martes, 5 de junio de 2018

29.- Relatos, Fábulas y Leyendas


29.- LA PANDEMIA DEL SIGLO XXI.





Esta última semana, me he visto presionado desde varios frentes, en relación con la ausencia del dichoso WhatsApps en mi móvil.
Mis nietos me urgen a tenerlo, pues no me pueden incluir en el "grupo", y esto debe ser algo muy serio.
Mi hermano me acaba de decir: Te enviaría alguna cosa interesante, pero como no tienes "gua-sap"...
-Pero, hombre. Mándamelo por email -contesto.
-Es que desde que tengo el Smartphone apenas conecto el ordenador. Solo uso aquel. Es más práctico.
Para rematar la faena, me escribe "X" un buen amigo, y, entre otras cosas, me recomienda que me actualice. En Europa, dice con mucha guasa, ya solo quedan dos personas sin WhatsApps, tú y un viejo nonagenario que vive en una aldea perdida de la tundra bielorrusa.
Lo tremendo es que otro amigo, que pertenece al mismo grupo de correo electrónico, y recibió también el email, apostilló el asunto con un lacónico: Haz caso a "X"
El término de tremendo está justificado. Hasta hace muy poco, este otro amigo, "Y", un serio y cabal hombre de Leyes, echaba pestes de la gente que no paraba de usar el Smart en todo tiempo y lugar. Sobre todo, cuando, en cualquier reunión de amigos, las señoras acababan por echar mano de sus inseparables aparatos, y se empeñaban, con un entusiasmo irrefrenable, en mostrar las fotos de sus nietos haciendo gracias. Pero contaminado, tal vez, por ese virus inevitable de la smartmanía, hoy disfruta también de ese "indispensable" aparatito y me lo recomienda. Ver para creer.
La sugerencia del amigo "X" no me extraña. Resulta natural y hasta lógica, ya que es hombre al que le gusta estar a la última en el campo de la tecnología comunicativa. Pero lo de "Y" me produce preocupación y alarma. Si este amigo ha podido contaminarse, nadie está libre de sufrir el insidioso acoso de esta irresistible plaga y de caer atrapado por ella.
Hace muy poco tiempo, asistí a la celebración de un evento acompañado de mi mujer. Éramos 16 comensales de ambos sexos que formaban un amplio abanico de edades.
Pues bien, no había persona allí, a excepción de mi esposa y yo mismo, que resistiera la tentación de echar un vistazo a su Smart cada cinco minutos...o menos.
Entre plato y plato, estos aparatitos circulaban de mano en mano, mostrando las " interesantes" fotos del último viaje de sus propietarios, las poses más graciosas de sus agraciados nietos o las radiantes imágenes de su queridísima prole. Amén de las últimas noticias sobre los más peregrinos asuntos que, por otra parte, me importaban lo mismo que el hidrocultivo del pepino maltés.
Pensé que la llegada de los postres pondría fin a esta saturación de mensajería digital y entraríamos en ese grato período de sobremesa, donde el coloquio y la tertulia amenizan la mente y enriquecen -por lo general- el entendimiento. Vana esperanza. Una vez consumidos aquellos y servidos los consiguientes cafés, infusiones y licores, se produjo una auténtica orgía smartofónica. Cada cual trató de mostrar al resto de los presentes las bondades de su aparato y se dedicó a explicar, con todo detalle y entusiasmo, las admirables particularidades de sus muchas aplicaciones para toda clase de función, o efecto. ¡Qué horror! No sé cómo pude resistirlo.
Pero en este tema voy de sorpresa en sorpresa. La semana pasada, me topé en la calle con una amiga que llevaba su Smart bien agarrado en la mano, como manda la costumbre, según observo.
-¡Oye, qué te ha salido en la mano! -exclamé, simulando alarma.
Ella, que es inteligente, captó en seguida la ironía y me contestó, sonriendo:
-Bueno, suelo llevar el aparato en la mano porque si lo dejo en el bolso no sé cuando me llega un mensaje.
-Ya, pero podrías esperar a llegar a casa y leerlos allí tranquilamente ¿no?
-Imposible -me contestó-, entonces me encontraría con un montón de mensajes y no tendría tiempo para contestar a todos.
Claro, esta mujer está integrada en seis u ocho grupos, compuestos de familiares, amigas y amigos, colegas de trabajo y varios más de asociaciones y clubs.
