lunes, 18 de febrero de 2019

34.- Relatos, Fábulas y Leyendas


34.- OTRA HISTORIA CON MORALEJA



Pico Castillo de L´Acher. -2378 m.- Vista oriental, desde el campamento Ramiro el Monje.

Al tiempo que hurgaba en mi memoria, hasta lograr abrir brecha en ella, a fin de conseguir dar forma al relato anterior, vino a mi mente un rosario de vivencias infantiles y juveniles, gratas en su gran mayoría.
He seleccionado la que relato a continuación.
Éramos cuatro buenos compañeros de colegio y amigos que, un buen día, decidimos acudir juntos a un campamento de verano, cabalgando sobre nuestros felices, alocados y animosos 16 años de palpitante vida.
Digamos que era el año 1954. ¡Lo que ha llovido desde entonces! Vértigo da volver la vista a tan lejana fecha. Sin embargo, los gratos recuerdos de aquel feliz evento pronto transforman ese vertiginoso sentir en calmada ensoñación.
Muchas anécdotas jalonan el recuerdo de aquella alegre convivencia en el corazón de la Selva de Oza, joya del incomparable Pirineo Oscense. De entre ellas, elijo la gran excursión -casi una aventura para mí- al ibón de Estanés, situado en la raya con Francia.
El trayecto estaba planeado para una duración de unas 7 horas la ida y otras 5 la vuelta, realizada ésta por un camino más llano y accesible. Tres pastores de recia figura y poco habla servían de guía.
Así, la madrugada de un espléndido día, partimos un animoso grupo de muchachos a la conquista de un brillante objetivo que, como digo, era para mí una  excitante e inédita aventura. Por desgracia, dos de los cuatro amigos no pudieron acompañarnos. Se vieron impedidos a causa de la aparición de unas inoportunas molestias, que resultaron de poca importancia.
La marcha se inició en el campamento, en dirección Este, hacia el Castillo de Acher, remontando una empinada, interminable y sinuosa senda, que subía sin descansos, entre la frondosa arboleda del bosque. Era una cuesta tan dura, que el médico abandonó a su mitad. Roto quedó allí, sentado al borde de la senda.
De este modo, superamos unos 800 metros. Dejamos atrás el bosque y, tras cruzar una seca torrentera, afrontamos varios collados, casi verticales, extrañamente alfombrados por una densa hierba.
Recuerdo que la ascensión por estos collados era tan penosa, que la mochila donde llevaba la comida del día -kilo y medio como máximo en total- tiraba de mí hacia abajo, como si cargara 20 kilos de plomo. 150 metros más arriba, ganamos la base derecha del Acher.
Por fin, remontado ya el último collado y mientras recuperábamos el aliento perdido en su ascensión, se abrió ante mí un espectacular y fascinante panorama como jamás antes había tenido la oportunidad de contemplar. Acostumbrado a las suaves colinas y reducidos "tozales" de mi Somontano infantil, aquella agreste naturaleza me parecía de otro mundo por mágico y salvaje.
Hacia el frente, y a un lado, se abría un profundo valle, cuyo fondo no se alcanzaba a ver. A derecha e izquierda se alzaban altas cumbres de variada fisonomía, siempre enriscadas y agrestes. A nuestra altura y paralela a la dirección del valle, corría una suerte de verdeante terraza que terminaba en una serie de pequeñas crestas rocosas. Mucho más adelante, allá en el lejano fondo de este singular paisaje, aparecía una enorme pared rocosa que, en aquel momento, era cruzada por una manada de veloces sarrios, en una circense carrera, por donde parecía imposible que nadie, hombre o animal pudiera transitar sin despeñarse.
Una vez tomado buen respiro, continuamos nuestro camino por aquella amplia faja, alfombrada con alta, abundante y fresca hierba.
Llegamos al final de este bucólico paraje y allí nos encontramos con el primer obstáculo serio: Había que descender por una estrecha y complicada canal rocosa, que obligaba a gatear con pies y manos sobre los pequeños accidentes de la roca.
Mi amigo y yo nos aprestábamos a iniciar el descenso, cuando alguien advirtió que unos metros más allá, a la izquierda, aparecía otra bajada, mucho más suave que permitía el descenso andando sin más apuro.
Los dos amigos, acompañados por tres o cuatro chicos más, decidimos tomar aquel suave atajo. Así llegamos a una nueva terraza, cubierta también de hierba, al estilo de la anterior, aunque algo más ancha.
¡Sorpresa! No había ni señal de los compañeros que habían bajado por la canal rocosa. Ni siquiera esta se veía desde allí. Tampoco se apreciaba a nadie marchando en la lejanía. De repente nos encontramos solos, como si hubiéramos sido transportados a otro lugar de otra montaña. 
Sin embargo, reparamos en un rastro formado en la hierba y señalado con nitidez por la falta en ella del rocío de la madrugada. Aquel rastro seguía la dirección de marcha que habíamos llevado hasta entonces, por lo que supusimos que pertenecía a los compañeros que, al acceder por la canal, nos habían tomado la delantera.
Seguimos con rapidez aquel rastro para tratar de alcanzarles, pero nuestro empeño terminó pronto. Al llegar a otra zona rocosa, desapareció por completo. Hoy pienso que aquellas huellas debieron pertenecer a una alimaña o, tal vez, a un cérvido.
Había que rendirse a la evidencia: estábamos perdidos en medio de aquella inmensidad de abruptas escarpaduras. Quizás mi amigo, que era mucho más aventurero que yo, estuviera más tranquilo, pero yo en seguida me sentí arrebatado por el pánico, aunque no se notara, pues hice todo lo que buenamente pude para ocultarlo.
No era para menos. Ignorábamos dónde ir, ni cómo hacer, para reunirnos con el resto de compañeros. Y era muy dudoso que supiéramos deshacer con bien lo andado, a causa de lo intrincado de aquellos parajes.
En ese apuro andábamos, cuando un bendito hecho providencial vino en nuestra ayuda. De pronto, vimos aparecer a lo lejos, en dirección nuestra, a un reducido grupo de rezagados, conducido por uno de los pastores guías.
Tal vez este hombre, que sin duda era conocedor aquellos parajes mejor que yo el pasillo de mi casa, supo de nuestro desvío y decidió ir tras nuestros pasos, hasta alcanzarnos y enmendar aquel inconsciente desatino.
Recobrado el ánimo, quizás no perdido, pero sí bastante resquebrajado, continuamos la marcha hacia el objetivo de la excursión: el precioso Ibón de Estanés.
Un retraso de 3 horas fue el precio que tuvimos que pagar por habernos desviado de la ruta precisa. Desde entonces estuvimos obligados a caminar monte a través, sin la ayuda de sendas señalizadas, superando trochas y complicados pasos, no exentos de belleza, pero tampoco de esfuerzo y de relativo peligro.
De todos ellos, solo me queda el recuerdo de dos.
Era un paso horizontal que rodeaba a un peñascal. Dicho paso era tan estrecho, que había que pegarse a la pared y, en ocasiones, agarrarse a ella. Recuerdo que los salientes de la roca estaban tan afilados que uno de ellos me hizo un corte en el hombro de la cazadora de cuero vuelto que llevaba. Tuve un buen disgusto: le tenía cariño y aquel roto no tenía compostura.
Muy cerca del ibón, atravesamos otro paso, quizás no tan arriesgado, pero mucho más impresionante. Tuvimos que cruzar una enorme pared. A un lado del paso se abría un inmenso precipicio sin fondo, al otro la pared desnuda impedía cualquier acción de escape.
En estas condiciones, había que salvar unos 50 metros. No era una senda. Es difícil de explicar, pero la disposición de los accidentes naturales de la pared iban abriéndose a nuestro paso, permitiendo un espectacular e irregular acceso, solo capaz de ser usado por quienes conocieran su existencia. Yo jamás me hubiera aventurado por aquella cornisa sin la presencia de aquel experto pastor.
    
