norte, que desde sus alturas observaron la maniobra de los sitiados y se apresuraron a acudir en apoyo de los suyos.

No eran muchos, pero atacaron con tal decisión y arrojo, que las tropas salidas de Huesca -en buena parte formadas por paisanos armados, de escasa preparación militar- al verse atacados, a su vez, por la espalda, cundió el pánico entre ellos y ya solo trataron de salvarse en desbandada.

Entre las tropas cristianas de refresco apareció un singular caballero sin más distintivo que la cruz roja sobre pecho y escudo, característico de los cruzados de Tierra Santa, llevando a su grupa a otro caballero ataviado del mismo modo.

Nadie les conocía ni sabía cómo, cuándo y por dónde habían aparecido.

Metidos ya en el combate, el cruzado de la grupa echó pie a tierra y se puso a luchar al lado del caballero. Ambos  arremetieron con tal brío y coraje que solo ellos se bastaban para hacer retroceder a todo el frente enemigo.

Al ver los demás soldados cristianos aquel prodigioso y heroico proceder, tomaron ejemplo y redoblaron sus esfuerzos.

No faltaban los gritos de ánimo de sus mandos.

Entre ellos, por encima del fragor del combate, se podía escuchar la potente voz de Bernardo alentando a los suyos:

-¡Apretad, apretad soldados, que Dios está con nosotros!

O la del rey Pedro arengando a las tropas:

-¡Adelante mis leales! ¡Adelante, adelante por Aragón!

 Y estos, sacando fuerzas de flaqueza, continuaron el combate con más ahínco, hasta derrotar por completo al ejército musulmán.

Fue una gran victoria y una gran carnicería, la mayor acontecida hasta entonces en aquellas tierras. Cuentan los cronistas moros que perdieron la vida en la batalla más de diez mil de los suyos. El mismo conde castellano, García Ordóñez, cayó prisionero durante la contienda.

Ocho días después, la ciudad se rindió y las tropas cristianas entraron victoriosas en ella.

Cuando buscaron a los dos caballeros cruzados para agradecer su inestimable ayuda y enaltecer la magna proeza realizada, no los hallaron. Habían desaparecido tan misteriosamente como habían llegado.

Alguien pensó que aquel suceso tenía todas las apariencias de ser un hecho prodigioso y sobrenatural. Cuando así lo manifestó a las autoridades eclesiásticas presentes, estos le dieron la razón, añadiendo que solo San Jorge podría ser capaz de semejante portento.

Por aquel tiempo se tenían por ciertos algunos detalles sobre la vida de San Jorge. Se decía que nació en Capadocia. Recibió las enseñanzas de la fe cristiana y se dedicó a la milicia. Llegó a ser un alto mando en el ejercito de Diocleciano, pero se negó a perseguir a los cristianos y sufrió martirio por esa causa. Hecho ocurrido el octavo día antes de las calendas de mayo a la hora sexta, es decir, el 23 de abril al mediodía.

Años más tarde surgió la leyenda y en ella se relataba cómo un   caballero alemán, encontrándose en Antioquia combatiendo a los moros, fue descabalgado y quedó rodeado de enemigos. Al verse en trance de muerte se encomendó con tanta fe a San Jorge que este le escuchó. Apareció en la refriega montando un caballo de inmaculada blancura y lo subió a su grupa desapareciendo con tanto misterio como había empleado en su llegada.

En ese momento, escuchó el Santo implorar su ayuda desde el Alcoraz, y así fue como el santo Jorge y el caballero alemán intervinieron en la batalla, hasta hacer que las tropas cristianas lograran una gran victoria sobre sus infieles enemigos.

Como quiera que este hecho, o parecido, se repitiera en otras ocasiones, en las que el Santo se apareció para defender las armas aragonesas en situaciones de grave riesgo o amenazador apuro, se llegó a considerar San Jorge protector de la casa de Aragón, como lo había sido San Millán, y más tarde Santiago, con la de Castilla.

Para celebrar tan importante victoria, Pedro I ordenó construir una ermita dedicada al culto de San Jorge en lo alto de aquel cerro, próximo a los llanos de Alcoraz, que fue testigo mudo y notario inmóvil de la hazaña del Santo.

