sábado, 26 de junio de 2021

47.- Héroes de Poligny: Los últimos españoles del Franco Condado.


47.- HÉROES DE POLIGNY: LOS ÚLTIMOS ESPAÑOLES DEL FRANCO CONDADO.

 


Fortaleza de Joux, en el Franco Condado.

          Debió suceder a mediados de los años 90 del pasado siglo. Se trataba de un viaje de trabajo a la ciudad francesa de Poligny, en la región de Jura, muy cerca de la frontera con Suiza, donde estaba situado un importante fabricante de herramientas de corte.

Se decidió realizarlo en automóvil, el Director General de la Compañía, junto a el Director Comercial y yo, en calidad de Director Técnico.

El plan era lograr un acuerdo de colaboración para ofrecer a los fabricantes europeos más importantes de automoción y aeroespacial equipamientos herramentales completos, de una manera conjunta, en sus nuevos proyectos de fabricación.

Estábamos convencidos de que la propuesta era muy beneficiosa para las dos Empresas. Ellos eran especialistas en un tipo de productos y nosotros en otros diferentes. Nos complementamos en un alto porcentaje y realizar ofertas conjuntas nos permitiría gozar, ante nuestros comunes competidores, de una confortable posición hegemónica en la dura lucha por ganar mercado. Pero esta clase de acuerdos no se pueden cerrar por teléfono.

Aun teniendo noticia de la gran calidad de sus productos, era necesario tratarse, conocerse, sentir que se puede entablar una relación de confianza y seguridad con nuestros oponentes, hasta convertirlos en colaboradores. No solo había que tener un conocimiento de las personas, sino también de sus instalaciones y procesos. Pero, sobre todo, era necesario convencerlos de que nuestro plan tenía todas las condiciones necesarias para alcanzar un sensible y gratificante éxito.

Salimos temprano de San Sebastián. Comimos en La Junquera y continuamos por Perpignan y Montpellier, hasta alcanzar el valle del Ródano. Tras dejar atrás Lyon y abandonar la frecuentada Autoroute du Soleil, enfilamos la carretera hacia Poligny, con unos 100 kilómetros por delante antes de llegar a nuestro destino.

Al cruzar la pequeña localidad de Coligny, alcanzamos a ver un restaurante, a un lado de la carretera, bien iluminado y con bastantes coches en su parquin. Era ya tarde y decidimos hacer un alto para cenar allí, ya que, aunque no quedaba ya demasiado trayecto para finalizar el viaje, quizás nos resultara difícil hacerlo en Poligny, dada la tempranera costumbre francesa de celebrar la cena.

Fue un acierto y cenamos muy a gusto. A decir verdad, y en honor a la cocina francesa, debo manifestar que siempre he comido bien en Francia. Lo hice en muchas ocasiones, en regiones muy diferentes y en restaurantes de distintas categorías, pero nunca salí defraudado. En España, Alemania e Inglaterra, sí.

Lo he pensado mucho, pero al final no he podido resistir la tentación de referirme a un desdichado incidente que me sucedió en esta ocasión, a cuenta de la calidad alimentaria de algunos restaurantes.

Antes de continuar la crónica de dicho incidente, quiero recalcar que este largo viaje resultó bastante llevadero, gracias a que el Director General, que iba al volante, era un excelente conductor. Manejaba el automóvil con una suavidad y maestría admirables. Además era un auténtico traga millas. A pesar de que había conducido durante todo el día una enormidad de kilómetros, parte de ellos de noche, llegaba al final del trayecto más fresco que una lechuga.

Bien, después de puntualizar lo anterior, reanudaré mi relato:

Al llegar al bonito hotel, que el propietario de la fábrica objeto de nuestra visita, había reservado, y tras bajar del coche, noté que mis tripas no andaban con la normalidad debida ni habitual.

Ya en recepción, sentí un fuerte apretón intestinal. Aceleré cuanto pude los trámites y salí disparado hacia mi habitación. Por suerte no estaba muy lejos. Corrí por un breve pasillo, salté un corto tramo de escalera de tres en tres y ... ¡me cagué! Así de claro. Para qué dar rodeos o buscar eufemismos: mi delicado esfínter no pudo con aquella tumultuosa catarata y me lo hice encima, antes de poder hallar refugio seguro en la habitación.          

¡Y no fue poca la inundación que se produjo!

Terrible asunto, porque en mi pequeña bolsa de viaje, solo llevaba el estuche de aseo, pijama, pañuelos, un par de calcetines y una camisa de repuesto. Suficiente para un viaje rápido de una noche de hotel.