Por fin llegamos a Estanés con tres horas de retraso, como está dicho, con nuestros compañeros cansados de esperar... y de ligar con otro grupo excursionista de chicas francesas que había aparecido por allí. Por cierto, que alguno recibió la reprimenda del cura al sobrepasar, a su juicio, las rígidas normas morales de la época.
Apenas tuvimos tiempo de alimentarnos y de inmediato debimos iniciar el regreso. Este fue mucho menos trabajoso. Por supuesto, no se nos ocurrió separarnos del grupo ni por un momento.
Bajamos hasta el valle donde nace el Aragón Subordán y seguimos el curso del río, que corría mansamente, en medio de amplios pastizales, donde aparecían diseminados varios grupos de tranquilas vacas, rumiando su pasto.
 La caída de la niebla vespertina puso un punto de misterioso halo en el paisaje y otro de intranquilidad en nosotros. Sin embargo, pronto llegamos a  un lugar, conocido como La Mina, territorio ya muy familiar, que solíamos visitar con frecuencia. Desde allí al campamento, asentado a la orilla del río, no había mayores dificultades, a pesar de que la noche se nos había echado encima.
Aquel día, en esta preciosa excursión, aprendí algo que quedó grabado en mi mente para siempre y guió mis pasos a lo largo de mi  exigente, inesperada y cambiante existencia.
Supe que el camino más sencillo o fácil, no siempre es el mejor. Que las dificultades hay que afrontarlas en vez de ignorarlas. Y que la honradez, la generosidad y el trabajo tenaz, no admiten rodeos ni componendas.
El campamento acabó. Desde ese día, la vida, siempre veleidosa, insondable, dulce en ocasiones y agria o amarga en otras, nos separó y condujo por lugares, situaciones y labores muy distintos.




Pero 48 años más tarde, conectamos de nuevo y acordamos reunirnos en el mismo lugar donde, tantos años atrás, había transcurrido aquella bella y juvenil página de amistosa convivencia.
En esta feliz e histórica cita, antes de escuchar el relato de sus andaduras, pude comprobar, tanto en sus rostros, como, sobre todo, en sus miradas francas y limpias, que los cuatro amigos habíamos sabido viajar por cada una de nuestras vidas, caminando por esa senda recta, sin desvíos ni atajos, que lleva a culminarlas con bien y utilidad.
Y sentí una enorme satisfacción.
(Dedicado a mis cinco nietos)   


jueves, 10 de enero de 2019

33.- Relatos, Fábulas y Leyendas


33.- UNA EXTRAÑA HISTORIA DE NAVIDAD.

 
El pueblo de Arbaniés, según mi interpretación.
          
Mi nieto Andrés, 10 años, me ha pedido que escriba algo sobre la Navidad, en su postal de felicitación navideña.
Los deseos de mis nietos son órdenes ineludibles para mí, así que comencé de inmediato a poner en marcha mi imaginación, a fin de cumplir su pretensión de la mejor manera.
Pronto me di cuenta de que la tarea de relatar algo original no era sencilla. Hay tanto escrito sobre la Navidad que cada historia que venía a mi mente ya la había oído, visto o leído antes.
Decidí entonces hurgar en mi memoria, intentando encontrar algún recuerdo, que pudiera servir de guía o argumento, capaz de ayudarme a cumplir la destacada misión encomendada.
Me costó, pero al fin, en un remoto rincón de mis recuerdos, hallé, entre brumas, una extraviada anécdota.
Tendría yo alrededor de 8 años. Quizás 9, pero estoy seguro de no llegar a los 10.
Era época navideña. Cada año solía pasar mis vacaciones, tanto las de verano como las de invierno, en el pueblo de mi abuela -mi abuelo murió sin llegar a conocerlo-, aprovechándome de que era su "ojito derecho" y, por tanto, el favorito de todos sus nietos. Celebraba la Noche Buena en Huesca junto a mis padres y hermanos, pero en los días siguientes, marchaba hacia el pueblo, bajo la tutela de algún conocido adulto que viajara con el mismo propósito y destino. Allí permanecía hasta vísperas de Reyes.
Aquel día, mi abuela me encomendó una tarea muy delicada e importante: debería llevar su silla-reclinatorio a la iglesia. En aquel pueblo, y supongo que en otros muchos, no había bancos en el recinto eclesial. Solo unos pocos y muy sencillos para los niños, en la parte delantera y algunos otros en el coro, que usaban los hombres. Las mujeres utilizaban sillas de su propiedad.
La de mi abuela se hallaba en su casa para realizar algún arreglo y yo debía devolverla a su lugar de culto.
Era un día frio, habitual en ese riguroso invierno del Somontano, cercano a la Sierra. Había caído una preta boira -niebla cerrada, en el habla del pueblo- y apenas se podía ver más allá de diez pasos, a pesar de que rondaba el mediodía. Pero yo estaba acostumbrado a ella y caminaba seguro hacia la iglesia, llevando la silla vuelta sobre mi cabeza, es decir, patas arriba.
Encontré la iglesia abierta -entonces solo se cerraba durante la noche-, desierta y en penumbra, apenas iluminada por la lamparilla del Sagrario.
Después de colocar la silla en el lugar adecuado, me dio por curiosear un rato por aquel santo lugar, que además de sagrado, era a mis ojos tan místico y misterioso, como poco comprensible, con multitud de enigmas que mi corta edad no alcanzaba a explicar.
Uno de los que más llamaba mi atención era el confesionario. Me intrigaba la extraña forma de aquel raro armario y, sobre todo, el misterioso ir y venir de las gentes hacia él, en las pocas ocasiones que estaba en funcionamiento. En ese lugar, las mujeres y los hombres cuchicheaban reclinados, haciendo gala de mucha piedad y recato. Ellas ante las dos rejillas laterales, mientras que los hombres lo hacían por un hueco frontal, semi oculto por unas oscuras cortinillas moradas.
Me acerqué con precaución y miré en su interior. Apenas se podía ver algo, dada la obscuridad que llenaba el sagrado recinto. Palpé, más que vi, un banco corrido, pegado a la pared, y una especie de bufanda reluciente, que ya en otras ocasiones había visto usar al cura, colgada en algo parecido a una percha.
De pronto, escuché el chirrido de la puerta al abrirse. El ruido me asustó y di un respingo. Tras él,  no se me ocurrió otra idea más feliz que ocultarme dentro del confesionario. En ese momento, me sentía reo de algún delito indeterminado, a punto de ser pillado infraganti.
Con la mayor precaución, asomé la nariz por entre las cortinas para ver quien entraba y ,,, ¡horror, era el Miguelico, la persona que más temía del pueblo!
El tal Miguelico era un ser muy extraño. No se relacionaba con nadie. Vivía solo y apenas salía a la calle. Jamás iba a misa, ni siquiera en la Fiesta Mayor.
