domingo, 26 de junio de 2016

12.2 Relatos, Fábulas y Leyendas

12.2.- VIAJE POR ANTIGUAS TIERRAS HISPANAS
La Pachamama.


Celebración de la Pachamama

Don Julio, director y propietario de la compañía de Gestión y Distribución Comercial Chilena J&M, Co., había planificado mi estancia en Chile hasta el último detalle. Incluía en ella una visita de apoyo técnico a las minas del norte. Se había producido alguna dificultad en el uso de nuestras barrenas y “se hacía necesario dar la cara”, según elocuente expresión de Don Julio, ante los responsables de las explotaciones afectadas.
La propuesta me pilló a contrapié. Conocía todo lo relativo a la fabricación y características de nuestras herramientas, pero poco sobre su uso. Además, nunca había visitado una mina y sentía muy pocas ganas de hacerlo
Daba igual. Al día siguiente me hallaba volando en un Cessna 400, propiedad de Don Julio, junto a él y el agente responsable de la zona que debíamos visitar.
Aquel avioncillo, monomotor y cuatro estrechas plazas, se movía más que un rumbero con tiritona. Me hizo recordar mi primer vuelo. Fue en un bimotor Douglas DC3, desde Madrid a Sevilla, en los años sesenta. Aquellos aviones volaban a la altura de las nubes y, por pura mala suerte para mí e incompetencia, supongo, de los servicios meteorológicos oficiales, una monumental tormenta se interpuso en nuestra ruta. A consecuencia de los violentos e interminables zarandeos del aparato, sufrí tal tremendo mareo, que no pude reponerme hasta pasados los dos días siguientes.
No era el caso en este vuelo. Por estas tierras, deben esperar de 15 a 40 años para ver una nube, una nubecilla, más bien. Pero ese dato poco consuelo  proporcionaba a mi acusada y confesa fobia voladora, pues aquel aparatito no contaba con mucha más entidad que uno de juguete…y no exagero.
Y así me vi yendo, como reo al cadalso, con una oreja puesta en el runrún del motor, vigilándolo por si fallaba, y otra en las explicaciones de Don Julio, al tiempo que mi magín se preguntaba qué demonios podía hacer yo metido en el fondo de una mina, lugar que solo había visto en el cine y en situaciones catastróficas.
Pero, tras volar cerca de 1200 Km., llegamos con bien a Calama, la ciudad minera, con solo un ligero mareo por mi parte. No hubo descanso. A pie de pista, nos esperaba un todo terreno de Codelco, la compañía explotadora de la mina, situada unos 15 km más allá.
Chuquicamata era el nombre de la mina. Al llegar a ella, respiré tranquilizado. Era una enorme explotación a cielo abierto, por lo que no fue necesario descender hasta el oscuro interior de las  profundidades de la Tierra, como temía. Contemplé asombrado sus colosales dimensiones: 3,5 por 4,5 Km. en forma elíptica, que las enormes máquinas excavadoras habían horadado, formando gigantescos escalones descendentes, hasta una profundidad de unos 1250 metros.
Según me explicaron, estaba considerada como la explotación minera a cielo abierto más grande del mundo y, por supuesto, la de mayor extracción de cobre y oro de Chile.
El recibimiento del director fue cordial, lo que me hizo suponer que el problema que habían tenido con nuestras barrenas era mínimo o inexistente. Sin embargo, no había sido así. Un barrenador se hallaba a las puertas de la muerte tras sufrir una grave herida en el vientre, al clavarse en él la parte astillada de la barrena que manejaba y que había quebrado. Por fortuna, a nuestra llegada, el pobre hombre había superado la gravedad extrema inicial y la investigación de las autoridades había resultado exculpatoria para nuestra compañía, al determinar su origen en causas accidentales.
Solicité revisar la documentación y, en efecto, se apreciaba, sin género de duda, que la rotura no presentaba ninguna señal de fatiga, y sí, una superficie de quiebra limpia producida por un pandeo excesivo, causado, probablemente, por una fuerte discontinuidad de dureza o cohesión en la composición de la veta.
Empleamos los cuatro días siguientes en visitar otros tres complejos mineros de la Compañía Codelco: El Salvador en Diego de Almagro, Rodomiro Tomic en Calama y Minería Gaby en Antofagasta.
En todos ellos nos recibieron con afecto y abundante agasajo, derrochando esa simpatía y gracia propias de las gentes de allí. Y lo mejor: se realizaron en sus oficinas, sin necesidad de acudir a sus respectivas minas.
Al día siguiente nos reunimos con los responsables de la Compañía Anglo Américan Chile del complejo Montes Blancos, en Atacama, donde concluyó la buena racha de satisfactorios encuentros. Me vi obligado a presenciar, entre alarmado y molesto, una enorme bronca entre Don Julio y el director del complejo, a cuenta de unos precios que consideraban excesivos y alguna factura sin atender por dicho motivo.
Al final, la sangre no llegó al río, aunque le faltó muy poco. Por fin se llegó a un forzado acuerdo, con el que, según la impresión que yo saqué, no se llegó a contentar a ninguna de las dos partes.
Decidido Don Julio a borrar de mi mente el mal efecto causado por su monumental bronca, me propuso acudir a una curiosa fiesta aymara, típica del altoplano, que se celebraba cada 1º de Agosto en un lugar cercano de Bolivia.
Lo de “cercano” era un eufemismo. Tarde para arrepentirme, tras haber aceptado con entusiasmo el plan, supe que aquel lugar se hallaba a unos 700 km, que tendríamos que recorrer en su Cessna, y atravesar la cordillera andina, sorteando sus formidables picos.
Imposible, para mí y creo que para cualquiera, transmitir las sensaciones cobradas en un vuelo como aquel.
Lo iniciamos inmersos en un intenso cielo azul. Frente a nosotros, y no muy lejos, se dibujaba la quebrada línea de la cordillera de los Andes, con sus más altas cumbres tintadas de un blanco impoluto, recortándose bajo aquel limpio y brillante firmamento.
Poco a poco, conforme nos acercábamos a ella, aquella pintoresca cinta montañosa fue creciendo para tomar formas y dimensiones colosales. Pronto se convirtió en una formidable barrera, que se alzaba, como una inmensa muralla infranqueable, por encima del techo de navegación de nuestro aparato.
¡Dios mío –pensé- ahora tendremos que atravesar todo ese muro de arracimadas cumbres, la mayoría de ellas con alturas superiores a los 6.000 metros!
Y así fue. El piloto condujo su avioncillo por entre un laberinto de valles y desfiladeros, en un ejercicio de pericia casi circense.
Porque no solo debía atender a las dificultades que presentaba el cambiante y complicado itinerario. Al transitar por aquellos variados accidentes, los vientos cruzados que se generaban hacían balancear al pequeño aparato, como si se tratara de una hoja desprendida de su árbol, al ser arrastrada por un viento de marzo.
Mientras, Don Julio iba indicando:
-Mire, a la derecha el volcán San Pedro, 6.200 m. A su izquierda el volcán Ollagüe, cerca de 6.000 metros. ¡Y mire, mire como brilla el salar de Ascotán allá abajo!
Yo, que hacía muy poco había releído la historia de los argentinos que sobrevivieron, comiéndose entre ellos al chocar su avión, en una de aquellas enormes montañas, pensé que, siendo el más delgado, quedaría el último. ¡Quién se contentaría con chupar solo huesos, habiendo tanta chicha de sobra en el piloto, e incluso aún más en las orondas formas de Don Julio!
Pero no hubo necesidad de llegar a ese extremo. El piloto era un artista y llegamos con bien a nuestro destino, tras superar la última prueba: el aterrizaje en un minúsculo campo, que en su día debió ser de cultivo y cuyo extremo terminaba en un profundo declive.
