martes, 22 de marzo de 2016

10.-Relatos, Fábulas y Leyendas


 

10.- MI NIETA LEYRE.

 
Mi nieta Leyre con su viola
 

 

Nos hallábamos mi nieto Javi y yo comentando los pormenores de los capítulos 5 y 9, que él había originado con sus enrevesadas preguntas, cuando se acercó mi nieta Leyre, 10 años, y me preguntó:

-¿Yayo, podría yo hacerte alguna pregunta?

-¡Naturalmente, guapísima, las que tú quieras! -le contesté de inmediato.

-Pues mira, es esta: ¿Cuándo creó Dios a los dinosaurios? Porque en la Biblia hablan de Adán y Eva, de los peces, las aves y los animales corrientes, pero de los dinosaurios ni rastro.

-Bueno, en cuanto termine lo que estoy haciendo te lo contesto.

Y así me vi envuelto en un nuevo embrollo, porque ¡a ver cómo le explico yo a una niña de 10 años, que hasta hace poco creía en los Reyes Magos, los entresijos imaginativos de un libro como el Génesis!

Imposible escurrir el bulto, así que pocos días más tarde nos hallábamos ocupados en un animado diálogo.

-Vamos a ver -inicio yo la conversación- creo adivinar en tu pregunta que estás extrañada ante la ausencia de referencias a los dinosaurios en la descripción que hace la Biblia de la creación del Universo ¿No es así?

-¡Claro! Se me hace muy raro que no los nombren  -contesta sin titubear.

-Me parece que en el libro del Génesis aparecen en forma implícita. Lee el capítulo 1, versículo 25.

-Sí, dice: "E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno".

-¿Ves? Dice que creó a los animales de la tierra, y allí estarían incluidos los dinosaurios y el resto de animales que han existido. Esto sucedió, dicen, en el sexto día.

-Sí, sí, yayo. Eso ya lo sabía. Pero fíjate que en el quinto día, cuando nombra a la creación de las aves y de los peces, en el capítulo 1 versículo 21, señala también a los "grandes monstruos marinos" Mi pregunta sigue siendo la misma: ¿Por qué no aparecen los "grandes monstruos terrestres", es decir, los dinosaurios? Se me hace muy raro que no nombren a unos animales tan importantes.

-Es cierto, tienes mucha razón y voy a intentar explicártelo:

-Verás. Los dinosaurios se extinguieron hace unos sesenta y cinco millones de años, pero los primeros rastros del hombre, los homínidos, aparecen en África y tienen una antigüedad de solo 4 a 2 millones de años. Esto quiere decir que el hombre no conoció la existencia de esa especie de animales. La Biblia, lo que llamamos el Antiguo Testamento, parece que fue escrita mucho más tarde, entre el II y el I milenio a. C., y su escritor, o escritores, no tenían, ni podían tener, la menor idea de que hubiera existido esa clase de animales. Sin embargo, conocían a los "grandes monstruos marinos" ya que entonces sí había ballenas, cachalotes, orcas, tiburones y otros grandes animales marinos, todos ellos muy temidos, debido a la fragilidad de sus pequeñas embarcaciones. ¿Está claro?¿Lo pillas?

-Claro, claro...no está del todo -me responde-. De acuerdo con que los hombres de entonces no podían conocer la existencia de los dinosaurios, pero Dios sí y como los libros de las Sagradas Escrituras fueron inspirados por Él debería aparecer su creación en ellas.

¡Madre mía! -exclamo para mí, mientras invoco al Espirito Santo para que me ayude a salir de este embrollo.

-Vamos a ver si nos aclaramos. No es lo mismo inspirar que dictar. Los autores de la Biblia no escribirían la palabra de Dios al dictado, sino aquello que su razón le fuera a bien entender.

Y como advirtiera, en la transparente mirada de Leyre, un halo de reparo, e incluso de reproche, continué:

-No, no te estoy diciendo nada raro. En realidad Dios no necesita hacer magia para inspirar al hombre, al haberlo creado como ser racional, es decir, capaz de pensar y razonar. A través de esa admirable capacidad, y de su buen uso, nos estará inspirando cada acto o pensamiento positivo y justo que realizamos en cada momento. Es algo tan sencillo como eso. De esta manera, mediante su razón y los conocimientos de la época, claro, inspiraría Dios a los escritores del Antiguo Testamento, al redactarlo.

-¿Quieres decir que se lo inventaron?

-¡No, no! Nada de eso. Debió ocurrir que unos hombres muy sabios se dedicaron a pensar, entre otros muchos asuntos que componen el Libro Sagrado, cómo habría creado Dios el Mundo y, si bien se mira, lo hicieron muy bien para su época. Hoy tenemos muchos más conocimientos sobre el Universo y nuestro planeta y, aunque todavía desconocemos muchas cosas sobre ellos, poseemos un punto de vista algo más ajustado a la realidad, a pesar de que sigamos muy alejados de ella. Y ahora solo espero que la explicación te haya servido de algo.  

 

lunes, 14 de marzo de 2016

9.- Relatos, Fábulas y Leyendas

9.- EL SENTIDO COMÚN
 
 
Anaxágoras (500 - 428 a. C)

 

Abrumado por la frecuente ausencia de sentido común en las propuestas exhibidas por "personajes", de la más dispar naturaleza, en los distintos medios de comunicación, decidí escribir algo sobre él.

Nunca debí planteármelo. Siempre consideré que el concepto conocido como sentido común era un ente incuestionable y simple, cuya sentencia quedaba libre de cualquier discusión o controversia. Sin embargo nada más lejos de la realidad.

La primera dificultad se me presentó en cuanto intenté proponer una definición más o menos precisa de un término tan invocado como usual y conocido. Ardua tarea.

Decidí recurrir a los más autorizados estudiosos del pensamiento. Uno de ellos venía a decir que "...el sentido común es la facultad para orientarse en la vida práctica..."  Otro escribía que "..se trataba de un don universal capaz de distinguir el bien del mal, la razón y la ignorancia..."

Era, más o menos, la idea que yo tenía sobre este asunto: La facultad que posee la generalidad de las personas para juzgar razonablemente las cosas.

¿Estoy en lo cierto? Y si es tal como lo describo ¿cómo es que se produce una ausencia tan generalizada de esta provechosa aptitud en la mayoría de las propuestas y acciones de las gentes de hoy día?