Tampoco la gente del pueblo hacía esfuerzo alguno por remediar esa situación. En resumen, este hombre vivía en el pueblo como un auténtico apestado. Mucho más tarde, conocí la causa de esta situación. Algo, que no viene a cuento relatar aquí, sucedió durante la guerra civil que no fue del agrado de sus vecinos y, al parecer, éstos mostraron su reprobación, aplicándole aquel duro y radical ostracismo.
Pero, como digo, eso es otra historia. En aquella época de posguerra, la gente trataba de paliar, con el olvido, las terribles heridas sufridas a causa de la guerra y las barbaridades cometidas por muchos integrantes de los dos bandos del conflicto. Sin embargo, a los niños no se les implicaba en estas historias y no se hablaba de ellas en su presencia. Al menos en mi familia, a pesar de que hubo abundante sufrimiento en ella, provocado en ambos lados de la contienda. Era como una pesadilla que había que olvidar para poder rehacer sus vidas, lejos del peligro, la angustia y la ruina ocasionada en aquella enconada guerra.
Y los chiquillos campábamos a nuestro aire, felices, libres de obligaciones escolares, y siempre enredados en juegos, travesuras y aventureras correrías.
De vez en cuando, los zagales, que eran de la piel del diablo -éramos, debo decir mejor. Aunque yo, como forastero, fuera a remolque y de comparsa-, solíamos ir a tirar piedras a las ventanas de la parte trasera de la casa de Miguelico, que daba al campo.
Pocas ventanas del pueblo tenían cristales, por lo que hacíamos poco daño. Ruido sí: la pedrea sonaba en las contraventanas como una escuadra de tamborileros.
En cuanto notábamos el menor movimiento en la casa, salíamos corriendo a la máxima velocidad que podían imprimir nuestras cortas piernas, entre risas y gritos de rechifla: Miguelico, Miguelico, agárrame el melico.
Solo en una ocasión pude verle a corta distancia y con detalle. Cruzaba yo por delante de su casa, cuando apareció, de repente, por el siempre oscuro hueco de la puerta de entrada.
Fue una terrible visión que me aterrorizó. Era la imagen viva del hombre del saco o del sacamantecas, tal como yo les había dado forma en mi mente, para interpretar a esos dos terroríficos enemigos de las niños de aquella época.
No era para menos. Contaba con una figura magra y encorvada, enfundada en ropas demasiado holgadas que, sin llegar a la categoría de harapos, lucían sucias y ajadas, mostrando a las claras el excesivo tiempo de uso y la mucha falta en ellas de agua y jabón.
Su cara era de película de miedo: tez renegrida, gesto contraído y hosco, amenazante mirada y faz surcada por muchas profundas arrugas que asomaban por entre una desaliñada y escasa barba, dando a su rostro un aspecto en verdad temible. Remataba su cabeza con una boina que había perdido su original color negro hacía mucho tiempo, de la que surgían unas greñas entrecanas, mal cortadas y peor peinadas.
Salí corriendo y no paré hasta llegar a mi casa.
No es de extrañar que, al ver a este hombre penetrar en la iglesia, sintiera entrar en mí un temor insuperable. Apenas respiraba por miedo a delatar mi presencia.
¿Entraría en la iglesia con el propósito de robar el cepillo de las limosnas? O peor aún ¿Me habría seguido con la intención de pillarme y hacerme mondongo?
Preso de un miedo inevitable, y el corazón sonándome en el pecho y sienes, vi al Miguelico avanzar por el pasillo central, hasta llegar al altar mayor.
Allí, ante la mayor de mis sorpresas, se arrodilló, se santiguó y estuvo rezando un buen tiempo. En algún momento, lo hacía en voz alta, pareciéndome que solicitaba el perdón del Altísimo. Después se levantó, besó el pie del Niño Jesús que reposaba en su cuna a un lado del altar y, tras rebuscar en el bolsillo de su raída chaqueta, dejó sobre la bandeja de las ofrendas dos perras gordas y una chica. Es decir: un real. A continuación, salió por donde había venido.
Hoy, aquel dinero sería la sexta parte de un céntimo de euro. Puede parecer una ofrenda miserable, pero en aquellos tiempos, aunque en el pueblo no faltaban alimentos de cualquier clase, raro era poder ver un duro, ni  tampoco una peseta para los más pequeños.
Poco a poco me fui reponiendo del sofoco sufrido. Dejé transcurrir un tiempo, hasta asegurarme que el Miguelico se habría alejado lo suficiente y entonces salí disparado hasta la casa de mi abuela, envuelto en la densa niebla que me enmascaraba.
No revelé a nadie lo sucedido aquel día, pero jamás volví a tirar piedras a la casa de Miguelico, ni permití que mis amigos lo hicieran. Además, aprendí una lección que ya nunca olvidaría: jamás se debe juzgar a nadie por las apariencias, ni por lo que digan de él. Solo los hechos deben ser capaces de calificar a las personas.
Sin embargo, treinta años más tarde pude comprobar cuán débil es la memoria de los humanos -y humanas, que no deseo molestar a ninguna de ustedes...¿o debo decir ustedas? ¡Uf, qué lío esto del feminismo!-, a la hora de mantener la promesa de un buen principio o una correcta norma de conducta.
Sucedió en México D.F. durante un viaje de trabajo. Caminaba junto a un colega por una calle cercana a la conocida plaza del Zócalo, en busca de un reputado restaurante, donde gustar la típica comida mexicana.
Al poco tiempo, noté la presencia a mi lado de otro transeúnte, que caminaba acompasado a nuestra marcha. Miré de soslayo y sufrí un fuerte sobresalto: aquel hombre tenía el mayor aspecto y catadura de maleante y rufián que se pueda describir. ¡Vaya, este tío nos va a asaltar! Pensé y me apresté a vigilar con cuidado todos sus movimientos. Así anduvimos durante un rato, hasta que vi cómo echaba mano a su bolsillo.
Mi inicial sobresalto subió de tono. Estaba seguro que iba a sacar un arma para asaltarnos y, tenso, me puse en guardia a fin de repeler el inminente ataque. En ese momento, el sospechoso sujeto sacó la mano del bolsillo y...¡oh sorpresa! la extendió y entregó las monedas que llevaba en ella a un mendigo que pedía limosna unos metros más allá, sentado en el umbral de un portal.
Ante aquel inesperado desenlace, sentí una vergüenza infinita. A buen seguro, mi rostro enrojeció hasta cubrirse por completo. Por suerte no había comunicado mis sospechas a mi colega, lo que me ahorró unir al bochorno sufrido por la desatinada calificación de aquel ejemplar ciudadano, la segura chanza que me habría de corresponder por "gachupín gallina", allí donde todos son "muy machos".
Pero, tanto aquella anécdota navideña, como esta última, me sirvieron para que, durante el resto de mi existencia, rechazara cualquier clase de prejuicio, por muy sutil o enmascarado que fuese.


