sábado, 8 de enero de 2022

San Jorge en la Batalla del Alcoraz

51.- SAN JORGE EN LA BATALLA DEL ALCORAZ

 


Era el año 1094 y reinaba en Aragón Sancho Ramírez I, tras haber heredado el Reino, a la muerte de su padre Ramiro I en el sitio de Graus. Este había heredado el Condado de Aragón de Sancho Garcés III el Mayor, rey de Pamplona.

Ramiro se había autoproclamado Rey de Aragón, después de anexionarse los Condados de Sobrarbe y Ribagorza, una vez muerto, por asesinato, su hermanastro Gonzalo, propietario de los dos condados.

Sin embargo, el Papa Alejandro II no aprobó su coronación como Rey. Poderosas razones lo impedían. Ramiro era hijo ilegítimo, fruto de los amoríos juveniles del Rey con la noble Sancha de Aibar. No disponía, por tanto, de título adecuado para acceder a un trono. Tampoco el testamento de su padre se lo otorgaba Por si fuera poco, existían fundadas sospechas de su participación intelectual en el asesinato de su hermanastro Gonzalo.

Sancho Ramírez se vio obligado a emplear mucho esfuerzo, tiempo y dinero para conseguir la aprobación de la Santa Sede a su dinastía, sin la cual su título real no era más que un castillo en el aire.   

Consideró que una decidida ofensiva contra la morisma ayudaría a lograr sus fines ante el Papa y decidió tomar la plaza mora de Huesca.

Ocupó las alturas que rodeaban a la ciudad e invadió las almunias de sus alrededores, donde, según se dice, se cultivaban exquisitas verduras, hortalizas y legumbres, además de ricos frutales, gracias a los muchos pozos y fuentes existentes y a las aguas que tomaban del río  Isuela.

El asedio se prolongó varios meses. Sancho no ignoraba que disponía de un tiempo limitado para tomar la ciudad, ya que era seguro que Al-Mustain II, rey de Zaragoza, acudiría en ayuda de Huesca. Además, este había aumentado su poder al lograr la alianza de Alfonso VI. Doblándole el pago de parias, obtuvo su ayuda, olvidando el castellano su deuda de honor con Sancho, que le había socorrido ante los almorávides.

Cierto día en el que Sancho inspeccionaba las defensas de la ciudad, un rammah, arquero de mucha pericia, le metió una flecha por el costado hiriéndole de muerte.

Así lo relata la crónica de San Juan de la Peña:

“...Et un día, él, andando en rededor de la ciudad comidiendo por do se podría entrar, vio un flaco lugar en el muro forano et cavalgado sobre su caballo con la mano dreita designando con el dedo, dixo: por aquí se puede entrar Huesca- et la manga de la loriga se abrió, et un moro ballestero que estaba en aquel, con una sayeta por la manga de la loriga firiolo en el costado; et él non dixo res, mas fuese por la huest et fizo jurar a su fillo don Pedro por rey, et las gentes se maravilloron de aquesto, et jurado por rey fizole prometer que non se levantasse del sitio entro que avies Huesca a su mano.”  

Sancho Ramírez murió el día 4 de junio de 1094, a la edad de 50 años. Su cuerpo fue llevado a la abadía del castillo de Montearagón, donde permaneció durante seis meses y medio.

Después fue trasladado al monasterio de San Juan de la Peña con gran ceremonial. “...et soterraronlo denant el altar de San Johan...” El cuatro de diciembre del mismo año fue celebrado un sepelio regio que presidió su hijo Pedro I y en el que participaron el arzobispo de Burdeos, los obispos de Montpellier y Jaca, el abad de Leyre, el de Thomieres y legado pontificio Frotardo y el abad de San Juan de la Peña, Aimerico.

Dejó Sancho a su muerte un  hijo  ilegítimo,  Don  Vela  de Aragón, y tres legítimos: Pedro su heredero -ya que Fernando el primogénito había fallecido algunos años antes-, Alfonso y el monje Ramiro. Gracias a esos caprichos del destino los tres reinaron sucesivamente.

Pedro I siguió la recomendación de su padre Sancho y tomó el  firme  propósito  de  conquistar  Huesca, como principal objetivo de su reinado.

Deberían transcurrir dos años más antes de conseguirlo. En tanto llegaba ese momento, preparó concienzudamente el ejército y los medios de asalto a la doble muralla que rodeaba a la ciudad, así como la forma de evitar cualquier ayuda exterior.

Fortificó un pueyo situado al sur de la ciudad, que hoy lleva el nombre de San Jorge, con el fin de entorpecer la llegada de fuerzas de socorro desde Zaragoza. El castillo de Montearagón y las posiciones emplazadas en los altos del Estrecho Quinto cerraban toda posibilidad a la entrada de cualquier ayuda proveniente de la plaza mora de Barbastro.

En 1096 el rey Pedro I tenía ya  sus tropas dispuestas, con los planes de combate bien meditados y los lugares de asalto y defensa muy definidos.

Había llegado el momento más deseado y buscado. Era la ocasión de poner en marcha el ataque que le diera la posesión de Huesca.

La ciudad se defendió con denuedo durante seis meses, y este tiempo dio lugar a que de nuevo al-Mustain II preparara  un gran ejército de socorro, al que se le unieron  tropas castellanas al mando del conde de Nájera, García Ordóñez.

Pedro estaba advertido, gracias a la experiencia obtenida en el anterior asedio realizado junto a su padre Sancho, que el rey zaragozano trataría de impedir por todos los medios la toma de Huesca y se hallaba bien dispuesto para enfrentarse a él.

Conocía el avance y composición de las tropas expedicionarias, por medio de la información que puntualmente obtenía de sus espías, estratégicamente situados en las aldeas tributarias de Torres, Formiñena y Almudévar.

En el momento preciso, Pedro situó su primera línea de combate en unos altos situados a media legua al sur del pueyo y desde ese lugar avistaron la llegada del ejército musulmán, el 19 de noviembre de 1096.

De un lado las tropas moras  y  castellanas  y  de  otro  las navarras, aragonesas y francas de Aquitania y Bretaña que habían acudido en ayuda del rey Pedro, en respuesta a su llamada de apoyo.

Las filas cristianas estaban nutridas, además de las tropas del Rey  por gran parte de los varones de las familias, a veces completas, que acudieron al combate desde todas las aldeas del norte. Nadie capaz de sostener un arma faltó a aquel trascendental encuentro.

Bajaron de Biescas los Aznárez, Ximeno, Casal, Oliván, Dieste, Garín, Aso, Piedrafita y los Azcín, junto con los de la Garcipollera.

No faltaron los Garcés de Ayera, el Serrablo y el val de Gorga; ni los Forto y Ortiz del val de Nocito; ni tampoco los Alastrué de Boltaña, y los Lanuza de Sallent y de Basa.

Firmes en sus puestos de combate, aguardaban, con dientes y puños apretados, y las armas prestas, los Banzo y Blanco del val de la Fueva.

Junto a ellos, hombro con hombro, esperaban las órdenes para la batalla los Grasa, Nasarre, Bailo, Villacampa, Vallés, Blasco y Bellostas de Bara, con los Arnal a su frente.