¿Tendrá razón Horace Greele, director que fue del prestigioso New York Tribune, cuando aseguraba que "el sentido común es el menos común de los sentidos"? Quizás, aunque a este señor le encantaban las frases rimbombantes, más con la intención de impactar al personal -o dar un buen titular- antes que de aleccionarle.

¿Estará esta cualidad ligada, quizás, a la mayor o menor posesión de inteligencia?

Llegado a este punto, me apetece consultar a los clásicos griegos, pioneros y señores del conocimiento de la mente humana y las entrañas de su pensamiento.

Mi más querido y admirado maestro, Anaxágoras, que enunció tantas acertadas teorías sobre el Sol, la Luna, el mecanismo de las moléculas y los átomos -lo infinitamente grande e infinitamente pequeño- sin la ayuda de las avanzadas tecnologías actuales, armado solo con la intuición y el sentido común, aseguró:

"El Nous, o inteligencia, es la más fina y pura de las esencias humanas, capaz de poseer todo el saber sobre todas las cosas y de alcanzar el mayor poder sobre ellas".

Estaba claro para él, la inteligencia era el primer y único elemento capaz de alcanzar el bien y la razón.

¿Es, por tanto, la inteligencia el motor del sentido común?

Sencillamente: no lo creo. No resulta extraño ver cómo, en demasiadas ocasiones, personas inteligentes obran con escaso o nulo sentido común.

Quién, pues, lo genera. ¿Es la intuición o el razonamiento? ¿Es algo espontaneo o, por el contrario se elabora a base de percepciones y experiencias?

Me viene a la mente una anécdota:

Un matrimonio amigo, inmerso en lo que se ha dado en llamar la 3ª edad, me comunica que tiene previsto disfrutar unos días de holganza en Benidorm, para cumplir, sospecho, con las normas del perfecto jubilado. Es febrero, un mes adecuado para huir del rigor septentrional y burlar sus desapacibles modos invernales.

Me cuenta mi amigo que piensan alojarse en una de las habitaciones más elevadas del Hotel Bali, el más alto de Benidorm, y supongo que de Europa, con sus 52 plantas. Es que la altura me llama y emociona, dice.

Para mí, que lo primero que hago en cuanto llego a un hotel es pedir habitación en el piso más bajo posible e investigar la vía de escape prevista para el caso de incendio, me parece una barbaridad.

-Jesús, no me fastidies -advierto- ¿Es que no viste "El Coloso en Llamas".

-Mira, a mi me encandilan las alturas y contemplar el impresionante panorama que se puede admirar desde allá arriba es una gozada, que no deseo perderme por nada del mundo.

-Pero hombre, la mayor parte del tiempo de permanencia en el hotel será durmiendo o departiendo en los salones de la planta baja.

-Me conformo con gozar de esa preciosa vista al levantarme cada mañana -afirma mi amigo Jesús.

Al recordar esta conversación, me pregunto si es de sentido común apechugar con un potencial peligro, aun poco probable si se quiere, por el mero hecho de contemplar, por un instante, un panorama que, por más que se mire, estará lejos de ser el esplendoroso Jardín de las Maravillas.

Ahora bien, de inmediato se me abre otro nuevo interrogante ¿Es de verdadero sentido común renunciar al deseado disfrute de un bien personal, por el prosaico motivo de prevenir la llegada de un posible aunque improbable daño, que quizás nunca en la vida llegue a producirse?

Por otra parte, pero al mismo tiempo, llegan a mi mente las sabias palabras de Don Miguel de Unamuno: Hay gentes tan llenas de sentido común que no les queda el más pequeño rincón para el sentido propio.

Aunque también se podría decir: hay tanto sentido propio en algunos que no se plantean, ni seguramente conocen, el uso del sentido común.

Y mis interrogantes no cesan:

 ¿Será posible que esto que llamamos sentido común no solo tenga poco de común, sino que ni siquiera sea un sentido de valor firme, estable y absoluto, como los demás sentidos en poder del ser humano? ¿Estará, quizás sujeto a discusión y cambio, además de ser dependiente de los entornos culturales del momento y del lugar en qué se aplique?

Me parece una labor apasionante adentrarse en la metafísica del concepto para hurgar en la filosofía de su naturaleza, generación, cometido y empleo, pero mi objetivo es mucho más modesto. Me conformo con atisbar, aun de lejos y a través de una estrecha rendija de lucidez, los motivos para que este benéfico ente universal se encuentre en un grado tan elevado de abandono entre las gentes de hoy...y quizás de las de siempre.

Porque, a pesar de tantos interrogantes como han ido apareciendo en mi exposición, sigo creyendo haber atinado en mi inicial definición del sentido común: Es la facultad que posee la generalidad de las personas para juzgar razonablemente las cosas.

¿Por qué lo usamos, entonces, con tan escasa frecuencia? Veamos.

Conforme pasan los años y se empeñan, los muy malvados, en hacerme creer que envejezco, me reafirmo en la íntima convicción de que el tránsito del mono al hombre tuvo que ser producido a causa de algún lamentable accidente que lo dejó tarado y no mediante un proceso evolutivo, como aseguran los científicos.

Estoy inclinado a pensar que algún simio juguetón debió caerse del árbol donde realizaba sus bulliciosas acrobacias, lastimándose la cabeza al dar con ella en el suelo. Algo malo debió ocurrir en su cerebro, porque de pronto, ese mono que vivía feliz y despreocupado de la mano de sus sentidos, genes e instintos, sintió llenarse la cabeza de ideas, tales como por qué, cómo, cuánto, cuándo y para qué, entre otras.

¡Habría nacido el hombre!

Desde ese momento su sencilla existencia no dejó de complicarse hasta llegar el enredo a su cúspide hoy, tras una alocada progresión más que geométrica.

No encuentro otra explicación para entender por qué los animales, que nunca tropiezan en la misma piedra, no necesitan razonar para saber lo que les conviene, mientras que los humanos se pierden en elaborar las más variadas y peregrinas teorías para tratar de alcanzar su conveniencia, sin lograr, por lo general, ponerse de acuerdo sobre ella.

El guepardo, uno de los mamíferos terrestres más veloces, no ha estudiado matemáticas, física o zoología y sin embargo se maneja en su mundo con una destreza admirable, guiado solo por la información exterior que recibe de sus sentidos y de su instinto.

