viernes, 19 de noviembre de 2021

Rodríguez en El Cairo

CAPÏTULO VI

En las monumentales necrópolis egipcias.



 

Aquella noche, Helen y Rodríguez se acostaron pronto y durmieron a pierna suelta, como pocas veces lo habían hecho antes. Lo necesitaban después de tantas emociones como habían experimentado, durante los seis días de navegación por el Nilo.

Especialmente afectado estaba Rodríguez, poco acostumbrado a tanto ajetreo y carente de las facultades físicas de Helen. Opinaba que el ejercicio físico debía realizarse a cambio de algo sustancial. Hacer ejercicio gratis era, según él, desgastarse en vano o cosa de esclavos.

Y así le iba, pues mientras Helen andaba bajo un sol abrasador -40 grados a la sombra-, con bastante soltura, Rodríguez le seguía a duras penas, resoplando y mascullando al tiempo, mil y un rezongos.

Pero la rueda turística no paraba de girar y allí se hallaba el buen y capaz Hasaní para recordárselo. Apenas habían concluido el apetitoso desayuno, cuando apareció con el plan previsto para los restantes días.

-Hoy está programada la visita a las pirámides -informó-. Hay materia para varios días más, pero debemos ceñirnos a sus posibilidades de tiempo. De cualquier modo, hemos preparado un recorrido que les ha de proporcionar una información de gran interés y bastante completa.

-¿Cómo han previsto los desplazamientos? -preguntó Helen.

-De la misma forma que el primer día, en coche de la compañía con el mismo conductor y el mismo guía, salvo que tengan algún inconveniente o deseen otra alternativa -contestó Hasaní. Y siguió detallando las siguientes fases del plan-. Esta noche dormirán en un complejo turístico cercano a la ciudad de Bawiti, a unos 280 kilómetros de El Cairo. Allí acabará el recorrido turístico y comenzará su aventura por el desierto.

-¡Muy bien! -exclamó Helen-. Estoy deseando que llegue ese momento.

-A ver, explíquenos de qué aventura nos está hablando -quiso saber Rodríguez, que no las tenía todas consigo.

-La señora nos advirtió que no deseaba un tour convencional y eso es lo que hemos diseñado. Es lo que nos distingue de otras compañías turísticas: no disponemos solo de un programa estándar, sino que tratamos de ajustarnos a los deseos y necesidades de nuestros clientes.

-Sí, sí, eso es lo que acordamos -concedió Rodríguez-. Pero prosiga con los detalles, por favor.

-Bien, allí les aguarda un potente Toyota 4/4, preparado para transitar sobre la arena del desierto. No habrá conductor, por lo que deberán manejarlo Vds. mismos. Llevarán agua y víveres para cinco días, además de carburante de reserva y un par de tiendas de campaña. Les acompañará un beduino como intérprete. Está familiarizado con el modo de vida en el desierto y les será de mucha utilidad para superar cualquier dificultad que se les presente. Desde ese momento, todo el desierto egipcio será suyo.

-¡Pero, oiga! ¡Díganos qué demonios vamos a hacer allí, además de pasar calor y tragar polvo!

-Luis, cariño. ¿No recuerdas que el Sr. Hasaní ya nos presentó un avance de nuestra visita al desierto? Deberemos encontrar alguna caravana de beduinos y convivir con ellos tanto como nos lo permitan.

-En efecto, de eso se trata -confirmó Hasaní-. Deberán rastrear las rutas de los mercaderes. Hay tres rutas principales para explorar: la ruta de Darfur, que trae mercancías del Sudán, el Chad y la República Centroafricana. La que viene de Agadez de Niger. Y, por fin, la que procede de Oasin en Libia. Deberán elegir una de ellas, aunque no les recomiendo la de Libia. Hay demasiadas bandas armadas allí y algunas cruzan nuestra frontera, a pesar de los esfuerzos del ejército por evitarlo.

-Nos darán mapas detalladas de esas rutas ¿eh? -requirió Rodríguez.

-Por supuesto -afirmó Hasaní-. Dispondrán de mapas, brújulas, GPS y dos potentes transmisores. Estos están provistos de un botón de emergencia. En caso de peligro o de que deseen renunciar al tour, bastará con pulsarlo para que un helicóptero salga de inmediato en su auxilio. En cuanto a encontrar una caravana, debo advertidles que el éxito no está garantizado. El desierto es muy extenso y las indicaciones de los mapas son difíciles de identificar en el terreno y, con frecuencia, imposibles de seguir en una orografía como esta, sin referencias y en constante cambio.

Estaban a punto de partir, cuando recibieron un aviso de la conserjería: La señora Troudeau deseaba mantener una conversación con ellos, siempre que no tuvieran inconveniente en concedérsela.

-¡Ostras, es una mujer de bandera! -no pudo reprimir la exclamación Rodríguez, al verla llegar hasta el hall, donde se hallaban, arriesgándose a recibir los consabidos reproches de Helen.

No era extraño ni exagerado el comentario de Rodríguez: la viuda del libanés podía cortar la respiración de cualquiera, con solo contemplar su exuberante figura. Su aspecto era de modelo para arriba. Le acompañada un hermano y un amigo de este. Tenían la intención de hacerse cargo del cadáver del muerto y trasladarlo a Inglaterra. Le habían dicho que ellos habían sido las últimas personas en tratarle, y deseaba conocer si habían detectado algún indicio que pudiera arrojar luz a ese inesperado suicidio.

Tanto Helen como Rodríguez negaron cualquier indicio o sospecha.

-¡Que poco me gusta esta mujer! -dijo Helen, terminada la entrevista.

-Mujer, tanto como no gustar...-habló Rodríguez, socarrón-, pero sí, algo lleva en la trastienda la viuda. Y oye, ¿no te has fijado en el Rolex de oro que portaba el amigo del hermano? Podría ser casualidad, pero ahora mismo hay que hablar con el teniente Amed para que lo investigue.

Por fin lograron evitar más dilaciones y emprendieron la marcha hacia las pirámides. Deberían visitar los cuatro campos sucesivos de pirámides: Guiza, Abusir, Sappara y, por último Dashsur. En ellas podrían recorrer la fascinante evolución de la historia de Egipto, sus gobernantes y sus costumbres.

Como era ya habitual, a la fascinación sentida por Helen, se oponían los irreverentes y, con frecuencia chocantes, comentarios de Rodríguez.

-¡Caramba con los faraones! ¡Pero qué manía de apilar piedras! ¿no? ¡Vaya una moda!

El guía esbozó una sonrisa indulgente, ante el comentario de Rodríguez, y trató de dar una explicación capaz de ser entendida por aquel cerril turista.