Significa que tuve que lavar y perfumar muy bien mi ropa interior y secarla como Dios me dio a entender. Era época de buen tiempo, no había calefacción y debí hacerlo al calor de las lámparas de la habitación.

De inmediato pensé en la comida de La Junquera, como el elemento desencadenante de la tragicomedia que había protagonizado. Ahora no recuerdo todo el menú elegido, solo las lentejas con butifarra -como un palmo de hermosa butifarra, por cierto- del primer plato.

 Fue una elección arriesgada, teniendo en cuenta los gases que suelen provocar y las horas que debería soportar sin poder aliviarme. Pero no lo pensé, ambos productos me encantan y me serví un buen plato.

Desayunamos temprano al siguiente día y, tan pronto nos reunimos, me apresuré a preguntar a mi colega el comercial -sin mostrar demasiado interés, por supuesto, como dejándolo caer-, qué tal le habían sentado las lentejas. Solo los dos las habíamos comido.

-¡Calla, calla! -me respondió, enfadado- ¡Me he pasado la noche visitando el puñetero váter!

¡Bingo! Tenía razón. Allí estaba el cuerpo del delito. Solo el plato de lentejas fue el alimento común ingerido. Y solo la jo...robada butifarra catalana podía estar en mal estado. Amigos, ojo cómo y dónde las pedís.

Suerte que no hubo testigos, pero perdí confianza en mí. ¿Y si me volviera a suceder en lugar más embarazoso?

Bueno, aparte de este incidente, la entrevista fue muy positiva. Los propietarios de la empresa, una bonita compañía familiar, nos recibieron con afecto y un trato cálido, amistoso y constructivo.

Expusimos nuestra idea y, más tarde, giramos una detallada visita a los talleres. Era una planta bien ordenada, con los medios de producción adecuados y bien dispuestos, además de contar con los instrumentos de revisión y control más modernos. La organización de la producción era algo convencional, aunque parecía suficiente.

Por el momento, las cosas marchaban bien. Seguramente no se debía tanto a nuestra habilidad negociadora, como al crédito que nos confería el prestigioso nombre de la compañía multinacional alemana que representábamos, pero todo ayuda y en este caso se trataba de una baza decisiva.

Fuera por una causa, la otra o ambas, el caso era que el asunto rodaba bien y la relación entre ambas partes no podía ser más amistosa y colaboradora.

Nos invitaron a una comida de trabajo para seguir hablando sobre los términos de nuestra posible futura colaboración.

El ágape se celebraría en el hotel donde nos alojábamos. Este era un amplio edificio, construido en las afueras de la localidad, a la manera de los caserones típicos de la cercana región alpina, con una fachada animada por multitud de plantas en flor. Y el comedor de respeto seguía la misma pauta. Era una sala donde destacaba la madera natural en techo, muebles, suelo y carpintería en general, que lo hacían cálido e informal.

Éramos seis a la mesa. Nosotros tres, el dueño de la fábrica, su hijo, que llevaba los asuntos técnicos y el comercial. El dueño del hotel, íntimo amigo del primero, no dejó de atendernos durante toda la comida, explicando las particularidades del condumio servido y compartiendo mesa con nosotros en los postres.

El almuerzo de trabajo se convirtió en un auténtico agasajo por parte de nuestro anfitrión. Lamento no recordar el extenso, variado y excelente menú  servido, a base de especialidades borgoñesas. Fue regado con un buen vino de Borgoña, que se adornaba con sus clásicas cualidades de finura, elegancia y exquisitez.

Sí puedo hacerlo con uno de sus entrantes, debido a su peculiaridad.

Era un platito de caracoles del Jura, muy diferentes a los nuestros: gordos y sabrosos, con un tamaño como el doble de los de aquí, salteados con setas de la región y una salsa que no supe identificar.

Advierto que nuestros caracoles a la vizcaína, de cuya preparación soy especialista, saben, a mi juicio, menos refinados, pero mucho más ricos.

También recuerdo algo de los postres. Sacaron una gran fuente de quesos, algo que no puede faltar en una mesa francesa. Soy poco, o nada, experto en quesos, así que elegí un par con aspecto que me pareció conocido. Añadí a la pareja otro con muy buena "pinta".

¡Por qué lo haría! Al llevarme a la boca un pedazo de este último, noté un olor repugnante, que me hizo recordar al del incidente la noche anterior. El sabor no era mejor: era un asco. Siento no haber preguntado por su clase o tipo, pero bastante tenía con tragar aquella asquerosidad  sin echarme a llorar.

Moraleja: en cuestión de quesos, y más si es francés, no se dejen llevar por las apariencias. pueden llevarse una desagradable sorpresa. 