Selecciona su presa con las características, tamaños, y pesos adecuados para obtener aceptables posibilidades de éxito. Por lo general, captura gacelas, animales casi tan rápidos como él. Se acerca a ellas con sigilo, sin ser visto y en contra del viento para no ser olfateado. Para conseguir su propósito, necesita calcular la distancia entre el inicio de su ataque y la situación de la presa, en función de su propia aceleración inicial y su velocidad posterior durante la carrera, teniendo en cuenta, además, una estimación de estos mismos datos de la gacela que desea apresar.

Una vez lanzado el ataque, correrá tanto como pueda para alcanzar su presa. Pero, si en el transcurso de la persecución, observa que la distancia entre ellos se mantiene o aumenta en vez de disminuir, renunciará al ataque con la intención de reservar las energías necesarias para poder realizar un nuevo intento a otra presa menos veloz o resistente.

Todos esos complicados cálculos, que podrían poner en un brete al estudiante de Ciencias Físicas más pintado, los realiza el guepardo sin necesidad de papel y lápiz, calculadora u ordenador. Le bastan la información recibida por sus sentidos corporales y una aplicación de su cerebro, en cuyo seno se conectan las  influencias genéticas, instintivas y experimentales recibidas. Se diría que esta aplicación cerebral es "la facultad que poseen la mayoría de los animales para juzgar razonablemente una situación" ¡Es su sentido común! ¡Y nunca falla! Cuando lo hace solo se debe a una falta de información de sus sentidos.

¿Y qué pasa con los humanos?: Algo muy distinto

         Como ya he adelantado, estamos en febrero de 2016. Hace poco se han celebrado nuevas Elecciones Generales en España y muy pronto se realizarán los preceptivos debates de investidura que han de aprobar o no al candidato aspirante a ocupar la Presidencia del Gobierno Español.
El resultado de las elecciones produjo una nueva  situación en el panorama político español, debido a la gran dispersión del voto, cuya mayoría se distribuyó entre los cuatro principales partidos, mientras que los seis restantes solo obtuvieron el 7,4% de los escaños.

La consecuencia inmediata de esta circunstancia ha sido que ninguna fuerza política esté en condiciones de formar gobierno en solitario. Tampoco lo podrá lograr la coalición de dos formaciones. Se necesitarán tres o más para conseguirlo, o al menos la abstención de alguno de los partidos más importantes, para obtener la mayoría simple. Si no se consigue el nombramiento en un periodo determinado de tiempo se deberán repetir las elecciones.

Ante este panorama, todos los partidos están de acuerdo en que no es conveniente la repetición de las elecciones y que, por tanto, deberán negociar entre ellos para llegar a un acuerdo que permita la investidura del candidato con más apoyos. Todos también apelan al sentido común y al bien de los ciudadanos para conseguirlo.

Pero si al fin, logran entenderse, asunto harto improbable, no será gracias a esos dos conceptos. Me temo que solo la conveniencia personal de sus líderes haga posible la obtención de un acuerdo entre ellos.

En efecto. Cada uno de esos partidos asegura que su ideario y actividad, su trabajo en fin, está encaminado a lograr el bien de los ciudadanos. El problema reside en que todos ellos disponen de propias, diferentes y exclusivas recetas para lograrlo. Las de los demás no sirven. De este modo se encuentran cautivos de sus ideas, que no pueden abandonar de manera sustancial porque perderían parte de sus clientes, sus electores.

Podrían echar mano del sentido común y esforzarse en hallar puntos de encuentro dentro de sus respectivos idearios. No debería ser difícil encontrarlos, si de verdad se trata de resolver los problemas de los ciudadanos ¡Hay tantos...!

Pero el sentido común de los responsables y sus asesores queda, en este caso, condicionado por la conveniencia electoral de los partidos, el antagonismo entre las distintas ideologías, la rivalidad e incluso malquerencia personal de sus dirigentes, así como la propia ambición por el poder de los candidatos y/o sus adláteres y posibles favorecidos de sus respectivas formaciones políticas, en caso de obtenerlo.

Este parece un buen ejemplo de cómo el sentido común puede ser ensombrecido por la bruma de las ideas políticas, sociales o religiosas, es decir, por los diferentes contextos culturales específicos.

 

CONCLUSIÓN:

Resulta evidente que deberemos ajustarnos a determinadas reglas, si queremos dar un uso adecuado a nuestro sentido común.

Dicho lo anterior y de acuerdo con ello, me parecía obligado presentar esas reglas, mediante una serie de ejemplos ilustrativos que las patentizaran. Así, al menos, lo había planeado.

Sin embargo, he repensado mi plan inicial y me parece más conveniente que mi labor se limite a encender la luz de alarma que advierta el infra uso del sentido común y sean sus usuarios los que saquen las conclusiones que les parezcan más atinadas.

No puedo, de todas formas, eludir los siguientes ejemplos, por actuales, generalizados y dañinos.

No es de sentido común, por más que alguien diga lo contrario:

-Gastar más de lo que se gana. A quien así obra, solo la casualidad o el fraude que escape a la Justicia le librará del desastre.

-Repartir un bien antes de haberlo generado. Las cuentas de la lechera, acaban siempre con el cántaro roto.

-Buscar la felicidad en lo que no tenemos. Solo se puede ser feliz con lo que tenemos, no con lo que desearíamos tener, pues esto nunca se alcanza del todo.   

 

sábado, 13 de febrero de 2016

Relatos, Fábulas y Leyendas.- 8


8.- EL CALENTAMIENTO GLOBAL

 



 La Tierra abrasada por un calentamiento imparable.

 

De nuevo, mi nieto Javi vuelve a la carga con otro de sus acostumbrados temas, siempre complejos, que suelen terminar metiéndome en un brete, ante la dificultad de satisfacer su insaciable curiosidad.

En esta ocasión vino hacia mí con una feliz noticia por delante:

-¡Yayo, me han dado un sobresaliente en el cole en un trabajo de redacción!

-¡Muy bien, oye! -contesté, al tiempo que le hacía la pregunta de rigor- ¿Y de qué trataba el trabajo?

-Era sobre "el calentamiento global"

-Muy interesante -dije- A ver, cuéntame un poco sobre lo qué escribiste.

-Ah, pues dije que, como no tengamos un poco más de cuidado, nos vamos a cargar nuestro planeta y no se va a poder vivir en él.

-Muy bien ¿Y qué cuidados proponías?

-Varios -contestó muy seguro de sí- El primero un ahorro en el consumo de energía. También otros, como promover el uso de energías alternativas, prohibir  los gases y residuos industriales que producen el efecto invernadero, impedir la quema o tala de los árboles, evitar ensuciar el agua y prohibir la fabricación y uso del plástico y otros productos químicos contaminantes.