Allí nos aguardaban varios hombres con caballerías, sobre las que llegamos, cuando ya atardecía, a una pequeña y pintoresca aldea, llamada Aucapata, situada en un cerro, a caballo de dos profundos valles, y a una altura de unos 2.600 metros.
Gente amiga de Don Julio nos recibió con sincero afecto y ruidoso alborozo. Tras unos interminables y efusivos saludos, nos condujeron a su casa, un bonito edificio de piedra en el centro del pueblo. Cenamos bien, charlamos mucho y dormimos mejor, aunque poco.
A la mañana siguiente, muy temprano, nos pusimos en camino hacia el lugar donde se iba a celebrar la fiesta de la Pachamama, la Madre Tierra. Nos acompañaban, y guiaban, la familia amiga de Don Julio al completo: doce personas en total. Después de tres horas de andar hacia el sureste, por sendas y lugares de impactante belleza, llegamos a una pequeña campa junto a las ruinas de la ciudad precolombina de Iskanwalla. Era el lugar donde se celebraría la tradicional fiesta.
No fuimos los primeros en llegar. Algunas gentes, más madrugadoras o cercanas, nos habían tomado la delantera. Pronto se nos unieron más. Venían desde los cuatro puntos cardinales, ataviados los hombres con sus multicolores ponchos, gorros, chalecos y paletones, mientras que ellas portaban blusa, larga falda, manta y sombrero de no menos vivos colores.
Por último, apareció en el lugar un pintoresco cortejo, encabezado por tres ancianos, rodeados por un grupo de acompañantes, que recitaban, con marcado ritmo, extraños salmodios en su propio idioma. Eran los oficiantes del ritual de la ofrenda a la Pachamama: hombres elegidos entre los ancianos de probada y mayor autoridad moral de las comunidades quechua y aymara asistentes.
Durante el viaje, Don Julio ya me había explicado la naturaleza de aquella extraña divinidad, conocida como la Pachamama. Era el espíritu de la Madre Tierra en su concepto más amplio. Mandaba en el clima, la fecundidad de la tierra y en los fenómenos atmosféricos. Y para que todos ellos fueran benignos y favorables a los habitantes de aquellas tierras, era necesario tenerla contenta y nutrirla con ofrendas durante aquella fiesta.
Así fue. En el centro de la campa había un hoyo en donde los ancianos iban colocando las ofrendas que la gente presentaba. Consistían en parte de los alimentos que traían, junto a hojas de coca, muestras de los productos cosechados, bebidas típicas y cigarros, todo ello regado con la sangre de un rebeco que había sido sacrificado poco antes. Por último, tapaban el hoyo con una gran piedra, pintada de blanco.
Mientras tanto, un grupo de músicos amenizaba la pintoresca ceremonia con cálidas melodías del altiplano, bien interpretadas con sus típicas y dulces zampoñas, quenas y charangos.
En seguida, la gente se reunió en grandes grupos para compartir los alimentos que traían y partes de tres rebecos que fueron sacrificados y asados allí mismo.
Era una comida sabrosa, variada y potente, pero no te puedo decir en qué consistía, porque no me atreví a preguntar. Mejor no saberlo, pensé.
A continuación hubo más música, acompañada de cantos y danzas de un tipismo colorista y vibrante.
Era ya media tarde, cuando los asistentes comenzaron a desfilar hacia sus lugares de origen. Nosotros lo hicimos canturreando alguna de las canciones más pegadizas que habíamos escuchado.
Durante el camino pregunté a Don Julio:
-¿De verdad esta gente cree en la existencia de esa divinidad, o todo aquello era puro folclore?
-Necesitan creerlo. Estas tierras dan poco y la dureza del clima no acompaña. Viven una economía de subsistencia, aferrados al suelo que pisan, sin confiar en recibir la ayuda de nadie, salvo de esa Madre Tierra.
-Bueno, si así son felices…-sugerí.
-Cómo demonios se puede ser feliz, mirando siempre al cielo con el ánimo encogido, esperando que una mala tormenta arrase el cachito de tierra sembrada o un rayo se lleve a su escaso rebaño de un par de llamas o vicuñas, dejándoles hundidos en la miseria.
-Pero yo les he visto bien alegres, cantando y bailando durante la fiesta –insistí.
-Sí, claro. Estas fiestas sirven para echar fuera de sí sus apuros y miedos e intentar borrar de la mente la atormentada carga de su precaria existencia. Gracias a esos cánticos y bailes, que animan y favorecen el vino y la hoja de coca, lo consiguen. Pero esa momentánea alegría se acaba en cuanto vuelven a sus pueblos y se topan con la triste realidad cotidiana. ¿No ha notado ese aire dulce, melancólico y apenado que rezuma la música de sus flautas, quenas y zampoñas?
-Insisto, Don Julio. Cuando he hablado con ellos, me ha parecido observar un claro sentimiento de orgullo, por seguir manteniendo su tradicional modo de vida.
-Ah, sí, sí –contestó Don Julio al momento-. Si Vd. les pregunta, le contestarán que así son la mar de felices y que, de ninguna manera, desearían vivir de otro modo. Claro, qué van a decir si no conocen otra cosa. Pero cuando les comentas si desearían que sus hijos continuaran con sus usos y costumbres, le contestarán que no, que es una vida muy dura. Prefieren que estudien y se forjen un futuro mejor que el suyo, lejos de estas agrestes e ingratas tierras.
-En resumen: que no hay remedio para esta gente a pesar de la Pachamama.
-¡Claro que la hay! –exclamó Don Julio, con  vehemencia- Pero necesitan dar un giro completo a su mentalidad. Los indigenistas fundamentan su progreso en la devolución de las tierras que dicen les arrebataron. Se equivocan. El cultivo de esta tierra no basta, porque da poco. Sin industria ni servicios solo hay subdesarrollo
-¿No hay esperanza, entonces?
-Creo que sí. Hay gente de aquí que, aunque poca, está descubriendo un prometedor modo de mejorar la economía de estas modestas comunidades mediante el turismo. Su implantación ahora es embrionaria, pero viene a ser como una esperanzadora ventana abierta al mundo. Y por esta ventana llegarán nuevos aires de modernidad y progreso. Hablan de preservar sus raíces: ¡Tonterías! No es bueno vivir en el pasado. Aseguran que la modernidad traerá un sinfín de perjuicios: ¡Bobadas! Todo tiene su cara y cruz. Es preciso rechazar lo malo y aprovecharse de lo beneficioso: es así cómo se progresa de verdad.
-Vd. lo ha de comprobar –continuó- Mañana temprano nos acercaremos al lago –se refería al lago Titicaca- y verá qué bien lo tienen organizado en las islas flotantes de los uros.
Así lo hicimos. Embarcamos en Copacabana y cruzamos el lago hasta llegar a la bahía de Puno. Allí contemplé, asombrado, las islas artificiales construidas con estrechas hojas entrelazadas de una planta llamada totora. Tenía razón Don Julio. Sus artífices, gentes de la etnia uro, tenían organizado un sistema de visitas turísticas que, bien a la vista estaba, les venía reportando muy buenos beneficios.       
Al día siguiente regresamos a Valparaíso, tras hacer escala en Calama para tomar carburante.
Dos días más tarde volaba hacia España, llevando en mis recuerdos las encantadoras escenas vividas entre las imponentes cimas andinas.
-Como verás, Isabel, nada parecido al viaje de aventuras que tú esperabas escuchar.
-Tienes razón, yayo, pero ya querría pillar algo así.


lunes, 20 de junio de 2016

12.1 Relatos, Fábulas y Leyendas

12.1- VIAJE POR ANTIGUAS TIERRAS HISPANAS


 Fundación de Santiago de Chile. Lienzo de Pedro Lira.