Ahora me explico la proliferación de peatones -que yo llamo smartzombis- embebidos en el entusiasmado trafago dactilar de sus aparatitos, circulando con la mirada fija en él, ajenos por completo del mundo que les rodea. Y lo hacen con una habilidad asombrosa. Caminan a buen paso y, sin dejar de mover los pulgares a velocidad endiablada, ni levantar la vista de la pantallita, sortean cuantos obstáculos encuentran a su paso, justo a un par de metros antes de chocar con ellos, mediante un ligero o apurado quiebro.
Parece como si una poderosa e ineludible fuerza les obligara a leer el mensaje en el mismo momento de recibirlo, y a contestarlo o establecer conversación de inmediato, como si aquella comunicación fuese anuncio de vida o muerte.
No es extraño presenciar en cualquier reunión, conferencia o ceremonia -incluso en las más solemnes, tanto religiosas como cívicas o castrenses-, la inoportuna escena de alguien que deja el lugar ocupado, muy serio -eso sí-, desaparece y al rato vuelve a aparecer, sin el menor gesto de disculpa. Tan fresco.
No crean que han sido víctimas de alguna perentoria necesidad fisiológica. ¡Ni hablar! Se trata de recibir y contestar algún nuevo mensaje. Operación que, como digo, es necesario realizar al momento, dada la suma importancia del asunto a tratar. ¡Faltaba más!  
 Conste que no tengo nada contra el uso del teléfono móvil. Muy al contrario, me parece uno de los grandes inventos de este siglo. Sobre todo en mi caso, que solo pude disponer del teléfono fijo hasta bien entrado en años, sin sospechar siquiera que llegaría un día en el que lo podríamos llevar en el bolsillo.
Yo lo uso siempre que salgo de viaje o cojo el coche. Más no. No lo necesito y la ausencia del dichoso WhatsApps en él me proporciona una dicha inmensa, producto de una paz sin límites. Por otra parte, me resulta molesto llevarlo en el bolsillo. Claro, supongo que los aparatos modernos son algo más cómodos de llevar que mi antediluviano móvil.
Me parece que demasiada gente acaba por sufrir esa perversa adición que les obliga a estar atado al indispensable aparatillo en todo momento. Ya se ocupan bien sus fabricantes en urdir tantas y tan variadas aplicaciones destinadas a cubrir cada posible necesidad del usuario, bien sea real, imaginada, eventual o, por demás, innecesaria. Y, por supuesto, todo su tiempo.
Sí, es cierto, generalizo, pero me obliga a ello el encuentro con tanta gente incapaz de reprimir el impulso de echar mano a su aparato, a la menor oportunidad, para mostrar alguna foto que ilustre su conversación, tras una tediosa y extensa interrupción, necesaria para encontrarla entre miles de ellas, no muy bien archivadas.
Hasta aquí, he presentado un pequeño catálogo de inconveniencias que, naturalmente, pueden ser evitadas por aquellas personas de firme carácter o con cierta racionalidad en su discurrir, pero ¿qué me dicen de ese engendro que ha dado en llamarse "las redes sociales"?
Poca experiencia tengo de ellas, pero esa poca ha bastado para conducirme hacia el hastío, cuando no a la alarma o la indignación.
Mi impresión personal es que se trata de un inmenso y desordenado pozo de memez, incultura y gratuita especulación, donde se compran, venden u originan falsas noticias, se falsean seguidores a bajo precio y donde campean el populismo, la demagogia barata, la irresponsabilidad y el sensacionalismo.
De esta forma, un fantástico invento se ha ido convirtiendo, poco a poco, en una peligrosa pandemia que actúa e influye, finalmente, como principal agente de la formación -deformación, más bien- de la irreflexiva y todopoderosa "opinión pública", mediante la cual, el ciudadano medio piensa, vota, se expresa y se comporta de la manera irreflexiva e irresponsable que el aparatito, pegado a su mano, le ofrece.
Por tanto, amigos míos, no os extrañe que, cual "Llanero Solitario", siga la senda seguida por aquellos héroes de nuestra juventud, capaces de "Morir con las botas puestas", al hallarse "Solos ante el Peligro".
En mi caso, será con mi vetusto móvil en la mesilla de noche. Apagado, por supuesto.
  

