sábado, 14 de julio de 2018

30.- Relatos, Fábulas y Leyendas


30.- BREVES APUNTES SOBRE 40 LARGOS AÑOS DE "CURRO"


Van a cumplirse 18 años desde mi jubilación y apenas he usado minutos en recordar algo de aquella larga etapa de mi vida laboral. En ese destacado día, tuve la impresión de que una nueva puerta se abría ante mí, para conducirme a una inédita existencia, dispuesta para ser explorada. Al mismo tiempo, tras cruzarla sin mirar atrás, sentí que la cerraba para siempre a mis espaldas.
Sin embargo, hoy, una pregunta de mi nieto Javi me ha obligado a recordar algo de aquella olvidada vida.
Mi nieto Javi -quince años- parece que siente la vocación que llevó a sus padres y a sus dos abuelos a estudiar ingeniería. Él tiene pasión por las carreras de automóviles en todas sus categorías y esa enorme afición por el deporte de las cuatro veloces ruedas le ha proporcionado un dominio y unos conocimientos más que notables sobre esa materia.
Comentábamos la sorprendente retirada de su ídolo Fernando Alonso en los dos últimos grandes premios de F1 -Mónaco y Canadá- debido a una avería en su bólido McLaren, cuando me lanzó esta pregunta, como quien no quiere la cosa:
-Oye yayo ¿qué crees tú que es lo más importante para fabricar un buen coche? O sea, un buen producto en general.
-Entiendo que desearías conocer el quid del asunto para fabricar un producto que cumpla su función y dure lo previsto sin averías ¿eh?
-Exactamente eso -respondió Javi muy serio.
-¡Pues no pides casi nada! -exclamé-. Estuve 40 años tratando de conseguir averiguarlo y no estoy seguro de haberlo logrado plenamente.
-¡Venga yayo! No me iras a decir que después de tantos años de trabajo no lo sabes.
-Hombre Javi, alguna idea ya tengo, pero quiero decirte que es un asunto complicado y son muchos los factores que inciden en una buena fabricación. Además, el alcance de los agentes que inciden en la producción de cualquier artículo varía de acuerdo con la coyuntura o el momento temporal del análisis. De todas formas intentaré darte alguna explicación que te pueda servir.
Recuerdo mi primer día de trabajo como si fuera ayer. En aquel tiempo, una empresa de reciente creación, que pretendía fabricar "algo" cuya existencia era para mí desconocida por completo, me había contratado para ocupar un puesto de una cierta responsabilidad.
Pronto supe que el resto de la plantilla se hallaba en las mismas circunstancias de ignorancia que yo. Esta revelación sirvió de momentáneo consuelo, pero no lo suficiente como para diluir por completo la intranquilidad que sentía en aquel estreno profesional.
Esta situación, apenas resuelta con un extra de trabajo, no era extraña en aquel tiempo -eran los inicios de los años 60-, en el que iba surgiendo en España una más que notable efervescencia industrial.
Veníamos de dos décadas de penuria industrial, tras el duro periodo de posguerra, pero ya entonces se habían establecido en España algunas importantes multinacionales que propiciaron la aparición de muchas pequeñas y medianas industrias auxiliares. La creación del Instituto Nacional de Industria, las Universidades Laborales y las Escuelas de Maestría Industrial, además de otras acciones, tales como el proteccionismo arancelario, promovieron un considerable renacimiento industrial.
Había gente que montaba su pequeño taller en el portal de su casa, en una antigua cuadra, bodega o pajar. Algunos, mejor dotados de medios financieros, se establecían en naves industriales con mucha variedad en los distintos grados de excelencia de sus equipos e instalaciones.
Se copiaba del extranjero cuanto se podía, con preferencia productos alemanes o ingleses. Recuerdo algún curioso y revelador caso.
En un lugar de Vizcaya -mejor evitar su nombre-, cierto emprendedor decidió fabricar carritos y sillas de paseo para niños. A tal fin, compró uno inglés de lo mejorcito y lo calcó. Orgulloso de lo bien que le había salido la copia, no se le ocurrió otra cosa que enviar un ejemplar a la casa fabricante en Inglaterra. A buen seguro creyó que recibiría alabanzas y felicitaciones por el buen trabajo realizado e, incluso, pensó que bien pudiera ser que recibiera encargos para fabricar más carritos para ellos.
La respuesta de los ingleses no se hizo esperar. En una inflamada carta "le pusieron a caldo" recriminándole, no solo el hecho delictivo de copiar su producto, sino, además, tener la desvergüenza de enviarles el cuerpo del delito. Añadían que habían encargado a sus abogados presentar la correspondiente querella, a la mayor brevedad. No sé cómo se resolvió el asunto, pero sospecho que lo fue de muy mala manera.
Yo mismo fui testigo de otro similar desaguisado. Me hallaba en trámites para adquirir una nueva rectificadora universal destinada a la fábrica de Huesca y cayó en mis manos el catálogo de una compañía de Guipúzcoa que fabricaba ese tipo de máquinas.
El nombre de la empresa era desconocido por completo para mí. Sin embargo, la fotografía de la máquina, incluida en el folleto publicitario, mostraba una autentica preciosidad de máquina. Destacaba por su robusta apariencia y por un moderno diseño que le convertían en una interesante y atractiva opción.
Ante esas buenas perspectivas, decidí visitar aquella fábrica, acompañado por nuestro encargado del taller de mecanización.
Mala impresión recibimos al contemplar su exterior. Se trataba de un vetusto edificio en el que se apreciaban los intentos, poco afortunados, de "lavarle la cara".
Su interior no presentaba mejor aspecto. Varias capas de apresurada pintura eran incapaces de cubrir las heridas de un viejo y destartalado obrador. Más tarde supimos que aquella construcción había albergado a una fábrica de boinas, recién quebrada por la falta de ventas que le ocasionaron las nuevas costumbres.
Sin embargo, los responsables de la empresa nos condujeron a una sala de exposición y ¡allí estaba ella! La máquina relucía en todo su esplendor, resaltando todas las cualidades que se adivinaban en el prospecto.