Sin entrar en la discusión de quién fuese aquel misterioso caballero, ni de cómo se produjeron los hechos, es obligado conceder que algo muy grande e inexplicable debió suceder aquel día 19 de noviembre de 1096, para que el pueblo conservara su devoción al Santo hasta nuestro tiempo.

No hay otra explicación para que, desde entonces, cada 23 de abril, fecha del martirio de San Jorge, se celebre una multitudinaria romería protagonizada por las gentes de Huesca, para recordar aquella remota gesta y agradecerle su ayuda protectora.

La tradición ha hecho que en tan señalado día, año tras año, acudan al cerro los descendientes de aquellos que, otro día, se reunieran por familias, armas en mano, para luchar contra los enemigos de su fe y vengar la muerte de su buen rey Sancho.

Desde entonces las familias han venido haciéndolo en paz, alrededor de cestas, ollas y fuentes, a cobijo de la buena sombra de su arbolado, para degustar el sencillo yantar de ensalada  y  huevo duro, tal vez unas chuletas empanadas de cordero, o quizás algún guiso de pollo para las familias más voraces, todo ello bien regado, eso sí, por el excelente vino del Somontano -hay que alabar las milenarias viñas de Bespén- o por el no menos excelso de la región de Almudevar o Robres.

Concluida la campaña de Huesca, algunos de los combatientes se quedaron en la ciudad y otros regresaron a las tierras altas de su procedencia, pero unos y otros sabían que el reino de Aragón había dejado de ser un incipiente estado, para convertirse en una monarquía asentada y madura, y que la legitimidad de su dinastía era ya un hecho incontestable.

Con broche de oro, se celebró el fin de siglo, ya que en el año 1100, se conquistó Barbastro.

El XI fue un siglo turbulento, donde germinó la buena mies y la cizaña; el fruto sustentador y la mala hierba; la fe de Cristo y su utilización hipócrita e interesada; la lealtad y la traición; la generosidad y la más abyecta ambición. Pero, sobre todos los eventos producidos, el mayor y más importante fue el  nacimiento del Reino de Aragón.



 

viernes, 10 de diciembre de 2021

Rodríguez en El Cairo

CAPÍTULO VII

¡Perdidos en el desierto!



 

 

-¡Nos atacan! -gritó Helen-.

-¡Me cagü´en la leche! ¡Será posible que esa gentuza todavía nos siga! -prorrumpió, exasperado, Rodríguez.

Mientras, el helicóptero se mantenía a pocos metros por encima del coche, provocando tal vendaval de arena, que obligó al conductor a detener el vehículo. No se veía ni a un metro de distancia.

-¡Venga, rápido, dame tu arma! -ordenó, acuciante, Helen al beduino.

-No, lo siento, no voy armado -se justificó éste.

-¡Dásela coño! -gritó a su vez Rodríguez-. ¡Que se te transparenta debajo de la chilaba!

La experta mirada de ambos había captado el bulto del arma. Lo tenían "fichado", desde la primera ojeada.

El beduino sacó, a regañadientes, una enorme automática Browing HP. La pistola era una poderosa arma de guerra de 11 mm y cargador de doble hilera. Quién sabe a cuantos habrían ayudado a viajar al otro mundo con ella.

Helen saltó del Toyota y disparó, sin interrupción, los quince cartuchos del cargador, apuntando hacia la difusa silueta del helicóptero, cuya difusa panza quedaba enmarcada por el brillante sol del amanecer, a pesar de estar oscurecida  por la  densa cortina de arena.

Alguna parte sensible del aparato debió acertar, porque el helicóptero dio un salto hacia arriba y abandonó el acoso al que les tenía sujetos, alejándose rumbo al este. Unos minutos más tarde, vieron elevarse una columna de humo negro, en la misma dirección que habían tomado sus agresores.

-Esos ya no nos molestarán más -sentenció Rodríguez.

Por suerte, todo había quedado en un susto. Un gran susto. Pero la rapidez y determinación de Helen habían evitado que aquel desagradable sobresalto hubiera producido males mayores.

Continuaron rastreando el paso de alguna caravana. No era tarea fácil. Tenían marcadas sobre el mapa las probables rutas utilizadas por los beduinos, aunque de poco servía esa información en una orografía como aquella, cuyos accidentes y referencias eran imposibles de identificar, en la práctica.