-¿Yayo, has estado alguna vez en América? –me preguntó mi nieta Isabel, 17 años, la nieta más guapa de todas las nietas que en el mundo han sido.
-Sí, varias veces. ¿Por qué?
-Porque seguro que has tenido allí alguna historia emocionante. Cuéntamela, anda, por fa.
-¡Qué va! Mis viajes fueron siempre por asuntos de negocio. Muy poco interesantes, como podrás imaginar.
-Aun así, cuéntame algo de alguno de tus viajes por aquellos países, tan lejanos y fascinantes.
-Bueno, sea. Pero te aseguro que te vas a aburrir  –advertí y rebusqué en mis recuerdos para complacerle. 
Era un soleado día de julio del año 1985, cuando me hallaba volando hacia La Paz, capital de Bolivia, apechugando con la destemplanza que me provoca la inquietante sensación de estar suspendido, sobre las nubes, en un artilugio mucho más pesado que el aire.
Se trataba de un viaje de trabajo de una cierta indefinición, ya que debía proporcionar apoyo técnico a nuestros, recién estrenados, representantes de Bolivia, Perú y Chile, sin conocer el alcance de sus necesidades
Esta situación se produjo a causa de la ocurrencia del “mandamás” de la central alemana de traspasar a su filial española –nuestra empresa- la responsabilidad del comercio con Iberoamérica. Estaba harto del continuo desencuentro con sus distribuidores en aquel continente a causa de su peculiar idiosincrasia, tan diferente a la alemana. Sospecho, y treinta años de convivencia con mis colegas alemanes avalan el rigor de mi sospecha, que su decisión respondía menos a la estimación de nuestra eficiencia, y más a su íntima convicción de que, al ser los españoles casi tan cantamañanas como ellos, podríamos entendernos mejor. Esperaba, gracias a esta chusca idea, obtener el eventual resultado de una mejoría en nuestras relaciones comerciales. 
Por nuestra parte, se hacía necesario explorar la situación real de nuestros nuevos colaboradores en el contexto económico de estos países. Alguien de nuestra compañía debía cumplir dicho cometido.
Y por más que lo intenté, lo juro, no pude escurrir el bulto y así me vi envuelto en esta latosa misión.
Es curioso, pero siempre que cruzo “el charco”,  vuelvo a sentir las mismas sensaciones, al contemplar los innumerables y caprichosos rizos plateados que alfombran la superficie del océano. Vistos desde una altura de 10 ó 12.000 metros, semejan diminutas lucecillas bailando una extraña danza al sincopado son de una inaudible melodía.
Pero no nos engañemos, esos minúsculos brillos corresponden a olas de cinco a seis metros. O  más.
¿Cuáles son esas sensaciones? Bueno, no son demasiado originales. Pienso en los primeros españoles que se embarcaron en aquella descabellada aventura de cruzar el Atlántico. Claro, que ellos lo hicieron montados sobre un frágil e inestable cascarón, con penuria de agua y alimentos, limitados por la escasez de espacio, ocupado por hombres, caballos, animales y enseres, todos ellos en completa y bien revuelta compañía.
Eran un puñado de hombres, con la misión de descubrir una nueva ruta hacia las Indias Orientales y de conquistar tierras para la corona de España.
Tremenda osadía, pues según el testimonio de Marco Polo, que realizó ese viaje a la inversa más de cien años antes, se conocía la existencia de un inmenso imperio, defendido por grandes ejércitos, bien armados y con probada pericia en las labores de la guerra.
Han transcurrido poco más de cuatro siglos -son apenas nada, a nivel cósmico- y yo puedo hacer este viaje en unas pocas horas, confortablemente sentado y bien atendido por el personal de a bordo. ¡Y todavía me quejo de incomodidad! No me digas que no es digna de admirar aquella heroica gesta.
Sí, ya sé que en estos tiempos ha nacido un nuevo deporte que consiste en denostar la labor realizada por aquellos valientes. También estoy seguro de que alguno de ellos cometería las mayores barbaridades, pero júzguense estas en el contexto de su época. Después: que tire la piedra…
Pues si ya es una gran memez juzgar hechos de siglos atrás, con leyes y mentalidad actuales, fuera del contexto en que se produjeron, mucho mayor es condenar toda la labor realizada por sus autores, ignorando los bienes que sin duda produjeron, a cuenta de los males que algunos hubieran podido ocasionar.
Con estas y algunas otras reflexiones, llegué hasta la capital de Bolivia, La Paz.
Allí mis gestiones terminaron pronto. El país, sumido en una pobreza endémica, causada durante siglos por la ineptitud y rapiña de sus gobernantes, se veía atenazado económicamente por una hiperinflación galopante. En el momento de mi llegada a Bolivia, las esperanzas de un cambio sustancial en esta triste situación se hallaban depositadas en el recién elegido presidente Víctor Paz Estenssoro.
Pero en lo que se refiere a nuestro negocio, poco había que hacer y hablar: su inflación no nos afectaba ya que los contratos se hacían en dólares. Además, era el propio Gobierno de Bolivia quien convocaba y negociaba los acopios, consistentes en herramientas de minería. Sin otra labor que tratar los detalles propios de nuestra relación comercial, dos días más tarde me encontraba, de nuevo, volando hacia Lima, la capital del Perú y la “Perla” de las Españas de ultramar en la época colonial.
De igual modo que en Bolivia, poco trabajo me dio nuestro representante en Perú.
La actividad industrial y minera estaba siendo seriamente afectada por una crisis económica y social de proporciones gigantescas.
El brutal incremento de la inflación, la incapacidad de hacer frente a la enorme y creciente deuda externa, la baja de los precios de los minerales y las acciones terroristas del grupo guerrillero Sendero Luminoso, acabaron con las esperanzas depositadas en Fernando Belaunde Terry, primer presidente de la nación, tras la caída de la dictadura militar.
Se daba la circunstancia de que el día 28 de este mes de julio, Alán García Pérez del Partido Aprista tomaría posesión de la Presidencia de la República, al haber vencido en las últimas elecciones presidenciales.
Como en el caso de Bolivia, también aquí la mayoría de la ciudadanía se hallaba ilusionada con un cambio que permitiera una mejora sustancial en sus condiciones de vida. Justicia, trabajo y pan, pedían.
Por desgracia, tanto Paz Estenssoro como Alán García fracasarían en ese empeño, y sus respectivos países seguirían sufriendo, corregidas y aumentadas, las calamitosas carencias de siempre.
Tras otros dos días de estancia –recomiendo el hotel Quinta Miraflores: esmerado trato en un lugar apacible…o al menos entonces así lo era-, en los que apenas pude admirar un poquito de la hermosa y bien cuidada  arquitectura colonial, me puse en viaje hacia Valparaíso, mi último destino en tierras americanas.
Durante el vuelo, recibí la primera sorpresa de las muchas que viviría en mi visita a Chile: Al sobrevolar las pampas de Jumana, en el desierto de Nazca, entre las poblaciones de Nazca y Palpa, todavía en Perú, el piloto nos advirtió de que lo hacíamos sobre las célebres y misteriosas líneas de Nazca.
Miré hacia abajo sin mucho entusiasmo, pero hice bien. Sobre la tierra calcinada del desierto, alcancé a ver, con increíble nitidez, una inmensa y variada ilustración esculpida en la superficie del suelo, de tan rara y sorprendente naturaleza que me dejó perplejo.