-Se podría definir así el proceso de construcción de nuestras pirámides, pero advierta que no se diferencia mucho de la evolución acontecida en la edificación de sus catedrales. Vds. las construyeron en honor de su Dios, pero en ellas se reflejaba también el poder político y económico de sus estados y gobernantes que, por cierto, solían servir, además, para mayor magnificencia de sus tumbas. Comenzaron por erigir pequeñas iglesias, pero los posteriores reyes o gobernantes sintieron la necesidad de superar las obras de sus antecesores y las de los estados vecinos. Algo así sucedió en Egipto. No olviden que los faraones tenían una condición divina y debían ser enterrados en edificios que apuntaran hacia el cielo. Allí habitaban los demás dioses y el lugar donde reposaran sus restos requería que fuese lo más alto, sólido y seguro, para acercarse a ellos. Por otra parte, superar el pasado es parte de la condición humana.

-Sin duda consiguieron bien su propósito -comentó Helen.

-El proceso comenzó con la construcción de las mastabas, cada vez más altas y grandes -continuó el guía-. Más tarde, conforme el poder y riqueza de los faraones aumentaba, crecían, en tamaño y perfección, las construcciones funerarias. Así se edificaron las pirámides escalonadas, después las acodadas y, por fin, las grandes pirámides clásicas de Guiza.

Comenzaron la tournée con la visita a esta última necrópolis, al ser la más cercana y famosa. En ella se encuentra la gran y bella Esfinge y las monumentales pirámides de la IV dinastía, de Kleops, Kefren y Mikerinos.

Continuaron por las demás necrópolis, admirando la infinidad de templos, esculturas, grabados y bajo relieves, que guardan. Destacaban en belleza, finura y pericia los realizados en el reinado de Amenhotep III, época en la que se produjo una auténtica explosión de Arte.

Pero  fue en la de Sappara donde les esperaba la mayor y más interesante experiencia.

-Hoy van a tener la gran suerte de visitar el mausoleo de un gran rey, al que solo unos pocos privilegiados tienen acceso -informó el guía, sin ocultar la satisfacción que sentía al estar en condiciones de ofrecer a sus clientes una exclusiva de auténtica élite-. Se trata de la pirámide escalonada del rey Zoser. Es la primera de su especie que se construyó y cuenta con un dédalo de pasadizos de más de 45 km en su interior.

-¿Y está abierta al público? -preguntó Helen, extrañada, ya que todas las que hasta entonces habían visitado estaban cerradas a los turistas.

-Hace muy poco que los expertos han terminado de acondicionar el interior de la pirámide, y está en condiciones de ser visitado con seguridad y orden, pero el gobierno concede los permisos con cuenta gotas. Nuestra compañía dispone de solo dos al mes. Vds. van a tener el privilegio de disfrutar de una de las dos visitas guiadas de este mes.

-¡Qué maravilla! -exclamó Helen entusiasmada.

El entusiasmo de Helen crecía conforme se adentraban en el interior del laberíntico conjunto de pasadizos, túneles, recovecos, salas y antesalas de la pirámide escalonada de Zoser. Sorbía con apasionado interés las explicaciones del guía sobre los abundantes grabados, pinturas y jeroglíficos que aparecían en los lugares más insospechados.

Mientras, Rodríguez trataba de memorizar los cambios de sentido y dirección de los pasillos que recorrían durante el irregular trazado de su trayecto. ¡Madre mía! -pensaba, agobiado, tras un buen rato de haber perdido la cuenta- Como a este tío le dé un telele, nos vamos a quedar aquí enterrados el resto de nuestras vidas.

No recorrieron los 45 kilómetros de galerías de la pirámide, pero casi. De manera que, cuando por fin salieron, ya había caído la noche. Era tarde cuando llegaron a Bawiti, situada a unos 300 Km al norte. Antes de acostarse, cenaron unos sándwich en el complejo residencial Off Road Travel, filial de TourspreS, situado a unos 5 km. al oeste de la ciudad.

Al día siguiente les costó levantarse. El apretado programa de la jornada anterior les había producido la suficiente fatiga, como para que se les pegaran las sábanas. Solo una larga ducha y un generoso desayuno lograron reponer, en parte, sus mermadas fuerzas y ánimos, que tan necesarios eran para afrontar el duro paso por el desierto. Sobre todo al bueno de Rodríguez, que seguía dudando de la sensatez de aquel plan.

Tras unas pocas explicaciones y algunas pruebas de conducción sobre la arena del desierto, partieron hacia lo desconocido Helen, Rodríguez y el beduino intérprete.

Eligieron rastrear el paso de alguna caravana en la ruta procedente de Niger. Fue decisión de Helen. Había que suponer que sería la más frecuentada. La mayoría de las mercancías legales del Sudán elegirían Suez o el Nilo, como mejor y más rápida vía de transporte, y las de Koufra, en el sur de Libia, tratarían de unirse a la ruta de Niger, para alejarse de las numerosas bandas armadas libias.

Antes de iniciar el tour, se desviaron, por consejo del intérprete, para contemplar el curioso espectáculo de los desiertos Blanco y Negro.

En el primer turno de marcha, Rodríguez se situó al volante del potente Toyota. A su lado, viajaba Helen a cargo de la navegación, manejando mapas, brújula y GPS. La pareja confiaba en la experiencia del beduino para sortear las dificultades que pudieran presentarse en aquel territorio tan duro, asolado y hostil.

Superaron la primera etapa sin demasiados inconvenientes, salvo el tremendo y asfixiante calor, que hacía situar la medición del termómetro entre los 40 y 50 grados. Sin embargo, al caer el sol, refrescó bastante y pudieron instalar las tiendas y dormir en ellas de manera placentera.

Se levantaron pronto el segundo día. Debían aprovechar el frescor mañanero y, tras un somero desayuno, reanudaron la marcha.

Apenas habían recorrido 20 Km. a buen ritmo, cuando alcanzaron a escuchar el inconfundible sonido de un helicóptero, acercándose.

-¡Vaya -exclamó Rodríguez, no habrás pulsado el botón de socorro!

-¡Qué va! -contestó Helen-. ¡El transmisor sigue colgado allí, míralo!

En un instante, el helicóptero se situó sobre ellos, levantando una espesa nube de polvo que les cegó. Era evidente que les estaba atacando.   

domingo, 7 de noviembre de 2021

Rodríguez en EL Cairo

CAPÍTULO V

Navegando por el Nilo.





         -¿Qué se le ofrece de nuevo, teniente? -preguntó Rodríguez, visiblemente molesto-. Porque ya le hemos dicho todo lo que sabíamos.

-No deseo molestarles -contestó el agente-. Hemos conocido nuevos datos sobre la investigación y deseaba compartirlos con Vds.

-Pues Vd. dirá, teniente -dijo Rodríguez, algo mosqueado, todavía.