Debían guiarse por el instinto del intérprete, buscar los caminos de mejor acceso para el tránsito de camellos y trazar una trayectoria sinuosa para abarcar un mayor frente de búsqueda. Además, no contaban con demasiado tiempo. En realidad, deberían encontrar alguna caravana ese mismo día. Solo así, podrían cumplir el deseo de Helen de convivir con los hombres del desierto, al menos, un día completo.

Helen se consolaba comentando que, aunque el éxito no les acompañara en su búsqueda, los días y, todavía más, las noches transcurridas en el desierto eran, por sí solas, capaces de fascinar a cualquiera. Confidencia que rechinaba en lo más profundo del pensamiento de Rodríguez, que no veía la gracia de todo aquello por ninguna parte. Pero era un ferviente deseo de Helen y lo había asumido con entereza y estoicismo.

Habían alcanzado ya la media tarde y recorrido un buen número de kilómetros, sin éxito en la búsqueda, cuando, de pronto, surgieron varios jinetes armados desde una gran duna, cortándoles el paso.

Helen intentó evitarles, pero el coche se hundió en la duna opuesta.

Las ruedas giraban alocadas en la arena, hundiéndose en ella cada vez más, mientras despedían surtidores de arena a gran altura.

-¡Maldita sea, estamos atascados! -gritó con desesperación Helen, tratando de salir del atolladero.

Intento inútil. Detrás de esa duna, asomaban las figuras de otros jinetes armados. Rodríguez miró hacia atrás y vio otro grupo más, cerrándoles la posible retirada. ¡Estaban rodeados!

-¡Hagámosles frente! -gritó Helen, echando mano a la Browing.

-Tranquila Helen -respondió Rodríguez, sujetando el brazo armado de Helen-. Sería un suicido

Salieron del vehículo brazos en alto, siguiendo las indicaciones de los asaltantes.

-Son tuaregs -susurró el beduino-. Guarden la calma y no hagan ningún movimiento sospechoso. Yo les hablo.

En efecto, eran tuaregs procedentes Libia. Muchos de ellos habían servido en el ejército de Gadafi, formando la Legión Islámica. Tras la caída del dictador, se disolvieron. La mayoría se trasladó a Malí en donde apoyaron al movimiento rebelde. Otros colaboran con el ejército de Níger y algunos se dedican al bandidaje como modo de subsistencia.     

El intérprete se adelantó hacia ellos y mantuvo una larga y agitada conversación, en su idioma, con el jinete que aparentaba ser el jefe de la tropa. Mientras el beduino hablaba alto, gesticulando con desesperación y echándole drama al asunto, el tuareg, que se mantenía imperturbable en lo alto de su montura, replicaba con frases cortas de tono duro y grave de mando, sabiéndose dueño de la situación.

Por fin, acabó la conversación y el beduino dio cuenta de la negociación con el jefe tuareg.

-Querían secuestraros para pedir rescate, pero yo les he informado que erais americanos y que el gobierno americano nunca paga rescate a los secuestradores, sean quienes sean. En cambio, jamás dejan a ningún compatriota desamparado. Estad seguros, les he dicho, de que os buscarán y si les hacéis algún daño os matarán, a vosotros y a vuestras mujeres e hijos. Cuentan con medios de sobra para eso y para mucho más. Así que he propuesto que cojan lo que necesiten y nos dejen en paz.

-Has hecho bien -aprobó Rodríguez.

Mientras, en el bando tuareg se producía una fuerte discusión entre ellos, que acabó por zanjar el jefe. Decidieron, al fin, seguir el consejo del beduino. Arramblaron con todo lo que pudieron cargar  y les dejaron con la ropa puesta, un bidón con 5 litros de agua, el coche pelado, sin radio GPS, ni los transmisores y solo la gasolina del depósito.

-¿Cuánta nos queda? -preguntó Helen.

-La que haya en la reserva -contestó Rodríguez, que llevaba la cuenta de las provisiones-. Justo esta tarde tocaba repostar.

-Pues para esto, mejor hubiera sido liarse a tiros -lamentó Helen.