Puesta en marcha, pudimos comprobar su perfecto equilibrado, exento de más mínima vibración, aún sin estar anclada, junto a una versatilidad, precisión y facilidad de manejo que la situaban muy por encima de las máquinas que se fabricaban en España en aquella época.
 Después, nos mostraron la zona de fabricación y entonces me di cuenta de que algo no encajaba en aquel negocio. Los medios de producción no estaban a la altura de aquella maravilla de máquina. Y aun menos la estructura de estudio, diseño, planificación y desarrollo capaces de crearla.
En resumen, no me atreví a cerrar la compra.
Poco tiempo más tarde, recibí la información de una máquina suiza y...¡Cielos, era idéntica a la vasca!
Y no solo la máquina. ¡Aquellos bárbaros habían copiado hasta las fotografías del catálogo suizo, sin molestarse en hacer unas nuevas!
Entonces entendí el asunto. Habían comprado dos máquinas a la fábrica del país helvético. Una se hallaba en la sala de exposición y la otra, desmontada pieza a pieza, estaba desperdigada -algo que me había llamado la atención- en la sala de delineación, donde se dibujaban los planos  de fabricación.   
Así que, en aquel tiempo, lo más importante era el know how, es decir, cómo hacer una cosa con la debida eficacia. Y se adquiría como buenamente se podía: por descarada copia, licencia de fabricación, contratación de expertos de otras empresas  o simple espionaje si fuera necesario. También, esto no se debe olvidar, gracias a la inventiva de unos pocos industriales tenaces, luchadores y "echados pa´lante".
Mi tío Julio hizo un buen dinero mediante la fabricación de un tipo de gasógeno patentado por él.
Estoy seguro de que los jóvenes no tienen ni idea, ni han oído hablar, de este aparato, muy popular en los años que siguieron a nuestra guerra civil.
Durante algún tiempo, en los años 40 sobre todo, hubo mucha escasez de gasolina en España. Para poner remedio a esta penosa situación, se instaló un voluminoso artilugio, llamado gasógeno, en el exterior de la mayoría de los coches, camiones y tractores.
Este aparato, un cilindro de no menos de 60 cm de diámetro y 170 de alto, producía una mezcla carburante de CO2 e Hidrógeno, mediante la quema de leña o carbón y la inyección de agua pulverizada.
El rendimiento era muy bajo, pero al menos los vehículos se movían a una velocidad de 40 Km. a la hora, en llano, y unos 20 en cuestas poco pronunciadas.
Pasados esos años de penuria, en los años 60 ya se sabía hacer muchas cosas en España, aunque no tan bien como se debiera. Durante bastantes años, este fue el país de la chapuza nacional. No era un problema demasiado grave: los altos aranceles aduaneros impedían competir a los excelentes y precisos productos extranjeros con nuestras chapuceras fabricaciones. Nuestro mercado era el nacional y el de otros países atrasados de economías emergentes. Y no nos iba mal.
Pero en los años 70 comenzó en España un progresivo desarme arancelario debido a los primeros acuerdos comerciales con la CEE.
Los productos extranjeros ya podían competir con los fabricados aquí y la chapuza ya no valía. Surgió la necesidad de elevar la calidad de los nuestros. Las empresas comenzaron a estudiar la introducción de sistemas de control de calidad y de producción, que con el tiempo cambiarían el concepto de control por el de gestión, un criterio mucho más amplio y eficaz.
Pero fabricar bueno es caro. Esta realidad ocasionó la obligación de minimizar los costos. A tal fin, se incidió en el estudio pormenorizado de la idoneidad de los procesos, el ahorro en los materiales y la optimización de la destreza de los operarios.
A partir de los años 80, una auténtica revolución sacudió los fundamentos de la práctica industrial. La informática penetró lenta, primero, y de forma vertiginosa después, en todos los aspectos de la actividad industrial.
Tras ver la luz el nuevo milenio, las computadoras manejan el control de producción hasta sus más mínimos detalles. Indican los fallos de calidad o cualquier alteración del proceso dónde, cuándo y cómo se producen. En suma, facilitan un dominio total de los procesos de fabricación y, sobre todo, permiten simulaciones antes de implantarlos.  
Las máquinas, sabiamente conducidas por su CNC -Control Numérico Computarizado-, trabajan solas dentro de los parámetros de control previstos. Se alimentan con las herramientas necesarias, al tiempo que cargan y descargan las piezas mecanizadas tomándolas de sus respectivos almacenes.
Los nuevos robots de transferencia, manipulación, maniobra y trabajo son cada vez más precisos y veloces.
Además, la información técnica fluye, abundante, gracias a las redes internáuticas.
¿Qué es, entonces, lo más importante hoy para obtener un buen y apreciado producto, ahora que hay tantas facilidades? Sin duda, un buen diseño, acompañado por un impecable proyecto de implantación, algo que hasta hace muy poco no se le daba la importancia que tiene. En él se halla implícito el éxito o fracaso del producto. Pero, no olvides esto nunca, hay algo que está por encima de él. Más que el diseño, los medios de producción disponibles, de la idoneidad de los procesos utilizados o de la bondad de los materiales incorporados, son importantes las personas que intervienen en todas esas actividades. De su preparación, entrega, implicación, iniciativa, cooperación y deseos de mejorar, depende el éxito o fracaso de cualquier producto.
-¿Te parece, Javi, que he respondido bien a tu pregunta?
-¡De maravilla, yayo! Muchas gracias. Pero ¿qué crees que pasará en el futuro?
-Ah, para saberlo necesitaríamos una bola de cristal bien engrasada. Sin embargo, hay algo seguro que tú podrás ver: la Industria estará obligada a innovar para subsistir y serán los estudios del diseño quienes establezcan el germen que promueva esa innovación. Además se podrá contar con la generalización de la inteligencia artificial. Quien mejor la aplique estará más cerca del éxito ¿Queda por fin respondida tú pregunta?
-Sí, sí. Y sin duda alguna -concluye Javi, con una amplia sonrisa. 