Llegaron de Ribagorza los leales y valientes Bardaxí, Azara, Mur, Abella, Camporrels, Baldellou y Ravidats.

Galíndez de la Garcipollera se presentó conduciendo bajo su mando a los Bescós, Jiménez, Ariol, Calvo, Lalaguna y Danoria y muy cerca de ellos podían verse a los Allué, Alcázar, Orús y Osán del val de Basa, preparando sus armas y dándose ánimos antes del combate.

En las primeras filas, ocupando el lugar más destacado y peligroso tal como lo habían hecho siempre sus antecesores, se situaron los descendientes de los primeros luchadores del Sobrarbe. Allí estaban los Escuaín, Porto, Escal, Ligüerri, Aguirre, Atiart, Arro y Azlor que traía con él un grupo de montañeses almogávares. Con ellos estaban los Bistué de Troncedo y Torre de Obato.

Integrado en las huestes del abad Aimerico llegó también Bernardo de Bistué y desde Navarra no quisieron dejar de acudir al gran combate  los  descendientes  de  Fierro, Arroaga, Galíndez y García, en  la  tropa del conde de Navarra, deseosos de emular las gestas de sus mayores.

Pero eran tantos los que allí se habían congregado con el firme propósito de servir al rey y vengar la muerte del buen monarca Sancho, que nombrarlos a todos resultaría tarea imposible. No habría lugar ni tiempo suficiente para hacerlo.

Fue el ejército moro quien rompió las hostilidades. Su caballería se lanzó contra las primeras filas cristianas, seguidos por los infantes que corrían enardecidos mientras lanzaban grandes voces de aliento y clamaban invocando a su Dios.

Las tropas cristianas cedieron terreno, hasta llevar la contienda a unos estrechos llanos usados como avenida, cañada o cabañera, llamados de Alcoraz. Era una maniobra muy bien estudiada por el rey Pedro, ya que al avanzar las tropas musulmanas por estos llanos se colocaron entre el fortificado pueyo y un denso carrascal elevado, donde aguardaban, emboscadas, más tropas cristianas que atacaron sus flancos con flechas, venablos y a espada cuando vaciaron sus aljabas.

En ese momento de la batalla, entró en acción la potente caballería franca. Sus aguerridos jinetes, montados en vigorosos caballos protegidos por aceradas mallas y gruesas corazas, constituían una fuerza de choque muy difícil de frenar.

Los francos cargaron contra el centro de las tropas moras, abriendo una brecha en ellas con sus largas y poderosas lanzas, por la que penetraron los peones cristianos.

Con esta maniobra el ejército enemigo quedó partido en dos, viéndose atacado por dos nuevos flancos, lo que suponía en la práctica quedar en una grave desventaja estratégica.

Esta situación de inferioridad se agravó más, cuando la caballería ligera navarra atacó la retaguardia mora por el sur, tras rodear el pueyo.

La superioridad estratégica cristiana llegó a ser tan acusada que, a pesar de que las tropas moras les doblaban en número y aun más, y que los cristianos apenas podían cubrir  todos los frentes abiertos con sus  tropas, poco a poco, el resultado de la batalla se fue inclinando a su favor.

Ya los moros flaqueaban y comenzaban los cristianos a celebrar la victoria con gritos de júbilo, cuando de improviso una muchedumbre armada, mandada por el emir Abderramán, salió por la puerta sur de la ciudad y atacó la retaguardia cristiana.

El rey Pedro había previsto esta contingencia y mantenía un destacamento de aragoneses vigilando la posible salida de los asediados, pero no imaginó que el jefe cercado pudiese reunir tan numerosas huestes. El destacamento fue arrollado y el sorpresivo ataque sembró la confusión en el campo cristiano.

Aragoneses y navarros peleaban con inusitado ardor, fiereza y valor, produciéndose innumerables actos de heroísmo. Pero las filas se habían roto y la misma situación estratégica que antes era favorable, ahora se había vuelto en su contra y les obligaba a contender rodeados de enemigos por todas partes, con riesgo de sufrir una estrepitosa derrota.

En esa apurada situación se hallaban cuando, providencialmente, aparecieron nuevas tropas cristianas procedentes de los baluartes del norte, que desde sus alturas observaron la maniobra de los sitiados y se apresuraron a acudir en apoyo de los suyos.

No eran muchos, pero atacaron con tal decisión y arrojo, que las tropas salidas de Huesca -en buena parte formadas por paisanos armados, de escasa preparación militar- al verse atacados, a su vez, por la espalda, cundió el pánico entre ellos y ya solo trataron de salvarse en desbandada.

Entre las tropas cristianas de refresco apareció un singular caballero sin más distintivo que la cruz roja sobre pecho y escudo, característico de los cruzados de Tierra Santa, llevando a su grupa a otro caballero ataviado del mismo modo.

Nadie les conocía ni sabía cómo, cuándo y por dónde habían aparecido.

Metidos ya en el combate, el cruzado de la grupa echó pie a tierra y se puso a luchar al lado del caballero. Ambos  arremetieron con tal brío y coraje que solo ellos se bastaban para hacer retroceder a todo el frente enemigo.

Al ver los demás soldados cristianos aquel prodigioso y heroico proceder, tomaron ejemplo y redoblaron sus esfuerzos.

No faltaban los gritos de ánimo de sus mandos.

Entre ellos, por encima del fragor del combate, se podía escuchar la potente voz de Bernardo alentando a los suyos:

-¡Apretad, apretad soldados, que Dios está con nosotros!

O la del rey Pedro arengando a las tropas:

-¡Adelante mis leales! ¡Adelante, adelante por Aragón!

 Y estos, sacando fuerzas de flaqueza, continuaron el combate con más ahínco, hasta derrotar por completo al ejército musulmán.

Fue una gran victoria y una gran carnicería, la mayor acontecida hasta entonces en aquellas tierras. Cuentan los cronistas moros que perdieron la vida en la batalla más de diez mil de los suyos. El mismo conde castellano, García Ordóñez, cayó prisionero durante la contienda.

Ocho días después, la ciudad se rindió y las tropas cristianas entraron victoriosas en ella.

Cuando buscaron a los dos caballeros cruzados para agradecer su inestimable ayuda y enaltecer la magna proeza realizada, no los hallaron. Habían desaparecido tan misteriosamente como habían llegado.

Alguien pensó que aquel suceso tenía todas las apariencias de ser un hecho prodigioso y sobrenatural. Cuando así lo manifestó a las autoridades eclesiásticas presentes, estos le dieron la razón, añadiendo que solo San Jorge podría ser capaz de semejante portento.

Por aquel tiempo se tenían por ciertos algunos detalles sobre la vida de San Jorge. Se decía que nació en Capadocia. Recibió las enseñanzas de la fe cristiana y se dedicó a la milicia. Llegó a ser un alto mando en el ejercito de Diocleciano, pero se negó a perseguir a los cristianos y sufrió martirio por esa causa. Hecho ocurrido el octavo día antes de las calendas de mayo a la hora sexta, es decir, el 23 de abril al mediodía.