sábado, 21 de abril de 2018

28.- Relatos, Fábulas y Leyendas


28.- UNA OBRA DE ARTE.





A los hombres de mi familia les encantan los caracoles. A las mujeres no tanto: poco o nada. Mis nietos mayores y su padre son especialmente ávidos de estos gasterópodos.
Pero a mi mujer, que años antes los cocinaba aunque fuera a regañadientes, ahora ya no transige y resulta imposible convencerla para que los prepare y guise.
Por pura suerte, encontré unos caracoles, ya preparados, en una tienda de delicatesen. Eran bastante sabrosos y bien condimentados. Así pude satisfacer los deseos de mis muchachos durante varias ocasiones.
Pero, de repente, quizás por la llegada del invierno que diera fin a la temporada, dejaron de tener aquellos deliciosos caracoles. Mala suerte.
Desde aquel fatídico día, cada vez que mis nietos anunciaban su deseo de venir a comer en nuestra casa se repetía la misma pregunta.
-Yayo ¿Habrá caracoles?
-No, todavía no tienen -contestaba yo- quizás los traigan para la primavera.
Llegó la primavera, pero los caracoles continuaron sin aparecer. Medité durante largo tiempo en la posibilidad de que yo se los preparara. Después de rumiar la idea durante unos cuantos días me decidí.
Encontré en el Super unos caracoles, ya cocidos y envasados, de una conocida casa navarra, especialista en toda clase de hortalizas en conserva. Después adquirí los ingredientes que había catado en aquellos otros simpáticos moluscos de la tienda de delicatesen, además de otros de mi cosecha que, asumiendo el riesgo de equivocarme y acabar mi guiso en chapuza, me parecieron adecuados para el fin propuesto.
Manos a la obra. Enfundado en mi delantal y rodeado de todos los ingredientes, especias y sartenes, oficié la suprema ceremonia del guiso caracolero con la mayor dedicación de que fui capaz, y la esperanza de lograr, al menos, la aceptación de mis comensales.
Al terminar la cocción, unté un trocito de pan en la salsa y...¡Oh, cielos! ¡Se iba del mundo! Era pura gloria. Perfecto, porque supuse que al día siguiente, cuando mis cinco nietos llegaran a comer, estaría todavía mejor, como ocurre con la mayoría de los buenos guisos.
Hay que advertir que mis nietos son cinco "limas", capaces de acabar con todo lo que aparezca en la mesa, por abundante que sea. Sobre todo si ha sido cocinado por su abuela.
También es necesario advertir que los apasionados consumidores de caracoles son los dos chicos mayores, mientras que las dos chicas y el pequeño asisten, un tanto aprensivos y distantes, al continuo, sonoro y gozoso chuperreteo que producen sus hermanos al devorar el condumio.
En fin. Llegó el día y la hora ansiada por ellos y temida por mí. ¿Estarían mis caracoles a la altura?
Tras el acostumbrado consumo de los entrantes, que la abuela Nines elige cuidadosamente para dar el gusto a todos sus nietos, apareció la colorida fuente, repleta de lustrosos caracoles, bien embebidos en su bermellona salsa y acompañados por abundantes taquitos de buen jamón, chistorra y algún que otro ingrediente secreto de mi exclusiva invención.
La duda de si estaría a la altura de los anteriores guisos se despejo muy pronto. En seguida comencé a recibir las primeras exclamaciones de asombro y agrado.
-Yayo, estos son los mejores caracoles que he comido en toda mi vida -dijeron ambos a coro.
Puede que el lector crea que la corta edad de mis nietos no sea garantía de una referencia demasiado excelsa. Pero sucedía que yo mismo, que cuadruplico la edad del mayor y los he comido desde que la memoria me alcanza, tampoco había consumido unos caracoles tan ricos y sabrosos como aquellos.
¿Y la salsa?
¡Ah, la salsa! Resultó una auténtica ambrosía, capaz de alimentar, con placer, a los mismísimos dioses del Olimpo. Mis dos nietos mayores asaltaron la fuente de caracoles, repitiendo por dos veces hasta agotar el material. Después atacaron la salsa, terminando con el pan, no antes de sacar brillo a sus platos y a la misma fuente donde se había servido.
-¡Cómo está esta salsa! -volvieron a exclamar a dúo.
El hermano pequeño, que les miraba con un punto de reparo y desazón, hizo un comentario sobre la negativa sensación -llamémosle asco- que le daba ver el caracol fuera de su cáscara y trincado en el pincho, antes de ser llevado a la boca.
Entonces uno de sus devoradores hermanos -o los dos- le contestaron:
-Andrés, hasta que no comas caracoles no serás hombre.
El peque se limitó a susurrar: ¡Jo! Y en su rostro apareció una mueca semejante a la que seguramente muestran los chicos de la selva, cuando les comunican que deben matar a un león con solo una lanza, para superar la pubertad y hacerse hombres.
El caso es que la caracolada fue un éxito total. Recibí los parabienes de los comensales y aun me insistieron para que hiciera negocio con ella.
-Yayo, ve a esa tienda de delicatesen y ofréceles tus caracoles, que te vas a hacer de oro.
Dicho todo lo que antecede, puedo decir con legítimo orgullo que mi guiso resultó una auténtica obra de arte culinaria.