-Todo eso está muy bien, pero tú ¿qué vas a hacer para evitar que la Tierra se contamine?

-¡Jo, yayo! Eso lo tendrán que hacer los mayores    -contestó un tanto enfadado- ¿Qué quieres que haga yo?

-Bueno, te voy a sugerir algunas acciones que podrías realizar para mejorar las condiciones del medio ambiente del planeta:

1.- Podrías renunciar a utilizar tu tableta, la tele, el iphone y todos tus aparatos y juguetes eléctricos, así ahorrarías mogollón de energía.

2.- Deberías renunciar a la iluminación eléctrica y utilizar velas de cera que, como la fabrican las abejas, es un producto muy ecológico.

3.- Sería muy conveniente que convencieras a tus papis para que fueran al trabajo en burro o carreta para evitar los gases contaminantes de sus automóviles.

4.- Tienes que decirle a tu mami que no use el gas para cocinar y calentar la casa. Sería mucho mejor que lo hiciera encendiendo hogueras en la terraza.

A estas alturas, Javi celebra cada una de mis indicaciones con una sonora carcajada.

-¡Venga yayo, acaba ya, que estás de guasa!

-Espera, espera, que no he terminado -me apresuré a contener su decidida intención de dar por concluida la charla, desde ese mismo momento.

5.- No deberías ensuciar el agua con jabón en la ducha o el lavabo, porque este es un bien escaso. De hecho, solo deberías emplear el agua de lluvia.

6.- Podrías prescindir de todos los productos hechos con materiales plásticos o productos químicos. Fíjate que en este apartado figuran infinidad de artículos de uso diario y doméstico, incluidos toda clase de aparatos y enseres, así como tejidos, champús, cremas, medicinas, dentífricos, colonias y un largo etc.

-¡No hablas en serio! -me espeta.

-¿Te parece? ¿Y si te digo que hay unos cuantos miles de millones de personas que carecen de todo eso, que tú te ves incapaz de prescindir?

-¿Y? -pregunta, francamente mosqueado.

-Pues que, no solo no se va a poder ahorrar energía en el futuro, sino que se producirá un notable aumento de consumo, conforme esa ingente masa de personas, que hoy carece de todo, vaya accediendo, con el mismo derecho que tú, a esos bienes que ahora mismo disfrutas.

-Y te digo más: La energía que hoy se consume es nada comparada con la que se necesitará en el futuro. ¿Por qué? Porque el calentamiento de la Tierra no es un fenómeno de hoy. Este viene produciéndose desde la última glaciación, hace 40  millones de años.

-Lo dices en serio, o me estás vacilando.

-Muy en serio, de verdad -aseguré con firmeza- Desde aquella fecha, la Tierra viene sufriendo un calentamiento constante, progresivo e imparable. Dentro de unos 4.500 millones de años, nuestro planeta se habrá volatilizado, engullido por el Sol que habrá crecido hasta alcanzar la órbita de la Tierra, al convertirse en una enorme estrella Gigante Roja. Esto ocurrirá por haber consumido todo el hidrógeno que hoy le sirve de combustible. Mucho antes de producirse el fin del planeta, este se habrá degradado tanto, a causa de las altas temperaturas, que ya no habrá ser vivo que pueda vivir en él.

-¡Jo, menos mal que nosotros no lo veremos!

-Sí, hemos tenido la suerte de nacer en esta época en la que la Tierra está en su mejor momento. Pero esto no durará, porque el calentamiento del globo continuará imparable En un par de milenios, sus habitantes deberán afrontar infinidad de adversidades que amenazarán la habitabilidad del Planeta. Para evitarlas será necesario disponer de una ingente cantidad de energía. El petróleo y demás combustibles fósiles se habrán agotado y de poco servirán los actuales "molinillos" ni las pantallas fotovoltaicas.

-¡Ostras! ¿Y eso de las energías alternativas o renovables? ¿No serán suficientes?

-Se mire como se mire y se diga lo que se diga, solo hay una energía inagotable, limpia, barata y que pueda ser producida en cantidades inmensas: la energía nuclear.

-Pero eso es peligrosísimo. Todo el mundo lo dice

-No todo el mundo. Es cierto que, hoy día, se ha generado un rechazo casi absoluto de este tipo de energía en la opinión pública, sin demasiado fundamento por cierto. Sin embargo, hay científicos, quizás no los suficientes, que están investigando la mejor y más segura utilización de la energía nuclear, convencidos de su esencial necesidad, si se quiere evitar el colapso del medio ambiente que se avecina.

-¡Caray, yayo! Dices que no hay fundamento en el miedo a las centrales nucleares ¿Ya no te acuerdas de Chernobyl y Fukushima?

Javi contraataca en defensa de sus tesis.

-Claro que me acuerdo, fueron dos auténticos desastres, pero hay que analizarlos bien para juzgar su grado de peligrosidad. La central de Chernobyl era una instalación con tecnología anticuada y un deficiente mantenimiento, producto de un sistema socio-político en descomposición. Además, el oscurantismo propio de este régimen propició una mala gestión del accidente y lo peor de todo fue que la evacuación de la población afectada se retrasó seis días, lo que provocó muertes y daños en una cuantía no evaluada del todo todavía.

-Ahora -añadí-, fíjate en lo ocurrido en la central de Fukushima, mucho más moderna. Un terrible tsunami inutilizó las bombas del agua de refrigeración de los reactores y estos estallaron. ¿Cuántos muertos se produjeron en este desastre?: Ninguno. ¿Cuántos ocasionó el tsunami?: 22.000. -no fueron demasiados, se calcula que en el de Sumatra de 2004 hubo más de 280.000 víctimas-. Dime pues quién tiene más peligro: el mar o las centrales nucleares.

-Bueno...visto así...-Javi, algo desorientado, duda y se bate ahora en retirada- pero me parece que no son comparables.

-Serán comparables o no, pero lo cierto es que el mar se lleva por delante a tantas personas como puede y son muchas cada año. Sin embargo, no se toma ninguna acción en contra de este feroz asesino y, en cambio, se le dedica toda clase de cánticos, poemas, alabanzas y hasta apasionados entusiasmos, alentados por maravillosas imágenes de pintores y fotógrafos, mientras que a la energía nuclear le toca recibir toda suerte de rechazos y desprecios, sin que falten en su contra las opiniones más contrarias y desfavorables, ni los dictámenes más alarmantes.