Años más tarde surgió la leyenda y en ella se relataba cómo un   caballero alemán, encontrándose en Antioquia combatiendo a los moros, fue descabalgado y quedó rodeado de enemigos. Al verse en trance de muerte se encomendó con tanta fe a San Jorge que este le escuchó. Apareció en la refriega montando un caballo de inmaculada blancura y lo subió a su grupa desapareciendo con tanto misterio como había empleado en su llegada.

En ese momento, escuchó el Santo implorar su ayuda desde el Alcoraz, y así fue como el santo Jorge y el caballero alemán intervinieron en la batalla, hasta hacer que las tropas cristianas lograran una gran victoria sobre sus infieles enemigos.

Como quiera que este hecho, o parecido, se repitiera en otras ocasiones, en las que el Santo se apareció para defender las armas aragonesas en situaciones de grave riesgo o amenazador apuro, se llegó a considerar San Jorge protector de la casa de Aragón, como lo había sido San Millán, y más tarde Santiago, con la de Castilla.

Para celebrar tan importante victoria, Pedro I ordenó construir una ermita dedicada al culto de San Jorge en lo alto de aquel cerro, próximo a los llanos de Alcoraz, que fue testigo mudo y notario inmóvil de la hazaña del Santo.

Sin entrar en la discusión de quién fuese aquel misterioso caballero, ni de cómo se produjeron los hechos, es obligado conceder que algo muy grande e inexplicable debió suceder aquel día 19 de noviembre de 1096, para que el pueblo conservara su devoción al Santo hasta nuestro tiempo.

No hay otra explicación para que, desde entonces, cada 23 de abril, fecha del martirio de San Jorge, se celebre una multitudinaria romería protagonizada por las gentes de Huesca, para recordar aquella remota gesta y agradecerle su ayuda protectora.

La tradición ha hecho que en tan señalado día, año tras año, acudan al cerro los descendientes de aquellos que, otro día, se reunieran por familias, armas en mano, para luchar contra los enemigos de su fe y vengar la muerte de su buen rey Sancho.

Desde entonces las familias han venido haciéndolo en paz, alrededor de cestas, ollas y fuentes, a cobijo de la buena sombra de su arbolado, para degustar el sencillo yantar de ensalada  y  huevo duro, tal vez unas chuletas empanadas de cordero, o quizás algún guiso de pollo para las familias más voraces, todo ello bien regado, eso sí, por el excelente vino del Somontano -hay que alabar las milenarias viñas de Bespén- o por el no menos excelso de la región de Almudevar o Robres.

Concluida la campaña de Huesca, algunos de los combatientes se quedaron en la ciudad y otros regresaron a las tierras altas de su procedencia, pero unos y otros sabían que el reino de Aragón había dejado de ser un incipiente estado, para convertirse en una monarquía asentada y madura, y que la legitimidad de su dinastía era ya un hecho incontestable.

Con broche de oro, se celebró el fin de siglo, ya que en el año 1100, se conquistó Barbastro.

El XI fue un siglo turbulento, donde germinó la buena mies y la cizaña; el fruto sustentador y la mala hierba; la fe de Cristo y su utilización hipócrita e interesada; la lealtad y la traición; la generosidad y la más abyecta ambición. Pero, sobre todos los eventos producidos, el mayor y más importante fue el  nacimiento del Reino de Aragón.



 

viernes, 10 de diciembre de 2021

Rodríguez en El Cairo

CAPÍTULO VII

¡Perdidos en el desierto!



 

 

-¡Nos atacan! -gritó Helen-.

-¡Me cagü´en la leche! ¡Será posible que esa gentuza todavía nos siga! -prorrumpió, exasperado, Rodríguez.

Mientras, el helicóptero se mantenía a pocos metros por encima del coche, provocando tal vendaval de arena, que obligó al conductor a detener el vehículo. No se veía ni a un metro de distancia.

-¡Venga, rápido, dame tu arma! -ordenó, acuciante, Helen al beduino.

-No, lo siento, no voy armado -se justificó éste.

-¡Dásela coño! -gritó a su vez Rodríguez-. ¡Que se te transparenta debajo de la chilaba!

La experta mirada de ambos había captado el bulto del arma. Lo tenían "fichado", desde la primera ojeada.

El beduino sacó, a regañadientes, una enorme automática Browing HP. La pistola era una poderosa arma de guerra de 11 mm y cargador de doble hilera. Quién sabe a cuantos habrían ayudado a viajar al otro mundo con ella.

Helen saltó del Toyota y disparó, sin interrupción, los quince cartuchos del cargador, apuntando hacia la difusa silueta del helicóptero, cuya difusa panza quedaba enmarcada por el brillante sol del amanecer, a pesar de estar oscurecida  por la  densa cortina de arena.

Alguna parte sensible del aparato debió acertar, porque el helicóptero dio un salto hacia arriba y abandonó el acoso al que les tenía sujetos, alejándose rumbo al este. Unos minutos más tarde, vieron elevarse una columna de humo negro, en la misma dirección que habían tomado sus agresores.

-Esos ya no nos molestarán más -sentenció Rodríguez.

Por suerte, todo había quedado en un susto. Un gran susto. Pero la rapidez y determinación de Helen habían evitado que aquel desagradable sobresalto hubiera producido males mayores.

Continuaron rastreando el paso de alguna caravana. No era tarea fácil. Tenían marcadas sobre el mapa las probables rutas utilizadas por los beduinos, aunque de poco servía esa información en una orografía como aquella, cuyos accidentes y referencias eran imposibles de identificar, en la práctica.

Debían guiarse por el instinto del intérprete, buscar los caminos de mejor acceso para el tránsito de camellos y trazar una trayectoria sinuosa para abarcar un mayor frente de búsqueda. Además, no contaban con demasiado tiempo. En realidad, deberían encontrar alguna caravana ese mismo día. Solo así, podrían cumplir el deseo de Helen de convivir con los hombres del desierto, al menos, un día completo.

Helen se consolaba comentando que, aunque el éxito no les acompañara en su búsqueda, los días y, todavía más, las noches transcurridas en el desierto eran, por sí solas, capaces de fascinar a cualquiera. Confidencia que rechinaba en lo más profundo del pensamiento de Rodríguez, que no veía la gracia de todo aquello por ninguna parte. Pero era un ferviente deseo de Helen y lo había asumido con entereza y estoicismo.

Habían alcanzado ya la media tarde y recorrido un buen número de kilómetros, sin éxito en la búsqueda, cuando, de pronto, surgieron varios jinetes armados desde una gran duna, cortándoles el paso.

Helen intentó evitarles, pero el coche se hundió en la duna opuesta.

Las ruedas giraban alocadas en la arena, hundiéndose en ella cada vez más, mientras despedían surtidores de arena a gran altura.

-¡Maldita sea, estamos atascados! -gritó con desesperación Helen, tratando de salir del atolladero.

Intento inútil. Detrás de esa duna, asomaban las figuras de otros jinetes armados. Rodríguez miró hacia atrás y vio otro grupo más, cerrándoles la posible retirada. ¡Estaban rodeados!

-¡Hagámosles frente! -gritó Helen, echando mano a la Browing.

-Tranquila Helen -respondió Rodríguez, sujetando el brazo armado de Helen-. Sería un suicido

Salieron del vehículo brazos en alto, siguiendo las indicaciones de los asaltantes.