-Miren, les confieso que, hasta esta tarde, eran los principales, y únicos, sospechosos en este embrollo. Solicité información sobre Vds. a Estados Unidos y a España y acabo de recibirla. En ambos países coinciden en alabarles como hábiles investigadores, capaces y honrados. Gente de fiar, vamos -se sinceró el teniente Amed, y continuó-. Desde un principio, consideramos muy extraño el suicidio de Troudeau, al que seguíamos, desde hace algún tiempo, como sospechoso de tráfico de armas. Pero no hallamos nada que confirmara nuestras sospechas. Por otra parte, el hombre asesinado delante de sus narices, era un maleante con varios antecedentes registrados en nuestros archivos por tenencia, robo y trapicheo de armas. Dos más dos...nos decían que Vds. estaban en el lio. Ahora debo preguntarles si su viaje a Egipto responde a motivos profesionales o a mero viaje turístico.

-¡No, por Dios! -respondió Helen-. Nuestro viaje responde, solo, al eterno y vehemente deseo mío de conocer en persona a este gran País.

-Bueno -añadió Rodríguez-, puesto que ya conoce nuestra condición. debemos confesar que no hemos sido del todo sinceros con Vd. Pero entiéndanos, no deseábamos interferir en sus investigaciones ni, tampoco, arruinar nuestras vacaciones en este extraño asunto, en el que no tenemos arte ni parte.

-Y, entonces, ¿ahora tienen algo más qué contarme? -preguntó el teniente Amed.

-Sí, si -se apresuró a contestar Rodríguez-. Verá, teniente, hay motivos para dudar del suicidio del libanés. Las muñecas del muerto presentaban unas tenues marcas rojizas que indicaba que le colgaron maniatado. Seguro que el rigor mortis las borró, lo que hizo imposible que Vds. las vieran. Además, poseía un valioso reloj de oro que, con toda seguridad, no habrán podido hallar. No quisimos revelarle nuestras sospechas porque hay policías que no desean complicarse la vida y, a poco que puedan, dan carpetazo y cierren el caso. Y, en principio, era un asunto que no nos competía.

-El caso del otro muerto es distinto -continuó Helen-. Notamos que nos seguía, lo cazamos y estaba a punto de cantar para quien trabajaba, cuando le cerraron la boca, metiéndole tres balazos en el cuerpo.

-En ese caso, la muerte del ahorcado correspondería a un ajuste de cuentas, realizado por alguien de su organización o, tal vez, por parte de alguna otra banda rival ¿eh? -sugirió el teniente-. Por eso les seguían a Vds.

-Imposible -negó, rotundo, Rodríguez-. Las mafias nunca maquillan sus crímenes. Al contrario, tratan de hacerlos notar, cuanto más mejor, para que sirvan de escarmiento ejemplar para propios y ajenos. No, la muerte de Troudeau ha sido provocada por alguien que no desea que se abra una investigación por asesinato. Por tanto, el asesino es conocido de la víctima e identificable. Estoy convencido de que estamos ante un crimen cometido por motivos económicos. Porque, también creo estar seguro de que, en sus registros, no han encontrado ningún documento que esté relacionado o pueda revelar algo, sobre la enorme cantidad de dinero negro que este hombre debía atesorar. ¿Estoy en lo cierto?

-Sí, es cierto -respondió Amed- Solo se encontró una pequeña cantidad de dinero en su billetera. En apariencia no faltaba nada. Sí que nos llamó la atención el hecho de que, en sus tres tarjetas de crédito halladas, hubiera, según los bancos consultados, unos saldos más bien escasos, que no se correspondían con el tren de vida de este hombre.

-Ahí lo tiene teniente -afirmó Rodríguez, rotundo-. Debe investigar el entorno del libanés. Y otra cosa: siga la pista del Rolex de oro y hallará al culpable material del asesinato. Además, Troudeau no les iba a dar sus claves y demás datos de sus depósitos sin más ni más. Han debido de torturarle pero, para no dejar huellas, lo habrán hecho realizando varios simulacros de ahorcamiento. Un examen concienzudo del cuello, por los forenses, revelarán las huellas correspondientes a esos intentos. Es más, le vimos manejar dos móviles distintos. Apuesto una buena cena a que solo han hallado uno. En el que falta se encuentra almacenada gran parte de la información sustraída.

Al teniente Amed se le veía cada vez más satisfecho. Las explicaciones de Rodríguez le habían proporcionado una inesperada luz que barría, por completo, la oscuridad inicial del caso. Ahora, todas las piezas del mecano se acoplaban a la perfección.

-Pero entonces...Vds. se hallan en un gran peligro ante la banda de traficantes a la pertenecía Troudeau -advirtió Amed-. Por el momento, no han intentado matarles porque necesitan rescatar la información perdida. Significa que intentan encontrar la oportunidad para secuestrarles y hacerles hablar. Pero como Vds. desconocen lo que buscan les torturaran a fondo antes de matarles.

-Vamos, mejor expresado imposible -concedió Rodríguez-, aunque somos duros de pelar y no les va a resultar fácil lograr sus propósitos. Lo único que lamentamos es no disponer de armas para defendernos.

-En eso no les puedo ayudar, pero vamos a poner en marcha todos los recursos a nuestra disposición para protegerles y, al mismo tiempo, acabar con esa organización de traficantes. Sabemos por el agente de TourspreS que tienen previsto embarcarse mañana, para efectuar un largo recorrido por el Nilo. Ahora mismo, voy a organizar un operativo para garantizar su protección durante el mismo. Les veré antes de que embarquen para darles detalles. Mientras tanto, no salgan del hotel.

La pareja se levantó muy temprano al día siguiente. No habían concluido de consumir el desayuno, cuando apareció el teniente Amed.

-Tenemos todo listo -dijo Amed-. Una pareja de agentes les acompañará durante todo el viaje, camuflados como turistas. Además, un helicóptero, dos lanchas del ejército y una de la policía, estarán en posición de alarma, en constante comunicación con nuestros hombres del barco. Vds. no deben preocuparse por nada. Solo tienen que disfrutar del viaje que, como comprobarán es único e irrepetible.

Reconfortados por las explicaciones del teniente, embarcó la pareja, rebosantes de expectativas por conocer las maravillas que el histórico río Nilo guarda en sus orillas.

Una agradable, suave y fresca brisa movía las velas de la embarcación, haciéndola deslizar, ligera y plácida, por el tranquilo curso del río. En principio, solo durante la noche usarían su potente motor.

Dos tripulantes, un guía, que se turnaba con uno de los tripulantes en atender a los pasajeros, y un guarda jurado componían el personal de servicio. Ocho eran los pasajeros: una pareja turca, otra griega,  la tercera inglesa y la cuarta compuesta por Helen y Rodríguez.

-¡Qué ilusión me hace, cariño, este viaje! -exclamó Helen-. Cuando pienso en que, por estas mismas aguas, navegaron, hace miles de años, los creadores de una poderosa y rica civilización única en su mundo, siento  una emoción como nunca antes había percibido.