martes, 5 de junio de 2018

29.- Relatos, Fábulas y Leyendas


29.- LA PANDEMIA DEL SIGLO XXI.





Esta última semana, me he visto presionado desde varios frentes, en relación con la ausencia del dichoso WhatsApps en mi móvil.
Mis nietos me urgen a tenerlo, pues no me pueden incluir en el "grupo", y esto debe ser algo muy serio.
Mi hermano me acaba de decir: Te enviaría alguna cosa interesante, pero como no tienes "gua-sap"...
-Pero, hombre. Mándamelo por email -contesto.
-Es que desde que tengo el Smartphone apenas conecto el ordenador. Solo uso aquel. Es más práctico.
Para rematar la faena, me escribe "X" un buen amigo, y, entre otras cosas, me recomienda que me actualice. En Europa, dice con mucha guasa, ya solo quedan dos personas sin WhatsApps, tú y un viejo nonagenario que vive en una aldea perdida de la tundra bielorrusa.
Lo tremendo es que otro amigo, que pertenece al mismo grupo de correo electrónico, y recibió también el email, apostilló el asunto con un lacónico: Haz caso a "X"
El término de tremendo está justificado. Hasta hace muy poco, este otro amigo, "Y", un serio y cabal hombre de Leyes, echaba pestes de la gente que no paraba de usar el Smart en todo tiempo y lugar. Sobre todo, cuando, en cualquier reunión de amigos, las señoras acababan por echar mano de sus inseparables aparatos, y se empeñaban, con un entusiasmo irrefrenable, en mostrar las fotos de sus nietos haciendo gracias. Pero contaminado, tal vez, por ese virus inevitable de la smartmanía, hoy disfruta también de ese "indispensable" aparatito y me lo recomienda. Ver para creer.
La sugerencia del amigo "X" no me extraña. Resulta natural y hasta lógica, ya que es hombre al que le gusta estar a la última en el campo de la tecnología comunicativa. Pero lo de "Y" me produce preocupación y alarma. Si este amigo ha podido contaminarse, nadie está libre de sufrir el insidioso acoso de esta irresistible plaga y de caer atrapado por ella.
Hace muy poco tiempo, asistí a la celebración de un evento acompañado de mi mujer. Éramos 16 comensales de ambos sexos que formaban un amplio abanico de edades.
Pues bien, no había persona allí, a excepción de mi esposa y yo mismo, que resistiera la tentación de echar un vistazo a su Smart cada cinco minutos...o menos.
Entre plato y plato, estos aparatitos circulaban de mano en mano, mostrando las " interesantes" fotos del último viaje de sus propietarios, las poses más graciosas de sus agraciados nietos o las radiantes imágenes de su queridísima prole. Amén de las últimas noticias sobre los más peregrinos asuntos que, por otra parte, me importaban lo mismo que el hidrocultivo del pepino maltés.
Pensé que la llegada de los postres pondría fin a esta saturación de mensajería digital y entraríamos en ese grato período de sobremesa, donde el coloquio y la tertulia amenizan la mente y enriquecen -por lo general- el entendimiento. Vana esperanza. Una vez consumidos aquellos y servidos los consiguientes cafés, infusiones y licores, se produjo una auténtica orgía smartofónica. Cada cual trató de mostrar al resto de los presentes las bondades de su aparato y se dedicó a explicar, con todo detalle y entusiasmo, las admirables particularidades de sus muchas aplicaciones para toda clase de función, o efecto. ¡Qué horror! No sé cómo pude resistirlo.
Pero en este tema voy de sorpresa en sorpresa. La semana pasada, me topé en la calle con una amiga que llevaba su Smart bien agarrado en la mano, como manda la costumbre, según observo.
-¡Oye, qué te ha salido en la mano! -exclamé, simulando alarma.
Ella, que es inteligente, captó en seguida la ironía y me contestó, sonriendo:
-Bueno, suelo llevar el aparato en la mano porque si lo dejo en el bolso no sé cuando me llega un mensaje.
-Ya, pero podrías esperar a llegar a casa y leerlos allí tranquilamente ¿no?
-Imposible -me contestó-, entonces me encontraría con un montón de mensajes y no tendría tiempo para contestar a todos.
Claro, esta mujer está integrada en seis u ocho grupos, compuestos de familiares, amigas y amigos, colegas de trabajo y varios más de asociaciones y clubs.