-Son tuaregs -susurró el beduino-. Guarden la calma y no hagan ningún movimiento sospechoso. Yo les hablo.

En efecto, eran tuaregs procedentes Libia. Muchos de ellos habían servido en el ejército de Gadafi, formando la Legión Islámica. Tras la caída del dictador, se disolvieron. La mayoría se trasladó a Malí en donde apoyaron al movimiento rebelde. Otros colaboran con el ejército de Níger y algunos se dedican al bandidaje como modo de subsistencia.     

El intérprete se adelantó hacia ellos y mantuvo una larga y agitada conversación, en su idioma, con el jinete que aparentaba ser el jefe de la tropa. Mientras el beduino hablaba alto, gesticulando con desesperación y echándole drama al asunto, el tuareg, que se mantenía imperturbable en lo alto de su montura, replicaba con frases cortas de tono duro y grave de mando, sabiéndose dueño de la situación.

Por fin, acabó la conversación y el beduino dio cuenta de la negociación con el jefe tuareg.

-Querían secuestraros para pedir rescate, pero yo les he informado que erais americanos y que el gobierno americano nunca paga rescate a los secuestradores, sean quienes sean. En cambio, jamás dejan a ningún compatriota desamparado. Estad seguros, les he dicho, de que os buscarán y si les hacéis algún daño os matarán, a vosotros y a vuestras mujeres e hijos. Cuentan con medios de sobra para eso y para mucho más. Así que he propuesto que cojan lo que necesiten y nos dejen en paz.

-Has hecho bien -aprobó Rodríguez.

Mientras, en el bando tuareg se producía una fuerte discusión entre ellos, que acabó por zanjar el jefe. Decidieron, al fin, seguir el consejo del beduino. Arramblaron con todo lo que pudieron cargar  y les dejaron con la ropa puesta, un bidón con 5 litros de agua, el coche pelado, sin radio GPS, ni los transmisores y solo la gasolina del depósito.

-¿Cuánta nos queda? -preguntó Helen.

-La que haya en la reserva -contestó Rodríguez, que llevaba la cuenta de las provisiones-. Justo esta tarde tocaba repostar.

-Pues para esto, mejor hubiera sido liarse a tiros -lamentó Helen.

-Pero estamos vivos, Helen -trató de tranquilizarla Rodríguez-. Míralo por este lado: Mientras tengamos vida, nos quedará la esperanza de poder salir de esta situación con bien.

Sin embargo, la situación no podía ser más comprometida ni peor. Era evidente que, con la gasolina que les quedaba, solo podrían recorrer unos pocos kilómetros más. Necesitaban encontrar alguna caravana o algún oasis pronto o estaban muertos. Y con tan poca agua, sin comida ni nada con qué protegerse de aquel sol abrasador, era cuestión de dos o tres días que sus huesos quedaran blanqueándose, para siempre, en aquel inmenso brasero,

-Vamos, Nashid, es tu turno -dijo Rodríguez al beduino, sin perder la calma-. muéstranos tus habilidades.

El beduino no contestó palabra. Se subió al techo del Toyota y oteó el horizonte en todas direcciones.

-Tenemos que encontrar algún refugio. Hemos dejado atrás la ruta El Cairo a Dar Al Arbaien y también a los oasis de Farafra, Mut y Dakhla. Ahora debemos estar a más de 100 kilómetros de ellos. Ya no podemos retroceder, están fuera de nuestro alcance. Nuestra única oportunidad es encontrar algún pozo de los que toman agua los nómadas. No será fácil, pero si logramos descubrir alguno, es posible que allí consigamos ayuda.

-¿Pero has visto algo, alguna vegetación o la polvareda de alguna caravana? -preguntó Helen, inquieta.

-No, nada -negó Nashid-. Los viajeros tratan de no levantar polvo para evitar asaltos. El que hacía nuestro coche alertó a los tuareg.

-Bien, lo hecho, hecho está. La situación es la que es y hay que tomar decisiones -apremió Rodríguez-. Hacia dónde crees que debemos dirigirnos.

-No podemos hacer otra cosa que seguir haciendo a pie lo que hacíamos en coche: seguir caminando por las veredas más asequible para el paso de camellos y confiar que Alá nos permita encontrar un pozo, una caravana o algún grupo de nómadas.

-Me parece bien -afirmó Helen-. Se trata de luchar para intentar salvarnos en tanto las fuerzas nos lo permitan.

-¡Eso es! Ni por un momento debemos perder el ánimo ni la esperanza de salir de este infierno -afirmó, rotundo, Rodríguez.

Pero la cruda realidad se imponía a la determinación de la pareja. En muy poco tiempo quedarían sin fuerzas para dar ni un paso y la alarma en El Cairo tardaría varios días en producirse. Y aun entonces, la búsqueda sin radio, GPS, ni transmisores, sería tan difícil como la de encontrar la aguja en el heno.

-Pues si estamos de acuerdo -habló el intérprete en su nuevo y forzado papel de guía-, agotaremos la gasolina y seguiremos a pie. Caminaremos en cuanto decline el sol y descansaremos de noche. Tan pronto aclare el día continuaremos la marcha, mientras el sol nos lo permita. Entonces, deberemos resguardarnos lo mejor posible. Caminar bajo el sol del desierto, sin ropa adecuada, nos mataría el primer día.

Consiguieron recorrer unos veinte kilómetros antes de que el Toyota agotara la última gota de carburante. El sol todavía brillaba por encima de las dunas más lejanas, cuando los tres se dispusieron a emprender aquella incierta caminata. Antes, repartieron el agua en sus tres cantimploras y destriparon, con un cuchillo que llevaba oculto Nashid, los asientos para llevarse las fundas y usarlas como protección. No quedaba nada más de utilidad, salvo un mechero, propiedad también del beduino.

-¿Y si nos quedáramos aquí en el coche, hasta que lleguen las ayudas? -preguntó, todavía, Helen.

-Olvídate, Helen. Creo que cuando lleguen, si llegan, nosotros ya estaremos tiesos. Nashid tiene razón, debemos buscar nuestra salvación por nosotros mismos. Y si descubren el coche a tiempo, también lo harán con nosotros, puesto que no andaremos muy lejos.

Echaron a caminar y aprovecharon hasta el último minuto que les permitió la caída de la noche. Después durmieron arropados por las fundas del coche no más allá de cinco horas.

El beduino fue el primero en levantarse. Era todavía noche cerrada, cuando iniciaron de nuevo la marcha, siguiendo el rumbo que había elegido Nashid. Todavía tenían las fuerzas casi intactas y había que aprovecharlas para avanzar lo más posible. Lo hacían sobre una vaguada pedregosa que les permitía andar algo mejor y más rápidos que sobre la arena.

Pero pronto, el implacable sol despuntó sobre la sucesión de altas dunas que hasta entonces les habían resguardado. Helen propuso continuar andando por algún tiempo más, pero el beduino negó su utilidad y advirtió:

-Debemos ahorrar fuerzas. Mañana será un día mucho más duro.

Semienterrados en la arena y protegidos por las fundas de los asientos del coche a modo de sombrajos, aguantaron el paso del sol hasta que remitió y pudieron continuar el camino.