miércoles, 19 de diciembre de 2018

32.- Los malditos coches diésel


32.- LOS MALDITOS COCHES DIÉSEL 

Con mayor frecuencia de lo deseado, me encuentro con la imaginación en huelga de neuronas caídas, sin ningún tema, medianamente interesante, que llevar al teclado de mi ordenador. Por suerte, el casual y afortunado encuentro con algún amigo -o conocido, como dijo aquel famoso futbolista- acude en mi ayuda, aportándome, gratis, la perdida inspiración.
Tan solo hace un par de días, tuve la fortuna de toparme con dos de ellos. Uno llegaba rebosante de satisfacción. Acababa de comprar un coche híbrido y se hallaba feliz por la adquisición.
-¿Qué tal va? -pregunté al instante, pues sentía verdadera curiosidad por conocer algo de ese novedoso sistema de tracción.
-¡Ah, es una auténtica maravilla! -se apresuró a contestar. Y a continuación nos relató una larga serie de ventajas y provechosas cualidades.
-¿Y has notado algún inconveniente? -quise saber.
-No, no, ninguno. Este coche marcha como una seda. De verdad, da gusto conducirlo.
Insistí, pero no hubo manera de conseguir la menor información de trastorno o molestia. Se hallaba en un total estado de enamoramiento de su flamante vehículo.
-Pues yo -intervino el otro amigo- no pienso cambiar de coche hasta que salgan los de combustión de hidrógeno. Porque, por más que digas, tu coche híbrido sigue contaminando, aunque sea de manera más leve que los coches normales de gasolina o diésel.
-¿Lo dices en serio? -pregunté asombrado, ante su rotunda afirmación.
-¡Ya lo creo! -contestó rotundo, influenciado, quizás, por la reiterada exposición del tema en los medios-. Es y será el sistema más ecológico de cuantos se inventen. En la práctica funciona con agua, y solo emite algo tan inocuo como el vapor de agua.
-Ya, ya. Pues te voy a decir algo al respecto con absoluta seriedad: Yo no llevaría un coche de hidrógeno ni gratis. Mira, he trabajado con gas hidrógeno durante toda mi vida profesional y conozco muy bien la problemática de su uso.
-Oye, en todas las informaciones que he tenido oportunidad de acceder, solo he leído alabanzas sobre ese sistema y ningún inconveniente.
-Seguro. Es un estupendo combustible, pero tengo la completa seguridad de que nadie te ha dicho que el hidrógeno, con el aire y en determinadas proporciones, forma una mezcla explosiva muy potente. En esas condiciones, cualquier chispa, incluso la más pequeña o las producidas por electricidad estática, te harían saltar por los aires.
-¡Venga, me estás vacilando! -exclamó mi amigo, aunque su rostro mostraba una inicial mueca de alarma.
-Ya te lo puedes creer -aseguré rotundo-. En la fábrica donde trabajaba, explotó un horno de vacío suizo que usaba atmósfera de hidrógeno en el enfriamiento de la carga. Era el mejor que teníamos y quedó hecho chatarra. Por suerte para mí, que era el responsable de la planta, no hubo desgracias personales. Además, el accidente se produjo cuando el operario accionó el interruptor de puesta en marcha, al día siguiente de que un técnico de la casa fabricante realizara el trabajo de revisión y mantenimiento solicitado por mí. Por lo visto, no detectó una pequeña fuga de gas en la cámara y bastó la chispa del interruptor para que aquello saltara por los aires, ante el horror del resto de operarios que también en ese momento comenzaban su turno. Así que, tampoco tuve responsabilidad por daños materiales. Pero, podéis creerme si os digo que solo respiré tranquilo el día de mi jubilación y perdí de vista ese gas.
-¡Caray, vaya faena! Menos mal que no saliste perjudicado en ese desastre -exclamaron mis dos amigos a coro.
-Sí, tuve suerte. No fue así en nuestra central de Alemania. Allí, un horno vertical Rotosil -de este mismo modelo teníamos nosotros siete-, explotó y la cabeza de cierre salió disparada hacia arriba como un cohete, atravesó el techo de la nave y quedó asentada en el tejado. Años más tarde, unos diez años antes de jubilarme, les explotó un gran horno de vacío con el resultado de siete muertos y cerca de veinte heridos, al tiempo que la planta quedó totalmente destrozada. Comprenderéis ahora por qué no quiero ni oír hablar de hidrógeno en los coches. Me sentiría como si llevara una bomba en el trasero a punto de estallar. Tampoco creo muy ecológico descomponer el agua para obtener el H2.
-¡Qué horror! Habrá que ir al coche eléctrico ¿no?
-Sin duda -respondí-, pero me temo que las autoridades competentes están cogiendo el rábano por las hojas en este asunto. Como, por otra parte, suelen hacer en la mayoría de los casos.
-¿Cómo es eso? -preguntaron de nuevo a coro mis dos amigos.
-Pues no hay más que oírles hablar para saberlo. Un día, la ministra del ramo suelta que el diésel tiene los días contados, causando la alarma en los usuarios y el pánico entre los fabricantes de coches. Poco tiempo después, el gobierno en pleno avisa que en el año 2040 quedarán prohibidos los vehículos que utilicen gas o cualquier otro carburante procedente del petróleo.
-Bueno, eso dicen también en Bruselas.
-Sí, pero de otra manera. Sin crear alarmas injustificadas. Por lo pronto, en la CE dan como fecha previsible para la eliminación de los carburantes de origen fósil, el año 2050. Algo más realista, creo yo.
-Puede que tengas razón -conceden-, pero cuanto antes mejor ¿no?
-No. Las cosas hay que hacerlas a su debido tiempo, cuando se puede, no cuando se quiere. Imaginaos que los fabricantes de coches, espoleados por las alarmantes indicaciones gubernamentales, inician una desesperada carrera por ser los primeros en hacerse con el mercado de los coches eléctricos y, en pocos años, todos o la mayoría de ellos llenan nuestras ciudades y carreteras. Ahora, pensad en millones de coches cargando sus baterías durante la noche. ¿De dónde saldrá esa energía? Porque pronto no habrá centrales térmicas ni nucleares. Nadie las quiere.
-Bueno, hay que apostar por la generación de energías renovables.
-¡Esa frase sí es bonita! ¡Y cuántas veces la habré oído repetida! ¿En serio creéis que los molinillos, placas solares y otros sistemas geotérmicos, podrán suministrar la energía necesaria para todas las calefacciones, trenes, camiones, coches, aviones, cocinas y demás artilugios móviles o caloríficos, sean eléctricos? ¡Pero si ya hoy tenemos problemas de suministro y, por tanto, de carestía, con una constante elevación de los precios!
-¡Vaya, pues no pones poco negra la cosa!
-Al menos no es tan clara como la pintan. Pronto, millones de baterías, mucho más grandes que las actuales y todavía más contaminantes, inundarán las chatarrerías. Por otro lado, cientos de miles de equipos, máquinas, materiales, dispositivos y utillajes utilizados en la construcción de los motores actuales quedarán fuera de servicio, sin haber amortizado sus costos en su mayoría. Y junto a ellos, perderán el empleo la mayoría de los trabajadores implicados en su fabricación.
-Además -continué sin concederme un respiro-, la autonomía de estos coches viene a ser la mitad que los actuales y la recarga de las baterías lleva su tiempo: ocho horas con la red doméstica y treinta minutos la carga rápida de un poste de enchufe público. ¡Cómo para una prisa! Claro, la gente que disponga de una plaza de garaje lo tendrá más o menos fácil, pero me gustaría saber cómo se las arreglaran aquellos que tienen los coches durmiendo en la calle. ¡Ah, se me olvidaba un detalle importante: el precio de un coche eléctrico puede doblar el de uno de alta gama actual.
-¡Uf! Sí, según tú, hay muchos y muy graves inconvenientes en los coches eléctricos, pero alguna ventaja habrá también, para que los gobiernos se impliquen con tanto afán en ese plan de renovación.
-Hombre, claro. La más evidente es la eliminación de emisiones de gases contaminantes. Pero, aunque en algunas grandes ciudades, con un alto nivel de emisiones, puedan llegar a producir serios efectos nocivos, en determinadas condiciones atmosféricas, el problema, visto desde un punto de vista más amplio, no es tan grave ni acuciante. He leído que las emisiones en la UE, por este concepto, son del 5% del total mundial. Quiere decirse, que en España serán del 0 y algo %, lo que significa que si, hoy aquí, se eliminaran todas las emisiones, nadie en el mundo lo notaría y poco más si lo hiciera el resto de la UE. Hay que darse cuenta que un cambio de esta naturaleza supone una auténtica revolución industrial, económica y social a nivel mundial -pensad en los países cuyo único recurso es el petróleo-, y no se puede realizar mediante una orden ministerial de obligado cumplimiento de uno o unos pocos países. Los estados productores de petróleo, ni los de economías emergentes, van a seguir por ese camino, ni aceptarán esa directiva. 
-Nada, que según tú no hay solución -me reprochan.
Mis amigos se muestran mosqueados por mis comentarios, al tiempo que bastante confusos. He deshecho los esquemas que llevaban grabados en sus mentes, a fuerza de esa machacona información sesgada que transmiten tanto la mayoría de nuestros ineptos gobernantes como otros tantos indocumentados medios de comunicación. Y les cuesta cambiarlos.
-¡Claro que hay soluciones! No hay problema sin solución. Pero para encontrarla es obligatorio aplicar método, estudio y un poco de sentido común. Las revoluciones tienen la virtud de quemar etapas, pero a cambio, en muchas ocasiones, de generar un alto precio económico, social o político. Los cambios deben realizarse en la extensión, profundidad y tiempo que la sociedad es capaz de soportar sin excesivas tensiones. Este es el camino correcto.
Y para ilustrar mis afirmaciones puse el ejemplo de mi coche. Es un diésel alemán. Lo elegí: 1º Por seguridad. El riesgo de incendio es mucho menor que en el de gasolina. 2º Por comodidad. Las aceleraciones son más suaves y la marcha más regular. 3º El motor trabaja a menos revoluciones, lo que produce un menor calentamiento. 4º por la misma razón, el consumo es menor, su autonomía es mayor y dura más que los coches de gasolina. 5º Las averías son menos frecuentes. A pesar de estas ventajas, ahora me encuentro en riesgo de que no me permitan circular con él por algunas ciudades, a pesar de disponer del permiso de circulación expedido por el Ministerio del Interior y la preceptiva revisión de emisión de gases de la ITV. Dicen que contamino.
No es cierto. Mi coche contamina mucho menos que la mayoría.
1.- El motor es uno de los mejores, si no el mejor, de entre los que circulan por nuestro país. Lo conozco bien porque pude ver la fabricación de este tipo de motores en Alemania y la impresionante precisión de su ensamblaje y mecanización asemejaba a la que pueda realizarse en la fabricación de un reloj suizo.
2.- Lo utilizo en contadas ocasiones. Apenas lo conduzco en un par de trayectos cortos al mes y otro par de viajes largos durante el año.
3.- Aunque es antiguo, no es viejo. Con 16 años solo ha recorrido 55.000 kilómetros.
En estas condiciones, considero un abuso de poder que me prohíban circular por viejo o contaminante.
En fin, que el ultimátum de los años 40 ó 50 -largo me lo fiáis, dijo el Sr. Tenorio- no deja de ser tonta broma. ¿Hay quién sepa qué sucederá en esos años?
No. Lo racional, lo que debería hacerse, es usar los carburantes fósiles en tanto sea posible, porque el sistema está bien organizado y funciona. ¿Poluciona? Oblíguese a los fabricantes a instalar, desde hoy, los filtros adecuados para evitarlo. Problema resuelto.
¿Y los coches viejos, como el mío?
Creo que tienen el derecho de circular libremente, porque lo hacen bajo condiciones legales. Solo aquellos vehículos que emitan gases por encima del nivel establecido como peligroso deberían ser inmovilizados.
Otras medidas podrían establecerse, tal como  una penalización para los coches antiguos que circulen sin los nuevos filtros. Dicho canon estaría de acuerdo con el volumen total de gases emitidos dentro de los límites establecidos. Nada más sencillo de controlar: en las ITV podrían disponer de un baremo de pago proporcional a la emisión registrada y al número de kilómetros recorridos durante el período de revisión.
Mientras, con tiempo, calma y buen hacer, se debería impulsar la investigación para superar los inconvenientes actuales de los coches eléctricos: reciclado de las baterías, producción de la energía eléctrica necesaria para implementar el uso masivo de estos coches, la adecuada distribución de la misma, el necesario aumento de la autonomía y la reducción de los costos de producción y, por tanto, los precios de venta. Todavía algo más importante: los poderes públicos deberían prestar una atención prioritaria al tremendo impacto social que supone la eliminación de los actuales puestos de trabajo, empleados en la fabricación de los millones de motores de explosión en todo el mundo.  
Mis amigos están rumiando mis propuestas, pero sospecho que con poco aprovechamiento. ¡Es la gran contrariedad de predicar en el desierto, como bien dijo aquel!      