-Pero estamos vivos, Helen -trató de tranquilizarla Rodríguez-. Míralo por este lado: Mientras tengamos vida, nos quedará la esperanza de poder salir de esta situación con bien.

Sin embargo, la situación no podía ser más comprometida ni peor. Era evidente que, con la gasolina que les quedaba, solo podrían recorrer unos pocos kilómetros más. Necesitaban encontrar alguna caravana o algún oasis pronto o estaban muertos. Y con tan poca agua, sin comida ni nada con qué protegerse de aquel sol abrasador, era cuestión de dos o tres días que sus huesos quedaran blanqueándose, para siempre, en aquel inmenso brasero,

-Vamos, Nashid, es tu turno -dijo Rodríguez al beduino, sin perder la calma-. muéstranos tus habilidades.

El beduino no contestó palabra. Se subió al techo del Toyota y oteó el horizonte en todas direcciones.

-Tenemos que encontrar algún refugio. Hemos dejado atrás la ruta El Cairo a Dar Al Arbaien y también a los oasis de Farafra, Mut y Dakhla. Ahora debemos estar a más de 100 kilómetros de ellos. Ya no podemos retroceder, están fuera de nuestro alcance. Nuestra única oportunidad es encontrar algún pozo de los que toman agua los nómadas. No será fácil, pero si logramos descubrir alguno, es posible que allí consigamos ayuda.

-¿Pero has visto algo, alguna vegetación o la polvareda de alguna caravana? -preguntó Helen, inquieta.

-No, nada -negó Nashid-. Los viajeros tratan de no levantar polvo para evitar asaltos. El que hacía nuestro coche alertó a los tuareg.

-Bien, lo hecho, hecho está. La situación es la que es y hay que tomar decisiones -apremió Rodríguez-. Hacia dónde crees que debemos dirigirnos.

-No podemos hacer otra cosa que seguir haciendo a pie lo que hacíamos en coche: seguir caminando por las veredas más asequible para el paso de camellos y confiar que Alá nos permita encontrar un pozo, una caravana o algún grupo de nómadas.

-Me parece bien -afirmó Helen-. Se trata de luchar para intentar salvarnos en tanto las fuerzas nos lo permitan.

-¡Eso es! Ni por un momento debemos perder el ánimo ni la esperanza de salir de este infierno -afirmó, rotundo, Rodríguez.

Pero la cruda realidad se imponía a la determinación de la pareja. En muy poco tiempo quedarían sin fuerzas para dar ni un paso y la alarma en El Cairo tardaría varios días en producirse. Y aun entonces, la búsqueda sin radio, GPS, ni transmisores, sería tan difícil como la de encontrar la aguja en el heno.

-Pues si estamos de acuerdo -habló el intérprete en su nuevo y forzado papel de guía-, agotaremos la gasolina y seguiremos a pie. Caminaremos en cuanto decline el sol y descansaremos de noche. Tan pronto aclare el día continuaremos la marcha, mientras el sol nos lo permita. Entonces, deberemos resguardarnos lo mejor posible. Caminar bajo el sol del desierto, sin ropa adecuada, nos mataría el primer día.

Consiguieron recorrer unos veinte kilómetros antes de que el Toyota agotara la última gota de carburante. El sol todavía brillaba por encima de las dunas más lejanas, cuando los tres se dispusieron a emprender aquella incierta caminata. Antes, repartieron el agua en sus tres cantimploras y destriparon, con un cuchillo que llevaba oculto Nashid, los asientos para llevarse las fundas y usarlas como protección. No quedaba nada más de utilidad, salvo un mechero, propiedad también del beduino.

-¿Y si nos quedáramos aquí en el coche, hasta que lleguen las ayudas? -preguntó, todavía, Helen.

-Olvídate, Helen. Creo que cuando lleguen, si llegan, nosotros ya estaremos tiesos. Nashid tiene razón, debemos buscar nuestra salvación por nosotros mismos. Y si descubren el coche a tiempo, también lo harán con nosotros, puesto que no andaremos muy lejos.

Echaron a caminar y aprovecharon hasta el último minuto que les permitió la caída de la noche. Después durmieron arropados por las fundas del coche no más allá de cinco horas.