-¡Pues, anda que yo! -replicó Rodríguez, haciendo gala de su habitual tono socarrón-. Piensa que las pocas ocasiones en la que me embarqué fueron en el estanque del Retiro. Ya sabes, soy de tierra adentro, y esto...

Pero lo cierto era que la navegación transcurría feliz y placentera. Las atenciones a bordo no podían ser más ni mejores. Solían comer en tierra, al tiempo que visitaban las aldeas o lugares típicos, situados en  las orillas del río o en sus proximidades. La tripulación preparaba el desayuno e incluso servía una ligera cena, además de bebidas, refrescos o infusiones que solicitaran. Al llegar la noche, los tripulantes preparaban cuatro ingeniosos cubículos, provistos de dos literas, desplegando varios tableros y cortinas, capaces de proporcionar el suficiente confort e intimidad a los pasajeros. Estos, pronto intimaron y, a pesar de la diferencia de nacionalidad, la relación entre ellos resultó muy cordial.

Habían consumido ya los dos primeros días de navegación y sobrepasado la ciudad de Asyut, donde habían desembarcado para comer mejor que bien y visitar sus famosas y monumentales tumbas, excavadas en la montaña, reliquias de la época en que la ciudad fue capital del Alto Egipto.

Tras una animada tertulia nocturna, gratificados por la tenue brisa, habitual regalo de cada noche, en contraste con los rigores con qué les castigaba el día, todos los pasajeros se retiraron a fin de gozar de un merecido y necesario descanso.

Sobre las dos de la madrugada, la joven mujer de la pareja turca despertó a Helen y Rodríguez y se identificó como uno de los dos policías de escolta.

-No se alarmen, pero dentro de muy poco se va a producir aquí un buen baile. En cuanto comiencen los tiros, péguense al suelo y no se preocupen de más. Hemos descubierto a un tripulante dando señales luminosas, así que esperamos el ataque inmediato de los traficantes.

-Si nos proporcionan armas, podremos ayudarles -dijo Helen, con su habitual firmeza-. Con cuatro no van a poder.

-No, tenemos órdenes muy precisas. Vds. no pueden intervenir. Los compañeros están a punto de llegar y nosotros nos bastamos para defender la nave mientras tanto.

Una veintena de segundos después, comenzaron a escucharse las primeras detonaciones provocadas por los disparos de nuestros escoltas. Los atacantes habían intentado abordar al barco turista, amparados por la oscuridad, suponiéndola indefensa y sin vigilancia, pero se encontraron con algo que no esperaban.

Los escoltas habían abierto fuego, tan pronto los atacantes se situaron a tiro de sus pistolas. De inmediato se escuchó la respuesta de los atacantes, con un endiablado tableteo de metralletas. Las ráfagas de proyectiles enemigos se incrustaban en la borda de la nave, provocando un violento y siniestro repiqueteo. Ante aquella inesperada situación, la gente de abordo comenzó a gritar despavorida, en medio de una total confusión,

-¡Al suelo! -gritó a su vez Helen, intentando poner un cierto orden en aquel desbarajuste-. ¡Todos al suelo!

Segundos más tarde, se escuchó el inconfundible traqueteo de un helicóptero. Al mismo tiempo, una poderosa pieza orquestal compuesta por los insistentes toques de la sirena de una lancha de la policía, los potentes bramidos de las naves militares, las detonaciones de los contendientes y el estruendo de los acelerados motores de los barcos, in crescendo, llenó el río.

Rodríguez no pudo resistir la tentación y asomó la nariz por encima de la borda, a pesar de que Helen tiraba con fuerza, hacia abajo, de la chaqueta de su pijama.

-¡Madre de Dios! -exclamó- ¡Vaya ensalada de tiros! ¡Los están asando vivos!

En efecto. Los barcos militares y el de la policía, habían bloqueado a dos lanchas rápidas y les sometían a un intenso fuego de ametralladoras. Mientras, el helicóptero se mantenía apartado y expectante.  

De pronto, una de las lanchas de los presuntos traficantes saltó, literalmente, por los aires, alcanzada de lleno por una granada disparada desde una de las naves militares. Aquí acabó la refriega. Los tripulantes de la segunda lancha se rindieron de inmediato.

Poco después, conocieron el resultado de la refriega: dos traficantes muertos, otro desaparecido, dos heridos y tres prisioneros.

-Pueden estar tranquilos -afirmó uno de los escoltas-. Estos ya no volverán a molestarles.

-¿Quiere decir que se puede dar por destruida su organización en Egipto? -preguntó Helen.

-Sin duda. Los detenidos cantarán -afirmó, rotundo, uno de los escoltas-. No les quepa la menor duda. Y con su canto, podremos desmontar la organización que tienen aquí. Por algún tiempo, al menos.

Despojados ya de toda amenaza, continuaron su viaje hasta Asuán, maravillándose de tantos tesoros arqueológicos como se encuentran diseminados en las inmediaciones del Nilo: Los templos de Karnak, Luxor, los Valles de Reyes y Reinas, y un sin fin de monumentos, templos, conjuntos esculturales y museos.

       En la tarde del sexto día, tomaron un avión de regreso a El Cairo. Se hallaban exhaustos pero felices, tras haber gozado de una experiencia, tan irrepetible, como inolvidable  


sábado, 30 de octubre de 2021

Rodríguez en El Cairo

CAPÍTULO IV

Más ajetreo


        La Ciudadela de Saladino

 

Al teniente Amed, la mosca se había instalado definitivamente detrás de su oreja más reticente. Y no se fue, a pesar de las vehementes explicaciones que tanto Helen como Rodríguez le ofrecieron. Sostenían que eran turistas y que se habían visto envueltos, muy a su pesar, en aquellos desagradables incidentes.

-En fin -concluyó Amed-, hay una investigación abierta y Vds. son los únicos testigos que disponemos sobre ambas muerter. Háganme el favor de estar siempre localizables y, por supuesto, de momento no pueden abandonar Egipto.

Se encontraban muy cerca del Palacio Abdin, por lo que decidieron visitarlo, a pesar del mal cuerpo que les había dejado el desgraciado incidente. Coincidencia: el Departamento de Policía de Amed se hallaba situado en la misma plaza del Palacio.

-¿Qué diablos nos está pasando, Luis? -preguntó Helen, intranquila.

-No lo sé, Helen, no lo sé -contestó, pensativo, Rodríguez-, pero podemos aventurar una teoría.

-Si damos por bueno que Troudeau era un traficante o un contrabandista -continuó Rodríguez- y no le ha matado gente de su banda, debemos suponer que los suyos están tras la pista de quienes lo han hecho.

-¡Pero qué tenemos qué ver nosotros en todo eso! -exclamó Helen.

-Tenemos que ver, Helen. ¡Claro que tenemos que ver! -aseguró, vehemente, Rodríguez-. Esta gente anda despistada y les ocurre lo mismo que al teniente, que solo nos tienen a nosotros en sus pesquisas. Y, lamento decirte, Helen, que nuestra actuación de esta tarde, reforzará su idea de que algo tenemos que ver.