jueves, 15 de marzo de 2018

27.- Relatos, Fábulas y Leyendas

27.- OTRA  TONTA  AVENTURA



-Bueno, Isabel ¿Qué te ha parecido la narración que hice de tu aventura en Comillas?
-¡Genial! Me ha gustado mucho.
-Me alegra. Pero quiero compensarte y te voy a contar una historia mía, tan tonta o más que la tuya.
No puedo asegurarlo, pero creo que podemos situar esta historieta en una época muy próxima al año 1954. Como ya te he explicado en alguna ocasión, mi amigo Jesús y yo solíamos acudir a Vadiello, el sábado por la tarde, para dormir en el refugio. Al día siguiente, muy de madrugada, subíamos las clavijas que permitían ascender hasta un imponente circo, a espaldas de los mallos, para continuar hasta la cumbre del San Jorge.
Pero antes, una vez llegados al circo, debíamos realizar una travesía horizontal y doblar una ancha cresta, para ascender por una empinada cuesta de hierba y matojo, hasta llegar a un amplio collado que corona todo el conjunto pétreo de los mallos. Unos pocos metros de escalada, de poca dificultad, nos situaba en la cumbre del mallo más alto, el San Jorge.
El descenso se hacía aprovechando una estrecha y quebrada canal en la parte izquierda del mallo.
Por lo que he podido averiguar, las cosas son muy diferentes hoy. Han colocado una sirga de seguridad a lo largo de todo el recorrido de las clavijas y en algunos otros tramos de potencial peligro, como en parte de la travesía horizontal. También, una vez en la cumbre del San Jorge, en la peligrosa bajada al escalón, desde donde uno se puede asomar al abismo, experimentar la inenarrable sensación de estar al borde de un precipicio cortado a pico y contemplar el panorama desde la misma altura y la misma visión que el águila.
En nuestra época, hacíamos todo el recorrido a cuerpo limpio, sin ninguna ayuda adicional a la que nos proporcionaban las clavijas, que colocaron los animosos muchachos de Peña Guara en 1950, según creo.  
Pues bien, aquel día, mi amigo y yo, junto a tres experimentados escaladores, comandados por mi vecino Ángel Lorés, muy conocido, querido y admirado alpinista en los medios montañeros de la región, nos dispusimos a superar las famosas clavijas. Ellos nos acompañaron durante un trecho, pero tan pronto alcanzamos la meseta superior de los mallos, se separaron y fueron a realizar el trabajo que tenían previsto aquel día.
El itinerario se iniciaba en una pared de unos 15 metros hasta llegar a una repisa horizontal.
Una vez llegados hasta aquel pasaje horizontal, que lleva al pie de una larga y estrecha garganta vertical, uno de los montañeros gritó:
-¡Eh, mirad esa higuera!
Al lado de la pared por donde discurría la repisa horizontal, se abría un profundo escalón, de unos cinco a seis metros. Era como un gran hoyo abierto a la cara por donde antes habíamos ascendido. Allí, en la parte abierta del hoyo, crecía una frondosa higuera donde solo había piedra y donde solo Dios podía saber cómo pudo arraigar y progresar.
-¡Ostras, sí! -gritó otro- ¡Y tiene higos! ¿Vamos a ver si son buenos?
Todos estuvimos de acuerdo y nos apresuramos a bajar por una estrecha canal, prolongación de la garganta vertical que deberíamos atacar más adelante. En realidad, esta garganta era una torrentera, horadada durante siglos por la acción de las aguas, al caer desde el gran circo superior, durante las impresionantes tormentas que allí se dan.
Pronto descubrimos que los higos que daba aquella higuera insólita eran incomestibles y, después de un rato de chanzas y cuchufletas a cuenta de la borde higuera estéril, nos dispusimos a subir hasta la repisa, utilizando la misma vía seguida para bajar.
En ese momento comenzaron nuestras desdichas. La canaleta por donde habíamos bajado, utilizando pies, brazos y espalda, se hacía cónica al final y, al meter el cuerpo en ella, para subir, te escupía fuera.
Claro, al bajar habíamos evitado ese inconveniente dando un salto, pero eso no servía a la hora de subir.
Los cinco intentamos reiteradamente la subida sin éxito. Probamos a escalar la pared gateando, con el mismo resultado: la condenada estaba tan lisa como un espejo, sin el más mínimo resalte donde agarrarnos.
-¡Me cagüe´n la leche y los higos del puñetero carajo! ¡Estamos enrayados! -exclamó uno de los montañeros.