El beduino fue el primero en levantarse. Era todavía noche cerrada, cuando iniciaron de nuevo la marcha, siguiendo el rumbo que había elegido Nashid. Todavía tenían las fuerzas casi intactas y había que aprovecharlas para avanzar lo más posible. Lo hacían sobre una vaguada pedregosa que les permitía andar algo mejor y más rápidos que sobre la arena.

Pero pronto, el implacable sol despuntó sobre la sucesión de altas dunas que hasta entonces les habían resguardado. Helen propuso continuar andando por algún tiempo más, pero el beduino negó su utilidad y advirtió:

-Debemos ahorrar fuerzas. Mañana será un día mucho más duro.

Semienterrados en la arena y protegidos por las fundas de los asientos del coche a modo de sombrajos, aguantaron el paso del sol hasta que remitió y pudieron continuar el camino.

No lo hacían con las ganas y frescura del día anterior, La falta de alimento y la escasez de agua, bebida a espaciados y cortos sorbos, empezaba a hacer mella en los ánimos y fuerzas de los caminantes.

Cuando se cerró la noche, se dejaron caer derrengados. El agradable frescor de la noche, de días anteriores, se había convertido, ahora, en un gélido soplo que se calaba hasta los huesos. Helen y Rodríguez durmieron apretujados tratando de evitar perder el poco calor corporal que les quedaba.

Iniciaron el segundo día con las fuerzas ya muy mermadas. Habían superado la vaguada pedregosa y caminaban sobre la arena, ahora con bastante dificultad, por entre un interminable campo de dunas.

El avance se hacía lento y penoso. Además, las dunas eran de menor altura que el día anterior y el sol les alcanzó antes. Tampoco consiguieron la misma protección. El beduino aconsejó enterrarse completamente en la arena y proteger lo más posible la cabeza. Era la única forma de sobrevivir, según él. Nashid, durante el camino y en varias ocasiones, había oteado el horizonte, subido a la duna más alta, pero en ninguno de sus intentos había logrado apreciar nada favorable.

Cayó, por fin el sol, y pudieron continuar la marcha. Pero ya no caminaban. Arrastraban penosamente los pies, al hundirse en la arena, todavía ardiente, ocasionándoles un desgaste energético y anímico insoportable. Y lo peor era que solo quedaba un par de sorbos de agua en sus cantimploras, con los que pasar la noche.

El beduino, un hombre enjuto, fibroso y acostumbrado a los rigores del desierto, se mantenía medianamente entero, pero Helen y Rodríguez llegaron exhaustos al final de la caminata del día. Se dejaron caer contra una alta duna y, sin mediar palabra, se acurrucaron en la ladera, dispuestos a pasar la última noche, vivos, en aquel inmenso y despiadado desierto.

Despuntaba el día, y Rodríguez notó que Nashid se levantaba e iniciaba la subida a la duna en donde se habían encamado. Pero no le quedaban ánimos ni para preguntarle a dónde iba y para qué. Cerró los ojos, se abrazó a Helen y se sumergió, de nuevo, en aquella atrapante semiinconsciencia.

De pronto, unos desesperados gritos del beduino tuvieron la virtud de despejarles en parte.

-Hey! hey! Come here! Hurry up! Hurry up! -gritaba conminándoles a que se reunieran deprisa con él.

Escalaron como pudieron la duna. Gateando, con frecuentes resbalones, tropiezos y retrocesos, lograron remontar la arenosa pendiente.

Tras ella, en una pequeña vaguada, salpicada por varios ralos y semi secos arbustos, hallaron a Nashid arrodillado, intentando abrir un hueco en la arena, valiéndose de su sandalia con la que raspaba el suelo, movido por una auténtica desesperación.

-¡Ayudadme, que aquí hay agua! -aseguró preso de gran excitación.

En efecto. En el fondo del pequeño hoyo que había excavado, aparecía ya una mancha de arena mojada.

Toda la fatiga almacenada en los dos días anteriores de duro peregrinaje desaparecieron de repente. Ambos imitaron a Nashid. Se arrodillaron y cavaron como posesos, con manos, hebillas, calzado y palos arrancados de los arbustos como herramientas.

Su esfuerzo tuvo recompensa. Pronto vieron brotar las primeras gotas de agua. Después apareció un fino surtidor de preciado líquido, a través de un diminuto agujero del fondo. Continuaron ahondando hasta conseguir formar un charquito, capaz ya de mojar los pañuelos y escurrirlos sobre los resecos labios, lengua y cabeza de los tres.