Cientos de líneas rectas, cinceladas con trazo firme sobre el reseco suelo, se entrecruzaban para formar caprichosos triángulos y se perdían en el horizonte, con tal dimensión que bien podrían alcanzar los 20 ó 30 Km.
Al mismo tiempo, y entre ellas, destacaban grandes dibujos, delineados con asombrosa perfección de trazo. Pude distinguir un mono, una araña y un pájaro. Algo alejado vi la silueta de un hombre, diseñado de una forma mucho más tosca.
La visión de estas extrañas líneas duró unos pocos minutos, pero fueron suficientes para quedar fascinado. Entenderlas era otra cosa. Cómo, quién, por qué y para qué las hicieron, está fuera de cualquier entendimiento: son uno de esos insondables misterios con los que nuestros ancestros señalaron su paso por la Tierra.
Nada más llegar a Valparaíso, recibí la segunda gran sorpresa. A diferencia de Bolivia y Perú, aquí se apreciaba una más que notable pujanza en la actividad económica de todo tipo. Se palpaba en el ambiente. En el ir y venir de las gentes. Era como un oasis de bonanza en medio del cataclismo social que imperaba en la mayor parte del cono sur del continente americano.
Esta impresión me fue confirmada al tratar con el propietario de la compañía que nos representaba allí, un activo y competente chileno de apellido alemán.
Su oficina, situada en la parte comercial de Valparaíso, a un tiro de piedra de su dinámico puerto, contaba con una docena de empleados, además de otros tantos agentes de calle, que recorrían el país de norte a sur visitando clientes. En ella reinaba una actividad febril, absolutamente distinta a la que tuve la oportunidad de presenciar en las otras dos agencias de los representantes de Bolivia y Perú.
Fue una especial y grata sorpresa comprobar la forma tan eficaz y pronta con la que los chilenos habían superado la profunda crisis de principios de los 80.
No menos espectacular y diligente debió ser la reparación de los daños producidos por el violento terremoto que sacudió a medio Chile, en marzo de aquel mismo año. Habían transcurrido poco más de cuatro meses y quedaban muy pocos rastros de los destrozos que se supone debe ocasionar un movimiento sísmico de grado 7,8 en la escala de Richter.
Por aquel entonces, la estrella del dictador Augusto Pinochet comenzaba a declinar, empalidecida por las frecuentes protestas estudiantiles, sindicales y de diversas organizaciones de izquierda. Sin embargo, todavía contaba con bastante apoyo popular, más del que suponía antes de mi llegada a Chile, al menos en el medio donde yo me movía. Quizás su condición de porteño le favorecía aquí en Valparaíso, o tal vez pesaba más, en el ánimo de mucha gente, disponer de pan y trabajo que de la ausente justicia –la cual, dicho sea de paso y entre paréntesis, no suele abundar en cualquier sistema de gobierno para gran parte de la población.
Recuerdo que, durante una de tantas comidas de trabajo con mis colegas, alguien comentó los enormes problemas económicos que se estaban sucediendo en Argentina, con Ricardo Alfonsín como presidente de la República. Otro comensal intervino al momento:
-Pues no hay problema. Les prestamos a Don Augusto unas semanas y él les arregla el bochinche para siempre.
La frase fue acogida con general regocijo.
En otra ocasión, la tertulia se deslizó hacia sendas algo más delicadas para mí, al tocar ese maldito e inevitable tema de la Conquista Española de América.
Un tertuliano se refirió, con aviesa intención sin duda, al discurso que aparecía en un diario local, en defensa de los movimientos indigenistas y, cómo no, denunciando la brutal masacre de indígenas por parte de los conquistadores españoles.
No suelo discutir asuntos de esta naturaleza que considero vanos y huérfanos de rigor, pero en esta ocasión me pareció forzoso entrar al trapo, incitado quizás por mi trasnochado patriotismo. Lo hice, sin embargo, con marcado acento de humilde disculpa:
-Miren Vds.: En mis viajes por Estados Unidos, jamás me he cruzado con un indígena. En cambio en todos los países de habla hispana que he visitado, he tenido la oportunidad de observar a una inmensa mayoría de gente indígena o mestiza, en las calles, mercados u otros lugares públicos. ¿Que murieron algunos en combate? Seguro, pero de allí a esa denuncia de crimen generalizado va un gran trecho.
Para mi sorpresa, casi todos los presentes me dieron la razón. ¿Quizás por cortesía? Tal vez. Pudiera ser que influyera, en aquel trato amable, la admiración que había despertado en ellos nuestra sosegada transición de la dictadura a la democracia y los avances económicos que se produjeron en los años posteriores.
-¡Pues claro, Ingeniero! –intervino uno de ellos- En la guerra como en la guerra. Si les hubiera sido posible, nuestros inditos se hubieran comido crudos los higadillos de sus conquistadores.
El mismo primer malaje, insatisfecho al parecer del resultado de su insidiosa trama, sacó a relucir el otro tema estrella: el oro “llevado” por los españoles.
En este no tuve necesidad de mediar, ya que, de nuevo, la mayoría se puso a mi lado, siendo encabezada la reacción por Don Julio, el propietario de la Compañía.
-¡Ah, qué harto estoy de oír esa tontería! –dijo- El oro que se llevaron los españoles nunca perteneció al pueblo americano, sino a sus reyezuelos. En realidad, ese oro lo perdimos al hacernos independientes, pues mientras fuimos España fue nuestro también. ¿O creen Vds. que las escuelas, hospitales, templos, puertos, vías de comunicación y tantas obras y edificios como se construyeron, se hicieron sin plata? Nuestros problemas no vienen de la falta de recursos, que nos sobran, sino de nuestra probada y centenaria incapacidad para organizarnos racionalmente. Además y para colmo de males, desde nuestra “gloriosa” independencia, la mayoría de nuestros gobernantes han sido truhanes que han estrujado nuestros bolsillos o, aún peor, déspotas de la peor especie, ávidos de poder, violencia y riquezas.
-Tiene toda la razón, Don Julio –se apresuró a decir el que debía ser el “pelota” del grupo-, que si algo se llevaron, aquí quedaron joyas tan impagables como la palabra de Cristo y ese preciado tesoro de nuestra querida lengua española.
-Sí, sí –terció otro comensal-. Me duele que la historia del continente, tras la Independencia, sea una continuada relación de violencia y crímenes, tan alejada a los ideales de libertad, igualdad y prosperidad que abanderaron nuestros líderes, al promover nuestra separación con España.
Tal como se desarrollaba la discusión, no me quedaba otro remedio que intentar atemperar los ánimos, que se iban caldeando conforme avanzaba el ágape y, de su mano, aumentaba de igual modo, el consumo del buen vino de Limarí, abundantemente servido.
-Bueno, en España también hemos tenido lo nuestro. Lo suficiente para no pretender ser ejemplo de nada ni ante nadie. Durante el siglo XIX y bien cumplido el XX, no hemos conocido otra cosa que injusticia, violencia, guerras civiles y la ruina que todo esto trae. Por fortuna, llevamos unos años en los que el sentido común y los deseos de paz y convivencia parecen haber ganado a nuestro bronco carácter. Ahora estamos recogiendo el fruto de este cambio al disponer de una aceptable situación económica y social. ¡Ojalá dure!
Estas palabras llevaron la discusión a términos más calmados, no sin antes reconocer que ahora en España las cosas se habían hecho bien. Y así entramos en los temas del negocio que nos había llevado hasta allí.