Enrayado es el término que usan los escaladores cuando se encuentran en una posición en la que no pueden subir ni bajar y tienen unos límites de maniobra muy cortos a derecha e izquierda.
-¿Y ahora qué hacemos? -se preguntó otro.
-¿Qué coño vamos a hacer, espabilao? Esperar a que pase alguien y nos eche una cuerda. ¡Si no hubieses enredao tanto con la puñetera higuera...! -acabó por sentenciar Lorés.
-¡Anda este! ¿Pa qué me habéis seguido? Si yo tengo culpa, vosotros más -así se defendía el inventor del asunto higuera, entre bromas, chanzas y chirigotas.
El problema se hacía insoluble ya que, en el colmo de la imprevisión, los tres montañeros se habían dejado las mochilas arriba, junto a todo su equipo de escalada: cuerdas, clavijas, martillos, estribos y mosquetones.
Para nosotros, mi amigo y yo, aquella situación, lejos de preocuparnos, nos divertía sobremanera. Aún más, al escuchar los jocosos comentarios que se lanzaban nuestros tres avezados -y cautivos- colegas. En cambio para ellos, con infinidad de escaladas en sus piernas y brazos, sobre las cumbres más afamadas de Europa, resultaba poco menos que una dolorosa afrenta, verse obligados a esperar para ser rescatados de una ridícula situación, en un absurdo paraje sin historia.
-¡Cagon´la! ¿Será posible que no podamos salir de aquí? -Se preguntaba otro, mientras inspecciona la pared palmo a palmo.
Imposible. No había manera. Intentaban encontrar con auténtica desesperación algún resalte, por mínimo que fuera, con el que conseguir un inicial apoyo, pero no lo había.
Poco a poco, la triste realidad fue calando en el grupo. Las bromas, fruto del buen humor que acompaña siempre a estas gentes de la montaña, fue decayendo y ya todos llegamos a la triste conclusión de que no saldríamos de allí, hasta que alguien llegara para rescatarnos. Huelga decir que en aquel tiempo no solo faltaban los móviles, sino que ni siquiera podíamos imaginar que algún día los hubiera.
Aún así, todavía alguno levantaba la mirada hacia la pared, tratando de vislumbrar algún punto de apoyo milagroso que le permitiera iniciar la subida salvadora.
Y fue de esta manera como uno de ellos lo encontró:
-¡Espera, espera! -dijo- Me parece que allí, a unos tres metros hay una pequeña grieta. Aguántame que voy a probar si llego.
En un momento, se subió a los hombros del más alto de los tres y se estiró, hasta meter las puntas de los dedos en un insignificante resalte.
Pero la maniobra solo había hecho que comenzar. El siguiente apoyo estaba fuera de su alcance y debía dar un salto para agarrarse a él.
Por dos veces lo intentó sin éxito, provocando otras tantas aparatosas caídas sobre el sufrido sustentador.
Al tercer intento lo logró, impulsado, seguramente, por los voces de ánimo que le dedicábamos. Una vez conseguido el segundo apoyo, pudo escalar el resto de la pared con menos dificultad, ya que ésta se inclinaba algo en la parte superior, hasta la repisa donde había quedado el equipo de los tres escaladores.
Aplausos y gritos de aclamación, celebrando el éxito alcanzado, se multiplicaron en mil ecos entre las rocas, y ascendieron, resonando, por la chimenea que conduce al gran circo superior, hasta perderse en él,
-¡Venga, tira una cuerda! -acució uno.
Pero el puñetero, una vez arriba, tomó su equipo y dijo con mucha guasa:
-Bueno, me voy, que se me hace tarde.
Ante nuestros denuestos, quejas y amenazas, intentó justificarse:
-Es que tengo prisa, oye, que se me va a echar la noche encima antes de hacer cumbre. Seguro que alguien pasa pronto y os echa la cuerda.
Era broma. Pronto estábamos arriba gracias a la anhelada cuerda y completábamos, con bien, todo el itinerario. Después de un reconfortante baño y comida,  aun tuvimos la ocasión, por la tarde, de ir con nuestro vecino, amigo y mentor Ángel Lorés hasta la primera garganta para reponer una clavija rota.
Pero antes, mientras nos refrescábamos la cara en un arroyuelo anterior al comienzo de las clavijas, llegó un patoso excursionista y puso su enorme botaza sobre mis gafas que reposaban junto a mí en el suelo, dejándolas planchadas. Poco vi de la reposición de la clavija, aunque peor fue la vuelta a Huesca en bici, al tener que luchar contra mis dioptrías y la falta creciente de luz, al estar ya anocheciendo.
En realidad, fue un hermoso día, digno de mantener en el recuerdo. La gran pena es que mis ochenta añazos me impiden repetirlo.  