Salvado este pequeño incidente, el hotelero, un hombre simpático y parlanchín, sacó una botella de un vino blanco dorado y nos ofreció una copa con mucha ceremonia.

-¿Qué les parece este vino? -preguntó, mientras lo catábamos.

-¡Pero este es un vino de Jerez! -conteste de inmediato, sorprendido, al tiempo que mis colegas asentían. Nadie que haya probado un Jerez lo olvida.

No había duda. Era un vino seco, de grado, con el inconfundible color acaramelado del amontillado y el típico sabor a madera de esta modalidad jerezana. Por otra parte, yo conocía bien la finura y elegancia de los vinos de Borgoña, gracias a la cortesía de un proveedor de Grenoble, que durante varias Navidades, tuvo la amabilidad de enviarme algunas botellas. Y no, no tenían nada que ver con aquel otro. 

El hotelero sonrió y nos ofreció una detallada explicación sobre el origen de este curioso vino.

-Este es un vino muy especial, que solo se elabora en Poligny y sus alrededores. Como Vds. sabrán, los españoles estuvieron aquí durante dos siglos. Ellos trajeron sus cepas de España y nos enseñaron a criar estos preciados caldos aquí. Desde entonces, nuestros antepasados aplican las enseñanzas aprendidas sobre el cuidado de las viñas y la elaboración del vino, trasmitidas de generación en generación, hasta llegar intactas hasta nuestros días.

Por supuesto, ninguno de los tres españoles que allí había, un catalán, un vasco y un aragonés, habíamos oído hablar de que nuestros compatriotas hubieran estado en aquella remota región y, mucho menos, que su dominio, sobre aquellas tierras, hubiera durado casi dos siglos.

El buen hombre debió captar nuestras miradas de asombro e ignorancia y se aprestó a ampliar la información, con la suficiencia del profesor que explica la lección de historia a una caterva de alumnos aborregados e incultos.

-Pues sí. La Borgoña perteneció al Sacro Imperio Romano Germánico y pasó a la corona de España cuando Carlos V  lo heredó. Detrás de nuestra casa, hacia el norte, verán una colina, cubierta de vegetación. Allí estaba el castillo y en él la guarnición española.

-Aunque pueda parecer extraño, los españoles no estaban aquí como invasores, sino como protectores y la relación con los paisanos fue siempre cordial. Se puede afirmar que se llevaban muy bien con la población -dijo, para responder a la pregunta de uno de nosotros, sobre el comportamiento de nuestras tropas.

Respiramos aliviados, dada la acostumbrada acusación de brutalidad de los nuestros por tierras europeas.

-Todo fue así, hasta que Luis XIV decidió anexionar la Borgoña a su reino. Hubo una cruenta guerra y Poligny fue la última plaza en caer. Después de un largo sitio, los cañones del Rey redujeron a escombros el castillo y en el asalto final, un numeroso ejercito acabó con toda resistencia. Ningún defensor sobrevivió.

Nuestra cara de sorpresa debió de ser tal, que el hotelero dejó la mesa y regresó con un librito -poco más que un folleto- que tuvo la gentileza de regalarnos, como suvenir de nuestro paso por la ciudad.

Anduve listo, alargué la mano y me hice con él. Ya os lo pasaré, dije a mis colegas, a modo de excusa. Lo guardé y me sentí feliz al ponerlo a buen recaudo.

Su título: Histoire de la Presénce Espagnole à Poligny. y estaba profusamente ilustrado con dibujos a plumilla, emulando grabados antiguos.

Esta historia llegó a mi memoria mientras escribía el artículo 45 de mi blog sobre la espada de San Cosme y he decidido propagarla por idéntica razón.

¿De qué estúpida, cuando no mísera o maligna pasta estamos hechos los españoles, para denigrar las hazañas de nuestros héroes históricos, aceptando sin rechistar todas las fechorías que se nos achaca?

¿Qué aplicamos, sin piedad, nuestra brutal violencia en Flandes, Francia, Italia y América? Sí, como todos en aquella época -y aún antes y después-. ¿O es qué, en alguna ocasión, ha existido una guerra sin que ambos contendientes aplicaran la mayor violencia que estaba en su mano, o lo hicieran sin cometer desmanes y atrocidades? Sí, está mal, pero sin distinciones.

¿Qué acabamos con la cultura indígena en América? A ver ¿De qué cultura me hablan? ¿La de comerse el corazón palpitante de sus enemigos vencidos o la de ofrecer sacrificios humanos a sus dioses? Podría hacer una larga lista de beneficios que los nativos obtuvieron de nuestros conquistadores, pero no hace falta. Solo necios o malignos pueden ignorarlos.