-Yayo, eso de feroz asesino...te estás pasando. Yo lo encuentro muy agradable cuando me baño en la playa.

-Quizás, aunque no sé qué otro apelativo se le puede dar a quien mata tanto y con tanta frecuencia.

-Bueno, pero no me irás a decir que la seguridad en las centrales nucleares y la producción de residuos radiactivos en ellas no son un problema a tener en cuenta.

-No, no te lo voy a decir. Son un problema...y un problema muy grave, aunque no representan nada que la ciencia y la tecnología no puedan resolver. Solo es cuestión de investigarlo con el debido empeño.

Llegado a este punto, Javi ya no sabe si ir hacia delante o hacia atrás, pero arremete con el tema de los plásticos, los residuos industriales y la enorme polución que se genera sobre el aire, el agua y la vegetación.

-Hablemos de los materiales sintéticos, como el plástico -sugerí- Desde el comienzo del siglo XX, varios talentosos investigadores trabajaban para producir un material fácil de elaborar pero muy resistente, con buenas propiedades mecánicas, moldeable, ligero, barato, aislante eléctrico, impermeable, resistente a la corrosión y, algo muy importante, que gozara de una gran duración. Era casi una utopía, pero después de mucho estudio, esfuerzo e incansable trabajo de laboratorio, lo lograron. Había nacido este material que hemos dado en llamar "plástico". Ese extraordinario y admirable invento produjo un profundo cambio en la fabricación de toda clase de productos, que pasaron a ser más ligeros, más duraderos, más fáciles de elaborar y mucho más baratos.

-¡Jopé! Pero si es una cosa tan buena, ¿por qué los ecologistas le tienen tanto asco?

-Porque, solemos coger los rábanos por las hojas, con más frecuencia de lo debido. El plástico, que tiene la propiedad de mantenerse inalterable durante cientos de años, no es el culpable de polucionar los mares, los culpables son los que lo arrojan al mar, los que lo permiten y quienes no toman medidas para subsanarlo. Dicen que en el Índico, y también en el Atlántico, existen sendas islas formadas por productos plásticos, que duplican la extensión de la superficie de España.

-Eso debe ser muy dañino para los peces ¿no?

-Claro. Pero fíjate: En vez de promover un programa mundial de la ONU para la limpieza del mar, con las poderosas flotas de guerra existentes, solo se les ocurre pedir el cese de la fabricación del plástico.

-Sí, eso sería bueno, pero...¿Dónde se guardaría esa enorme cantidad de plástico hasta que se degradara por completo? No habría sitio.

-No, no habría que almacenarla. Sería cuestión de ir reciclándola. Parte se emplearía para fundir nuevas piezas, el resto podría utilizarse en otras aplicaciones como la construcción de edificios y carreteras

-Bueno ¿y qué me dices de los residuos industriales? -insistió Javi.

-Hay quien dice que la desmesurada actividad industrial de algunos países del primer mundo está enfermando al planeta con sus gases y residuos, y que habría que frenar esa actividad y volver a una sociedad más natural, sencilla y comprometida con el medio ambiente. Pues bien, te diré que en los países industrializados es donde se vive más y mejor, donde hay más libertad y donde los derechos humanos son más respetados. ¿Por qué crees, si no, que todo el mundo quiere venirse a Europa?

Javi no respondió, así que proseguí mi discurso.

-Es cierto que toda actividad industrial genera desechos que pueden ser perjudiciales para el medio ambiente, pero no hay impedimento tecnológico para evitar esos daños. Todo residuo puede ser reciclado, como todo lo que se ensucia puede ser purificado. Para ello solo se necesita la firme voluntad de realizarlo.

-En fin, que mi redacción era una caquita ¿no?

-No, no. Lo que has escrito está muy bien, solo que está incompleto. No basta con buenas intenciones o buenos sentimientos, hacen falta acciones sensatas que corrijan los inconvenientes sin perder las ventajas.

-Ahora -añadí- voy a decirte algo que me gustaría que recordaras cuando llegues a cumplir tu deseo de ser ingeniero. Es algo que puede que te encuentres, o debas de afrontar, durante el ejercicio de tu actividad profesional, pero que ocurre de forma general en cualquier actividad novedosa. Es habitual, al producirse una invención, que esta genere un problema a alguien o algo, al mismo tiempo que un bien general para el resto de beneficiarios. Ante esta situación se abren dos caminos o actuaciones: Uno es el de rechazar el bien para evitar las complicaciones negativas. Es dar un paso atrás en el camino del progreso. Otra vía es aceptar el bien, asumiendo los inconvenientes que produce. Puede que no genere demasiado progreso. Es como dar un paso al lado, porque quizás se dé la circunstancia de que el mal producido no compense el bien a recibir.

-Bien, pues ahora viene la moraleja -insistí- El buen camino, la vía que conduce a un auténtico progreso duradero, es el de estudiar los problemas que puedan producirse en la generación de un bien, sea este un producto o una actividad, y resolverlos.

-¡Sí, sí, lo entiendo! Pero, ¿y si es un problema tan difícil de resolver que resulta imposible en la práctica?

-No hay problema imposible de resolver. La ciencia y la tecnología son capaces de llevar a cabo todo lo que el hombre es capaz de imaginar. Como te he dicho antes, solo se necesita la firme voluntad de poner los medios físicos e intelectuales para lograrlo.

-Amén -sentenció Javi- Que así sea, yayo

-¿...?

domingo, 10 de enero de 2016

Relatos, Fábulas y Leyendas.- 7


7.- LA LEYENDA DE LAS DOS PALOMAS

 

 
La aldea de Troncedo en el Sobrarbe de Huesca.

 

Corría el siglo XI hacia su mitad, cuando tuvo lugar un insólito hecho en la pequeña aldea de Troncedo, plaza fuerte en aquel tiempo, merced a su poderoso castillo que había sido arrebatado a la morisma solo unos pocos años antes.

Así lo cuentan los anales:

En aquel tiempo, había un mercader moro que recorría con regularidad las aldeas cristianas de la comarca. Vendía, o trocaba por otras mercancías, productos elaborados en tierras musulmanas y también otras traídas de África y del lejano Oriente.

Con él venía un guapo mozo, hijo suyo, que le ayudaba en el negocio, labor que, el muy tunante, aprovechaba para galantear con toda mujer, moza o casada, que se le pusiera por delante, impulsado por el incontenible ímpetu pasional propio de la fogosidad juvenil de sus 18 años.