sábado, 2 de abril de 2016

11.- Relatos, Fábulas y Leyendas

11.- A propósito de Desayuno con Partículas
de
Sonia Fernández-Vidal
 

 




Acabo de terminar la lectura de este libro y he sentido la impresión de haberlo hecho con algo escrito o pensado por mí, hace mucho tiempo. Es una sensación que va más allá de los detalles y de sus prolijas especificaciones, desde luego. Se trata del sentimiento producido por el conjunto de la obra o, si se quiere, del meollo, tono, espíritu o sustancia de este notable trabajo.

No me extraña que mi buen amigo Paco pensara en mí al leerla: ¡Hay tantas vivencias, pensamientos e ideas acumuladas en estas páginas, que podría firmar como propias...!

Es obligado decir que la obra está estructurada con precisión matemática, como corresponde a una mente científica, que posee el hábito del trabajo concienzudo y metódico. Sin embargo, la autora no olvida, ni por un momento, que se trata de una obra de divulgación científica sobre la Física cuántica e intenta, tanto como puede, introducir en ella elementos de amenidad, con divertidas anécdotas y entretenidos diálogos en sucesivos desayunos.

No debo olvidar ese rosario de impactantes frases o sentencias, tan oportunas como sabias, dichas o escritas por personalidades pertenecientes de la más alta y distinguida aula científica o literaria, que sirven de inestimable aderezo a cada capítulo.

Un interesante hallazgo representa el viaje en el tiempo que realiza la autora, junto a un amigo, lego casi absoluto en asuntos científicos. Su compañía, tanto durante los viajes como en sus comunes desayunos, le servirá para ir deshaciendo, en animados diálogos, las dudas o incomprensiones que aparecen en su amigo y que resulta previsible que se reproduzcan también en el lector.

Analiza o muestra así la variación de la Física y, por ende, del pensamiento científico a través los tiempos, desde los antiguos griegos hasta nuestros días, deteniendo su interesante y revelador periplo en los siglos XVII y XVIII, donde los racionalistas dictaron sus leyes, apoyados en la física clásica o mecánica, que habría de acompañarnos hasta los comienzos del siglo XX.

Y no podría ser más significativo e pedagógico este viaje. Los filósofos griegos, esos maestros del pensamiento, guiados solo por la intuición y su buen juicio, pues apenas disponían de otros elementos de conocimiento que sus sentidos, trataron de dar comprensión a la existencia del universo y a la suya propia. Claro que, con solo el soporte de una física incipiente, debieron apoyarse en motivos filosóficos o metafísicos para enunciar sus teorías.

De este modo escucharán disertar a Aristóteles y Platón, y conocerán la forma en que acuden al concepto de Dios, al considerarle el primer generador del movimiento, o también, como la suma perfección dentro del mundo ideal, ante el insalvable escollo de aclarar el "principio de todo". No ven otra forma de dar explicación a lo inexplicable y de precisar lo que no se ve ni se siente, pero se imagina.

Poco después, la autora y su negado amigo -él es periodista y, como tal, dispone de una amplia, pero superficial, cultura- viajan hasta el siglo XVII para conocer a Kepler y a Newton. El primero revolucionó la Astronomía con sus leyes sobre el movimiento de los planetas y la descripción de sus órbitas. El segundo hizo lo propio con la Física al enunciar la ley de la gravitación universal y dar a conocer sus trabajos sobre la Óptica, la luz y el cálculo matemático, entre otros, que sentaron las bases de la Física Clásica.

Los avances científicos de Kepler y Newton dieron soporte al movimiento racionalista, iniciado por Rene Descartes unos años antes, que dominará el pensamiento europeo durante los tres siglos siguientes. La razón es, para sus partidarios, la única fuente del conocimiento. Todo actúa siguiendo la ley de gravitación universal, el principio de la acción y reacción, así como el de causa y efecto. Todo es materia en el Universo, por tanto, se puede ver, tocar y medir y nada escapa a la formulación matemática. Solo una fuerza lo mueve: la fuerza gravitatoria.

Ni qué decir tiene que la idea de Dios desaparece por falta de necesidad: no le queda labor que realizar en estas circunstancias.

Sin embargo, a mediados del siglo XIX, un físico inglés, llamado James C. Maxwell formuló una serie de ecuaciones -Ecuaciones de Maxwell- que impulsaron una nueva revolución en la Física clásica.

 Mediante sus estudios, Maxwell logró unir los fenómenos eléctricos y magnéticos en una sola teoría, el electromagnetismo. Con ella explica, describe y valora la formación de los campos magnéticos al paso de una corriente eléctrica, la transmisión de las ondas electromagnéticas y la formación de las corrientes inducidas. En ese momento aparece un concepto desconocido hasta entonces: La fuerza electromagnética.

A pesar de que se trata de una descripción de fenómenos macroscópicos, que no contempla los fenómenos atómicos ni moleculares, las formulaciones de Maxwell abrieron un amplio ventanal a la llegada de la Física moderna o cuántica durante el siglo XX.

A principios del siglo XX, un físico alemán, llamado Max Planck, realizó una serie de descubrimientos que dieron lugar a la creación de la física cuántica, al describir el cuanto. La energía de un cuanto depende de la frecuencia de la radiación y la constante de  Planck. Este recibió el Premio Nobel de Física en 1918 por esos descubrimientos. Colaboró con Albert Einstein, creador de la teoría de la relatividad, en nuevos estudios en el campo de la física cuántica. Nace con ellos el concepto de fuerza nuclear.

Llegado a este punto, la autora no ahorra palabras para tratar de explicar en qué consiste la Física cuántica. No es extraño, porque de nuevo nos encontramos, como los filósofos griegos, tratando de definir algo que no se ve, no se toca ni tiene una medida constante. Se trata de explicar lo inexplicable. Entramos así en fenómenos casi metafísicos, que escapan del rango de la experiencia humana.

Voy a condensar su descripción, aventurándome a decir que la Física cuántica estudia el comportamiento de la materia en sus dimensiones mínimas, los componentes del átomo, donde se producen extraños comportamientos difíciles de concretar, tales como la posición exacta de una partícula, su movimiento o velocidad, sin poder evitar que sea afectada la propia partícula al intentarlo. Tres son los principales fundamentos de la Física cuántica: 1.- Las partículas intercambian energía entre sí mediante saltos de energía mínima, llamados cuantos. 2.- Expresa que la posición de las partículas no puede fijarse con certeza, sino mediante probabilidad. 3.- Contempla la dualidad onda-partícula, por la que la materia, y también la luz, pueden tener propiedades de onda y de partícula al mismo tiempo.

No me parecen necesarias más explicaciones, puesto que muy pocos de nosotros vamos a tener la necesidad de aplicar estas enseñanzas en nuestra vida diaria. Introducirse aun más en las profundidades de la decoherencia y entrelazamiento de estas partículas -los quarks, componentes de los protones del núcleo de los átomos-  creo que sería exponer a nuestra inexperta mente a una tortura innecesaria y muy poco provechosa.

Me resulta mucho más interesante recolectar algunas de las ideas expresadas por la autora, tanto de manera explícita como implícita, relacionadas con el tema central de la obra.

Me llama la atención el que, durante el devenir de la historia de la Física, todas las leyes o teorías realizadas por las mentes más preclaras hayan sido superadas siempre por otras nuevas que se les sobreponen. Einstein dejó obsoleto a Newton, pero la manzana sigue cayendo del árbol hacia abajo debido a la fuerza de gravedad.

Dice la autora que la espiritualidad no está reñida con la ciencia, sino que puede complementarla en el conocimiento del Cosmos. Tampoco ve contradicción o incoherencia de la existencia de un Dios con los conocimientos actuales de la ciencia, aunque no sirva esta coherencia para demostrarla. Lógico -añado yo- porque la imposibilidad de demostrar la existencia de Dios es consustancial con su naturaleza y propósito. Es tarea inútil intentarlo. Solo escasos y huidizos indicios se podrán obtener.  