En fin, sucedió que aquella buena gente, en lugar de recibirnos con resquemor o distancia, lo hicieron con todo lo contrario: celebraron nuestra visita con evidente agrado. No se cansaron en demostrarlo, durante toda nuestra estancia, con una más que sobrada amabilidad y afecto. Cabe resaltar que lo hicieron, no por ser gente de negocio más o menos importante, sino por nuestra condición de españoles.

Los acuerdos alcanzados se rubricaron en una visita posterior de estos nuevos colaboradores a nuestras instalaciones. A partir de entonces, realizamos juntos muy buenos negocios.

Por mi parte, tan pronto pude, me leí de un tirón el librito regalado. Era una verdadera joya, fechada en 1897. Trataré de hacer un resumen de su contenido, lo más ajustado posible al texto francés, lamentando la desdichada circunstancia, de que solo pueda ser conocido por el reducido número de lectores que siguen mis escritos. Si pueden, p.f., denlo a conocer.

Tras una somera descripción de los antecedentes históricos borgoñeses, con más particularidad los de la región del Jura y la ciudad de Poligny, el autor se centra en la presencia de los españoles en la ciudad.

Esta se inicia al recibir Felipe -llamado el Hermoso-, Príncipe de los Países Bajos, el Condado de Borgoña, en el mítico año 1492, al renunciar a su gobierno Maximiliano I, su padre. El Condado, en realidad pertenecía a María de Borgoña, esposa del Emperador, que había fallecido diez años antes.

Felipe tenía seis años al morir su madre, por lo que Maximiliano actuó como regente, hasta la cesión del gobierno del Condado, al cumplir el Príncipe los 16 años.

Los borgoñeses recibieron la noticia con verdadero entusiasmo y el evento fue celebrado con alegría a lo largo y ancho de todo el Condado.

Por fin, podían considerarse miembros de pleno derecho del potente Sacro Imperio Romano Germánico, con las enormes ventajas que esa privilegiada situación les reportaba. La monarquía francesa debería cesar en su eterno acoso al Condado y en sus continuos intentos de anexionarlo a su reino. Ahora no se arriesgarían a desafiar al Emperador, y afrontar así las seguras e inmediatas represalias de su poderoso ejército.

Pero Felipe valoró, en muy poco, todos aquellos unánimes sentimientos de adhesión y agrado.

El buen mozo gustaba más del fasto, el galanteo y la relajada vida que le ofrecían las suntuosas fiestas de Amberes y Malinas, que de ocuparse del tedioso deber de gobierno de un oscuro condado de agricultores.

De hecho, lo aceptó como un adorno más a la copiosa lista de títulos que poseía: Además de Príncipe heredero del Imperio, era Señor de Amberes y Malinas, Conde de Flandes, Habsburgo, Tirol, Artois, Henao, Holanda y Zelanda, junto a Duque de Flandes, Brabante y Luxemburgo.

Todas las damas de la corte flamenca -y aun otras sin tratamiento alguno-se rifaban al bello y vanidoso joven. Y él nunca rechazó a las ganadoras.

Cuatro años más tarde se celebró el matrimonio del Príncipe con Doña Juana I de Castilla y Aragón, convirtiéndose en Rey -sic- de España, hecho que provocó la unión del Condado de Borgoña a la Corona de España. El nuevo evento agradó a sus ciudadanos y fue bien aceptado.

No era para menos. La entrada del importante Reino de España en el Sacro Imperio Romano Germánico, en la persona Felipe, su heredero, suponía un importante refuerzo para la seguridad del Condado.

Sin embargo, Felipe solo acudió a Borgoña en una ocasión, en 1503.

Visitó las principales ciudades del condado, en especial Besançon, la capital. A pesar del continuo desaire de su proceder para con sus súbditos, la población entera se volcó para concederle un apoteósico recibimiento, afanándose en aclamar y vitorear al paso de su Señor y de su brillante cortejo.

El Príncipe no pasó por Poligny. La ciudad no era tan importante como para que el arrogante joven perdiera su preciado tiempo en ella.

Pero sus ciudadanos no se lo tomaron en cuenta. La ciudad se quedó semi vacía, al organizarse una nutrida caravana en dirección a Dole, ciudad situada a unos 45 kilómetros de Poligny, en donde sí se esperaba la llegada del Príncipe.

Los poliñeses, ganados por la expectación que el afamado príncipe había despertado con la visita a sus tierras y ardiendo en  deseos de conocerle y aclamarle, formaron una auténtica peregrinación hacia la segunda ciudad en importancia de Borgoña.