Después de un primer refresco, ensancharon y profundizaron el pocillo hasta lograr un charco con el que, tras filtrar el agua, llenar las cantimploras, beber y remojarse con mayor entidad.

-Este pequeño manantial indica que cerca de aquí tiene que haber un pozo -dijo el beduino-. Quedaos aquí, mientras yo lo busco. Volveré en cuanto lo encuentre o antes de anochecer, en todo caso.

Una nueva sensación sacudió el ánimo de los dos socios y amantes. Por primera vez, se hallaban solos en medio de aquel inmenso y hostil territorio arenoso. ¿Y si Nashid no regresaba?

Y esa tremenda sensación de soledad y abandono les encogía el corazón de una manera tan agobiante e intensa,  como jamás antes habían conocido.

-No hay que desesperar. Mañana, o pasado a más tardar, la falta de noticias hará saltar todas las alarmas. Encontrarán el Toyota, seguro. Sabrán que hemos viajado a pie, por lo que el área de búsqueda quedará reducido a un círculo muy bien definido. Aquí tenemos agua y con ella podremos resistir unos cuantos días más.

De este modo, Rodríguez trataba de despejar los negros pensamientos que la forzada soledad les ocasionaba, además de infundir ánimo a Helen y, por supuesto, a sí mismo.

Faltaba muy poco para caer la noche, cuando apareció Nashid. Y no venía solo. Traía una hermosa serpiente de metro y medio y dos pequeños roedores que él llamó "jarbos".

-¿Has encontrado el pozo? -preguntaron, ansiosos, a la par.

-Sí, pero está más lejos de lo que había supuesto -respondió el beduino-. Mañana nos espera otro largo y duro día.

Pero aquello importaba ya poco. La buena noticia les había hecho recobrar el ánimo al instante. La "caza" aportada por Nashid no era una maravilla, pero calmó sus tripas tan bien, como el mejor festín del mundo.

Nashid despellejó a los bichos, preparó el fuego y los asó, con gran destreza. Y, a pesar de que no disponían de ningún condimento, nadie le hizo ascos al magro y pintoresco condumio.

Apenas vieron clarear el día, partieron esperanzados en busca del pozo salvador, con fuerzas renovadas. Habían dormido, comido y bebido y, sobre todo, caminaban hacia el final de sus desdichas. Un sol inclemente les alcanzó antes llegar al pozo, pero ya nada les podía frenar.

Alcanzaron su destino achicharrados, pero pronto, el frescor del agua recién sacada les hizo sentir el mayor deleite y regocijo de la Tierra.

-Aquí estaremos a salvo y podremos resistir el tiempo que sea necesario, hasta que llegue alguna caravana o alguna familia de nómadas arreando el ganado -comentó Nashid, asentido sin reparos por la pareja.

Así transcurrieron dos días, en los que Nashid realizaba sus expediciones de caza, regresando con los más extraños bichos que ellos hubieran imaginado comer. Hasta alacranes hubo en el menú.

Durante el tercer día, apareció un grupo de beduinos que se dirigía al oasis de Mut, a fin de vender la recua de seis dromedarios que llevaban, en su gran mercado de animales. Lo componían tres hombres, un joven, dos niños, dos mujeres y una jovencita. Eran una familia de modestos  pastores del norte de la región de Biltine en el Chad.

Montaron dos grandes tiendas y, a pesar de su evidente modestia, les trataron como a reyes, de mano del sehab, o jefe de famila, Tarek, y de su esposa Shaza. Fue una noche memorable en la que comieron, bebieron y danzaron al son de las canciones que entonaban los beduinos, alumbrados por el resplandor de una hoguera, el reflejo de la luna y el brillo de infinitas estrellas, luciendo, sin estorbo alguno, en el negro cielo.

Los nómadas desmontaron temprano las tiendas y prepararon su partida con un ligero desayuno.

-Os llevaríamos con nosotros -dijo Tarek, traducido por Nashid-, pero os conviene más uniros a una caravana que lleva mercancía al Cairo. Viene de Niger y viaja más al norte. Nuestra ruta os desviaría demasiado.