No lo hacían con las ganas y frescura del día anterior, La falta de alimento y la escasez de agua, bebida a espaciados y cortos sorbos, empezaba a hacer mella en los ánimos y fuerzas de los caminantes.

Cuando se cerró la noche, se dejaron caer derrengados. El agradable frescor de la noche, de días anteriores, se había convertido, ahora, en un gélido soplo que se calaba hasta los huesos. Helen y Rodríguez durmieron apretujados tratando de evitar perder el poco calor corporal que les quedaba.

Iniciaron el segundo día con las fuerzas ya muy mermadas. Habían superado la vaguada pedregosa y caminaban sobre la arena, ahora con bastante dificultad, por entre un interminable campo de dunas.

El avance se hacía lento y penoso. Además, las dunas eran de menor altura que el día anterior y el sol les alcanzó antes. Tampoco consiguieron la misma protección. El beduino aconsejó enterrarse completamente en la arena y proteger lo más posible la cabeza. Era la única forma de sobrevivir, según él. Nashid, durante el camino y en varias ocasiones, había oteado el horizonte, subido a la duna más alta, pero en ninguno de sus intentos había logrado apreciar nada favorable.

Cayó, por fin el sol, y pudieron continuar la marcha. Pero ya no caminaban. Arrastraban penosamente los pies, al hundirse en la arena, todavía ardiente, ocasionándoles un desgaste energético y anímico insoportable. Y lo peor era que solo quedaba un par de sorbos de agua en sus cantimploras, con los que pasar la noche.

El beduino, un hombre enjuto, fibroso y acostumbrado a los rigores del desierto, se mantenía medianamente entero, pero Helen y Rodríguez llegaron exhaustos al final de la caminata del día. Se dejaron caer contra una alta duna y, sin mediar palabra, se acurrucaron en la ladera, dispuestos a pasar la última noche, vivos, en aquel inmenso y despiadado desierto.

Despuntaba el día, y Rodríguez notó que Nashid se levantaba e iniciaba la subida a la duna en donde se habían encamado. Pero no le quedaban ánimos ni para preguntarle a dónde iba y para qué. Cerró los ojos, se abrazó a Helen y se sumergió, de nuevo, en aquella atrapante semiinconsciencia.

De pronto, unos desesperados gritos del beduino tuvieron la virtud de despejarles en parte.

-Hey! hey! Come here! Hurry up! Hurry up! -gritaba conminándoles a que se reunieran deprisa con él.

Escalaron como pudieron la duna. Gateando, con frecuentes resbalones, tropiezos y retrocesos, lograron remontar la arenosa pendiente.

Tras ella, en una pequeña vaguada, salpicada por varios ralos y semi secos arbustos, hallaron a Nashid arrodillado, intentando abrir un hueco en la arena, valiéndose de su sandalia con la que raspaba el suelo, movido por una auténtica desesperación.

-¡Ayudadme, que aquí hay agua! -aseguró preso de gran excitación.

En efecto. En el fondo del pequeño hoyo que había excavado, aparecía ya una mancha de arena mojada.

Toda la fatiga almacenada en los dos días anteriores de duro peregrinaje desaparecieron de repente. Ambos imitaron a Nashid. Se arrodillaron y cavaron como posesos, con manos, hebillas, calzado y palos arrancados de los arbustos como herramientas.

Su esfuerzo tuvo recompensa. Pronto vieron brotar las primeras gotas de agua. Después apareció un fino surtidor de preciado líquido, a través de un diminuto agujero del fondo. Continuaron ahondando hasta conseguir formar un charquito, capaz ya de mojar los pañuelos y escurrirlos sobre los resecos labios, lengua y cabeza de los tres.

Después de un primer refresco, ensancharon y profundizaron el pocillo hasta lograr un charco con el que, tras filtrar el agua, llenar las cantimploras, beber y remojarse con mayor entidad.

-Este pequeño manantial indica que cerca de aquí tiene que haber un pozo -dijo el beduino-. Quedaos aquí, mientras yo lo busco. Volveré en cuanto lo encuentre o antes de anochecer, en todo caso.

Una nueva sensación sacudió el ánimo de los dos socios y amantes. Por primera vez, se hallaban solos en medio de aquel inmenso y hostil territorio arenoso. ¿Y si Nashid no regresaba?

Y esa tremenda sensación de soledad y abandono les encogía el corazón de una manera tan agobiante e intensa,  como jamás antes habían conocido.

-No hay que desesperar. Mañana, o pasado a más tardar, la falta de noticias hará saltar todas las alarmas. Encontrarán el Toyota, seguro. Sabrán que hemos viajado a pie, por lo que el área de búsqueda quedará reducido a un círculo muy bien definido. Aquí tenemos agua y con ella podremos resistir unos cuantos días más.

De este modo, Rodríguez trataba de despejar los negros pensamientos que la forzada soledad les ocasionaba, además de infundir ánimo a Helen y, por supuesto, a sí mismo.

Faltaba muy poco para caer la noche, cuando apareció Nashid. Y no venía solo. Traía una hermosa serpiente de metro y medio y dos pequeños roedores que él llamó "jarbos".

-¿Has encontrado el pozo? -preguntaron, ansiosos, a la par.

-Sí, pero está más lejos de lo que había supuesto -respondió el beduino-. Mañana nos espera otro largo y duro día.

Pero aquello importaba ya poco. La buena noticia les había hecho recobrar el ánimo al instante. La "caza" aportada por Nashid no era una maravilla, pero calmó sus tripas tan bien, como el mejor festín del mundo.

Nashid despellejó a los bichos, preparó el fuego y los asó, con gran destreza. Y, a pesar de que no disponían de ningún condimento, nadie le hizo ascos al magro y pintoresco condumio.

Apenas vieron clarear el día, partieron esperanzados en busca del pozo salvador, con fuerzas renovadas. Habían dormido, comido y bebido y, sobre todo, caminaban hacia el final de sus desdichas. Un sol inclemente les alcanzó antes llegar al pozo, pero ya nada les podía frenar.

Alcanzaron su destino achicharrados, pero pronto, el frescor del agua recién sacada les hizo sentir el mayor deleite y regocijo de la Tierra.

-Aquí estaremos a salvo y podremos resistir el tiempo que sea necesario, hasta que llegue alguna caravana o alguna familia de nómadas arreando el ganado -comentó Nashid, asentido sin reparos por la pareja.

Así transcurrieron dos días, en los que Nashid realizaba sus expediciones de caza, regresando con los más extraños bichos que ellos hubieran imaginado comer. Hasta alacranes hubo en el menú.

Durante el tercer día, apareció un grupo de beduinos que se dirigía al oasis de Mut, a fin de vender la recua de seis dromedarios que llevaban, en su gran mercado de animales. Lo componían tres hombres, un joven, dos niños, dos mujeres y una jovencita. Eran una familia de modestos  pastores del norte de la región de Biltine en el Chad.

Montaron dos grandes tiendas y, a pesar de su evidente modestia, les trataron como a reyes, de mano del sehab, o jefe de famila, Tarek, y de su esposa Shaza. Fue una noche memorable en la que comieron, bebieron y danzaron al son de las canciones que entonaban los beduinos, alumbrados por el resplandor de una hoguera, el reflejo de la luna y el brillo de infinitas estrellas, luciendo, sin estorbo alguno, en el negro cielo.