A pesar de lo mucho que se ha avanzado en el conocimiento de las cosas, lo conocido es infinitamente menor de lo que ignoramos sobre ellas. Indagar sobre las partículas más pequeñas, es como asomarse a un abismo, cuyo fondo se pierde en el infinito. Y solo allá, en lo más hondo, como les ocurría a los filósofos griegos, se adivina la mano difusa de un ser superior que llamamos Dios.

Nada es como lo vemos. Las formas, colores y movimientos que contemplamos son solo parte muy limitada de la realidad de un universo infinito y desconcertante. Por suerte, nuestros sentidos abarcan solo esa dimensión que nos evita enloquecer ante la enmarañada realidad inmensa y caótica que nos rodea.

Porque el universo no solo es más extraño de lo que pensamos, sino más extraño incluso de que podemos pensar.

En el capítulo 2 se extiende en señalar la importancia de abandonar la rutina y los prejuicios para conseguir un pensamiento creativo en el curso de una investigación científica. -y no solo en esto, añado yo- De todas formas, continúa la autora, debe señalarse que los investigadores no creamos nada, solo descubrimos lo que ya existe en la Naturaleza. La invención aparece con la tecnología, al aplicar en la vida del hombre los principios adquiridos en su observación.

Asegura que la libertad es patrimonio del hombre, no de la materia. Sobre esto tengo escrito algo que me parece muy interesante para explicar, de adecuado modo, esa afirmación y sus efectos, pero su dimensión es demasiado extensa para incluirla aquí. Lo siento.

Debería poner fin ahora al comentario de este interesante libro, pero no me resisto a incluir aquí el relato de ese mismo peregrinaje descrito por la autora que, como yo, realizaron otras muchas personas relacionadas de algún modo con la Física y cuyo recuerdo ha vuelto a mí, al recorrer las páginas de esta obra.

 Recuerdo las clases de Física impartidas en el colegio por D. Juan en los años 50. Era pura Física clásica. Newton era el jefe. Todo se podía ver, tocar y calcular. Al mismo tiempo, estudiábamos el pensamiento de los clásicos con Aristóteles y Platón, entre otros.

Es cierto que conocimos la existencia de Einstein, que había estado en España para explicar su teoría de la relatividad. Y hasta supimos que hubo alguien, un científico -solo uno- del que lamento no recordar su nombre, que la había entendido. Pero como el Sol y la Luna aparecían y se ocultaban a su hora, y resultaba que dos trenes saliendo de Madrid y Barcelona, en sentido opuesto, se cruzaban, sin remedio, en un punto, que las ecuaciones nos determinaban sin ningún género de duda, pensábamos que aquello de la relatividad no sería mucho más que la excentricidad de uno de esos sabios algo raros, cuya extraña personalidad se manifestaba acorde con su alborotada cabellera. ¡Caray con la excentricidad!

En segundo de carrera me topé con Faraday, Gauss, Maxwell y sus ecuaciones. Un trimestre dedicado a ellas y a resolver los problemas creados por sus escurridizas fuerzas electromagnéticas, puede resultar bastante duro, a poco que el profesor apriete.

Más adelante apareció una cosa -de alguna forma tengo que llamarle- que se titulaba Electrónica, encuadrada en la asignatura de Electricidad Industrial. Nunca llegué a entender bien aquel galimatías y todavía no me explico cómo conseguí aprobarla sin copiar. Para mi consuelo, siempre tuve la sospecha, o seguridad más bien, de que nuestro profesor no sabía mucho más que nosotros de aquel endiablado asunto.

Estos recuerdos me llegan desde el año 58 y sus proximidades. Ni qué decir tiene que no existía la calculadora -se usaba la regla de cálculo- ni el móvil. La televisión empezaba su andadura por aquellas fechas, pero ya se escuchaban exóticas radios, llamadas "transistores", procedentes de Alemania y Andorra. También se rumoreaba que algunas grandes compañías, americanas sobre todo, contaban con "cerebros electrónicos" -las computadoras- para sus cálculos. Me parece que la primera computadora de España fue adquirida por Renfe a IBM, precisamente en el año 1958.

Durante los años de ejercicio de mi profesión, la electrónica floreció de tal manera que produjo, no solo un cambio radical en la Industria, sino también en la forma de vida de las personas.

Pero de la Física cuántica solo supe por la prensa. Esta obra, aunque me llegue tarde, ha ayudado a conocerla y a entenderla. Y no puedo por menos de agradecerlo.

Ahora me veo obligado a formular una serie de preguntas: ¿Sirve toda esa ciencia para explicar las dudas existenciales que acompañan al hombre desde que el don de la razón le fue dado? ¿Resuelve el enigma de la creación del Universo y del mismo Hombre? ¿Es este un asunto físico o metafísico de posible carácter divino? ¿Podemos vislumbrar con ella el destino último del ser humano?

No, querido Paco. No podemos...al menos de momento. Sin embargo no debemos subestimar a la ciencia enfrentándola al pensamiento metafísico, ni despreciar, por tanto, su valiosa labor en el conocimiento de las cosas. Gracias a ella, tenemos muchos más elementos de juicio para disponer de un conocimiento más cercano a la verdad, en asuntos relacionados con la metafísica, la teología o la religión misma. El aplicarlos correctamente es responsabilidad de cada cual  

    
 
 
 

martes, 22 de marzo de 2016

10.-Relatos, Fábulas y Leyendas


 

10.- MI NIETA LEYRE.

 
Mi nieta Leyre con su viola
 

 

Nos hallábamos mi nieto Javi y yo comentando los pormenores de los capítulos 5 y 9, que él había originado con sus enrevesadas preguntas, cuando se acercó mi nieta Leyre, 10 años, y me preguntó:

-¿Yayo, podría yo hacerte alguna pregunta?

-¡Naturalmente, guapísima, las que tú quieras! -le contesté de inmediato.

-Pues mira, es esta: ¿Cuándo creó Dios a los dinosaurios? Porque en la Biblia hablan de Adán y Eva, de los peces, las aves y los animales corrientes, pero de los dinosaurios ni rastro.

-Bueno, en cuanto termine lo que estoy haciendo te lo contesto.

Y así me vi envuelto en un nuevo embrollo, porque ¡a ver cómo le explico yo a una niña de 10 años, que hasta hace poco creía en los Reyes Magos, los entresijos imaginativos de un libro como el Génesis!

Imposible escurrir el bulto, así que pocos días más tarde nos hallábamos ocupados en un animado diálogo.

-Vamos a ver -inicio yo la conversación- creo adivinar en tu pregunta que estás extrañada ante la ausencia de referencias a los dinosaurios en la descripción que hace la Biblia de la creación del Universo ¿No es así?

-¡Claro! Se me hace muy raro que no los nombren  -contesta sin titubear.

-Me parece que en el libro del Génesis aparecen en forma implícita. Lee el capítulo 1, versículo 25.

-Sí, dice: "E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno".

-¿Ves? Dice que creó a los animales de la tierra, y allí estarían incluidos los dinosaurios y el resto de animales que han existido. Esto sucedió, dicen, en el sexto día.

-Sí, sí, yayo. Eso ya lo sabía. Pero fíjate que en el quinto día, cuando nombra a la creación de las aves y de los peces, en el capítulo 1 versículo 21, señala también a los "grandes monstruos marinos" Mi pregunta sigue siendo la misma: ¿Por qué no aparecen los "grandes monstruos terrestres", es decir, los dinosaurios? Se me hace muy raro que no nombren a unos animales tan importantes.