Pero un suceso cambió la vida del joven moro.

Un día, el muchacho se prendó con apasionada intensidad de una doncella cristiana residente en aquella aldea de Troncedo, siendo correspondido por ella con idéntica pasión.

Este amor fue contemplado por sus respectivos padres con muy poco agrado y prohibieron el noviazgo.

Sin embargo la prohibición no hizo mella en el amor de la pareja y, cuando el mercader y su hijo aparecían por la aldea, los dos jóvenes se las arreglaban para verse en secreto, amparados por las sombras de la noche.

Estos fugaces encuentros se celebraban con el fundado riesgo de que el apuesto galán perdiera la vida en el intento. Los musulmanes, que podían ejercer su actividad con toda libertad durante el día, tenían prohibido permanecer dentro del perímetro defensivo de las aldeas al caer la noche. Romper este precepto se pagaba con la vida.

Unos años antes, la pareja no hubiera encontrado demasiadas dificultades para unir sus vidas, pero en aquel tiempo, desde las cruentas aceifas provocadas por al-Malik, la exasperación religiosa en ambos bandos habían llegado al extremo de hacer imposibles las uniones entre integrantes de las dos religiones, cristiana y musulmana.

En efecto, al-Malik, al-Muzafar o el Triunfador, hijo predilecto y sucesor de Almanzor, atacó a principios de siglo los condados de Sobrarbe y Ribagorza, vasallos del rey Sancho Garcés III el Mayor, rey de Pamplona, provocando infinidad de estragos en casas, iglesias y cosechas, con una gran mortandad entre las gentes.

Cierto día, incapaces los amantes de soportar las prolongadas e inevitables separaciones, decidieron fugarse a otras tierras, donde no fuesen conocidos y pudieran vivir libremente sus encendidos sentimientos.

Una noche sin luna, a punto de alborear la madrugada, el joven moro acomodó a la dama en la grupa de su caballo y partió hacia el Este, en busca de un lugar remoto, donde hallar la felicidad que los prejuicios sociales y religiosos de sus paisanos y familiares les negaban.

Sabían que muy pronto descubrirían su fuga, y que sus perseguidores, padres, hermanos y familiares de la joven cabalgarían con mayor rapidez que ellos. Por tanto, en vez de dirigirse al sur, hacia los cercanos territorios musulmanes, lo hicieron hacia Oriente, por Santa Liestra, camino de los condados catalanes, transitando por veredas poco frecuentadas, con el propósito de confundirles,.

La mala suerte les acompañó en la huida. Un pastor observó su paso y dio señal de la dirección tomada por los fugitivos a sus perseguidores.

Estos les alcanzaron muy cerca de la formidable fortaleza de Fantova, a poco más de tres leguas de Troncedo.

 
Fortaleza de Fantova

 

Los familiares de la joven no perdieron tiempo en ajustar cuentas con su amante. Dieron muerte al galán y arrojaron su cadáver a un muladar situado en la base de la torre circular que se alzaba sobre la fortaleza.

La entristecida doncella quedó recluida en una de sus estancias y rezaba con gran devoción para lograr del Cielo que su amado quedara libre de daño alguno.

No tardó en conocer el triste final de su amado y, en ese momento, roto su tierno corazón y enloquecida por la pena, se deshizo de la dueña que le cuidaba y se arrojó al vacío desde un alto ventanal de la torre, mientras gritaba: "¡Válgame San Marcial!"

La joven amante era muy devota de este Santo, que, por otra parte, era muy popular y gozaba de gran veneración por aquellas tierras.

Se decía que había sido coetáneo de los Apóstoles de Jesús y que había realizado multitud de prodigios, entre ellos la resurrección de un muerto, tras tocarle con una vara que le había dado San Pedro.

Cuando los familiares de la infortunada joven y otras gentes del castillo, se asomaron por ventanas y almenas, horrorizados por la tragedia, para averiguar dónde y de qué suerte había quedado su cuerpo, vieron elevarse a una pareja de palomas, más blancas que la nieve recién caída en la montaña. Revolotearon sobre las muralla y, en seguida, tomaron rumbo a Oriente y emprendieron, muy juntas, un veloz vuelo, perdiéndose en la lejanía.

Bajaron a toda prisa las gentes del castillo hasta el despeñadero pero, por más que buscaron, no encontraron cuerpo alguno en él.

El pueblo atribuyo el insólito suceso a un hecho milagroso, por el cual, Nuestro Señor Jesucristo, gracias a la intersección de San Marcial, el Santo invocado, se conmovió con el intenso y bello amor de los dos jóvenes y les devolvió la vida. Lo hizo dándoles la presencia de aquellos alados seres que mejor representan el más delicado cariño, la mayor fidelidad y el más puro amor: dos blancas palomas.

Y cuentan que. durante muchos años, al llegar el día en el que se celebraba el aniversario de tan feliz milagro, una pareja de hermosas palomas, de blancura inmaculada, venían hasta Fantova y la sobrevolaban para conmemorar el prodigio.

   

miércoles, 6 de enero de 2016

Relatos, Fábulas y Leyendas.- 6


6.- LA  HERENCIA

 

 


La hacienda Medinabeitia

 

Corría el año 2003, cuando recibí una inesperada y sorprendente comunicación de la Municipalidad de la Ciudad de Calama, a través de la Embajada de Chile en Madrid.

Junto a la misiva, aparecía una documentación presentada por la Notaría nº3 de la ciudad, en la que se especificaban las últimas voluntades de Don Cecilio Medinabeitia y Gaston, fallecido el año anterior, a la edad de 92 años, sin descendientes directos.  

En un anexo, visado por la autoridad local de Calama y de la provincial de El Loa, se detallaban las gestiones realizadas para tratar de localizar a alguno de sus descendientes, a fin de materializar la entrega de su legado.

En otro anexo, proporcionaban algunos datos sobre la personalidad de Don Cecilio. Se afirmaba que había nacido en Mués, Navarra, y que llegó a Chile en 1915, de la mano de sus padres, humildes emigrantes, con la temprana edad de 5 años. Supo amasar una copiosa fortuna en el negocio de la minería del cobre. Enviudó a la edad de 76 años y, sin más familia, se retiró a una apartada propiedad, donde vivió hasta el fin de sus días, sin apenas relacionarse con nadie.

Completaba la documentación un billete abierto de avión Madrid-Calama, con escala en Santiago, y un cheque de dos mil dólares para gastos, todo ello como adelanto del monto de la heredad.