Los nómadas desmontaron temprano las tiendas y prepararon su partida con un ligero desayuno.

-Os llevaríamos con nosotros -dijo Tarek, traducido por Nashid-, pero os conviene más uniros a una caravana que lleva mercancía al Cairo. Viene de Niger y viaja más al norte. Nuestra ruta os desviaría demasiado.

-¿Conoces bien el itinerario de esa caravana? -preguntó Nashid.

-Sí. La esperaban cuando pasamos por el oasis de Al Kissu. Irán al pozo de Fuks, que está a una jornada, justo al norte de este, en dos días.

Se despidieron, al fin, con pesar y tras recibir más indicaciones sobre el probable curso de la caravana. Los nómadas partieron hacia el este y Halen, Rodríguez y Nashid hacia el norte.

Antes de anochecer, ya se hallaban instalados en el pozo Fuks. Este estaba mejor acondicionado que el anterior. Contaba con un cobertizo, un largo abrevadero y un pequeño grupo de palmeras, lo que daba a entender un mayor uso y una mayor frecuencia de paso de los usuarios.

Con el alma en un hilo, esperaron la llegada de la ansiada caravana durante todo el día siguiente, pero fue al amanecer del tercer día, tal como había pronosticado Tarek, cuando se presentaron.

Estaba compuesta por una nutrida reata de dieciséis camellos de carga y otros seis dromedarios con la impedimenta. servida por una tropa de doce hombres, dos mujeres y tres muchachos de 14 ó 15 años, unos a pie y otros montados.

Transportaban un gran cargamento de sal, procedente de la región de Bilma, en Niger, y algunas otras mercancías. Su destino era Bawiti. Desde esa ciudad, a unos 280 kilómetros de El Cairo, las mercancías proseguirían en camión hasta la capital. La caravana regresaría a Niger, tan pronto reunieran la carga suficiente.

Los beduinos acogieron a los tres extraviados con el agrado y hospitalidad que caracteriza a los hombres del desierto. Disponían de una potente emisora militar y se brindaron a pedir ayuda para que vinieran a recogerles. Sin embargo, Helen insistió en solicitar acompañarles durante el resto de trayecto hasta Bawiti.

-Cariño, sabes que compartir unos días con los nómadas del desierto era mi sueño dorado en New York -dijo a Rodríguez, tan pronto obtuvo la conformidad del jefe de la caravana, y tras observar el ceño fruncido de su pareja-. Van a ser unos pocos días más en el desierto, pero  esta nueva experiencia valdrá la pena. Ya verás.

Y su sueño se hizo realidad. Acompañaron a los beduinos durante los diez días que duró la marcha hasta Bawiti. Enfundados en la ropa que les proporcionaron, mucho más adecuada que la suya para andar por el desierto, intentaron comportarse como los propios beduinos. Y aunque eran tratados con deferencia, ellos ayudaban en que fuera menester y ni el mismísimo Rodríguez escurría el bulto en las tareas más duras.

Durante esos días, Helen gozó como nadie de aquella apasionante aventura. Se la veía marchando a pie o sobre algún dromedario, arreando el ganado, descargando los aperos en los vivaques o ayudando a montar las tiendas. Era incansable. Y una pesadilla para Rodríguez, que estaba obligado a mantenerse a su altura, para no desmerecer su naturaleza de varón ante los ojos del resto de la comitiva.

Pero era en los descansos para tomar el indispensable te, durante la cena o en las tertulias nocturnas, antes de que el sueño deshiciera el grupo, cuando Helen gozaba de verdad. Ayudada por Nashid, intervenía en todas las conversaciones que se desarrollaban alrededor del fuego, tanto escuchando fascinada las legendarias historias de los más viejos, como interrogándoles por sus costumbres en todas y cada una de las facetas de su vida.

En Bawiti les esperaba el mismo Hasaní en persona. Días antes habían avisado a la agencia de su buen estado y de su decisión de seguir viaje con la caravana hasta esa ciudad. Él se deshizo en disculpas y les aseguró que les buscaron durante varios días, pero, perdida toda esperanza de hallarles con vida, acabaron por suspender la búsqueda y darles por desaparecidos.

Aquella noche durmieron en el complejo turístico, tras una cena de celebración, a la que asistieron la mayoría de los miembros de la caravana, Antes debieron aplicarse una necesaria, larga, reparadora y meticulosa ducha -apestaban a camello-, para borrar las huellas dejadas por la escasez de agua, en su paso por el desierto.

Al día siguiente, llegaron al hotel Nile Ritz-Carlton, envueltos en la extraña sensación de pertenecer a otro mundo. Eran dos personas muy diferentes a las que cruzaron el hall, el primer día de su llegada a El Cairo. Les embargaba un sentimiento raro, difícil de describir.

Tampoco tenían la necesidad ni el deseo de hacerlo. Simplemente, se dejaban llevar por aquella ambigua sensación, al contemplar con mirada nueva las cosas ya conocidas del hotel: su brillante decoración, la sofisticación del servicio y  de las mismas comidas, incluso unas nuevas sensaciones al sentir el suave roce de las sábanas o el simple chapuzón en la piscina.

Sentían, en fin, haber protagonizado la historia de su vida y percibían la clara evidencia de ser distintos.

EPILOGO.

En el hotel fueron recibidos con los honores de auténticos héroes. Tanto el director del hotel, como un alto directivo de la agencia TourspreS, les colmaron de agasajos y regalos, entre ellos una sustancial rebaja en las respectivas facturas.

Así mismo, el directivo de la agencia les regaló una preciosa reproducción de la dorada máscara funeraria de Tutankamon, que se encuentra expuesta en el Museo Egipcio. Regalo que arrancó una exclamación de asombro en Rodríguez:"Esto, Helen, debe costar un pico"

No era de extrañar. La prensa local y nacional, así como varias agencias informativas internacionales, se habían hecho eco de la penosa historia de la pareja, Esta indeseada publicidad les acarreó más de un quebradero de cabeza, al tener que evitar la pesada insistencia de varios periodistas, dispuestos a conseguir, por todos los medios, la exclusiva de su aventura.

No faltó la visita del teniente Amed. Se saludaron con afecto y, tras comentar las vicisitudes sufridas por la pareja en el desierto, pasó a informarles de las acciones realizadas, en los casos que dejaron abiertos.

-Gracias a las pistas que Vds. nos ofrecieron, nuestro trabajo fue sencillo. Por medio de Interpol, supimos que el cuñado de la víctima y su amigo habían dejado Inglaterra dos días antes de la muerte de Troudeau y habían regresado otros dos después. Entraron aquí con documentación falsa, pero a nuestro Servicio Secreto, acostumbrado a pelear contra espías y terroristas de todo tipo, les costó apenas nada descubrir el hotel donde se alojaron en El Cairo y seguir sus pasos. Les apretamos las tuercas y cantaron como venditos: el amigo era, en realidad, el amante de la viuda. Esta, al parecer, había tramado la muerte de su marido y ellos habían ejecutado el siniestro plan. Les encontramos suficientes pruebas para incriminarlos en documentos, tarjetas, el móvil y el famoso Rolex. Que, por cierto, al examinarlo, encontramos un micro film en su interior, con las claves de importantes depósitos de dinero en bancos extranjeros, y la dirección de un almacén con abundantes armas de todo tipo en Alejandría.