Viajaban en toda clase de carruajes, desde elegantes berlinas a humildes carromatos. Muchos lo hicieron sobre caballo, mula o borrico y los más a pie. Nadie quería perderse el histórico acontecimiento.

El evento quedó descrito en los anales de la ciudad con todo detalle, junto a la relación de obsequios que los notables llevaron para ofrecer a su estimado Señor.

Al parecer, y según se relata en el librito que nos regalaron en Poligny, la estima que sentían los borgoñeses por Felipe era real y sincera.

Habían depositado en él la esperanza de que su gobierno redundara en un largo período de próspera estabilidad. Guardaban el grato recuerdo, trasmitido de padres a hijos, de la valerosa lucha que sostuvo el Conde Carlos I el Temerario, contra Francia y Suiza, por mantener la independencia del condado. Valeroso esfuerzo que le costó la vida en la batalla de Nancy.

Y los Borgoñeses anhelaban ver en Felipe a su admirado, además de llorado, héroe Carlos como adalid de su autonomía, ante su codicioso vecino, el reino de Francia. No era el caso de Flandes y aun menos el de España.

En Flandes se vio envuelto en los muchos incidentes y refriegas que ocasionaron partidarios y detractores a su persona y a la legitimidad de su titulación. Las revueltas llegaron hasta el punto de que por poco no perdió la vida en una de ellas.

En España, tanto la mayoría de la nobleza como la totalidad del pueblo llano, sentía muy poco aprecio por él. Se le reprochaba el desairado trato que otorgaba a su querida reina Juana, su carácter altanero y distante, y, sobre todo, el poco interés que mostraba en el conocimiento de los usos y costumbres españoles de la época. Al rodearse de una corte de amigos flamencos, ofendía a la española, y la no integración en el país le  incapacitaba, de hecho, para conseguir y retener la Corona de España, que con tanto fervor deseaba.

La suma de tantos inconvenientes provocarían lo inevitable: la muerte temprana del rey consorte en 1506, en extrañas circunstancias, entre las cuales no era arriesgado intuir la cercana presencia del veneno.

Por tanto, las ilusiones los borgoñeses acabaron pronto. Heredó el condado su hijo Carlos con seis años de edad. Dada su tierna edad, tomó el gobierno de Borgoña su tía Margarita de Austria en calidad de regente, hasta la muerte de su padre Maximiliano en 1519, al sucederle en el trono de Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico su nieto, con el título de Carlos V. Tres años antes, a la edad de 16 años, había accedido al trono del reino de España, como Carlos I.

La Regente Margarita fue acogida con cierto recelo en el Condado. En Poligny, que llevaba décadas dejada de la mano de Dios, se recibió la noticia del nombramiento con desilusión y un franco disgusto. Preveían nuevos lustros de abandono.

Sin embargo, pronto hizo cambiar de opinión a sus súbditos. Supo ganárselos realizando una intensa y provechosa labor de gobierno, logrando lo que ningún otro gobernante anterior había conseguido: guiar a su pueblo por el camino de la estabilidad y la bonanza.

No fue tarea fácil, al coincidir su gobierno con la subida al trono del ambicioso rey de Francia, Francisco I, delicada relación de vecindad que supo manejar con maestría, pero también con la necesaria firmeza.

Firmeza solo respaldada por una hábil e intensa acción diplomática, ya que la defensa del Condado estaba encomendada a unidades de animosos civiles, mal armados y escasamente entrenados.

El acceso de Carlos V a la soberanía del Condado, cambió esa situación de una manera radical.

Estableció las normas y leyes necesarias para dotar al Condado de una autonomía real y efectiva. Un Consejo de notables gobernaría en nombre del Emperador y fijaría libremente los impuestos a entregar. Era el Franco Condado.

Consciente de la importancia estratégica del territorio borgoñón, organizó una adecuada defensa del mismo, sembrándolo de castillos y fortalezas o reforzando las existentes, al tiempo que establecía guarniciones de tropas españolas en las principales ciudades.

De hecho, el territorio del Franco Condado proporcionaba un camino seguro para el paso de las tropas españolas entre Nápoles, el Ducado de Milán y Flandes. De allí que se conociera al Condado como "El Camino Español" con Felipe II

Aquellas medidas llegaron también a Poligny. Se mejoraron las defensas y baluartes del viejo castillo y se estableció una guarnición permanente de españoles para su defensa.

Siento que la forzada necesidad de condensar el interesante relato de aquel librito francés, no me permita reflejar aquí la admiración, gratitud, cariño y auténtica devoción con que el autor describe la amistosa relación que existió entre los soldados españoles y la población civil. Los españoles no estaban allí como conquistadores sino en el papel de defensores de su amada autonomía.