-¡Maldita sea la hora en que se me ocurrió venir a este puto país!

-Calma, cariño, que tampoco nosotros somos unos pipiolos -trató de tranquilizarla Rodríguez- Vamos a seguir los acontecimientos con mucho cuidado y muy alertas, pero no vamos a permitir que nos arruinen las vacaciones. Confía en mí.

Sin embargo, habían agotado las ganas de continuar las siguientes visitas y regresaron al hotel.

Allí les esperaba Hasaní, el agente de TourspreS, con el presupuesto de actividades para los 14 días siguientes.

-Hemos tratado de ajustarnos cuanto hemos podido a sus deseos y necesidades -aquí, al hombre se le escapó una sonrisita-. Veamos qué les parece:

Día 1.- Recorrido por la ciudad para conocer las lugares más pintorescos y representativos del carácter egipcio, incluidos el barrio Copto, el mercado Jan el Jalil, los zocos y la ciudadela junto a la mezquita de alabastro. Comerán en un restaurante familiar de comida egipcia. Los desplazamientos se harán en coche de la compañía con chofer, asistidos, en todo momento, por un intérprete.

Días 2 al 8 incluido.- Navegación por el Nilo. Para esto, hemos pensado algo muy especial, tras las indicaciones de la señora de no desear un turismo convencional. Lo normal es acudir en avión a Luxor, tomar una motonave, un gran barco tipo crucero, visitar todos los monumentos hasta Asuán y regresar de nuevo a El Cairo en avión. Nosotros sugerimos un viaje mucho más pintoresco desde aquí a Asuán: Remontar el Nilo en faluca hasta la misma presa. En realidad, sería una faluca especial, algo más grande, como un intermedio entre faluca y dahabeya, provista de dos velas y un potente motor. Esta nave acoge a ocho viajeros con una cierta comodidad, dos tripulantes, un intérprete y un guarda de seguridad armado. Pueden realizar el viaje solos, naturalmente en un barco más pequeño, o acompañados por otros clientes del hotel. Personalmente les recomiendo esta segunda opción. Será más divertida, pero Vds. tienen la última palabra.

Día 9.- Visita a las Pirámides en la meseta de Giza. Como siempre, coche de la compañía, chofer y guía intérprete.

Días 10 a 14 incluido. Visita al desierto, con posible encuentro con los beduinos. compartiendo con ellos tienda y comida, uno o dos días. Como es natural, esto último dependerá de la voluntad y disposición de los propios caravaneros. Por lo general, acostumbran a recibir, sin ningún reparo o condición, a todo viajero que se les acerca. Pero, claro, eso nunca se sabe, ni se puede garantizar.

-¿Qué les parece nuestro planteamiento? -concluyó.

Helen estaba encantada. Habían interpretado sus deseos al cien por cien y estaba impaciente por iniciar el tour en el día siguiente. Rodríguez no tanto. Escuchaba el relato de Hasaní con bastante aprensión, tanto por el ajetreo de tanta actividad incómoda programada, como por estar obligado a calcular, en todo momento, los riesgos que deberían neutralizar o evitar en cada una de las fases de la gira.

La realidad era que, hasta que no se resolviera el falso suicidio de Troudeau, ellos se hallaban en peligro y deberían andar con mucho cuidado, para evitar un mal encuentro con aquella gentuza. Y lo que más le fastidiaba era no poder disponer de un arma, con qué defenderse de sus más que posibles ataques.

Pero, ¡qué demonios! Helen estaba entusiasmada y no se iban a quedar metidos en el hotel el resto de los días, por miedo a un atentado.

-¿Y el precio, qué le ha parecido, señor?

Solo un gesto ambiguo respondió a la pregunta. Desde luego, era más de lo que le hubiera gustado a Rodríguez, pero reconocía que Helen se lo había ganado con creces y no le quedaba más remedio que apechugar con la "dolorosa"

Era muy temprano. Lo habían fijado así para desayunar y emprender pronto el primer día de visitas del programa. Como estaba previsto, el coche con chofer y el guía intérprete los aguardaban. De inmediato, les llamó la atención el guía: era un auténtico armario con brazos y piernas, de cerca de dos metros de alto.

-¡Estupendo! -exclamó Rodríguez, al verlo-. Este tío nos viene que ni pintado: es el prefecto guardaespaldas.

No acababan de dejar Nile Corniche y cruzar un par de calles de la Ciudad Jardín, camino de la Ciudadela, cuando notaron que el conductor intercambiaba, alarmado, unas breves palabras con el guía, en su idioma.

-Al parecer, hay un coche detrás nuestro que nos sigue -dijo este.

-¡Vaya, hombre! -se lamentó Rodríguez, indignado, al confirmar, a través de la ventana trasera, la presencia cercana de un potente BMW negro-. ¡Cómo no tenían que aguarnos la fiesta esos mierdas!

-¡Y llevan armas! -añadió Helen-. ¡He visto sus brillos al montarlas!

-No se preocupen -dijo el guía con una extraña calma-. Este es un coche blindado. Solo un lanzagranadas podría hacernos daño. Además, nuestro conductor es un experto y conoce cruces y callejas de la ciudad como la palma de su mano. Los perderemos en cuanto queramos.

En efecto. De pronto nuestro coche comenzó una desenfrenada carrera de obstáculos por entre aquel laberinto de calles del casco antiguo. Parecía imposible transitar a tanta velocidad sin atropellar a tantos peatones, ciclistas, borricos, carretas o puestos de quincalla que llenaban las estrechas callejuelas. Menos aun, evitar estamparse contra un muro o quedarse encajado entre dos de ellos.

Pero tal como afirmaron, los perdieron de vista en menos que canta un perico. Así pudieron completar el programa previsto sin más tropiezo.

Todavía Rodríguez expresó algún reparo sobre la escasa seguridad en el zoco y los mercados, repletos de recovecos, tenderetes y un hervidero de abigarradas gentes, transitando en todas direcciones.

-Olvídese -dijo el guía-, encontrar aquí a alguien es más difícil que ver volar un mirlo blanco por el desierto.

Un nuevo sobresalto les aguardaba en el hotel: era el teniente Amed.

         -¡Vaya! -exclamo Rodríguez-. ¡El qué faltaba para rematar el día!

miércoles, 27 de octubre de 2021

Rodríguez en El Cairo

CAPÍTULO III

Ajetreada visita a la ciudad

Museo egipcio de El Cairo

 

Helen y Rodríguez corrieron hacia la habitación de Troudeau y, en efecto, encontraron al libanes en el dormitorio, colgado por el cuello de una gruesa moldura de alabastro. Para ello, había anudado los cordones  de varios cortinajes de la lujosa suite. Una silla derribada a sus pies daba una clara idea de cómo se había ejecutado el suicidio.