-El asunto olía mal desde el primer momento -aseguró Rodríguez-. Nos alegramos de que hayan resuelto el caso. Troudeau era un malhechor pero no se merecía esa muerte. Y díganos ¿qué fue de los traficantes?

-La red en Egipto quedó desmantelada por completo -contestó el teniente Amed-. Interpol está trabajando para combatir sus ramificaciones en Turquía, Grecia y Oriente Medio. Resulta difícil llegar más allá, ya que las principales fuentes de suministro, además de muy abundantes y variadas, suelen contar con la protección o convivencia de regímenes políticos permisivos.

La conversación continuó en términos cordiales, continuando en el mismo tono hasta la despedida.

-No deje de contactar con nosotros si visita Nueva York. Recuerde que tiene allí a dos amigos -dijo Rodríguez, al tiempo que Helen asentía al estrechar su mano.

Ya de vuelta a casa, en el avión, Helen y Rodríguez hacían balance de sus vacaciones.

-¡Vamos, Helen! ¡Vaya, unas vacaciones moviditas que hemos "disfrutado"! Te dije, o no te dije, que era mejor ir a visitar a tu abuelita de Wisconsin.

-Mira, Luis, cariño. Estas vacaciones no las cambiaría yo por nada de este Mundo. Y te digo una cosa: jamás olvidaré las noches pasadas en el desierto.

FIN

 

viernes, 19 de noviembre de 2021

Rodríguez en El Cairo

CAPÏTULO VI

En las monumentales necrópolis egipcias.



 

Aquella noche, Helen y Rodríguez se acostaron pronto y durmieron a pierna suelta, como pocas veces lo habían hecho antes. Lo necesitaban después de tantas emociones como habían experimentado, durante los seis días de navegación por el Nilo.

Especialmente afectado estaba Rodríguez, poco acostumbrado a tanto ajetreo y carente de las facultades físicas de Helen. Opinaba que el ejercicio físico debía realizarse a cambio de algo sustancial. Hacer ejercicio gratis era, según él, desgastarse en vano o cosa de esclavos.

Y así le iba, pues mientras Helen andaba bajo un sol abrasador -40 grados a la sombra-, con bastante soltura, Rodríguez le seguía a duras penas, resoplando y mascullando al tiempo, mil y un rezongos.

Pero la rueda turística no paraba de girar y allí se hallaba el buen y capaz Hasaní para recordárselo. Apenas habían concluido el apetitoso desayuno, cuando apareció con el plan previsto para los restantes días.

-Hoy está programada la visita a las pirámides -informó-. Hay materia para varios días más, pero debemos ceñirnos a sus posibilidades de tiempo. De cualquier modo, hemos preparado un recorrido que les ha de proporcionar una información de gran interés y bastante completa.

-¿Cómo han previsto los desplazamientos? -preguntó Helen.

-De la misma forma que el primer día, en coche de la compañía con el mismo conductor y el mismo guía, salvo que tengan algún inconveniente o deseen otra alternativa -contestó Hasaní. Y siguió detallando las siguientes fases del plan-. Esta noche dormirán en un complejo turístico cercano a la ciudad de Bawiti, a unos 280 kilómetros de El Cairo. Allí acabará el recorrido turístico y comenzará su aventura por el desierto.

-¡Muy bien! -exclamó Helen-. Estoy deseando que llegue ese momento.

-A ver, explíquenos de qué aventura nos está hablando -quiso saber Rodríguez, que no las tenía todas consigo.

-La señora nos advirtió que no deseaba un tour convencional y eso es lo que hemos diseñado. Es lo que nos distingue de otras compañías turísticas: no disponemos solo de un programa estándar, sino que tratamos de ajustarnos a los deseos y necesidades de nuestros clientes.

-Sí, sí, eso es lo que acordamos -concedió Rodríguez-. Pero prosiga con los detalles, por favor.

-Bien, allí les aguarda un potente Toyota 4/4, preparado para transitar sobre la arena del desierto. No habrá conductor, por lo que deberán manejarlo Vds. mismos. Llevarán agua y víveres para cinco días, además de carburante de reserva y un par de tiendas de campaña. Les acompañará un beduino como intérprete. Está familiarizado con el modo de vida en el desierto y les será de mucha utilidad para superar cualquier dificultad que se les presente. Desde ese momento, todo el desierto egipcio será suyo.

-¡Pero, oiga! ¡Díganos qué demonios vamos a hacer allí, además de pasar calor y tragar polvo!

-Luis, cariño. ¿No recuerdas que el Sr. Hasaní ya nos presentó un avance de nuestra visita al desierto? Deberemos encontrar alguna caravana de beduinos y convivir con ellos tanto como nos lo permitan.

-En efecto, de eso se trata -confirmó Hasaní-. Deberán rastrear las rutas de los mercaderes. Hay tres rutas principales para explorar: la ruta de Darfur, que trae mercancías del Sudán, el Chad y la República Centroafricana. La que viene de Agadez de Niger. Y, por fin, la que procede de Oasin en Libia. Deberán elegir una de ellas, aunque no les recomiendo la de Libia. Hay demasiadas bandas armadas allí y algunas cruzan nuestra frontera, a pesar de los esfuerzos del ejército por evitarlo.

-Nos darán mapas detalladas de esas rutas ¿eh? -requirió Rodríguez.

-Por supuesto -afirmó Hasaní-. Dispondrán de mapas, brújulas, GPS y dos potentes transmisores. Estos están provistos de un botón de emergencia. En caso de peligro o de que deseen renunciar al tour, bastará con pulsarlo para que un helicóptero salga de inmediato en su auxilio. En cuanto a encontrar una caravana, debo advertidles que el éxito no está garantizado. El desierto es muy extenso y las indicaciones de los mapas son difíciles de identificar en el terreno y, con frecuencia, imposibles de seguir en una orografía como esta, sin referencias y en constante cambio.

Estaban a punto de partir, cuando recibieron un aviso de la conserjería: La señora Troudeau deseaba mantener una conversación con ellos, siempre que no tuvieran inconveniente en concedérsela.

-¡Ostras, es una mujer de bandera! -no pudo reprimir la exclamación Rodríguez, al verla llegar hasta el hall, donde se hallaban, arriesgándose a recibir los consabidos reproches de Helen.

No era extraño ni exagerado el comentario de Rodríguez: la viuda del libanés podía cortar la respiración de cualquiera, con solo contemplar su exuberante figura. Su aspecto era de modelo para arriba. Le acompañada un hermano y un amigo de este. Tenían la intención de hacerse cargo del cadáver del muerto y trasladarlo a Inglaterra. Le habían dicho que ellos habían sido las últimas personas en tratarle, y deseaba conocer si habían detectado algún indicio que pudiera arrojar luz a ese inesperado suicidio.

Tanto Helen como Rodríguez negaron cualquier indicio o sospecha.

-¡Que poco me gusta esta mujer! -dijo Helen, terminada la entrevista.