martes, 18 de septiembre de 2018

31.- Relatos, Fábulas y Leyendas


31.- UN ENCUENTRO INESPERADO.



Siempre que paso por Colonia, tengo la sana y feliz costumbre de alojarme en el Excelsior. Es un hábito y una inevitable manía. Creo que no podría estar cómodo en cualquier otro hotel.
Resulta un poco carillo, es cierto, aunque tampoco demasiado. Y puesto que me lo puedo permitir porque, normalmente, solo permanezco en él una o dos noches, considero que bien merece la pena "darse un homenaje" de vez en cuando, por ese precio.
Porque la verdad es que hospedarse en este hotel supone una auténtica gozada en todos los sentidos, tanto corporales como anímicos o emocionales.
Además, dispone de una situación inmejorable, en pleno centro de la ciudad, a un lado de la plaza que contiene su bella y famosa Catedral que, por cierto, nunca dejo de visitar en cada una de mis estancias. Es suficiente cruzar la calle que separa al hotel de dicha plaza, para encontrar la parada del bus que conduce al aeropuerto y se llega a la estación de ferrocarril con solo atravesarla. Facilidades estas -una, otra o las dos- que suelo utilizar en cada ocasión que debo viajar hasta esa preciosa ciudad alemana.
Pero en el Excelsior, lo mejor se encuentra en su interior. Es la impresión que recibe el viajero, tan pronto traspasa el umbral de su iluminada entrada y se sumerge en un mundo de elegancia y buen gusto, característico de los grandes hoteles europeos de principios del siglo pasado.
Y aun más agradable es el acogedor trato que dispensan todos los empleados, desde el sencillo ujier hasta su encumbrado director. Allí, el viajero -no digo ya el habitual residente- recibe una amable y ceremoniosa acogida, orquestada en un tono familiar, no exento de respetuosa cortesía, que hace sentir la consideración de ser una persona importante, más apreciada aun si no se es -como yo- ni se tiene la esperanza de llegar a serlo.
En mi caso, tan pronto termino los trámites de inscripción en recepción y, en cuanto comprueban que soy español, recibo el inmediato tratamiento de "Don Guillerrrmo", por cada uno de los empleados con quienes debo comunicarme. Trato que tiene su gracia, y me obliga a sonreír, al escuchar cómo arrastran la erre a causa del sonoro y estricto acento germano.
El hotel se construyó en el año 1863 y desde entonces, y tras sucesivas reformas, ha albergado a la mayoría de las personalidades más importantes de medio mundo. Bastará una ligera alusión al respecto a cualquier empleado del hotel, para que este, orgulloso, recite una larga lista de nombres a cual más historiado, selecto o rimbombante.
Aquella tarde de otoño, el tiempo se había puesto especialmente desagradable, al haber reunido, juntos, molestas ráfagas de insistente lluvia y un viento cortante y frío. Llegué al hotel a media tarde, bien remojado, tras atravesar a pie la gran plaza de la Catedral.
Hechas las formalidades de rigor en recepción y tras adecentarme lo estrictamente necesario, decidí no salir y quedarme en el confortable lounge bar del hotel. En él prepararía la entrevista de trabajo que debía realizar el día siguiente en una fábrica del grupo, situada en Amberg, pequeña ciudad cercana a Nuremberg, cenaría alguna cosa ligera y me retiraría a dormir pronto, pues debía madrugar a fin de tomar el primer avión con destino a la histórica y famosa ciudad de la Franconia.
En esto estaba, cuando vi entrar a un hombre que me resultó familiar al primer golpe de vista.
Dos segundos después lo había reconocido. Era Arturo, un buen amigo de nuestra bohemia y atolondrada época de estudiantes. El paso de los años habían modificado algo sus facciones, pero no tanto como para que resultara difícil identificarlo.
Le llamé por su nombre, pero no me hizo caso. Entonces, me levanté, fui tras él y alcé algo más la voz:
-¡Eh, Arturo! ¡Soy yo, Willy! ¿No me recuerdas?
Estaba seguro de que me reconocería ya que fue él quien me endosó ese apodo. Sin embargo, se volvió, me miró sorprendido y en un perfecto alemán me soltó esta desabrida respuesta:
-Entschuldigung, Sie verwechseln mich mit jemand anderem. -Lo siento, me confunde con otra persona.
Y como viera mi intención de seguir insistiendo, continuó sin ocultar un marcado tono de fastidio:
-Ich heisse nicht so! -¡No me llamo así!
En fin, que me dejó allí bien cortadito, de pie ante el displicente gesto y la hosca y reprobable mirada de la concurrencia, al considerarme reo de haber transgredido unas cuantas normas de la rígida cortesía germana.
La verdad, hubiera jurado que aquel hombre era mi amigo Arturo, ante cualquier tribunal. Más tarde, recordé haber leído que todos tenemos un sosia en alguna parte del mundo. De cualquier modo, aquella metedura de pata me empujó a recluirme en mi habitación y precipitó los preparativos para dar por concluida la jornada, meterme entre las suaves sábanas en mi confortable cama y tratar de olvidar aquel tonto suceso.
No logré mi propósito. Poco antes, unos firmes nudillos repicaron en mi puerta, obligándome a dirigirme a ella. Al abrirla recibí una de las mayores sorpresas de mi vida. Plantado en el umbral se hallaba el tipo del fallido encuentro con una botella de un espléndido Riesling GRÜNHAUSER de 10 años en una mano y dos grandes y brillantes copas en la otra.
No supe articular palabra. Solo una exclamación de sorpresa salió de mi boca. Fue él quien primero habló:
-Lo siento Willy, pero no podía darme a conocer.
-Entonces...yo estaba en lo cierto ¡Tú eres Arturo!
-Claro tontorrón ¿Quién si no? Por suerte te rendiste enseguida si no me hubieras puesto en un gran apuro. Ahora soy Rudolf Sieberg, un aventajado hombre de negocios. Pero, venga, ¡dame un buen abrazo!
En seguida me di cuenta de que Arturo había cambiado por completo. Menos en el físico que en su carácter, ademanes y forma de ser. Aquel joven simpático, amable y sencillo que yo conocí, había mutado en un hombre de firmes gestos, duro semblante y acerada mirada, aparente fruto de haber protagonizado una complicada vida de trasgresión, aventura y riesgo.
Hablamos mucho entre copa y copa. Pronto se interesó por mi vida personal y profesional, pero fue muy corto mi relato. Me llevó muy poco tiempo relatarle mi sencillo y lineal currículum: una misma empresa, una misma mujer y unos cuantos excelentes hijos y nietos.
-¡Todo lo contrario que yo...! -exclamó pensativo aunque sin mostrar emoción alguna.
Y sin esperar mi pregunta sobre aquella rotunda afirmación, comenzó a desgranar un incontenible chorro de experiencias vitales a cual más sorprendente.
-¿Recuerdas el bar donde nos refugiábamos entre clase y clase?
-¡Cómo no! La de partidas de mus que te tengo ganadas en aquel antro -contesté entre risas.
-No alardees, que no fueron tantas -replicó con idéntico buen humor y continuó-. Seguro que recuerdas a una chica alta que vivía cerca del bar y andaba siempre zascandileando por allí a la caza de algún estudiante.
-Claro, la recuerdo bien. ¡La cantidad de jocosos comentarios que solíamos hacer!
-Pues al final, fue a mí a quien pescó. Me casé con ella.
-¡Caramba! ¿Y cómo fue eso?
-¡Qué sé yo! Debió pillarme con la guardia baja. No, no puedo explicarlo. Tendré que recurrir a ese tópico de que el amor es ciego...¡ciego y tonto deberé añadir!
-Y...cómo te fue -pregunté azarado, por decir algo.
-Mientras hubo dinero en casa, nuestra relación caminó por cauces normales. Ella se había doctorado en gastar y lo hacía con un entusiasmo ejemplar. ¡No veas el aire que le daba a la nómina! Yo entré en la fundición X de Valladolid nada más terminar la carrera y ya tenía un puesto directivo cuando nos casamos.