martes, 27 de febrero de 2018

26.- Relatos, Fábulas y Leyendas

26.- Misterio en el TEE París-Copenhague.



Cierto día de otoño de 1972, debía viajar a Essen, en Alemania, desde Donostia por un asunto profesional.
Tomé un wagon-lits en Hendaya entrada la noche y llegué a París-Austerliz de madrugada, sin apenas dormir. La cama era confortable pero el ruido y traqueteo del tren me lo impidieron.
En la estación debía reunirme con un colega francés, con el que debía intercambiar información sobre algunos asuntos relativos a nuestra común actividad. Pero no se presentó.
Decidí ir directamente a la Gare du Nord para tomar el TEE a Copenhague que me dejaría en Colonia. Otro tren me llevaría hasta Essen.
Desde un banco del amplio hall de la estación, dediqué las 3 horas de espera a curiosear todo lo que había o se movía por allí. Pronto llamó mi atención el paso de una elegante mujer. Era alta, muy morena, de armoniosa figura y aspecto muy especial
Noté que trataba de evitar a un mal encarado tipo que la seguía. Al fin, se sentó a mi lado sin mediar palabra. El tipo, tras dudar un momento,  se esfumó. Después ella se presentó y hablamos. Era canadiense pero se expresaba en un correcto español. Poco a poco fuimos entrando en una animada conversación. Sobre todo, al tararearle: Ô Canada! Terre de nos aïeux...Himno francés de Canadá, que yo había aprendido muy joven en el colegio.  
Nuestra amena charla se interrumpió al recibir el aviso de embarque y ocupar nuestros respectivos departamentos.
Pasado Namur, era ya hora del almuerzo y quise compartirlo con la bella dama, pero al entrar en su departamento un escalofrío recorrió mi espalda. Allí estaba el tipo de París tendido y muerto, con un puñal clavado en el corazón. De la mujer, ni rastro.
En Lieja el tren se llenó de policía. Muchas preguntas y pocas respuestas. Con ánimo encogido dejé el tren en Colonia y esperé al que me llevaría a Essen, paseando por el andén. Pero cuando el TEE reinició su marcha, rumbo a Copenhague, y pasaba ante mí, una explosiva rubia me sonrió tras los cristales de su ventanilla. ¡Era ella! Lo supe al instante. ¿Qué intrigante misterio arrastraba aquella mujer? Jamás lo sabré.       

   