Durante la presencia española, la composición de la fuerza variaba según los avatares políticos -que fueron muchos y muy críticos- desde  30 a 200 efectivos,

Un sargento mandaba la compañía. Era la máxima autoridad militar de la plaza. De uno a tres cabos, según la cantidad de tropa existente en el momento, ayudaban  en el mando de aquel, siendo estos asistidos, a su vez, por varios "soldados viejos", veteranos de guerra de los Tercios en los distintos frentes europeos. En tiempos de guerra, la guarnición era reforzada por tropas venidas de Flandes o Milán, a las órdenes de un capitán, originario de algún grado de nobleza.

Parte de la fuerza estaba formada por soldados profesionales, suizos, alemanes, milaneses o valones, provenientes de los famosos "Tercios Españoles".

La gran mayoría de estas selectas tropas profesionales abandonaron la milicia española durante el reinado de Felipe IV y todavía antes, debido a que España, arruinada por la intervención en tantas guerras como se vio envuelta y, sobre todo, esquilmada por la voracidad de validos y arribistas políticos, se encontró en la vergonzosa situación de no poder pagar sus sueldos.

A partir de entonces, la defensa del Franco Condado quedó encomendada al exclusivo esfuerzo de los soldados españoles. 

La defensa del fuerte contaba, además, con una dotación de artilleros que servían a los tres cañones, de a 4 pulgadas instalados en él.

El resto de los soldados eran infantes, alabarderos y algunos arcabuceros.

Los soldados eran relevados, por lo general, cada cinco años por mitades. Sin embargo, no era extraño que algunos se reengancharan, hasta el punto de que varios se casaron con mozas del lugar, para formar una familia y establecerse definitivamente en Poligny. Varios de sus apellidos lo muestran.

Era de esperar. Los españoles eran admirados por la aureola de invencibles que habían cosechado en tantas victoriosas batallas, como  acometieron por tantas tierras de Europa. Al menos hasta la triste derrota de Rocroy en 1643, que marcó el final de los victoriosos Tercios de Flandes, cinco días después de la muerte del rey de Francia Luis XIII, cuando reinaba en España Felipe IV.

Lo cierto es que los españoles llevaban una vida plácida, segura y de buen trato en Poligny. Su apartada situación geográfica y la poca importancia política de la villa, les alejaba de los muchos conflictos que acontecieron en el Condado, durante los dos siglos de permanencia de los españoles en la ciudad.

Solo en dos ocasiones tuvieron que batirse seriamente con las tropas francesas. El resto fueron escaramuzas de menor importancia.

La primera se produjo en 1595. El rey de Francia Enrique IV declaró la guerra a España e invadió el Franco Condado. Ganó la mayor parte del territorio, pero la mayoría de las plazas importante resistieron, entre ellas Dole, Besançon y Arbois. La pequeña guarnición de españoles de Poligny se cubrió de gloria en su heroica defensa. La poderosa reacción del ejército de Felipe II provocó la retirada de las tropas francesas.

Desde entonces y mientras duró el reinado de Felipe II, el Franco Condado conoció el más largo período de paz y prosperidad. La estabilidad política se notó en Poligny y sirvió para reforzar la relación entre paisanos y soldados, dando lugar a intercambios de costumbres y conocimientos agrícolas y artesanales.

El segundo conflicto serio aconteció durante el reinado de Felipe IV. En el año 1636, Richelieu, conocedor de la debilidad española, invadió el Condado. De nuevo, la heroica resistencia de la capital Dole y otras, entre ellas Poligny, dieron tiempo al ejército imperial para organizar una fuerza de socorro que hizo abandonar el territorio, a toda prisa, a la tropa del Rey Luis XIII.

La llegada de Luis XIV al trono de Francia en 1643, marcaría el comienzo de la decadencia política y militar de España en Europa, situación que fue aprovechada por "El Rey Sol"  para sucederle en la influencia y predominio sobre el resto de estados europeos.

Todo su reinado estuvo dirigido a convertir a Francia en la mayor y más poderosa potencia europea,

En 1665 murió Felipe IV. Mal momento para España. A la quiebra de la hacienda, los múltiples conflictos en que estaba comprometida en Europa y el cúmulo de necesidades de gobierno que requerían las colonias, dispersas por medio Mundo, se vino a unir la tierna edad de su heredero Carlos II que contaba con solo 3 años.

Su madre, Mariana de Austria fue nombrada Regente, hasta la mayoría de edad de su hijo Carlos, en 1675, abriendo un oscuro periodo de incertidumbre y desgobierno.