-¡Ah, sí! Tenía mucho prestigio esa fundición. En cuarto curso nos llevaron a verla y me gustó mucho. Era tal como la habíamos estudiado con el profesor Arias, con cubilote incluido.
-Bueno, como te digo, todo fue bien mientras duró la pasta. Tuvimos dos hijos, pero no me atrevo a decir que fuéramos felices. Al menos en el concepto que yo tengo de una relación medianamente feliz. En fin, pasó el tiempo y en los años 70 hubo una gran crisis en la mayoría de las fundiciones. Los sistemas antiguos ya no servían y su actualización exigía una inversión muy fuerte. Los propietarios, gente mayor sin descendientes que desearan continuar con el negocio, no quisieron asumir la inversión necesaria y la empresa fue decayendo hasta que hubo que cerrarla. Por responsabilidad con mi gente aguanté hasta el final en el que todos nos fuimos al paro.
-Leí la noticia del cierre de esa fundición, aunque ignoraba que trabajabas allí. ¿Cómo saliste del lío?
-Mal, con varios meses sin cobrar y las cuentas del banco temblando gracias a los dispendios de mi querida esposa. Desde ese momento las cosas fueron de mal en peor en nuestro matrimonio. Por suerte pude colocarme pronto en Fasa.
-Ah, eso estuvo bien. Trabajar en Fasa era el sueño de todo vallisoletano -apostillé
-Sí, pero no del todo. Media promoción nuestra había entrado allí nada más terminar la carrera y ya ocupaban puestos directivos, mientras que yo, que llegaba tarde, tuve que aceptar un puesto subalterno con menos responsabilidad y menos sueldo, por tanto. A mí me daba igual, pero a mi mujer se le llevaban los demonios cuando veía que no podía competir en gasto con las mujeres de nuestros compañeros y me lo reprochaba a la menor ocasión.
Al llegar a este momento de su relato, noté como se le ensombrecía el semblante. Tras un profundo suspiró, vació la copa que removía en su mano y continuó.
-Tras los reproches, llegaron los insultos y vejaciones. Ella no se recataba en lanzármelos en cualquier lugar y ante cualquier persona. "Eres un inútil" "No vales para nada" "Todos tus amigos han hecho carrera y tienen un buen puesto, mientras que tú te conformas con ese puestecillo de mierda que tienes" "Eres un calzonazos. Cómo puedes permitir que te manden unos compañeros con peor expediente que tú" Así eran las lisonjas que recibía de mi querida arpía.
-Bueno, lo dejamos ¿eh? -dije, ante el sombrío cariz que tomaba el relato de mi amigo.
-No te preocupes. Aquello solo fue el principio de mis desdichas, pero a estas alturas ya no me afectan. ¡Estoy curado de espanto!
Llenó de nuevo su copa, bebió un sorbo y continuó:
-En fin, que aquella bruja de mujer me hacía la vida imposible. Yo aguantaba por nuestros hijos y porque, tú bien lo sabes, mi carácter era más bien pacífico y me sentía incapaz de enfrentarme a ella...ni a nadie. Pero la cosa fue subiendo de tono. Mucho más cuando un amigo me confió, con todo lujo de detalles, que mi mujer llevaba tiempo poniéndome los cuernos. Aquello fue un auténtico mazazo. Ella solía llegar tarde a casa con la excusa de tener frecuentes reuniones con sus amigas, según decía. Sin embargo, tonto de mí, nunca sospeché que me pudiera engañar. Al llegar a casa aquella noche, le recriminé su conducta. Entonces ella, en vez de amilanarse, se enfrentó a mí con mayor virulencia. Me dijo que yo no le daba lo que ella necesitaba y por eso debía buscárselo fuera con un hombre de verdad. Perdí mi habitual flema y le llamé de todo. Entonces ella me atacó, me puso la cara como un cristo de arañazos y me dio varios mordiscos en el hombro y brazo. Yo, a mi vez, le aticé un par de buenos manporros. Los vecinos, alarmados por el escándalo que armábamos, llamaron a la policía y allí se armó una gorda. Mi mujer, en una interpretación magistral, me acusó de haberle agredido e intentar violentarla sexualmente. Y puesta a redondear su escena, declaró entre sollozos que llevaba sufriendo malos tratos desde el mismo momento de nuestra boda.
-¡Vaya historia, amigo! ¿Y al final, cómo terminó el incidente? -pregunté bastante acongojado, esperando algún mínimo motivo de bonanza para mi amigo.
-No acabó. En realidad, fue el comienzo de la más desesperante historia que puedas imaginar. El juez consideró coherente el relato de mi mujer y le creyó. Sus testigos fueron aceptados, los míos, en cambio, no se consideraron. Los arañazos y mordiscos se estimaron producidos por la lógica y necesaria defensa propia de la víctima. De allí salí con una orden de alejamiento hacia mi mujer y mis hijos, además de una posible condena de cárcel de entre dos y cinco años y el título de machista maltratador para el resto de mi vida. ¡Imagina, machista yo, que era incapaz de enfrentarme a una mosca!
-La verdad, me dejas de piedra -susurré, abrumado
-En un momento me vi sin casa y sin hijos. Era un apestado. Mis compañeros me hicieron el vacío en el trabajo. Los pocos amigos que aun me hablaban me esquivaban tanto como podían. Me negué a pagar la hipoteca del piso en el que vivían mi linda arpía y uno de sus amantes y me embargaron el sueldo. La situación me superó de tal manera que me resultaba imposible centrarme en el trabajo. Metí la pata varias veces de forma grave y acabé despedido. Pronto me vi sin dinero para pagar una pensión donde vivir y acabé comiendo cualquier cosa y durmiendo en el coche.
En aquel momento, mi semblante debía reflejar tanto espanto, que mi amigo soltó una carcajada y trató de animarme con una amistosa palmada en el hombro.
-Tranquilo Willy, aquello está muy lejos y hace mucho tiempo que no me afecta -y dicho esto continuó:
-Llegué a un estado de exasperación tal, que un día, preso de total enajenación, me fui al barrio de las drogas, compré una pistola con mis últimos euros y conduje hacia mi antigua casa con la intención de llevarme por delante a todo aquel que encontrara en ella.
-¡Pero hombre, cómo se te ocurrió esa barbaridad!
-No lo sé. Estaba ido, desesperado e incapaz de pensar en otra cosa que no fuera acabar con todo y con todos los que me habían arruinado la vida. Por suerte, en aquel momento estalló una enorme tormenta. La más grande que había conocido jamás. La lluvia se abatía sobre la ciudad como un torrente caído del cielo y pronto el agua llegó hasta la mitad de las ruedas del coche, anegando un pasadizo que debía cruzar para llegar a mi objetivo, unos quinientos metros más allá. Truenos y relámpagos sacudían la ciudad. Esperé dentro del coche a que pasara la tormenta y eso me dio tiempo a reflexionar y pensar en lo que iba a hacer. Supe que sería incapaz de cumplir mi sangriento propósito. En ese momento sufrí un bajón anímico y decidí pegarme un tiro para acabar, de una vez y para siempre, la triste desdicha de mi perra vida, sin añadir más dolor y tristeza a nadie más.
-¡Dios del Cielo! -apenas pude musitar-. ¿No tenías otras opciones más sensatas?
-No. Cuando se llega a ese nivel de exasperación no hay razón ni sensatez que valga. Una locura inmensa e irrefrenable se apodera de ti. Antes se llamaba "crimen pasional". Hoy las feministas y los políticos en busca de sus votos lo han rebautizado con el simplista título de "crimen machista": Es el hombre que lleva en sus genes el abuso a las mujeres  ¡como si ellas no abusaran!
-Hombre, no me parece justo lo que dices. Piensa en tantas mujeres que pierden la vida a manos de sus parejas -repliqué, aunque, debo confesarlo, con cierta timidez, tras escuchar la triste historia de mi amigo.
-No creas que no lo entiendo, ni dejo de lamentarlo, pero eso es hoy. Aquel día todo era distinto. Solo tenía un pensamiento: acabar con todo. Y el error de los responsables de evitar esa trágica situación consiste en que tratan de solucionar el problema acudiendo, desde el primer momento, solo a medidas represivas, cada vez más duras, que no hacen otra cosa que echar leña a la hoguera hasta hacerla incontrolable.