viernes, 23 de febrero de 2018

25.- Relatos, Fábulas y Leyendas

25.- UNA  TONTA  AVENTURA


Era día de Reyes. Mis nietos, acompañados por sus padres, habían venido a visitarnos y, sobre todo, a recoger los regalos que los Reyes Magos, siempre generosos y atentos a las preferencias de sus menudos súbditos, habían dejado para ellos.
Ese es un día de gran fiesta familiar. Se inicia con el solemne desembalaje, entre aplausos y voces de admiración de grandes y pequeños, de la multicolor y brillante papelería que cubre y oculta toda la ilusión infantil, creciente durante el devenir del año y culminada al llegar a su fin.
Le sigue un animado yantar, cocinado con la habitual maestría y cariño de la abuela, compuesta en su mayoría por los caprichos y gustos de cada uno de los comensales, que ella nunca olvida.
Después llega el tiempo de músicas y cánticos. Todos mis nietos tocan algún instrumento musical y, pronto, desenfundan sus aparatos y nos ofrecen los avances alcanzados en sus distintas especialidades.
Más tarde llega la calma. Es el tiempo de charlas y confidencias. Y en eso estábamos mi nieta Isabel y yo.
-¿Qué te ha parecido la historia de Ito? -pregunto.
-¡Ah, muy bonita! Sobre todo el espectacular y sorprendente final -contesta Isabel.
-¡Ja, ja! Ya lo creo. Lo más sorprendente es que tú dieras tus únicos 20 euros a la mendiga.
-¡Oh, qué malo eres, yayo! Pues igual sí. Quizás en una situación como la que describes en el cuento de Ito reaccionara de igual manera.
-Bueno, bueno. Me lo voy a creer por esta vez.
Isabel dibuja en su rostro una pícara sonrisa y cambia el sentido de la conversación.
-Mira yayo, como tú siempre nos estás contando historias, hoy te voy a contar una que me sucedió el verano pasado en una playa de Comillas.
-¿Ah, sí? No me habíais dicho nada. Pero cuenta, cuenta.
-No la habíamos comentado porque, en realidad, es una aventura un poco tonta, aunque no carente de riesgo, hasta el punto de que acabé por meterme en una situación de auténtico peligro.
-Me estás asustando. A ver, cuéntame.
-Allá va. Ya sabes que todos los años, durante el verano, mis papis y mis hermanos pasamos varios días en Comillas. Aquel día, estábamos jugando en la playa de Oyambre, con un balón de esos ligeros de plástico fino que, por cierto, era del Barsa.
-¿Qué? ¡Eso es una vil traición, nunca os lo perdonaré! -mis nietos saben que soy fan del Real Madrid, y a costa de eso me toman el pelo, siempre que pueden.
-¡Ja, ja! Disculpa yayo. Es lo que había.
-Sí, sí, ya hablaremos de eso otro día. Pero, venga, cuenta de una vez esa historia tuya.
-Pues lo dicho. Estábamos jugando con el balón, cuando se levantó un fuerte viento y se lo llevó rodando por la playa a toda pastilla. Mi hermano Javi y yo salimos corriendo detrás de él. Aquella playa es larguísima. Javi se fue retrasando y, al final, desistió de continuar la persecución y se dio la vuelta. Yo seguí corriendo tras el dichoso balón sin poderlo alcanzar. Parecía que le habían crecido alas al puñetero.
Hay que señalar que Isabel hizo atletismo, varios años, en las pistas de Anoeta, muy cerca de nuestra casa. Su abuela -siempre acompañada de un refresco y de un buen bocata para su nieta- y yo nos ocupábamos de acudir a buscarla para llevarle a su casa.
Con frecuencia nos sentábamos en las gradas para ver cómo se le daba la competición y puedo asegurar que corría como un gamo. Sus compañeras tenían que sudar lo suyo para alcanzarla, a pesar de que era una de las más pequeñas del grupo.
-Así llegamos -continuó Isabel- hasta el otro extremo de la playa, que acaba en una ría de casi 80 metros de ancho. El balón cayó al agua y pronto la corriente lo llevó al mar.
-Vaya, te quedaste sin balón -exclamé.
-Pues no. No me lo pensé dos veces y me lancé al agua en su busca. Tú sabes que nado muy bien, así que me puse a bracear a la mayor velocidad que podía y pronto le eché mano.
-¡Bravo, esta es mi nieta!
-Sí, pero entonces surgió un inesperado problema.
-¡Venga ya! Termina la historia que me tienes en vilo.
-Verás. Resulta que, cuando quise volver a la playa, me encontré con una corriente muy fuerte que me arrastraba mar adentro y me alejaba de la orilla, empujándome hacia la parte contraria de la ría. Nadaba con todas mis fuerzas, pero apenas avanzaba. Además el balón dificultaba mis movimientos. En el ángulo formado por la otra orilla de la ría y la costa no había playa, sino un talud a modo de pequeño precipicio, desde donde echaban sus cañas varios pescadores. Al verme en apuros, uno de ellos intentó ayudarme y bajó hasta el mar. Pero, al notar la fuerte corriente que allí había, desistió en meterse en el agua y se quedó en la orilla, dándome ánimos. Seguí luchando contra la corriente, pero la distancia a la orilla no disminuía y yo me notaba cada vez más fatigada.
-¡Vaya situación! ¿Y cómo conseguiste salir de ella con bien? -pregunté, impulsado por la intriga que me consumía.
-Sucedió algo que bien puede catalogarse de milagroso. De repente, aterrorizada, noté un extraño roce en mis pies. Recordé que mi madre me había dicho que en la desembocadura de los ríos se reúnen muchos peces, atraídos por los deshechos y nutrientes que llevan. Yo tengo mucho miedo a los peces porque pienso que me pueden morder, así que, al notar aquel inesperado contacto, pensé: estos asquerosos bichos están esperando que me ahogue para comerme. Pero sorprendentemente no fue así.
-¡Caray, Isabel! ¡me tienes en ascuas!
-Lo siento mucho, yayo. Ya termino. Verás, no me preguntes cómo ni por qué, pues ni yo misma me lo explico ahora. Además estaba demasiado asustada como para fijarme bien en los detalles. Sin embargo, de repente, me sentí impulsada hacia la orilla, a toda velocidad, como si lo hiciera sobre una lancha motora. Cuando quise enterarme estaba a unos metros de la orilla y hacía pie en el fondo. Estaba salvada. Pero no terminaron allí mis penas. Ese fondo estaba sembrado de piedras, cubiertas de aristas, que me hicieron polvo los pies y los llenaron de heridas. A pesar de todo, y de nuevo sin pensarlo dos veces, quise atravesar la ría para volver a la playa, pero los pescadores no me dejaron. Dijeron que era una locura hacerlo con aquella corriente tan rápida.