Era la ocasión soñada por Luis XIV y tardó muy poco en aprovechar la profunda y evidente debilidad española. Preparó un poderoso ejército y, en 1668, ordenó a su general Condé irrumpir en Flandes y el Franco Condado, en un sorpresivo e imparable ataque.

La fulminante ofensiva francesa pilló desprevenido al Consejo de Gobierno de Dole, la capital del Condado en aquel momento, y no dio tiempo a organizar la encarnizada defensa que tuvo lugar en el anterior ataque, dirigido por Richelieu, treinta y dos años antes.

En menos de tres semanas, todo el territorio del Condado y gran parte de los Países Bajos españoles cayó en manos del ejército francés.

También Poligny vio llegar al ejército francés, aunque la guarnición española se refugió en el castillo y su bandera siguió ondeando en lo alto de sus murallas.

Por suerte, los llamados "Municipios Libres de los Países Bajos", encuadrados en la Triple Alianza -Suecia, Inglaterra y estos mismos "Municipios"-. temerosos de que la ofensiva francesa continuara sobre sus territorios, llamaron en su ayuda a los demás componentes de la Alianza y forzaron a Francia a firmar el tratado de Aquisgrán, tres meses más tarde, el día 2 de mayo de 1688.

En él se obligaba a Francia a devolver a España el Franco Condado y parte de los Países Bajos españoles ocupados.

Pero la ambición de Luis XIV era incontenible. En 1673 se reanudaron las hostilidades. Para él, esta guerra representaba una legítima cruzada, que nominó  "La Guerra de Devolución". Pero en esta ocasión, los defensores del Franco Condado presentaron una resistencia tan firme y sangrienta como heroica. Las principales plazas resistieron en principio, a pesar de la enorme superioridad numérica del ejército francés.

Durante los 11 meses siguientes, el Condado se convertiría en un auténtico infierno, y sus ciudadanos sufrirían toda clase de terribles padecimientos.

La resistencia que oponían los defensores obligó al Rey Sol a dirigir personalmente los combates. Acción que a poco le cuesta la vida en el sitio a Besançon. En venganza, ordenó crueles represalias. En Arcey, sus defensores fueron quemados vivos al no querer rendirse. En otras plazas se acuchillaban a los paisanos y se colgaba a la gente principal rebelde.    

Así, las ciudades iban cayendo, una a una, ante la poderosa fuerza desplegada por los invasores.

Mientras el general Condé se ocupaba en rendir las plazas más importantes, envió a su sargento mayor para tomar Poligny con una fuerza de 3000 efectivos.

Componían la defensa de la ciudad 80 españoles de guarnición, reforzados por 150 voluntarios del pueblo y unos 100 soldados más, que llegaron en retirada, huyendo del imparable avance de las numerosas tropas francesas.

A la llegada de las tropas invasoras, los defensores se encerraron en el castillo, dispuestos a resistir en él, a la espera de la llegada de las tropas españolas de rescate, tal como había sucedido en las otras intentonas francesas.

Con esa misma esperanza, la mayoría de los habitantes huyeron a la cercana Suiza o se retiraron a los montes y a los intricados bosques del Jura. Ellos estaban seguros de que los españoles volverían algún día y podrían regresar, de nuevo libres, a sus hogares.

Vana creencia. El ejército español no estaba en condiciones de ayudar a nadie. Bastante tenía con intentar frenar al ambicioso Rey Sol en Cataluña y Navarra.

Tan pronto las tropas francesas llegaron a Poligny, iniciaron las maniobras para asaltar el castillo.

Los defensores lograron rechazar a los asaltantes en su primer intento, causándoles numerosas bajas. Un segundo ataque terminó con idéntico desenlace.

El mando francés tuvo que desistir de nuevos intentos, ya que, a las primeras de cambio, había perdido más del 15% de sus efectivos. Según los expertos, solo cabía un recurso para anular sus defensas: cavar zapas y minar los cimientos de las murallas.

Lo probaron por varios sitios, pero aquella colina era, toda ella, de granito puro. El horadar túneles tan largos como para llegar a la base del castillo, llevaría meses de duro trabajo continuado. Y no disponían de ese tiempo. Por tanto, establecieron el sitio y esperaron refuerzos.

Mientras, la totalidad del territorio del Condado caía en manos francesas. Cuando Luis XIV recibió la noticia de que todavía quedaba una pequeña plaza por conquistar, en un apartado rincón del Condado, montó en cólera y decidió acabar en persona con aquellos infelices que habían osado desafiar su poder.