-Pero qué otra cosa se puede hacer. No querrás que quien transgreda se quede sin castigo.
-No, no digo eso. Quien la haga que la pague, pero los procesos se deberían realizar de forma más igualitaria, con las garantías que se aplican a cualquier acusado en cualquier otro tipo de juicio, sin leyes ni procedimientos especiales que favorezcan a una de las partes. Y, sobre todo, resulta fundamental la creación -no sé si existe ya pero si es así no funciona- una gran infraestructura de profesionales capaz de dar el cauce adecuado a los problemas de las parejas, para solucionarlos en su nacimiento, antes de que se enquisten o lleguen hasta producir una situación explosiva e irremediable. Porque no todos somos canallas, ni todas ellas son ángeles, como nos quieren hacer creer las organizaciones feministas y otros grupos de presión.
Francamente, no sabía qué decir. Escuchaba su discurso con ánimo encogido y deseos de que terminara.
-Te pondré un ejemplo -continuó con el tema muy a mi pesar- ¿Sabes, por casualidad, cuantas hombres mueren a manos de sus mujeres en tu país? Seguro que no, ese es un dato que no se publica. ¿Has oído que se haya producido alguna concentración de repulsa, tanto oficial como ciudadana, por ese motivo? Claro, son muchos menos...oficialmente, porque las mujeres matan de otra forma mucho más insidiosa. ¿Conoces la cifra de hombres que se suicidan en España? Yo te la voy a decir: cerca de tres mil al año. ¿Alguien se ha preocupado en averiguar las causas? Supongo que sí pero no te preocupes que no serán publicadas.   
-En fin, dejémoslo porque este asunto no tiene arreglo -¡al fin! pensé, mientras suspiraba aliviado porque la tensión y el acaloramiento de mi amigo estaba alcanzando cotas no recomendables-. Aquella noche metí el cañón de la pistola en la boca, cerré los ojos, apreté los dientes en el frio hierro, y accioné el gatillo. Nada sucedió. Repetí la operación y obtuve el mismo resultado. Desconcertado, miré el arma y me di cuenta que no había quitado el seguro. Bueno, en realidad creí haberlo hecho, pero mi falta de destreza en su manejo hizo que lo pusiera en vez de quitarlo. Tras este dramático incidente sufrí un derrumbe anímico total. Preso de angustia y desolación lloré a grito pelado como jamás lo había hecho. Después entré en un letárgico estado de postración. Sin embargo, con las primeras luces de la madrugada me rehíce. De pronto me sentí otro. Era como si me hubieran inyectado una nueva sangre, una nueva vida: era otro Arturo, aunque solo me quedaba la pistola y un coche con poca gasolina. Suficiente, pensé. Vi una sucursal del Santander al otro lado de la calzada y decidí atracarla. Esperé la llegada de los empleados y arramblé con todo el dinero que pude, sin mayor problema.
-¡Ostras, Arturo! Jamás lo hubiera pensado de ti.
-Te digo que era otro. Atrás quedaba el Arturo apocado y blandengue y nacía otro atrevido, implacable, despiadado y sin leyes, límites ni preceptos.  
-En fin -continuó-, Salí a toda mecha de allí y conduje día y noche, sin detenerme, con solo pequeñas paradas para echar gasolina y comer algún bocadillo en los restop del camino. No tenía destino. Solo pensaba en alejarme de allí tanto como pudiera, antes de que la policía lograra identificarme. No paré hasta que, casi desfallecido, sentí que no podía recorrer un kilómetro más. Las luces de la autovía indicaban la cercanía de una ciudad. Miré al panel indicador y un gran rótulo mostraba su nombre: Lublin.
-¡Caray, eso está en Polonia! -exclamé.
-Así es. Había recorrido más de 3.000 Km. y atravesado Francia, Alemania, Austria y casi toda Polonia, pero estaba medio muerto. En una gasolinera pregunté por un buen hotel, con el fin de pasar por "hombre solvente y de bien" y me recomendaron el Hotel Alter. Estaba situado en pleno centro y mostraba la calificación de 5 estrellas, aunque en España no pasaría de 3. Nada más llegar me acosté y dormí durante dos días seguidos.
Con el paso de la noche, me di cuenta de que mi amigo llevaba demasiado tiempo con la necesidad de sincerarse con alguien y yo le venía de maravilla para ese fin.
Había abierto el grifo de sus recuerdos y ya no podía cerrarlo. Tenía que echar toda aquella bilis fuera, ayudado, además, por el continuo consumo de aquel delicioso vino, cuyo nivel no cesaba de descender en su elegante frasco.
Y yo le escuchaba boquiabierto.
Continuó con el relato de sus andanzas por Polonia y el resto del mundo, sin omitir detalle alguno, por muy comprometedor o escandaloso que pudiera parecerme.
Al tercer día de su llegada a Lublin, buscó un desguace en las afueras y entregó su coche para achatarrarlo y borrar así una posible pista de la policía.
Pronto trabó buena amistad con el chatarrero, un regordete y simpático bielorruso, llamado Mirek, y consiguió que lo empleara por casi nada. Pero Arturo era un buen gestor y en poco tiempo se hizo con las riendas del negocio. Conoció los chanchullos del bueno de Mirek que traficaba, aunque a pequeña escala, con coches robados, junto a otros aparatos y electrodomésticos de procedencia irregular, además de alguna que otra escopeta, rifle o arma corta de similar origen.
Arturo amplió esa actividad con buenos resultados. Gracias a los contactos adquiridos en esta singular ocupación ilegal consiguió una nueva documentación que le dotó de una nueva personalidad. Más tarde, obtendría varias más, que utilizaría para adoptar la más adecuada al asunto a tratar o según en qué país necesitara realizar sus oscuros trapicheos. Poco después se independizó, para dedicarse por entero al tráfico de armas, tras constatar los grandes beneficios que reportaba ese negocio.
No necesitó muchos años para construir un gran imperio, con el apoyo de un pequeño ejército de sicarios, reclutados entre la gente del hampa rusopolaca más endurecida y osada.
Con mucho reparo, lo confieso, me atreví a preguntarle si no sentía una cierta desazón, o incluso culpabilidad, ante tantas víctimas como ocasiona ese sangriento comercio.
-En absoluto -me contestó, rotundo- Mira Willy, cuando la gente se quiere matar lo hace con lo que encuentra a mano: un fusil o una piedra. ¿No recuerdas las guerras tribales de Burundi, o la guerra de Hutus y Tutsis, entre otras? En ellas murieron cientos de miles de personas de ambos bandos, tanto civiles como militares, y lo hicieron por flechas, lanzas rudimentarias, palos y machetes, en su gran mayoría. Un tanto a mi favor: mis armas matan de manera mucho más rápida y, sobre todo, "civilizada". ¡Ja, Ja! -rió la siniestra gracia.
Mi capacidad para escandalizarme por las palabras de mi amigo estaba agotándose por momentos.
-Mira Arturo, en eso no me vas a convencer. En todas esas guerras hay muchas, demasiadas debo decir, personas inocentes que mueren sin culpa alguna y los traficantes de armas tienen una decisiva responsabilidad sobre esa sangre tan vilmente derramada.
-¡Qué poco sabes de este negocio, Willy! Mis armas sirven para ser utilizadas por combatientes contra combatientes. Se trata de armamento ligero: pistolas, fusiles automáticos, ametralladoras, lanzagranadas y misiles de corto alcance. Son armas de combate. No es mi culpa si hay asesinos que lo usan para otro fin.
-Lo siento Arturo, sigo estando en desacuerdo.