-Mujer, tanto como no gustar...-habló Rodríguez, socarrón-, pero sí, algo lleva en la trastienda la viuda. Y oye, ¿no te has fijado en el Rolex de oro que portaba el amigo del hermano? Podría ser casualidad, pero ahora mismo hay que hablar con el teniente Amed para que lo investigue.

Por fin lograron evitar más dilaciones y emprendieron la marcha hacia las pirámides. Deberían visitar los cuatro campos sucesivos de pirámides: Guiza, Abusir, Sappara y, por último Dashsur. En ellas podrían recorrer la fascinante evolución de la historia de Egipto, sus gobernantes y sus costumbres.

Como era ya habitual, a la fascinación sentida por Helen, se oponían los irreverentes y, con frecuencia chocantes, comentarios de Rodríguez.

-¡Caramba con los faraones! ¡Pero qué manía de apilar piedras! ¿no? ¡Vaya una moda!

El guía esbozó una sonrisa indulgente, ante el comentario de Rodríguez, y trató de dar una explicación capaz de ser entendida por aquel cerril turista.

-Se podría definir así el proceso de construcción de nuestras pirámides, pero advierta que no se diferencia mucho de la evolución acontecida en la edificación de sus catedrales. Vds. las construyeron en honor de su Dios, pero en ellas se reflejaba también el poder político y económico de sus estados y gobernantes que, por cierto, solían servir, además, para mayor magnificencia de sus tumbas. Comenzaron por erigir pequeñas iglesias, pero los posteriores reyes o gobernantes sintieron la necesidad de superar las obras de sus antecesores y las de los estados vecinos. Algo así sucedió en Egipto. No olviden que los faraones tenían una condición divina y debían ser enterrados en edificios que apuntaran hacia el cielo. Allí habitaban los demás dioses y el lugar donde reposaran sus restos requería que fuese lo más alto, sólido y seguro, para acercarse a ellos. Por otra parte, superar el pasado es parte de la condición humana.

-Sin duda consiguieron bien su propósito -comentó Helen.

-El proceso comenzó con la construcción de las mastabas, cada vez más altas y grandes -continuó el guía-. Más tarde, conforme el poder y riqueza de los faraones aumentaba, crecían, en tamaño y perfección, las construcciones funerarias. Así se edificaron las pirámides escalonadas, después las acodadas y, por fin, las grandes pirámides clásicas de Guiza.

Comenzaron la tournée con la visita a esta última necrópolis, al ser la más cercana y famosa. En ella se encuentra la gran y bella Esfinge y las monumentales pirámides de la IV dinastía, de Kleops, Kefren y Mikerinos.

Continuaron por las demás necrópolis, admirando la infinidad de templos, esculturas, grabados y bajo relieves, que guardan. Destacaban en belleza, finura y pericia los realizados en el reinado de Amenhotep III, época en la que se produjo una auténtica explosión de Arte.

Pero  fue en la de Sappara donde les esperaba la mayor y más interesante experiencia.

-Hoy van a tener la gran suerte de visitar el mausoleo de un gran rey, al que solo unos pocos privilegiados tienen acceso -informó el guía, sin ocultar la satisfacción que sentía al estar en condiciones de ofrecer a sus clientes una exclusiva de auténtica élite-. Se trata de la pirámide escalonada del rey Zoser. Es la primera de su especie que se construyó y cuenta con un dédalo de pasadizos de más de 45 km en su interior.

-¿Y está abierta al público? -preguntó Helen, extrañada, ya que todas las que hasta entonces habían visitado estaban cerradas a los turistas.

-Hace muy poco que los expertos han terminado de acondicionar el interior de la pirámide, y está en condiciones de ser visitado con seguridad y orden, pero el gobierno concede los permisos con cuenta gotas. Nuestra compañía dispone de solo dos al mes. Vds. van a tener el privilegio de disfrutar de una de las dos visitas guiadas de este mes.

-¡Qué maravilla! -exclamó Helen entusiasmada.

El entusiasmo de Helen crecía conforme se adentraban en el interior del laberíntico conjunto de pasadizos, túneles, recovecos, salas y antesalas de la pirámide escalonada de Zoser. Sorbía con apasionado interés las explicaciones del guía sobre los abundantes grabados, pinturas y jeroglíficos que aparecían en los lugares más insospechados.

Mientras, Rodríguez trataba de memorizar los cambios de sentido y dirección de los pasillos que recorrían durante el irregular trazado de su trayecto. ¡Madre mía! -pensaba, agobiado, tras un buen rato de haber perdido la cuenta- Como a este tío le dé un telele, nos vamos a quedar aquí enterrados el resto de nuestras vidas.

No recorrieron los 45 kilómetros de galerías de la pirámide, pero casi. De manera que, cuando por fin salieron, ya había caído la noche. Era tarde cuando llegaron a Bawiti, situada a unos 300 Km al norte. Antes de acostarse, cenaron unos sándwich en el complejo residencial Off Road Travel, filial de TourspreS, situado a unos 5 km. al oeste de la ciudad.

Al día siguiente les costó levantarse. El apretado programa de la jornada anterior les había producido la suficiente fatiga, como para que se les pegaran las sábanas. Solo una larga ducha y un generoso desayuno lograron reponer, en parte, sus mermadas fuerzas y ánimos, que tan necesarios eran para afrontar el duro paso por el desierto. Sobre todo al bueno de Rodríguez, que seguía dudando de la sensatez de aquel plan.

Tras unas pocas explicaciones y algunas pruebas de conducción sobre la arena del desierto, partieron hacia lo desconocido Helen, Rodríguez y el beduino intérprete.

Eligieron rastrear el paso de alguna caravana en la ruta procedente de Niger. Fue decisión de Helen. Había que suponer que sería la más frecuentada. La mayoría de las mercancías legales del Sudán elegirían Suez o el Nilo, como mejor y más rápida vía de transporte, y las de Koufra, en el sur de Libia, tratarían de unirse a la ruta de Niger, para alejarse de las numerosas bandas armadas libias.

Antes de iniciar el tour, se desviaron, por consejo del intérprete, para contemplar el curioso espectáculo de los desiertos Blanco y Negro.

En el primer turno de marcha, Rodríguez se situó al volante del potente Toyota. A su lado, viajaba Helen a cargo de la navegación, manejando mapas, brújula y GPS. La pareja confiaba en la experiencia del beduino para sortear las dificultades que pudieran presentarse en aquel territorio tan duro, asolado y hostil.

Superaron la primera etapa sin demasiados inconvenientes, salvo el tremendo y asfixiante calor, que hacía situar la medición del termómetro entre los 40 y 50 grados. Sin embargo, al caer el sol, refrescó bastante y pudieron instalar las tiendas y dormir en ellas de manera placentera.

Se levantaron pronto el segundo día. Debían aprovechar el frescor mañanero y, tras un somero desayuno, reanudaron la marcha.

Apenas habían recorrido 20 Km. a buen ritmo, cuando alcanzaron a escuchar el inconfundible sonido de un helicóptero, acercándose.

-¡Vaya -exclamó Rodríguez, no habrás pulsado el botón de socorro!

-¡Qué va! -contestó Helen-. ¡El transmisor sigue colgado allí, míralo!

En un instante, el helicóptero se situó sobre ellos, levantando una espesa nube de polvo que les cegó. Era evidente que les estaba atacando.