-Es cierto, tienes mucha razón y voy a intentar explicártelo:

-Verás. Los dinosaurios se extinguieron hace unos sesenta y cinco millones de años, pero los primeros rastros del hombre, los homínidos, aparecen en África y tienen una antigüedad de solo 4 a 2 millones de años. Esto quiere decir que el hombre no conoció la existencia de esa especie de animales. La Biblia, lo que llamamos el Antiguo Testamento, parece que fue escrita mucho más tarde, entre el II y el I milenio a. C., y su escritor, o escritores, no tenían, ni podían tener, la menor idea de que hubiera existido esa clase de animales. Sin embargo, conocían a los "grandes monstruos marinos" ya que entonces sí había ballenas, cachalotes, orcas, tiburones y otros grandes animales marinos, todos ellos muy temidos, debido a la fragilidad de sus pequeñas embarcaciones. ¿Está claro?¿Lo pillas?

-Claro, claro...no está del todo -me responde-. De acuerdo con que los hombres de entonces no podían conocer la existencia de los dinosaurios, pero Dios sí y como los libros de las Sagradas Escrituras fueron inspirados por Él debería aparecer su creación en ellas.

¡Madre mía! -exclamo para mí, mientras invoco al Espirito Santo para que me ayude a salir de este embrollo.

-Vamos a ver si nos aclaramos. No es lo mismo inspirar que dictar. Los autores de la Biblia no escribirían la palabra de Dios al dictado, sino aquello que su razón le fuera a bien entender.

Y como advirtiera, en la transparente mirada de Leyre, un halo de reparo, e incluso de reproche, continué:

-No, no te estoy diciendo nada raro. En realidad Dios no necesita hacer magia para inspirar al hombre, al haberlo creado como ser racional, es decir, capaz de pensar y razonar. A través de esa admirable capacidad, y de su buen uso, nos estará inspirando cada acto o pensamiento positivo y justo que realizamos en cada momento. Es algo tan sencillo como eso. De esta manera, mediante su razón y los conocimientos de la época, claro, inspiraría Dios a los escritores del Antiguo Testamento, al redactarlo.

-¿Quieres decir que se lo inventaron?

-¡No, no! Nada de eso. Debió ocurrir que unos hombres muy sabios se dedicaron a pensar, entre otros muchos asuntos que componen el Libro Sagrado, cómo habría creado Dios el Mundo y, si bien se mira, lo hicieron muy bien para su época. Hoy tenemos muchos más conocimientos sobre el Universo y nuestro planeta y, aunque todavía desconocemos muchas cosas sobre ellos, poseemos un punto de vista algo más ajustado a la realidad, a pesar de que sigamos muy alejados de ella. Y ahora solo espero que la explicación te haya servido de algo.  

 

lunes, 14 de marzo de 2016

9.- Relatos, Fábulas y Leyendas

9.- EL SENTIDO COMÚN
 
 
Anaxágoras (500 - 428 a. C)

 

Abrumado por la frecuente ausencia de sentido común en las propuestas exhibidas por "personajes", de la más dispar naturaleza, en los distintos medios de comunicación, decidí escribir algo sobre él.

Nunca debí planteármelo. Siempre consideré que el concepto conocido como sentido común era un ente incuestionable y simple, cuya sentencia quedaba libre de cualquier discusión o controversia. Sin embargo nada más lejos de la realidad.

La primera dificultad se me presentó en cuanto intenté proponer una definición más o menos precisa de un término tan invocado como usual y conocido. Ardua tarea.

Decidí recurrir a los más autorizados estudiosos del pensamiento. Uno de ellos venía a decir que "...el sentido común es la facultad para orientarse en la vida práctica..."  Otro escribía que "..se trataba de un don universal capaz de distinguir el bien del mal, la razón y la ignorancia..."

Era, más o menos, la idea que yo tenía sobre este asunto: La facultad que posee la generalidad de las personas para juzgar razonablemente las cosas.

¿Estoy en lo cierto? Y si es tal como lo describo ¿cómo es que se produce una ausencia tan generalizada de esta provechosa aptitud en la mayoría de las propuestas y acciones de las gentes de hoy día?

¿Tendrá razón Horace Greele, director que fue del prestigioso New York Tribune, cuando aseguraba que "el sentido común es el menos común de los sentidos"? Quizás, aunque a este señor le encantaban las frases rimbombantes, más con la intención de impactar al personal -o dar un buen titular- antes que de aleccionarle.

¿Estará esta cualidad ligada, quizás, a la mayor o menor posesión de inteligencia?

Llegado a este punto, me apetece consultar a los clásicos griegos, pioneros y señores del conocimiento de la mente humana y las entrañas de su pensamiento.

Mi más querido y admirado maestro, Anaxágoras, que enunció tantas acertadas teorías sobre el Sol, la Luna, el mecanismo de las moléculas y los átomos -lo infinitamente grande e infinitamente pequeño- sin la ayuda de las avanzadas tecnologías actuales, armado solo con la intuición y el sentido común, aseguró:

"El Nous, o inteligencia, es la más fina y pura de las esencias humanas, capaz de poseer todo el saber sobre todas las cosas y de alcanzar el mayor poder sobre ellas".

Estaba claro para él, la inteligencia era el primer y único elemento capaz de alcanzar el bien y la razón.

¿Es, por tanto, la inteligencia el motor del sentido común?

Sencillamente: no lo creo. No resulta extraño ver cómo, en demasiadas ocasiones, personas inteligentes obran con escaso o nulo sentido común.

Quién, pues, lo genera. ¿Es la intuición o el razonamiento? ¿Es algo espontaneo o, por el contrario se elabora a base de percepciones y experiencias?

Me viene a la mente una anécdota:

Un matrimonio amigo, inmerso en lo que se ha dado en llamar la 3ª edad, me comunica que tiene previsto disfrutar unos días de holganza en Benidorm, para cumplir, sospecho, con las normas del perfecto jubilado. Es febrero, un mes adecuado para huir del rigor septentrional y burlar sus desapacibles modos invernales.

Me cuenta mi amigo que piensan alojarse en una de las habitaciones más elevadas del Hotel Bali, el más alto de Benidorm, y supongo que de Europa, con sus 52 plantas. Es que la altura me llama y emociona, dice.

Para mí, que lo primero que hago en cuanto llego a un hotel es pedir habitación en el piso más bajo posible e investigar la vía de escape prevista para el caso de incendio, me parece una barbaridad.

-Jesús, no me fastidies -advierto- ¿Es que no viste "El Coloso en Llamas".

-Mira, a mi me encandilan las alturas y contemplar el impresionante panorama que se puede admirar desde allá arriba es una gozada, que no deseo perderme por nada del mundo.

-Pero hombre, la mayor parte del tiempo de permanencia en el hotel será durmiendo o departiendo en los salones de la planta baja.

-Me conformo con gozar de esa preciosa vista al levantarme cada mañana -afirma mi amigo Jesús.

Al recordar esta conversación, me pregunto si es de sentido común apechugar con un potencial peligro, aun poco probable si se quiere, por el mero hecho de contemplar, por un instante, un panorama que, por más que se mire, estará lejos de ser el esplendoroso Jardín de las Maravillas.

Ahora bien, de inmediato se me abre otro nuevo interrogante ¿Es de verdadero sentido común renunciar al deseado disfrute de un bien personal, por el prosaico motivo de prevenir la llegada de un posible aunque improbable daño, que quizás nunca en la vida llegue a producirse?

Por otra parte, pero al mismo tiempo, llegan a mi mente las sabias palabras de Don Miguel de Unamuno: Hay gentes tan llenas de sentido común que no les queda el más pequeño rincón para el sentido propio.

Aunque también se podría decir: hay tanto sentido propio en algunos que no se plantean, ni seguramente conocen, el uso del sentido común.

Y mis interrogantes no cesan:

 ¿Será posible que esto que llamamos sentido común no solo tenga poco de común, sino que ni siquiera sea un sentido de valor firme, estable y absoluto, como los demás sentidos en poder del ser humano? ¿Estará, quizás sujeto a discusión y cambio, además de ser dependiente de los entornos culturales del momento y del lugar en qué se aplique?