-¡Abre los ojos, hombre! Los que matan a la población civil, hombres, mujeres y niños, y destrozan infraestructuras, casas, hospitales y escuelas no son mis armas, sino los bombardeos sobre poblaciones que realizan cañones, aviones y misiles de largo alcance vendidos por los países llamados occidentales y, por tanto, civilizados, de manera oficial y muy dignamente, aunque eso sí, con escasa o nula publicidad. Y son ellos quienes más daños ocasionan al realizar esos terribles bombardeos en sus intervenciones bélicas en otros Estados, encaminadas a defender su hegemonía estratégica o sus intereses económicos. Eluden así recibir bajas y se empeñan en una cobarde guerra a distancia, justificando sus destrozos en vidas y edificios como ineludibles daños colaterales. Pero ellos, los jefes y responsables de esos Estados, son gente digna, honorable y considerada, mientras que nosotros somos delincuentes y gentuza. ¿Tú puede creerlo?
Yo ya no sabía qué creer ni qué pensar. Conforme mi amigo avanzaba en la descripción de sus actividades al margen de la Ley, yo me sentía cada vez más  intranquilo y tenso. Deseaba que aquella conversación terminara cuanto antes, pero Arturo no estaba por la labor. Estoy seguro de que sentía un placer especial en escandalizarme con sus andanzas.
Y no dudó en continuar su relato
-Cuando me independicé, busqué un lugar en el campo donde no hubiera policía y donde pudiera pasar por un rico y honorable industrial alemán, amante de la naturaleza y con fervientes deseos de descansar en ella. Lo conseguí al instalarme en un pequeño pueblo, llamado X -mejor que no conozcas su nombre-, cercano a las fronteras de Bielorrusia y Ucrania. Compré una propiedad alejada del pueblo que incluía una casa palacio en semiruina por poco dinero. Había pertenecido a un rico judío que fue apresado con toda su familia por los alemanes durante la guerra. Los aldeanos, muy supersticiosos en la región, aseguraban que la casa estaba embrujada y que los espíritus de sus antiguos propietarios.  rondaban por sus desvencijadas estancias.
-¿Y no sentiste un poco de aprensión al entrar allí?
-¡Ah, no! Líbrate, Willy, de los vivos, que de los muertos ya se ocupan los gusanillos y la madre naturaleza -y continuó imperturbable-. Tuve que hacer una gran reforma, casi una reconstrucción, pero el edificio quedó muy a mi gusto, muy seguro y con varias estancias secretas. Por cierto que la reforma no me resultó demasiado gravosa porque, al tirar un muro, aparecieron dos pucheros llenos, uno de Polsky Zloty de oro y el otro de Groschen de plata.
-¡Vaya suerte! -exclamé.
-Si te he de ser sincero, te diré que algo así esperaba al comprar la finca. Los judíos, antes de ser apresados, ocultaban sus pertenencias más valiosas, con la esperanza de recobrarlas al regresar, una vez terminada la guerra, pero muy pocos lograron sobrevivir en los terribles campos de exterminio nazis. Por lo que sé, hallazgos como el mío o similares, de más o menos valor, fueron frecuentes a lo largo y ancho de Polonia, Austria y Alemania.
-¿Quedan todavía rastros de la guerra allí?
-A este pueblo, como a todos los de la parte oriental de Polonia, llegaron los rusos primero, los alemanes después y, por último, otra vez los rusos. Así que hubo de todo. Los aldeanos no suelen hablar de estos temas y practican una especie de ley del silencio. Solo en una ocasión conseguí soltarle la lengua a un vejete borrachín. Sentados a la entrada de su casa, me relató historias de la guerra vividas por él. Me interesaba conocer algo de lo sucedido con los judíos del pueblo y poco a poco le fui sacando información.
A continuación Arturo me relató las confidencias del viejo aldeano. Los judíos eran los ricos del pueblo. Tenían las mejores casas y las más céntricas. Poseían la mayor parte de las tierras y eran dueños de la panadería y de la tienda. Es decir controlaban la economía del pueblo.
Durante la invasión rusa en septiembre del 39 no hubo demasiados problemas. Entraron sin encontrar resistencia y se desparramaron por el interior donde sí hubo fuertes combates hasta vencer y masacrar al ejército polaco. Pero aquel pueblo no tenía ningún valor estratégico y apenas los vieron ni los sufrieron. No ocurrió lo mismo en junio del 41, cuando las tropas alemanas atacaron la Unión Soviética. Cierto día apareció por allí un destacamento alemán y se llevó a todos los judíos del pueblo. El anciano confesó a mi amigo que los aldeanos no movieron un dedo por ayudarles. Es más, muchos se alegraron. Pensaron que quizás podrían apropiarse de las casas, haciendas y pertenencias abandonadas. Él mismo declaró que su casa actual había pertenecido a un judío.
A la pregunta de Arturo sobre el regreso de alguno de aquellos judíos apresados, contestó el viejo con una rotunda negativa: jamás volvieron a tener noticia de ninguno de ellos. De la larga dominación comunista poco o nada pudo saber. La reserva era casi absoluta. Pero esa misma ley del silencio era una ventaja impagable para él y sus negocios.
-Pronto me hice con la amistad del alcalde y del cura -prosiguió- y, al mismo tiempo, gané el aprecio y respeto de los habitantes del pueblo, bastante empobrecido y descuidado en aquel tiempo. Para conseguirlo, hice arreglar la escuela y construir un pequeño pero muy bien dotado hospital. Financié la remodelación de la iglesia que se hallaba en un alto grado de abandono y el firme de la plaza con sus calles adyacentes. Todo ello pagado con dinero de mi bolsillo.
-Vamos, que eres el mecenas del pueblo.
-Sin duda. Cualquier día me hacen una estatua. En serio, si alguien pregunta por mí en el pueblo, dirán que el alemán, como así me llaman, es la persona más buena y desprendida del mundo. Para ellos, soy un gran hombre de negocios, enamorado de la vida sencilla del campo, que un día Dios hizo llegar a su pueblo para su bien, como un bendito regalo de la Divina Providencia.
-¿Y no levanta sospechas tu tropa de sicarios?
-No, hombre. Tengo bien camuflados a todos mis guardaespaldas. Los he reclutado con mucho cuidado. Hacen de secretario, mayordomo, jefe de cocina, chofer, jardinero y un par de guardas de la finca. Las mujeres de varios de estos se encargan de la limpieza y la cocina. En mi casa solo entra gente de mi absoluta confianza.
A estas alturas, la botella del buen vino del Rhein había perdido hasta sus últimas gotas. Mi amigo seguía con sus tremendas confidencias sin que yo fuese capaz  de hacerle parar, a pesar de intentarlo una y otra vez...con la mayor suavidad y tacto posible, por supuesto. Con una frialdad que producía escalofríos en mi médula espinal, relataba sus aventuras para esquivar a los servicios secretos de medio mundo, así como a los pistoleros de la competencia, estos mucho más hábiles y peligrosos. Me habló de los tipos de armas que vendía y su destino. Este era muy fácil de adivinar: Allí donde había un conflicto armado, estaban las armas de Arturo, siempre que hubiera abundante dinero para pagarlas.
Era ya de madrugada, cuando mi amigo decidió dar por terminada la velada, seguro de haber dejado bien claro el cambio de carácter y personalidad producidos en él desde nuestros años estudiantiles.
Le acompañé a la puerta de la habitación y allí vi, sin sorpresa, a dos hombretones, con aspecto de lo que eran, que se habían mantenido de guardia durante toda nuestra entrevista, a la espera de la salida de su jefe.
Nos abrazamos. Así fue su despedida:
-Bueno Willy, me alegro de que las cosas te hayan ido bien, pero en la próxima ocasión que nos veamos, haz como si no me conocieras.
Le deseé suerte y aun quedé un rato mirando cómo se alejaba por el ancho y largo pasillo seguido por sus dos fieles guardianes. Ya no me acosté. La hora de partida del bus hacia el aeropuerto estaba demasiado cercana. Del día siguiente solo puedo decir que mi gestión no fue de las más brillantes de mi carrera.