Me costó algún tiempo reaccionar de la impresión recibida ante aquella enorme sorpresa, pero tras tomar aliento y calmar la lógica alteración anímica producida por el extraño suceso, caí en la cuenta de que mi abuela materna había nacido en Mués y de que su segundo apellido era Medinabeitia. Así pues, algo cuadraba en aquella extraña historia, aunque yo nunca hubiese tenido noticia alguna sobre aquel presunto pariente que, por lo visto, había vivido en el otro lado del Océano totalmente ignorado por nuestra familia.

En ese momento, comprendí que aquello era, en realidad, un requerimiento para viajar hasta esa remota región, asunto que no me apetecía en lo más mínimo.

En efecto, solo habían transcurrido tres años desde mi jubilación y, en ese momento, me  juramenté a no viajar más, harto como estaba de tanto deambular por medio mundo, obligado por continuos, acuciantes e ineludibles motivos profesionales.

Sin embargo, había que apechugar con aquel "muerto" -nunca mejor dicho- y decidí, aunque a regañadientes, embarcarme en esta historia. Así que, tras un interminable vuelo transoceánico y la escala programada en Santiago, llegué al pequeño aeropuerto en obras de El Loa. Así me presenté en la ardiente ciudad de Calama, situada en el extremo norte del desierto de Atacama, más arriba de Antofagasta, con la intención de cerrar los trámites sucesorios a la mayor brevedad posible.

Pero no contaba con la proverbial cachaza del funcionariado de la municipalidad de por aquellas tierras, que me tuvo dando vueltas de aquí para allá, durante tres días, hasta conseguir localizar la notaría que llevaba mi asunto.

Mientras tanto, poco que ver y hacer en esta ciudad de provincias, típica de la mayoría de los países sudamericanos, a pesar de tener más de 100.000 habitantes. Mi hotel, el Sonesta, no era bueno ni malo, pero caro. En uno de los muchos atascos burocráticos de mi gestión, decidí visitar la Catedral. Desilusión: ningún motivo arquitectónico que admirar. Se trataba de una obra de principios del siglo XX parecida a esas  iglesias que pueden verse en algunos pueblos de USA, con una puntiaguda torre en fachada, nave central más dos laterales y armadura de madera para la cubierta.

Por fin, conseguí conectar con el Sr. Notario y, cómo no, otra inesperada incidencia complicó, más aun, la rápida resolución de mi caso. En la notaría tenían localizadas las acciones y cuentas bancarias del difunto, pero sospechaban que la mayor parte de su fortuna se hallaba depositada, de algún modo, en la hacienda en donde Don Cecilio había vivido retirado sus últimos16 años de vida.

Argumentaban que, al hallarse dicha hacienda demasiado alejada, en un intrincado lugar de las estribaciones del volcán San Pedro, debería ser el propio beneficiario quién resultara el más autorizado auditor para realizar el inventario de lo que hubiere.

Protesté ante aquella evidente irregularidad, pero fue en vano. Allí no había nadie dispuesto a afrontar la incomodidad, y quizás riesgo, de un viaje tan trabajoso.

Solo pude conseguir que me dieran la dirección de un agente en la aldea de Aiquina, a unos 75 Km de allí, para que me proporcionara un guía que me permitiera llegar, sin demasiadas contingencias, a la hacienda Medinabeitia de mi pariente.

Confieso que me entraron deseos de mandar al traste aquella fastidiosa historia y hasta llegué a pensar en volverme a España por la vía más rápida.

Recapacité al fin y estimé que si ya había hecho la mayor parte del trayecto, bien podía aguantar el resto que parecía menor y más próximo.

Así pues, alquilé un coche y me dirigí a la aldea de Aiquina, por una carretera polvorienta, bajo un cielo de azul intenso, sin rastro de nubes y un cálido sol de junio, mes de la estación fría de aquel hemisferio.

Seguí la sugerencia dada en el hotel, antes de partir, y realicé un alto al llegar a Chiu Chiu, una aldea de 300 habitantes, situada en el centro de un oasis. a 30 Km de Calama y a una altura de 2.500 m. sobre el nivel del mar. En ella se encuentra la iglesia de San Francisco, la más antigua que se conserva en Chile, construida por los españoles en 1611.

No pude evitar sentir una intensa emoción al penetrar en aquel humilde edificio, construido con adobes y madera de cactus en su techo. Imaginé a un grupo de nuestros aguerridos, aunque denostados, conquistadores, arrodillados ante su altar, rezando ante el cuadro de la Pasión de Cristo y pensé para mí: Algo bueno tuvo que hacer también aquella gente.

Continué mi camino y media hora más tarde entraba en Aiquina, una aldea todavía más pequeña de unos 50 habitantes. Después de recorrer medio pueblo, logré hallar a mi contacto.

No por eso acabó mi peregrinar. Este paisano me comunicó que tenía que llegarme al rancho del Sr. Chicho en Turi, otra micro aldea, 3 Km más allá.
 

 


Ranchitos de Turi con el volcán San Pedro al fondo

Llegué hasta allí con facilidad, circulando por un polvoriento camino de tierra, para toparme con un lugar poblado por unos pocos ranchitos, situados en el extremo norte del desértico altiplano. Tampoco me resultó difícil localizar el rancho del Sr. Chicho. Este ya estaba avisado de mi llegada, aunque me fue imposible conseguir que me facilitara un guía para conducirme hasta la hacienda Medinabeitia.

-Mire señor -me dijo con todo el respeto del mundo-, aquí no va a encontrar a nadie que se atreva a acercarse a la hacienda del Sr. Vasco, ni por todo el oro del mundo. Dicen que está embrujada. Yo no se lo puedo confirmar, pero cierto es que han habido varias desapariciones de paisanos en sus alrededores.

Es lo que me faltaba por oír. Desesperado, implore su consejo, pero él se encogió de hombros y se limitó a proporcionarme un caballo "corralero" y víveres, pues allí terminaba el estrecho camino para coche que había usado hasta entonces. Además me entregó un "achivo" consistente en un grueso cinturón del que pendía un largo cuchillo de monte y un gran revólver.

-No debe ir por esos "enredos" sin armas -dijo con una extraña calma-. Hay mucho "vandalaje" por esas trochas que podrían "acuerpararle".

Después me dio algunas instrucciones para llegar hasta la hacienda.