Ahora me explico la proliferación de peatones -que yo llamo smartzombis- embebidos en el entusiasmado trafago dactilar de sus aparatitos, circulando con la mirada fija en él, ajenos por completo del mundo que les rodea. Y lo hacen con una habilidad asombrosa. Caminan a buen paso y, sin dejar de mover los pulgares a velocidad endiablada, ni levantar la vista de la pantallita, sortean cuantos obstáculos encuentran a su paso, justo a un par de metros antes de chocar con ellos, mediante un ligero o apurado quiebro.
Parece como si una poderosa e ineludible fuerza les obligara a leer el mensaje en el mismo momento de recibirlo, y a contestarlo o establecer conversación de inmediato, como si aquella comunicación fuese anuncio de vida o muerte.
No es extraño presenciar en cualquier reunión, conferencia o ceremonia -incluso en las más solemnes, tanto religiosas como cívicas o castrenses-, la inoportuna escena de alguien que deja el lugar ocupado, muy serio -eso sí-, desaparece y al rato vuelve a aparecer, sin el menor gesto de disculpa. Tan fresco.
No crean que han sido víctimas de alguna perentoria necesidad fisiológica. ¡Ni hablar! Se trata de recibir y contestar algún nuevo mensaje. Operación que, como digo, es necesario realizar al momento, dada la suma importancia del asunto a tratar. ¡Faltaba más!  
 Conste que no tengo nada contra el uso del teléfono móvil. Muy al contrario, me parece uno de los grandes inventos de este siglo. Sobre todo en mi caso, que solo pude disponer del teléfono fijo hasta bien entrado en años, sin sospechar siquiera que llegaría un día en el que lo podríamos llevar en el bolsillo.
Yo lo uso siempre que salgo de viaje o cojo el coche. Más no. No lo necesito y la ausencia del dichoso WhatsApps en él me proporciona una dicha inmensa, producto de una paz sin límites. Por otra parte, me resulta molesto llevarlo en el bolsillo. Claro, supongo que los aparatos modernos son algo más cómodos de llevar que mi antediluviano móvil.
Me parece que demasiada gente acaba por sufrir esa perversa adición que les obliga a estar atado al indispensable aparatillo en todo momento. Ya se ocupan bien sus fabricantes en urdir tantas y tan variadas aplicaciones destinadas a cubrir cada posible necesidad del usuario, bien sea real, imaginada, eventual o, por demás, innecesaria. Y, por supuesto, todo su tiempo.
Sí, es cierto, generalizo, pero me obliga a ello el encuentro con tanta gente incapaz de reprimir el impulso de echar mano a su aparato, a la menor oportunidad, para mostrar alguna foto que ilustre su conversación, tras una tediosa y extensa interrupción, necesaria para encontrarla entre miles de ellas, no muy bien archivadas.
Hasta aquí, he presentado un pequeño catálogo de inconveniencias que, naturalmente, pueden ser evitadas por aquellas personas de firme carácter o con cierta racionalidad en su discurrir, pero ¿qué me dicen de ese engendro que ha dado en llamarse "las redes sociales"?
Poca experiencia tengo de ellas, pero esa poca ha bastado para conducirme hacia el hastío, cuando no a la alarma o la indignación.
Mi impresión personal es que se trata de un inmenso y desordenado pozo de memez, incultura y gratuita especulación, donde se compran, venden u originan falsas noticias, se falsean seguidores a bajo precio y donde campean el populismo, la demagogia barata, la irresponsabilidad y el sensacionalismo.
De esta forma, un fantástico invento se ha ido convirtiendo, poco a poco, en una peligrosa pandemia que actúa e influye, finalmente, como principal agente de la formación -deformación, más bien- de la irreflexiva y todopoderosa "opinión pública", mediante la cual, el ciudadano medio piensa, vota, se expresa y se comporta de la manera irreflexiva e irresponsable que el aparatito, pegado a su mano, le ofrece.
Por tanto, amigos míos, no os extrañe que, cual "Llanero Solitario", siga la senda seguida por aquellos héroes de nuestra juventud, capaces de "Morir con las botas puestas", al hallarse "Solos ante el Peligro".
En mi caso, será con mi vetusto móvil en la mesilla de noche. Apagado, por supuesto.
  