-¡Qué barbaridad! -exclamó Rodríguez- ¡Cómo demonios se le ha podido ocurrir una locura así a este hombre!

-¡Es qué no me lo puedo creer! -se lamentaba Helen- ¡Pero si ayer estaba perfectamente! ¿Qué le ha podido ocurrir esta noche para que haya tomado esta decisión?

Mientras llegaban los empleados del hotel, Rodríguez echó un rápido vistazo a los demás piezas de la suite. Era deformación profesional: no lo podía evitar, lo llevaba impreso en su ADN.

En esto, apareció corriendo un conserje, seguido por dos mozos.

-¡Qué desgracia, Dios mío! -gemía, agitado y sudoroso- ¡Un hotel de nuestra reputación y que nos haya caído esta desgracia! ¡Dios nos asista!

 -Bueno, hay que mantener la calma -aconsejó con firmeza Rodríguez- ¿Han llamado a la policía?

Al recibir la confirmación del conserje continuó:

-Bien, pues aquí ya no hay nada que podamos hacer. Lo mejor es esperar fuera a su llegada, para evitar contaminar el escenario del suceso. Procure -dijo dirigiéndose al conserje- que no entre nadie hasta que lleguen los agentes y las asistencias.

La pareja regresó a su habitación, impresionados por el inesperado y trágico incidente.

-Todavía no me lo puedo creer -repetía Helen.

-Y tienes toda la razón del mundo para no creerlo -aseguró Rodríguez- A este hombre lo han mandado al otro barrio, con la mayor limpieza.

-¡Cómo puedes estar tan seguro!

-Mira, la persona que conocíamos ayer no mostraba el menor síntoma de preocupación, apuro ni desequilibrio. Muy al contrario, se le veía seguro de sí, con planes de futuro en su mente. Por otra parte, hoy no llevaba puesto el Rolex y no lo vi por ningún sitio. Además, mostraba unas trazas rojizas, apenas perceptibles, en las dos muñecas, señal evidente de que estuvo maniatado mientras lo colgaban. A pesar de que los asesinos, debían ser dos al menos, han dejado la suite bien ordenada, tratando de evitar dejar rastros de su presencia, uno de ellos no ha podido evitar guardarse el valioso reloj. Ha pensado que el muerto ya no lo iba a necesitar y que nadie lo echaría en falta

-Pero ¿no es posible que lo hubiera guardado en algún cajón o armario -argumentó Helen.

-¡Qué va! ¿Te imaginas a alguien que decide suicidarse y se preocupa en poner a buen recaudo el reloj? Te juego lo que quieras a que el Rolex no aparece por ningún lado.

Poco después aquello se llenó de policías, sanitarios y funcionarios judiciales. Pronto reclamaron la presencia de Rodríguez y Helen.

A las rutinarias preguntas del teniente que les entrevistó, la pareja no tuvo inconveniente alguno en facilitar sus datos personales y toda la escasa información que poseían del muerto.

-No, no le conocíamos -aseguró Helen-. la casualidad nos reunió en el comedor durante la cena. Después, estuvimos charlando en el bar de la terraza durante un tiempo y más tarde, sobre las 11 de la noche, nos despedimos. Nosotros bajamos a nuestra habitación y él quedó en el bar.

-Poco podemos informar sobre este hombre -intervino Rodríguez-. Solo que era agente comercial, que estaba casado y poseía una mansión en las afueras de Londres. Nuestra conversación giró sobre las peculiaridades turísticas de la ciudad y de Egipto en general. Y no, tampoco pudimos notar traza alguna de nerviosismo, ansiedad o depresión.

El agente no insistió más y se limitó a darles una tarjeta suya.

-Soy el teniente Amed. -dijo- Les ruego que se pongan en contacto conmigo, en el caso de que recuerdan algún detalle que consideren de algún interés para la investigación.

Más tarde, Helen comunicó a Rodríguez su extrañeza al ver que no había comunicado sus sospechas al teniente.

-Sabes que a la policía no le gusta que gente extraña meta las narices en sus investigaciones. Tampoco quieren complicaciones. A poco que puedan, cerrarán el caso como suicidio y...a otra cosa mariposa.

-Además -continuó-, este es un asunto que no nos compete. Hemos venido para hacer turismo y tampoco nosotros tenemos necesidad de complicarnos la vida. Así que allá ellos con su muerto y nosotros con lo nuestro.

Dicho y hecho. Desayunaron a gusto en el lujoso y bien dotado bufet y, a continuación, conectaron con el representante de la agencia TourspreS, en la oficina que mantienen en el mismo hotel.

-Bien, si me lo permiten -sugirió el agente que les atendió-, les prepararé un boceto de actividades, presupuesto incluido, para los catorce días que desean permanecer en nuestro país, siguiendo los deseos e indicaciones que me han expresado. Pueden dedicar esta mañana a visitar el Museo Egipcio que se encuentra aquí al lado, continuando por la tarde las visitas a las mezquitas y monumentos cercanos. Ahora les entregaré un mapa, un folleto guía, junto a las entradas y pases necesarios. A su vuelta, ya tendré lista la documentación prometida de sus posibles actividades por Egipto.

-Nos parece perfecto -contestó Rodríguez-, aunque le quiero advertir que procure afilar el lápiz, a la hora de poner los precios, que no somos unos potentados, aunque lo parezcamos.

El hombre sonrió al escuchar la pintoresca expresión de Rodríguez. Seguro que en todo el ejercicio de su profesión, jamás había visto una pareja con menos apariencia de potentados.

-No se preocupen, solemos tener precios especiales para los huéspedes del hotel -respondió el empleado, sin abandonar la sonrisa iniciada-. Lo que sí puedo asegurarles que vamos a tratar, por todos los medios a nuestro alcance, de que su visita a nuestro país alcance un nivel de excelencia tal, que su recuerdo resulte inolvidable para el resto de sus vidas.

Provistos de la documentación facilitada por Hasani, el agente de TourspreS, visitaron el Museo Egipcio, situado muy cerca de hotel. Helen gozó lo indecible con las maravillas del antiguo Egipto que allí se guardan. Por ella, hubieran consumido el día entero, recorriendo las innumerables salas del Museo.

No era del mismo sentir Rodríguez. No había transcurrido una hora cuando comenzó a bostezar. Demasiadas piedras, demasiados botijos rotos y muchos pedazos de cosas que le decían poco o nada.

-Cielo, mira a ver si empezamos a finalizar la visita -acució Rodríguez-, que se nos está echando encima la hora de comer y a mí ya me rugen las tripas.

-¡Por Dios, Luis, no me vengas con prisas! ¡Pero si te has llenado la panza en el bufet!