-¿Conoces bien el itinerario de esa caravana? -preguntó Nashid.

-Sí. La esperaban cuando pasamos por el oasis de Al Kissu. Irán al pozo de Fuks, que está a una jornada, justo al norte de este, en dos días.

Se despidieron, al fin, con pesar y tras recibir más indicaciones sobre el probable curso de la caravana. Los nómadas partieron hacia el este y Halen, Rodríguez y Nashid hacia el norte.

Antes de anochecer, ya se hallaban instalados en el pozo Fuks. Este estaba mejor acondicionado que el anterior. Contaba con un cobertizo, un largo abrevadero y un pequeño grupo de palmeras, lo que daba a entender un mayor uso y una mayor frecuencia de paso de los usuarios.

Con el alma en un hilo, esperaron la llegada de la ansiada caravana durante todo el día siguiente, pero fue al amanecer del tercer día, tal como había pronosticado Tarek, cuando se presentaron.

Estaba compuesta por una nutrida reata de dieciséis camellos de carga y otros seis dromedarios con la impedimenta. servida por una tropa de doce hombres, dos mujeres y tres muchachos de 14 ó 15 años, unos a pie y otros montados.

Transportaban un gran cargamento de sal, procedente de la región de Bilma, en Niger, y algunas otras mercancías. Su destino era Bawiti. Desde esa ciudad, a unos 280 kilómetros de El Cairo, las mercancías proseguirían en camión hasta la capital. La caravana regresaría a Niger, tan pronto reunieran la carga suficiente.

Los beduinos acogieron a los tres extraviados con el agrado y hospitalidad que caracteriza a los hombres del desierto. Disponían de una potente emisora militar y se brindaron a pedir ayuda para que vinieran a recogerles. Sin embargo, Helen insistió en solicitar acompañarles durante el resto de trayecto hasta Bawiti.

-Cariño, sabes que compartir unos días con los nómadas del desierto era mi sueño dorado en New York -dijo a Rodríguez, tan pronto obtuvo la conformidad del jefe de la caravana, y tras observar el ceño fruncido de su pareja-. Van a ser unos pocos días más en el desierto, pero  esta nueva experiencia valdrá la pena. Ya verás.

Y su sueño se hizo realidad. Acompañaron a los beduinos durante los diez días que duró la marcha hasta Bawiti. Enfundados en la ropa que les proporcionaron, mucho más adecuada que la suya para andar por el desierto, intentaron comportarse como los propios beduinos. Y aunque eran tratados con deferencia, ellos ayudaban en que fuera menester y ni el mismísimo Rodríguez escurría el bulto en las tareas más duras.

Durante esos días, Helen gozó como nadie de aquella apasionante aventura. Se la veía marchando a pie o sobre algún dromedario, arreando el ganado, descargando los aperos en los vivaques o ayudando a montar las tiendas. Era incansable. Y una pesadilla para Rodríguez, que estaba obligado a mantenerse a su altura, para no desmerecer su naturaleza de varón ante los ojos del resto de la comitiva.

Pero era en los descansos para tomar el indispensable te, durante la cena o en las tertulias nocturnas, antes de que el sueño deshiciera el grupo, cuando Helen gozaba de verdad. Ayudada por Nashid, intervenía en todas las conversaciones que se desarrollaban alrededor del fuego, tanto escuchando fascinada las legendarias historias de los más viejos, como interrogándoles por sus costumbres en todas y cada una de las facetas de su vida.

En Bawiti les esperaba el mismo Hasaní en persona. Días antes habían avisado a la agencia de su buen estado y de su decisión de seguir viaje con la caravana hasta esa ciudad. Él se deshizo en disculpas y les aseguró que les buscaron durante varios días, pero, perdida toda esperanza de hallarles con vida, acabaron por suspender la búsqueda y darles por desaparecidos.

Aquella noche durmieron en el complejo turístico, tras una cena de celebración, a la que asistieron la mayoría de los miembros de la caravana, Antes debieron aplicarse una necesaria, larga, reparadora y meticulosa ducha -apestaban a camello-, para borrar las huellas dejadas por la escasez de agua, en su paso por el desierto.