sábado, 21 de abril de 2018

28.- Relatos, Fábulas y Leyendas


28.- UNA OBRA DE ARTE.





A los hombres de mi familia les encantan los caracoles. A las mujeres no tanto: poco o nada. Mis nietos mayores y su padre son especialmente ávidos de estos gasterópodos.
Pero a mi mujer, que años antes los cocinaba aunque fuera a regañadientes, ahora ya no transige y resulta imposible convencerla para que los prepare y guise.
Por pura suerte, encontré unos caracoles, ya preparados, en una tienda de delicatesen. Eran bastante sabrosos y bien condimentados. Así pude satisfacer los deseos de mis muchachos durante varias ocasiones.
Pero, de repente, quizás por la llegada del invierno que diera fin a la temporada, dejaron de tener aquellos deliciosos caracoles. Mala suerte.
Desde aquel fatídico día, cada vez que mis nietos anunciaban su deseo de venir a comer en nuestra casa se repetía la misma pregunta.
-Yayo ¿Habrá caracoles?
-No, todavía no tienen -contestaba yo- quizás los traigan para la primavera.
Llegó la primavera, pero los caracoles continuaron sin aparecer. Medité durante largo tiempo en la posibilidad de que yo se los preparara. Después de rumiar la idea durante unos cuantos días me decidí.
Encontré en el Super unos caracoles, ya cocidos y envasados, de una conocida casa navarra, especialista en toda clase de hortalizas en conserva. Después adquirí los ingredientes que había catado en aquellos otros simpáticos moluscos de la tienda de delicatesen, además de otros de mi cosecha que, asumiendo el riesgo de equivocarme y acabar mi guiso en chapuza, me parecieron adecuados para el fin propuesto.
Manos a la obra. Enfundado en mi delantal y rodeado de todos los ingredientes, especias y sartenes, oficié la suprema ceremonia del guiso caracolero con la mayor dedicación de que fui capaz, y la esperanza de lograr, al menos, la aceptación de mis comensales.
Al terminar la cocción, unté un trocito de pan en la salsa y...¡Oh, cielos! ¡Se iba del mundo! Era pura gloria. Perfecto, porque supuse que al día siguiente, cuando mis cinco nietos llegaran a comer, estaría todavía mejor, como ocurre con la mayoría de los buenos guisos.
Hay que advertir que mis nietos son cinco "limas", capaces de acabar con todo lo que aparezca en la mesa, por abundante que sea. Sobre todo si ha sido cocinado por su abuela.
También es necesario advertir que los apasionados consumidores de caracoles son los dos chicos mayores, mientras que las dos chicas y el pequeño asisten, un tanto aprensivos y distantes, al continuo, sonoro y gozoso chuperreteo que producen sus hermanos al devorar el condumio.
En fin. Llegó el día y la hora ansiada por ellos y temida por mí. ¿Estarían mis caracoles a la altura?
Tras el acostumbrado consumo de los entrantes, que la abuela Nines elige cuidadosamente para dar el gusto a todos sus nietos, apareció la colorida fuente, repleta de lustrosos caracoles, bien embebidos en su bermellona salsa y acompañados por abundantes taquitos de buen jamón, chistorra y algún que otro ingrediente secreto de mi exclusiva invención.
La duda de si estaría a la altura de los anteriores guisos se despejo muy pronto. En seguida comencé a recibir las primeras exclamaciones de asombro y agrado.
-Yayo, estos son los mejores caracoles que he comido en toda mi vida -dijeron ambos a coro.
Puede que el lector crea que la corta edad de mis nietos no sea garantía de una referencia demasiado excelsa. Pero sucedía que yo mismo, que cuadruplico la edad del mayor y los he comido desde que la memoria me alcanza, tampoco había consumido unos caracoles tan ricos y sabrosos como aquellos.
¿Y la salsa?
¡Ah, la salsa! Resultó una auténtica ambrosía, capaz de alimentar, con placer, a los mismísimos dioses del Olimpo. Mis dos nietos mayores asaltaron la fuente de caracoles, repitiendo por dos veces hasta agotar el material. Después atacaron la salsa, terminando con el pan, no antes de sacar brillo a sus platos y a la misma fuente donde se había servido.
-¡Cómo está esta salsa! -volvieron a exclamar a dúo.
El hermano pequeño, que les miraba con un punto de reparo y desazón, hizo un comentario sobre la negativa sensación -llamémosle asco- que le daba ver el caracol fuera de su cáscara y trincado en el pincho, antes de ser llevado a la boca.
Entonces uno de sus devoradores hermanos -o los dos- le contestaron:
-Andrés, hasta que no comas caracoles no serás hombre.
El peque se limitó a susurrar: ¡Jo! Y en su rostro apareció una mueca semejante a la que seguramente muestran los chicos de la selva, cuando les comunican que deben matar a un león con solo una lanza, para superar la pubertad y hacerse hombres.
El caso es que la caracolada fue un éxito total. Recibí los parabienes de los comensales y aun me insistieron para que hiciera negocio con ella.
-Yayo, ve a esa tienda de delicatesen y ofréceles tus caracoles, que te vas a hacer de oro.
Dicho todo lo que antecede, puedo decir con legítimo orgullo que mi guiso resultó una auténtica obra de arte culinaria.