Por fin, consiguió Rodríguez arrancarla, no sin apuros, de aquel espectacular lugar, para ir a comer. Eligieron el Felfela, un restaurante egipcio sugerido por Troudeau la noche anterior. Se hallaba en el camino de su próxima visita, la cercana mezquita de Masjid El Fath, que dispone del segundo minarete más alto del mundo, además de ser una de las más bellas.

Feliz elección. Pudieron saborear un exquisito "Fattah" con cordero "Mozah". Se cumplían, también así, los deseos de Helen de conocer, cuanto más mejor, todo lo relacionado con la vida actual y antigua de Egipto.

Cumplida la visita a la mezquita citada, dirigieron sus pasos hacia el Palacio de Abdin, distante de ella unos 40 minutos. El paseo en sí, era un espectáculo único e irrepetible. Todo él, la gente, el caótico tráfico de todo tipo de vehículos, incluidos sobrecargados pollinos, el incesante vocerío de la abigarradas gentes, los pintorescos edificios y las laberínticas callejuelas, les hacían sentir la impresión de haber sido trasportados a otro mundo.

Caminaban por la avenida de Mohammed Farid, cuando Helen notó que alguien les seguía.

-Bueno, vamos a ver quién es y qué quiere -dijo Rodríguez, con la calma de quien domina el oficio-. Vamos a meternos en aquella calleja de la izquierda. Te ocultas en el primer lugar que podamos encontrar. En cuanto te sobrepase, apareces, me silbas y le pillamos entre los dos.

El sujeto, al verse acorralado, intentó sacar una pistola, pero Helen le redujo. En lo dura un suspiro, el tipo se vio con un brazo que le rodeaba el cuello y el derecho suyo retorcido en la espalda.

-A ver, pajarito, comienza a cantar -apremió Rodríguez-, y como viera que se resistía a hablar, continuó:

-Mira guapo, no queremos hacerte daño, pero si no nos dices quien te envía, empezaré a romperte dedos, hasta que no te quede uno sano. Luego pensaré por donde sigo -y le dobló el índice, con tal fuerza que hizo arrancar un aullido de dolor al cautivo.

-¡Lo diré, lo diré! ¡Soltadme! -gritó.

En ese momento, sonaron tres disparos seguidos y el tipo aquel cayó muerto, con tres impactos en el pecho. De inmediato, una potente moto arrancó en la bocacalle de la calleja, perdiéndose por el bulevar.

-¡Uf! -resopló Halen-. ¡Nos hemos salvado de milagro!

-No, no ha habido milagro. No nos han matado porque no han querido. Solo buscaban cerrar la boca a este pobre diablo. -dijo Rodríguez-. Rápido, llama al teniente Amed. Pero no nos metamos en líos: le diremos que hemos sido testigos del asesinato y nada más.

En cinco minutos aquello se llenó de gente, policías y gritos.

         -Vaya -exclamó Amed al llegar-. Dos días y dos muertos vinculados a Vds. ¿Y debo creer que no tienen nada interesante que contarme? 

 

martes, 19 de octubre de 2021

Rodríguez en El Cairo

CAPÍTULO II

Muerte en el Nile Ritz-Carlton




 

-Oye, cariño. ¡Esto está muy bien! -Helen no pudo reprimir esta exclamación, nada más entrar en la suntuosa suite-, pero te habrá costado un dineral ¿eh?

-Mucho menos de lo que crees -contestó, ufano, Rodríguez, con una amplia sonrisa-. En la Agencia, todavía deben estar preguntándose cómo demonios conseguí sacarles el precio final que me hicieron.

-¡Y qué vistas! -continuó Helen, entusiasmada-. ¡Fíjate, Luis, qué panorama! Mira la cantidad de edificios notables que se divisan desde esta terraza. ¡Y eso que solo estamos en la tercera planta! ¡Pero mira, mira el Nilo, qué preciosidad de onda traza aquí mismo, delante nuestro!

-Sí, sí, cielo. Sabía que te gustaría. En cuanto a la planta, la elegí a propósito. Ya conoces que no me gustan las alturas. Nunca se sabe lo que puede pasar -precisó Rodríguez y, tras una pausa, comentó con un murmullo, acercando su voz al oído de Helen-. Pero oye ¿Te has fijado en el tipo de la terraza de al lado? Tiene pinta de ricachón.

En ese preciso instante, el hombre volvió su cara hacia ellos. Una leve sonrisa, junto a un ligero movimiento de su mano semi alzada, sirvieron de saludo, correspondido de igual modo por la pareja.

La verdad es que la figura de aquel desconocido no podía tener mejor aspecto. Estaba lleno de razón Rodríguez: era el prototipo de hombre de negocios, recién extraído de una superproducción de la Metro.

Arrellenado en una de las cómodas butaquitas de la terraza y enfundado en su amplia y elegante bata, sostenía con la mano derecha una panzuda copa, de la que extraía pausados sorbos de su dorado contenido, mientras que la izquierda manejaba, con buen estilo, un largo cigarrillo. egipcio, seguramente.  

Al parecer, llevaba un tiempo allí, abstraído en la contemplación del incomparable panorama que se ofrecía a su frente, y embebido, quizás, en sus más íntimos pensamientos, hasta que las exclamaciones de Helen interrumpieron aquel plácido enfrascamiento.

-Hola, ¿visitantes por primera vez en El Cairo, quizás? -preguntó el desconocido, en un perfecto inglés con ligero acento francés.

-Cierto -contestó Rodríguez, que ya chapurreaba con alguna soltura el inglés, aunque con un acento horrible de irreconocible origen-. Venimos a ver si son ciertas las maravillas que cuentan de este país.

-Ah, no quedarán defraudados, puedo garantizárselo. Disfruten tanto como puedan y, desde ahora, les deseo una feliz estancia entre nosotros.

El agradecimiento de la pareja sirvió de despedida de este somero diálogo. Ambos se introdujeron en la habitación, satisfechos de haber mantenido el primer contacto de su viaje con una persona de buen nivel, que rezumaba agradables y elegantes modos y maneras.

Tras deshacer las maletas, ordenar prendas y enseres de su equipaje  y tomar unas reparadoras duchas con las que paliar las fatigas del largo viaje, decidieron acercarse al restaurante y consumir una ligera cena, con el fin de acostarse pronto. Había que tratar de descansar lo más posible: los siguientes días se adivinaban ajetreados y con toda seguridad, sospechaba Rodríguez, agotadores.

Casualidad: el maître les asignó una mesa contigua a la que ocupaba el vecino de habitación. Este, de inmediato y tras un breve saludo, les invitó a compartir mesa, si no tenían mayor inconveniente.

La pareja aceptó encantada, seguros de obtener buenos consejos sobre las costumbres, gastronomía y qué ver de aquel fascinante país.

La cena resultó deliciosa y amena, gracias a los consejos del anfitrión en la elección del menú, y las indicaciones, siempre entretenidas y precisas, de las peculiaridades raciales, costumbristas o culturales de los naturales del país egipcio.