Al día siguiente, llegaron al hotel Nile Ritz-Carlton, envueltos en la extraña sensación de pertenecer a otro mundo. Eran dos personas muy diferentes a las que cruzaron el hall, el primer día de su llegada a El Cairo. Les embargaba un sentimiento raro, difícil de describir.

Tampoco tenían la necesidad ni el deseo de hacerlo. Simplemente, se dejaban llevar por aquella ambigua sensación, al contemplar con mirada nueva las cosas ya conocidas del hotel: su brillante decoración, la sofisticación del servicio y  de las mismas comidas, incluso unas nuevas sensaciones al sentir el suave roce de las sábanas o el simple chapuzón en la piscina.

Sentían, en fin, haber protagonizado la historia de su vida y percibían la clara evidencia de ser distintos.

EPILOGO.

En el hotel fueron recibidos con los honores de auténticos héroes. Tanto el director del hotel, como un alto directivo de la agencia TourspreS, les colmaron de agasajos y regalos, entre ellos una sustancial rebaja en las respectivas facturas.

Así mismo, el directivo de la agencia les regaló una preciosa reproducción de la dorada máscara funeraria de Tutankamon, que se encuentra expuesta en el Museo Egipcio. Regalo que arrancó una exclamación de asombro en Rodríguez:"Esto, Helen, debe costar un pico"

No era de extrañar. La prensa local y nacional, así como varias agencias informativas internacionales, se habían hecho eco de la penosa historia de la pareja, Esta indeseada publicidad les acarreó más de un quebradero de cabeza, al tener que evitar la pesada insistencia de varios periodistas, dispuestos a conseguir, por todos los medios, la exclusiva de su aventura.

No faltó la visita del teniente Amed. Se saludaron con afecto y, tras comentar las vicisitudes sufridas por la pareja en el desierto, pasó a informarles de las acciones realizadas, en los casos que dejaron abiertos.

-Gracias a las pistas que Vds. nos ofrecieron, nuestro trabajo fue sencillo. Por medio de Interpol, supimos que el cuñado de la víctima y su amigo habían dejado Inglaterra dos días antes de la muerte de Troudeau y habían regresado otros dos después. Entraron aquí con documentación falsa, pero a nuestro Servicio Secreto, acostumbrado a pelear contra espías y terroristas de todo tipo, les costó apenas nada descubrir el hotel donde se alojaron en El Cairo y seguir sus pasos. Les apretamos las tuercas y cantaron como venditos: el amigo era, en realidad, el amante de la viuda. Esta, al parecer, había tramado la muerte de su marido y ellos habían ejecutado el siniestro plan. Les encontramos suficientes pruebas para incriminarlos en documentos, tarjetas, el móvil y el famoso Rolex. Que, por cierto, al examinarlo, encontramos un micro film en su interior, con las claves de importantes depósitos de dinero en bancos extranjeros, y la dirección de un almacén con abundantes armas de todo tipo en Alejandría.

-El asunto olía mal desde el primer momento -aseguró Rodríguez-. Nos alegramos de que hayan resuelto el caso. Troudeau era un malhechor pero no se merecía esa muerte. Y díganos ¿qué fue de los traficantes?

-La red en Egipto quedó desmantelada por completo -contestó el teniente Amed-. Interpol está trabajando para combatir sus ramificaciones en Turquía, Grecia y Oriente Medio. Resulta difícil llegar más allá, ya que las principales fuentes de suministro, además de muy abundantes y variadas, suelen contar con la protección o convivencia de regímenes políticos permisivos.

La conversación continuó en términos cordiales, continuando en el mismo tono hasta la despedida.

-No deje de contactar con nosotros si visita Nueva York. Recuerde que tiene allí a dos amigos -dijo Rodríguez, al tiempo que Helen asentía al estrechar su mano.

Ya de vuelta a casa, en el avión, Helen y Rodríguez hacían balance de sus vacaciones.

-¡Vamos, Helen! ¡Vaya, unas vacaciones moviditas que hemos "disfrutado"! Te dije, o no te dije, que era mejor ir a visitar a tu abuelita de Wisconsin.

-Mira, Luis, cariño. Estas vacaciones no las cambiaría yo por nada de este Mundo. Y te digo una cosa: jamás olvidaré las noches pasadas en el desierto.

FIN