jueves, 15 de marzo de 2018

27.- Relatos, Fábulas y Leyendas

27.- OTRA  TONTA  AVENTURA



-Bueno, Isabel ¿Qué te ha parecido la narración que hice de tu aventura en Comillas?
-¡Genial! Me ha gustado mucho.
-Me alegra. Pero quiero compensarte y te voy a contar una historia mía, tan tonta o más que la tuya.
No puedo asegurarlo, pero creo que podemos situar esta historieta en una época muy próxima al año 1954. Como ya te he explicado en alguna ocasión, mi amigo Jesús y yo solíamos acudir a Vadiello, el sábado por la tarde, para dormir en el refugio. Al día siguiente, muy de madrugada, subíamos las clavijas que permitían ascender hasta un imponente circo, a espaldas de los mallos, para continuar hasta la cumbre del San Jorge.
Pero antes, una vez llegados al circo, debíamos realizar una travesía horizontal y doblar una ancha cresta, para ascender por una empinada cuesta de hierba y matojo, hasta llegar a un amplio collado que corona todo el conjunto pétreo de los mallos. Unos pocos metros de escalada, de poca dificultad, nos situaba en la cumbre del mallo más alto, el San Jorge.
El descenso se hacía aprovechando una estrecha y quebrada canal en la parte izquierda del mallo.
Por lo que he podido averiguar, las cosas son muy diferentes hoy. Han colocado una sirga de seguridad a lo largo de todo el recorrido de las clavijas y en algunos otros tramos de potencial peligro, como en parte de la travesía horizontal. También, una vez en la cumbre del San Jorge, en la peligrosa bajada al escalón, desde donde uno se puede asomar al abismo, experimentar la inenarrable sensación de estar al borde de un precipicio cortado a pico y contemplar el panorama desde la misma altura y la misma visión que el águila.
En nuestra época, hacíamos todo el recorrido a cuerpo limpio, sin ninguna ayuda adicional a la que nos proporcionaban las clavijas, que colocaron los animosos muchachos de Peña Guara en 1950, según creo.  
Pues bien, aquel día, mi amigo y yo, junto a tres experimentados escaladores, comandados por mi vecino Ángel Lorés, muy conocido, querido y admirado alpinista en los medios montañeros de la región, nos dispusimos a superar las famosas clavijas. Ellos nos acompañaron durante un trecho, pero tan pronto alcanzamos la meseta superior de los mallos, se separaron y fueron a realizar el trabajo que tenían previsto aquel día.
El itinerario se iniciaba en una pared de unos 15 metros hasta llegar a una repisa horizontal.
Una vez llegados hasta aquel pasaje horizontal, que lleva al pie de una larga y estrecha garganta vertical, uno de los montañeros gritó:
-¡Eh, mirad esa higuera!
Al lado de la pared por donde discurría la repisa horizontal, se abría un profundo escalón, de unos cinco a seis metros. Era como un gran hoyo abierto a la cara por donde antes habíamos ascendido. Allí, en la parte abierta del hoyo, crecía una frondosa higuera donde solo había piedra y donde solo Dios podía saber cómo pudo arraigar y progresar.
-¡Ostras, sí! -gritó otro- ¡Y tiene higos! ¿Vamos a ver si son buenos?
Todos estuvimos de acuerdo y nos apresuramos a bajar por una estrecha canal, prolongación de la garganta vertical que deberíamos atacar más adelante. En realidad, esta garganta era una torrentera, horadada durante siglos por la acción de las aguas, al caer desde el gran circo superior, durante las impresionantes tormentas que allí se dan.
Pronto descubrimos que los higos que daba aquella higuera insólita eran incomestibles y, después de un rato de chanzas y cuchufletas a cuenta de la borde higuera estéril, nos dispusimos a subir hasta la repisa, utilizando la misma vía seguida para bajar.
En ese momento comenzaron nuestras desdichas. La canaleta por donde habíamos bajado, utilizando pies, brazos y espalda, se hacía cónica al final y, al meter el cuerpo en ella, para subir, te escupía fuera.
Claro, al bajar habíamos evitado ese inconveniente dando un salto, pero eso no servía a la hora de subir.
Los cinco intentamos reiteradamente la subida sin éxito. Probamos a escalar la pared gateando, con el mismo resultado: la condenada estaba tan lisa como un espejo, sin el más mínimo resalte donde agarrarnos.
-¡Me cagüe´n la leche y los higos del puñetero carajo! ¡Estamos enrayados! -exclamó uno de los montañeros.