-No debe perder de vista a aquel "cueto", que le dicen el Pico del Muerto. A su derecha encontrará una senda que le llevará hasta el destino de Vd.

Sin más, me puse en camino, pues lo último que deseaba era que me cayera la noche en él.

Partí con un vivo trote corto sobre aquel caballito alegre y de pequeña alzada. Yo había servido en el Arma de Caballería en España y sabía que aquel noble animal era mi seguro de vida si me perdía en aquellos intrincados parajes. Su instinto le llevaría a encontrar el camino de regreso hacia su pesebrera.

Caía la tarde cuando, después de muchas dudas y de andar y desandar trochas y veredas en varias ocasiones, me hallé ante la entrada de la hacienda Medinabeitia. Ya era hora, porque, el frío relente, cuya temperatura suele caer allí por debajo de los cero grados durante la noche, empezaba a traspasar mi ropa de abrigo, intentando calarme los huesos.

Se trataba de un amplio caserón de tres plantas de ajado aspecto, rodeado por una enmarañada y frondosa floresta de más de una hectárea, que el descuido había convertido en salvaje espesura, lo que en su día debió ser hermoso y placentero jardín. Pensé, por un momento, los esfuerzos que debió realizar Don Cecilio para conseguir tamaña plantación en aquel árido paraje, con la dificultad añadida de conseguir el agua de riego necesaria, libre de la acostumbrada salobridad de la zona.

Me recibieron los ya prevenidos guardeses, un matrimonio sin hijos, de mediana edad y aspecto algo siniestro, con desconfianza, hosquedad y una mirada de encono, como quien está convencido de que el que llega viene a llevarse lo que en justicia le pertenece.

La noche se cerró pronto. Entonces la señora procedió a encender candiles y velones, porque, según dijeron, el grupo electrógeno llevaba tiempo averiado.

A continuación, me ofreció como cena un plato de "patasca", guiso tradicional del altiplano, que me apresuré a rechazar cortésmente. No estaba dispuesto a tomar ningún riesgo, máxime cuando me dio por pensar que aquella pareja podría hacerme desaparecer sin que nadie de por allí me echara en falta en la vida.

Así que, me retiré a la habitación que me habían preparado, cené algo de los víveres que traía y me acosté, dispuesto a esperar la llegada del alba, a fin de iniciar la dichosa inspección de bienes de mi pariente.

Traté de dormir, pero la idea de que aquella gente podría hacerme picadillo, tan pronto cerrara los ojos, se apoderó de mi mente y me desveló por completo. Un indeseable desasosiego se fue metiendo en el cuerpo llenándome de temor. El silencio sepulcral que reinaba en aquel lugar, unido a una absoluta obscuridad, alimentaban aun más aquella desagradable sensación. Palpé el revólver que había dejado a mano y aquel gesto me tranquilizó un tanto.

Poco a poco me fui sumiendo en un intranquilo sopor y ya había dado un par de involuntarias cabezadas, cuando, de pronto, el pausado chirrido de la puerta de la habitación al abrirse, me hizo sentir un brusco sobresalto que me despejó por completo.

¡Alguien estaba entrando en mi cuarto! Retuve la respiración, en un inconsciente gesto de disimular mi presencia, al tiempo que un escalofrío recorría mi cuerpo y se empapaba con un frío sudor de inevitable angustia. Alargué la mano en busca del revólver, pero antes de poder empuñarlo, algo repentino, blando e impreciso golpeó mis piernas, como si las palparan.

Di un grito y me acurruque en la cabecera de la cama, apuntando con mi arma en todas direcciones.

Al fin, reuní los pocos ánimos que me quedaban y pregunté con quebrada voz, que pretendía aparecer firme: ¡Quién anda allí! Nadie respondió.

Así transcurrieron unos minutos que se hicieron interminables, mientras el corazón golpeaba mi pecho y cabalgaba con poderoso desenfreno en mis sienes.

Por fin, me decidí encender el grueso velón de la mesilla y lo hice sin soltar el revólver, a riesgo de pegarme un involuntario tiro durante la operación.

Entonces le vi. Allí estaba. Plantado a los pies de la cama había un hermoso gato, negro como el hollín, mirándome fijamente, con esa mirada fría y enigmática de esquivo felino.

Respiré hondo, sequé el sudor que me cubría, expulsé al maldito gato a zapatazos y, tras formar en la puerta una barricada con todo lo que pude usar de la habitación, pues tenía la cerradura rota y no había aldaba, me dispuse a esperar que la luz del día borrara de mi mente el grotesco espectáculo que había protagonizado. Al mismo tiempo, juré que jamás de los jamases pasaría otra noche en aquella lúgubre casona.

Así fue. A la mañana siguiente, tras una somera inspección, me di cuenta de que hallar los caudales que Don Cecilio, o quizás sus guardeses, tuvieran escondidos, me llevaría semanas, meses o tal vez años. Sobre todo contando con la falta de colaboración, o la franca enemistad, de los siniestros sirvientes.

Al final, di por perdido el presunto caudal, pues consideré una inútil pérdida de tiempo su búsqueda.     

Al mediodía, me despedí de la triste pareja, monté mi caballo y lo puse al trote en dirección a Turi.

Regresé ese mismo día a Calama y allí otorgué poderes en la notaría a fin de que liquidaran todos los bienes de Don Cecilio, incluida la ajada Hacienda Medinabeitia, con la orden de enviarme a España el resultado de su gestión.

Unos meses más tarde recibí una comunicación del Sr. Notario con la indicación de que la venta de la Hacienda había resultado fallida por el nulo interés que había despertado su posesión, ni siquiera a coste cero. En consecuencia, solicitaba instrucciones sobre qué hacer con ella.

Contesté con la instrucción de que realizaran los trámites necesarios para una donación legal de la finca a los guardeses. Consideraba, por mi parte, que quizás ellos, que habían cuidado a Don Cecilio hasta su muerte, eran los más adecuados y merecedores para poseerla.

Casi a vuelta de correo, recibí un cheque con el monto de la liquidación del resto de la herencia, la cual, descontados impuestos, pago de retrasos, comisiones, arbitrios, cancelación de alguna deuda y gastos varios, ascendía a la cifra de 127,56 dólares USA.

No pude contener una sonora y continuada carcajada al contemplar en qué quedaba la "enorme" herencia de mi desconocido tío de América. Fue así como acabó mi rocambolesca aventura por las remotas y abruptas tierras andinas, episodio más propio y merecedor de ser velado antes que difundido.