-¡Qué barbaridad! Pero ¿no viste qué es lo que te llevó hasta la orilla?
-Bueno, los pescadores me dijeron que había sido un delfín listado que llevaba unos días merodeando por allí, atraído seguramente por la abundancia de peces que había en la desembocadura de la ría, aunque yo no te lo puedo confirmar pues no lo vi. Solo sentí algo que me empujaba debajo de mí. Si lo hizo impulsado por ese instinto juguetón que poseen o a propósito, jamás lo sabremos. Pero si me dicen que era un calamar gigante, un submarinista o un dron submarino también me lo creo.
-Lo cierto es que te libraste de una buena. Venga, cuéntame el epílogo, a ver si así puedo respirar tranquilo de una bendita vez.
-La tonta aventura había concluido. En ese momento llegó mi padre, alarmado por la tardanza en regresar, e intranquilo por lo que me pudiera haber sucedido ¡Y sin conocer la aventura que estaba protagonizando! El caso es que, comunicándose a voces desde la otra orilla, mi padre acordó mi regreso a la playa con uno de los pescadores. Él y su mujer me llevaron de vuelta en un todo terreno, tras un rodeo de unos 6 Kilómetros para  cruzar la ría por el primer puente disponible.
-Donde te esperaban tus padres para darte un buen tirón de orejas.
-Mi padre me echó una buena bronca por haber arriesgado la piel para rescatar un balón que no valdría más de 2 euros. ¡Y eso que se perdió lo más trágico de la película!
-Con toda la razón del mundo. Ya tenemos más que suficiente con los riesgos que nos procura la vida misma, como para adoptar otros voluntariamente. Quiero decir con esto, que si, en alguna ocasión, debes o decides realizar algún hecho que lleve implícito un cierto riesgo, deberás evaluarlo para que esté bien justificado o resulte proporcionado a la acción que deseas realzar.
-Por otro lado -continué con mis recomendaciones de solícito abuelete- hiciste muy bien en no rendirte y seguir luchando contra aquella situación adversa, que te impedía vencer a la corriente y acercarte a la orilla, en un esfuerzo que resultaba inútil. Recuerda este refrán: mientras hay vida hay esperanza. El hecho de no darte por vencida dio lugar a que se produjera ese inesperado salvamento. Y no solo eso. En los momentos difíciles es cuando más necesario resulta sujetar los nervios, mantener la calma y usar todo nuestro ingenio para encontrar la mejor vía de solución.
Terminaba ya mi arenga, con la pretensión de que sonara como útil moraleja, cuando recordé un suceso acontecido en Valladolid durante mi etapa estudiantil, protagonizada por cuatro amigos, entre los que yo me encontraba. Decidí relatárselo a mi nieta, al considerar que ilustraba bien mi discurso anterior. Ocurrió así:
Siempre que disponíamos de algún tiempo libre, entre clase y clase, solíamos emplearlo en jugar al mus, ir a remar o nadar al río Pisuerga o, con frecuencia, jugar a pelota en un frontón cercano al Palacio Fabioneli, según la estación del año o el tiempo aconsejara. Ojo, también a estudiar en la biblioteca municipal.
En festivo y con buen tiempo, solíamos ir a pasar la tarde a un bonito lugar, situado a unos 4 Km. aguas arriba del Puente Mayor, muy cercano a la antigua fábrica Tafisa, más tarde Sonae-Arauco España.
En él, había un sotillo, alfombrado con abundante hierba, una fuentecilla natural de la que emanaba una rica, transparente y fresquísima agua, además de una pequeña playa. Allí nos dábamos unos buenos chapuzones y merendábamos lo que buenamente aportaba cada cual.
Aquel era un domingo de junio. Como digo, éramos cuatro los amigos que ese día nos habíamos reunido allí. Sucedió que alguno de nosotros propuso atravesar el río e ir hasta una hermosa playa de blanca arena que había en la  orilla opuesta. Todos aceptamos de buena gana.
Apenas había llegado al arenal de la otra orilla, cuando escuché la voz de mi amigo Julio que me gritaba: ¡Ayúdame Bistué, que me ahogo!
Sentí como un mazazo en el corazón. Mi amigo era un palmo más alto que yo y casi me doblaba en peso.
Estaba seguro de que si acudía en su ayuda, y me agarraba, nos ahogaríamos los dos. Ya había tenido otra experiencia en Huesca, en un intento de ayudar a un chico que se ahogaba. Tratamos de sacarle entre cuatro, pero nos hundíamos todos. Gracias a que estábamos muy cerca de la orilla pudimos salir con bien del apuro.
Me volví y le vi luchando contra la corriente. En esa época del año, el río todavía baja crecido y su flujo es rápido. Perdida la línea de cruce, el río le arrastraba fuera de los límites de la playa. Los otros dos amigos nadaban algo alejados pero seguían en buena posición.
Me lancé al agua. No tenía otra opción. Estaba seguro de que no saldríamos vivos del río, pero no podía quedarme allí viendo cómo se ahogaba mi amigo.
Mientras nadaba hacia él, mi mente trabajaba a la velocidad de un tren AVE. Me puse delante, a favor de corriente. Él trataba de agarrarse a mí y yo le esquivaba, nadando hacia atrás, siempre río abajo. Poco a poco, le conduje así acercándome a la orilla. Por fin, conseguí asirme a una rama de los muchos arbustos que cubrían esa parte del río y él se agarró a mí, como quien se aferra a la última esperanza de vida. Estábamos salvados, gracias a que pude sujetar los nervios y obrar de la mejor manera. Nos mantuvimos allí un tiempo, recuperando el aliento, hasta que llegaron los otros dos amigos y nos sacaron, no sin apuros.
La aventura no había terminado. Tuvimos que volver a cruzar el río para llevarle la ropa, deshacer el camino hasta el puente y recorrer la otra orilla, saltando tapias, invadiendo propiedades -entre ellas un convento de monjas en el que rompimos su claustral paz-,  ahuyentando perros a pedradas y dando razón a sus dueños de nuestra presencia. Dos horas más tarde llegamos hasta donde nos esperaba nuestro amigo Julio, medio tieso de frío, pues caía ya la tarde y hacía fresco.
La historia acabo en la tasca "El Socia", donde recuperamos el ánimo y el buen humor, ante una porroneta de clarete y una cumplida ración de cacahuetes, productos típicos -y únicos- de aquel antro.