Enrayado es el término que usan los escaladores cuando se encuentran en una posición en la que no pueden subir ni bajar y tienen unos límites de maniobra muy cortos a derecha e izquierda.
-¿Y ahora qué hacemos? -se preguntó otro.
-¿Qué coño vamos a hacer, espabilao? Esperar a que pase alguien y nos eche una cuerda. ¡Si no hubieses enredao tanto con la puñetera higuera...! -acabó por sentenciar Lorés.
-¡Anda este! ¿Pa qué me habéis seguido? Si yo tengo culpa, vosotros más -así se defendía el inventor del asunto higuera, entre bromas, chanzas y chirigotas.
El problema se hacía insoluble ya que, en el colmo de la imprevisión, los tres montañeros se habían dejado las mochilas arriba, junto a todo su equipo de escalada: cuerdas, clavijas, martillos, estribos y mosquetones.
Para nosotros, mi amigo y yo, aquella situación, lejos de preocuparnos, nos divertía sobremanera. Aún más, al escuchar los jocosos comentarios que se lanzaban nuestros tres avezados -y cautivos- colegas. En cambio para ellos, con infinidad de escaladas en sus piernas y brazos, sobre las cumbres más afamadas de Europa, resultaba poco menos que una dolorosa afrenta, verse obligados a esperar para ser rescatados de una ridícula situación, en un absurdo paraje sin historia.
-¡Cagon´la! ¿Será posible que no podamos salir de aquí? -Se preguntaba otro, mientras inspecciona la pared palmo a palmo.
Imposible. No había manera. Intentaban encontrar con auténtica desesperación algún resalte, por mínimo que fuera, con el que conseguir un inicial apoyo, pero no lo había.
Poco a poco, la triste realidad fue calando en el grupo. Las bromas, fruto del buen humor que acompaña siempre a estas gentes de la montaña, fue decayendo y ya todos llegamos a la triste conclusión de que no saldríamos de allí, hasta que alguien llegara para rescatarnos. Huelga decir que en aquel tiempo no solo faltaban los móviles, sino que ni siquiera podíamos imaginar que algún día los hubiera.
Aún así, todavía alguno levantaba la mirada hacia la pared, tratando de vislumbrar algún punto de apoyo milagroso que le permitiera iniciar la subida salvadora.
Y fue de esta manera como uno de ellos lo encontró:
-¡Espera, espera! -dijo- Me parece que allí, a unos tres metros hay una pequeña grieta. Aguántame que voy a probar si llego.
En un momento, se subió a los hombros del más alto de los tres y se estiró, hasta meter las puntas de los dedos en un insignificante resalte.
Pero la maniobra solo había hecho que comenzar. El siguiente apoyo estaba fuera de su alcance y debía dar un salto para agarrarse a él.
Por dos veces lo intentó sin éxito, provocando otras tantas aparatosas caídas sobre el sufrido sustentador.
Al tercer intento lo logró, impulsado, seguramente, por los voces de ánimo que le dedicábamos. Una vez conseguido el segundo apoyo, pudo escalar el resto de la pared con menos dificultad, ya que ésta se inclinaba algo en la parte superior, hasta la repisa donde había quedado el equipo de los tres escaladores.
Aplausos y gritos de aclamación, celebrando el éxito alcanzado, se multiplicaron en mil ecos entre las rocas, y ascendieron, resonando, por la chimenea que conduce al gran circo superior, hasta perderse en él,
-¡Venga, tira una cuerda! -acució uno.
Pero el puñetero, una vez arriba, tomó su equipo y dijo con mucha guasa:
-Bueno, me voy, que se me hace tarde.
Ante nuestros denuestos, quejas y amenazas, intentó justificarse:
-Es que tengo prisa, oye, que se me va a echar la noche encima antes de hacer cumbre. Seguro que alguien pasa pronto y os echa la cuerda.
Era broma. Pronto estábamos arriba gracias a la anhelada cuerda y completábamos, con bien, todo el itinerario. Después de un reconfortante baño y comida,  aun tuvimos la ocasión, por la tarde, de ir con nuestro vecino, amigo y mentor Ángel Lorés hasta la primera garganta para reponer una clavija rota.
Pero antes, mientras nos refrescábamos la cara en un arroyuelo anterior al comienzo de las clavijas, llegó un patoso excursionista y puso su enorme botaza sobre mis gafas que reposaban junto a mí en el suelo, dejándolas planchadas. Poco vi de la reposición de la clavija, aunque peor fue la vuelta a Huesca en bici, al tener que luchar contra mis dioptrías y la falta creciente de luz, al estar ya anocheciendo.
En realidad, fue un hermoso día, digno de mantener en el recuerdo. La gran pena es que mis ochenta añazos me impiden repetirlo.  