-Mi nombre es Troudeau, Jean Troudeau -se presentó- y conozco muy bien Egipto y sus gentes. Mi profesión me obliga a permanecer largos períodos de tiempo por estas tierras, sobre todo en El Cairo y Alejandría, y siempre que puedo me alojo en este cómodo hotel, que es ya casi como mi hogar.

-Por su acento, se diría que es Vd. francés. ¿Me equivoco? -preguntó Helen.

-Casi. Soy libanés, cristiano y francófono, pero toda mi familia abandonó el Líbano al producirse la terrible guerra civil. Nuestras raíces quedaron enterradas allí, bajo los escombros de un desastre de más de quince años, que ha trasformado en una ruina lo que fue un próspero y pacífico país, como no ha habido ningún otro en el Oriente Medio.

Prosiguió, relatando algunas de las vicisitudes que, tanto él como su familia, tuvieron que sufrir y superar, hasta conseguir la acomodada situación en la que se encontraba en la actualidad.

Comentó que era agente comercial y que se ganaba bien la vida con su profesión. Estaba casado, sin hijos, y su mujer residía en Londres, donde poseía una bonita residencia en las afueras.

-Vaya, se diría que casi somos colegas -dijo Rodríguez, "dándose pisto", e ignorando la fulminante mirada que le lanzaba Helen-. Nosotros somos agentes en Nueva York, donde poseemos una agencia consultora.

-¡Oh, qué interesante! -exclamó Troudeau-. ¿Y a qué tipo de consultas atienden, si no es indiscreción? ¿Financieras, quizás?

-Sí, sí, sobre todo financieras -afirmó Rodríguez, que se había venido arriba, tras comprobar el inusitado interés que había despertado en el libanés la revelación de sus ocupaciones.

-Pues fíjense, que este feliz encuentro puede ser el inicio de una estrecha colaboración. La volatilidad de los actuales mercados hoy es tal, que resulta indispensable disponer de una buena consultoría financiera. Estoy seguro de poder realizar muy buenos negocios juntos en el futuro.

Desde luego, era evidente que el libanés estaba vivamente interesado por las actividades de la pareja, hasta el punto de que, acabada la cena, propuso alargar la velada en el Bar Nox del hotel.

-Sugiero celebrar el encuentro con unas copas en el bar de la terraza.

-¡Ah, muchas gracias! -respondió de inmediato Helen, antes de que Rodríguez pudiera abrir la boca-. Lo agradecemos de verdad, pero necesitamos retirarnos a descansar. El viaje ha sido largo y mañana nos espera un denso día, visitando los lugares más interesantes de la ciudad.

-Precisamente por eso les recomiendo que acepten. Desde la altura del bar, podrán disfrutar de una vista inigualable, lo que me permitirá  orientarles sobre los lugares más emblemáticos de El Cairo. Además, podrán reposar, tranquilamente, la excelente cena que hemos consumido. Y algo más importante: para mí, sería imperdonable que me privaran tan pronto de su grata compañía. De nuevo les ruego, y lo digo desde lo más hondo de mi sentir, que acepten esta humilde invitación.

-Hombre, dicho así, quién se puede negar -se apresuró a responder Rodríguez, ganando por la mano la negativa de Helen que ya había pronunciado la primera sílaba de su renuncia-. Aceptamos complacidos.

Hicieron bien. Allá arriba, pudieron gozar de 360 grados de panorama irrepetible. Recortadas contra la creciente obscuridad de un ocaso, todavía inconcluso, se destacaban las sombras de edificios, minaretes, torres, cúpulas, engalanadas ya por innumerables luces y brillos, que, a su vez. iluminaban los principales bulevares, paseos, lejanos barrios o el mismo Nilo, que se dejaba ver vestido con un traslúcido halo misterioso y hasta fantasmal.

La velada resultó muy agradable. Aquel tipo sabía conversar. Poseía el encanto de quien sabe departir de manera amena sin dejar de ser interesante. Además, el embrujo de la noche cairota y el relajado y confortable ambiente del bar ayudaba lo suyo para lograr aquel agrado.

En cuanto a las posibles visitas turísticas, la pareja recibió multitud de consejos y orientaciones referidas a cuatro acciones fundamentales: 1.- Visitas en la ciudad de los lugares más importantes. 2.- Crucero fluvial por el Nilo. 3.- Acercarse a la meseta de Guiza para contemplar las Pirámides. 4.- Vivir la insólita experiencia de recorrer los desiertos y convivir,  dentro de lo posible y en caso de desearlo, con los nómadas.

-Pero todo esto, lo podrán concretar con TourspreS, la agencia más prestigiosa y segura de Egipto. Es con la que trabaja el hotel y se puede afirmar que los raids que organizan disfrutan de una total garantía.

De regreso a la habitación, Rodríguez tuvo que sufrir los reproches de Helen:

-¡Vamos, estarás contento! ¿eh? Has "largado" a más y mejor. ¿A qué venía fingir lo que no somos? ¿Te sientes mejor dándote una importancia que careces?

-Bueno, mujer. No es motivo para que te enfades. En realidad, si lo miras bien, yo no he mentido. Cierto, he exagerado un poquillo, pero qué quieres: Estamos en un hotel de ricachones, ¿deberíamos ir con la cabeza baja, porque no lo somos? Por Dios, Helen, déjame sacar un poco el pecho, que será lo único gratis que podamos disfrutar en este viaje. Y, además, no hago daño a nadie.

-Lo que tú digas -cortó la discusión Helen, aunque Rodríguez no estaba dispuesto a que ella tuviera la última palabra y continuó:

-O crees que él no nos mintió sobre su verdadera ocupación.

-¿Por qué lo dices? -preguntó, intrigada, Helen.

-Pero, vamos a ver. ¿Es qué no te fijaste en el "peluco" que llevaba? Era un Rolex de oro macizo con una gruesa cadena, también de oro, que debía costar una fortuna. ¿Tú te crees que eso, una casa en Londres y la prolongada estancia en un hotelazo como este, puede salir de una comisión de ventas, por muy importantes que estas sean? Qué no, que este tío es traficante o contrabandista. Te lo aseguro.

Helen tuvo que aceptar como probables las sospechas de su pareja y, de este modo, acabó la discusión.

Al día siguiente se levantaron temprano. Poco después, escucharon voces en el pasillo. Alarmados, acudieron por ver que ocurría y se toparon con dos camareras muy excitadas. Una de ellas salió a todo correr, pidiendo auxilio, mientras que la otra pronunciaba exclamaciones en su idioma, llevadas las manos a la cabeza y con cara de espanto.

Al preguntarle qué ocurría, contestó con un hilo de voz en inglés:

-¡Es el huésped de la 322, que se ha suicidado!

La 322 era la suite contigua a la suya. ¡Era la ocupada por Jean Troudeau!