Me parece una labor apasionante adentrarse en la metafísica del concepto para hurgar en la filosofía de su naturaleza, generación, cometido y empleo, pero mi objetivo es mucho más modesto. Me conformo con atisbar, aun de lejos y a través de una estrecha rendija de lucidez, los motivos para que este benéfico ente universal se encuentre en un grado tan elevado de abandono entre las gentes de hoy...y quizás de las de siempre.

Porque, a pesar de tantos interrogantes como han ido apareciendo en mi exposición, sigo creyendo haber atinado en mi inicial definición del sentido común: Es la facultad que posee la generalidad de las personas para juzgar razonablemente las cosas.

¿Por qué lo usamos, entonces, con tan escasa frecuencia? Veamos.

Conforme pasan los años y se empeñan, los muy malvados, en hacerme creer que envejezco, me reafirmo en la íntima convicción de que el tránsito del mono al hombre tuvo que ser producido a causa de algún lamentable accidente que lo dejó tarado y no mediante un proceso evolutivo, como aseguran los científicos.

Estoy inclinado a pensar que algún simio juguetón debió caerse del árbol donde realizaba sus bulliciosas acrobacias, lastimándose la cabeza al dar con ella en el suelo. Algo malo debió ocurrir en su cerebro, porque de pronto, ese mono que vivía feliz y despreocupado de la mano de sus sentidos, genes e instintos, sintió llenarse la cabeza de ideas, tales como por qué, cómo, cuánto, cuándo y para qué, entre otras.

¡Habría nacido el hombre!

Desde ese momento su sencilla existencia no dejó de complicarse hasta llegar el enredo a su cúspide hoy, tras una alocada progresión más que geométrica.

No encuentro otra explicación para entender por qué los animales, que nunca tropiezan en la misma piedra, no necesitan razonar para saber lo que les conviene, mientras que los humanos se pierden en elaborar las más variadas y peregrinas teorías para tratar de alcanzar su conveniencia, sin lograr, por lo general, ponerse de acuerdo sobre ella.

El guepardo, uno de los mamíferos terrestres más veloces, no ha estudiado matemáticas, física o zoología y sin embargo se maneja en su mundo con una destreza admirable, guiado solo por la información exterior que recibe de sus sentidos y de su instinto.

Selecciona su presa con las características, tamaños, y pesos adecuados para obtener aceptables posibilidades de éxito. Por lo general, captura gacelas, animales casi tan rápidos como él. Se acerca a ellas con sigilo, sin ser visto y en contra del viento para no ser olfateado. Para conseguir su propósito, necesita calcular la distancia entre el inicio de su ataque y la situación de la presa, en función de su propia aceleración inicial y su velocidad posterior durante la carrera, teniendo en cuenta, además, una estimación de estos mismos datos de la gacela que desea apresar.

Una vez lanzado el ataque, correrá tanto como pueda para alcanzar su presa. Pero, si en el transcurso de la persecución, observa que la distancia entre ellos se mantiene o aumenta en vez de disminuir, renunciará al ataque con la intención de reservar las energías necesarias para poder realizar un nuevo intento a otra presa menos veloz o resistente.

Todos esos complicados cálculos, que podrían poner en un brete al estudiante de Ciencias Físicas más pintado, los realiza el guepardo sin necesidad de papel y lápiz, calculadora u ordenador. Le bastan la información recibida por sus sentidos corporales y una aplicación de su cerebro, en cuyo seno se conectan las  influencias genéticas, instintivas y experimentales recibidas. Se diría que esta aplicación cerebral es "la facultad que poseen la mayoría de los animales para juzgar razonablemente una situación" ¡Es su sentido común! ¡Y nunca falla! Cuando lo hace solo se debe a una falta de información de sus sentidos.

¿Y qué pasa con los humanos?: Algo muy distinto

         Como ya he adelantado, estamos en febrero de 2016. Hace poco se han celebrado nuevas Elecciones Generales en España y muy pronto se realizarán los preceptivos debates de investidura que han de aprobar o no al candidato aspirante a ocupar la Presidencia del Gobierno Español.
El resultado de las elecciones produjo una nueva  situación en el panorama político español, debido a la gran dispersión del voto, cuya mayoría se distribuyó entre los cuatro principales partidos, mientras que los seis restantes solo obtuvieron el 7,4% de los escaños.

La consecuencia inmediata de esta circunstancia ha sido que ninguna fuerza política esté en condiciones de formar gobierno en solitario. Tampoco lo podrá lograr la coalición de dos formaciones. Se necesitarán tres o más para conseguirlo, o al menos la abstención de alguno de los partidos más importantes, para obtener la mayoría simple. Si no se consigue el nombramiento en un periodo determinado de tiempo se deberán repetir las elecciones.

Ante este panorama, todos los partidos están de acuerdo en que no es conveniente la repetición de las elecciones y que, por tanto, deberán negociar entre ellos para llegar a un acuerdo que permita la investidura del candidato con más apoyos. Todos también apelan al sentido común y al bien de los ciudadanos para conseguirlo.

Pero si al fin, logran entenderse, asunto harto improbable, no será gracias a esos dos conceptos. Me temo que solo la conveniencia personal de sus líderes haga posible la obtención de un acuerdo entre ellos.

En efecto. Cada uno de esos partidos asegura que su ideario y actividad, su trabajo en fin, está encaminado a lograr el bien de los ciudadanos. El problema reside en que todos ellos disponen de propias, diferentes y exclusivas recetas para lograrlo. Las de los demás no sirven. De este modo se encuentran cautivos de sus ideas, que no pueden abandonar de manera sustancial porque perderían parte de sus clientes, sus electores.

Podrían echar mano del sentido común y esforzarse en hallar puntos de encuentro dentro de sus respectivos idearios. No debería ser difícil encontrarlos, si de verdad se trata de resolver los problemas de los ciudadanos ¡Hay tantos...!

Pero el sentido común de los responsables y sus asesores queda, en este caso, condicionado por la conveniencia electoral de los partidos, el antagonismo entre las distintas ideologías, la rivalidad e incluso malquerencia personal de sus dirigentes, así como la propia ambición por el poder de los candidatos y/o sus adláteres y posibles favorecidos de sus respectivas formaciones políticas, en caso de obtenerlo.

Este parece un buen ejemplo de cómo el sentido común puede ser ensombrecido por la bruma de las ideas políticas, sociales o religiosas, es decir, por los diferentes contextos culturales específicos.

 

CONCLUSIÓN:

Resulta evidente que deberemos ajustarnos a determinadas reglas, si queremos dar un uso adecuado a nuestro sentido común.

Dicho lo anterior y de acuerdo con ello, me parecía obligado presentar esas reglas, mediante una serie de ejemplos ilustrativos que las patentizaran. Así, al menos, lo había planeado.

Sin embargo, he repensado mi plan inicial y me parece más conveniente que mi labor se limite a encender la luz de alarma que advierta el infra uso del sentido común y sean sus usuarios los que saquen las conclusiones que les parezcan más atinadas.

No puedo, de todas formas, eludir los siguientes ejemplos, por actuales, generalizados y dañinos.

No es de sentido común, por más que alguien diga lo contrario:

-Gastar más de lo que se gana. A quien así obra, solo la casualidad o el fraude que escape a la Justicia le librará del desastre.

-Repartir un bien antes de haberlo generado. Las cuentas de la lechera, acaban siempre con el cántaro roto.

-Buscar la felicidad en lo que no tenemos. Solo se puede ser feliz con lo que tenemos, no con lo que desearíamos tener, pues esto nunca se alcanza del todo.