martes, 27 de febrero de 2018

26.- Relatos, Fábulas y Leyendas

26.- Misterio en el TEE París-Copenhague.



Cierto día de otoño de 1972, debía viajar a Essen, en Alemania, desde Donostia por un asunto profesional.
Tomé un wagon-lits en Hendaya entrada la noche y llegué a París-Austerliz de madrugada, sin apenas dormir. La cama era confortable pero el ruido y traqueteo del tren me lo impidieron.
En la estación debía reunirme con un colega francés, con el que debía intercambiar información sobre algunos asuntos relativos a nuestra común actividad. Pero no se presentó.
Decidí ir directamente a la Gare du Nord para tomar el TEE a Copenhague que me dejaría en Colonia. Otro tren me llevaría hasta Essen.
Desde un banco del amplio hall de la estación, dediqué las 3 horas de espera a curiosear todo lo que había o se movía por allí. Pronto llamó mi atención el paso de una elegante mujer. Era alta, muy morena, de armoniosa figura y aspecto muy especial
Noté que trataba de evitar a un mal encarado tipo que la seguía. Al fin, se sentó a mi lado sin mediar palabra. El tipo, tras dudar un momento,  se esfumó. Después ella se presentó y hablamos. Era canadiense pero se expresaba en un correcto español. Poco a poco fuimos entrando en una animada conversación. Sobre todo, al tararearle: Ô Canada! Terre de nos aïeux...Himno francés de Canadá, que yo había aprendido muy joven en el colegio.  
Nuestra amena charla se interrumpió al recibir el aviso de embarque y ocupar nuestros respectivos departamentos.
Pasado Namur, era ya hora del almuerzo y quise compartirlo con la bella dama, pero al entrar en su departamento un escalofrío recorrió mi espalda. Allí estaba el tipo de París tendido y muerto, con un puñal clavado en el corazón. De la mujer, ni rastro.
En Lieja el tren se llenó de policía. Muchas preguntas y pocas respuestas. Con ánimo encogido dejé el tren en Colonia y esperé al que me llevaría a Essen, paseando por el andén. Pero cuando el TEE reinició su marcha, rumbo a Copenhague, y pasaba ante mí, una explosiva rubia me sonrió tras los cristales de su ventanilla. ¡Era ella! Lo supe al instante. ¿Qué intrigante misterio arrastraba aquella mujer? Jamás lo sabré.