Esta es la crónica de cómo se desarrollaron los hechos que marcaron el fin de la presencia española en el Franco Condado

El Rey Sol, se presentó ante el castillo de Poligny, en persona, al mando de un ejército de 10.000 soldados. Tenía la intención de que su rotunda replica, sirviera de colofón a su victoriosa campaña y, a su vez, de aviso a todo aquel que intentara desafiar su inmenso poder.

Sin embargo, al recibir el informe de los mandos del asedio, decidió no arriesgar más tropa.

Ordenó traer artillería y demoler el castillo. "La toma de este taudis -casa miserable- no merece ni una gota de sangre de un soldado francés". Dijo, al parecer.

Tras una semana de tregua, seis baterías, formadas con los nuevos cañones de bronce, que tan buen trabajo habían realizado en la toma de Besançon, comenzaron a vomitar proyectiles sobre el castillo, desde los cuatro puntos cardinales.

Diez días más tarde, no quedaba piedra sobre piedra de las defensas españolas.

Al día siguiente, varias compañías de infantes asaltaron las ruinas en que se había convertido el castillo. No esperaban hallar enemigo alguno vivo, tal era el metódico estrago llevado a cabo por la artillería.

Sin embargo, se equivocaban. Por entre los sillares derruidos, aparecieron grupos de defensores, luchando con un una ferocidad extrema, sin dar cuartel, en una heroica demostración  de valor sin límite.

En realidad, las ruinas del castillo favorecían la defensa de los españoles y dificultaban el avance de los asaltantes. Estos debieron retirarse al no lograr la quiebra defensiva y sufrir, en cambio, grandes pérdidas.

Todavía lo intentaron por otro lugar que parecía más desprotegido, pero allí la suerte favoreció a los defensores, en su mayoría exhaustos, heridos o muertos. Un alto muro interior se derrumbó sobre los asaltantes, cuando estos ya habían ganado la brecha a espaldas de los defensores. Tres compañías enemigas  quedaron sepultadas y la brecha resultó cerrada por las piedras y cascotes caídos sobre ella.

Todavía Luis XIV intentó la rendición de los defensores, en la creencia de que, al encontrarse en una situación desesperada, sin posibilidad de resistir nuevos ataques y con la moral muy fracturada, aceptarían de buena gana. Trataba así de ahorrar efectivos en una causa que ya tenía ganada, para emplearlos en nuevas y más importantes contiendas.

A tal fin, envió parlamentarios para que ofrecieran, en su nombre, la libertad de los soldados, además de un pasaporte para viajar por paso franco hasta Milán, si se rendían y entregaban las armas.

A la negativa de los parlamentarios de aplicar esas mismas medidas a los voluntarios civiles, que contaban con la consideración de traidores a Francia, los soldados españoles rehusaron la oferta y se negaron a rendirse.

 Enfurecido, el Rey decidió terminar, de una vez por todas, con aquel fastidioso episodio y ordenó un ataque general a lo largo de todo el perímetro defensivo y mantenerlo hasta que no quedara en pie ningún ser vivo.

Así fue. Nadie sobrevivió a este último asalto. Los defensores, tanto heridos como enfermos, soldados o civiles, murieron con las armas en la mano. Nadie sobrevivió porque nadie se rindió.

Tampoco nadie, ya fueran compatriotas o enemigos, honró -ni ha honrado que yo sepa-, el heroísmo y entrega de aquellos valientes que dieron su vida en la defesa encomendada de aquel minúsculo pedazo de tierra, eventualmente española.

Esa misma tierra que, caída sobre sus cuerpos en  una fosa común de los alrededores, condenó al olvido la heroica gesta protagonizada.

Ni siquiera las ruinas del castillo sirvieron para recordar los valiosos y valerosos hechos producidos durante el paso de los españoles en ese apartado rincón

Pasado el tiempo, los habitantes de Poligny emplearon los derribados sillares en la construcción de sus casas -circunstancia que ya habíamos advertido al cruzar la calle mayor, camino del hotel, y ver muchas casas de piedra en ella-. En la colina donde estuvo asentado el castillo, creció una abundante vegetación, que ocultó para siempre toda traza de su existencia.

Pero el recuerdo de la larga presencia española en la pequeña ciudad, que hoy alberga alrededor de 4.000 habitantes, perdura en algunas tradiciones, cultivos y productos, típicos de España.

Además del vino, el aceite, la miel y otros, me ha llamado la atención el cultivo que realizan del cardo, apenas conocido en ninguna otra región de Francia y la costumbre de consumirlo por Navidad, producción y uso muy extendido, en cambio, en muchas sitios de España.

Algunos civiles continuaron la guerra en los montes y bosques -los lobos del bosque-, esperando la llegada de las tropas españolas, pero en 1678, el tratado de Nimega concedió la soberanía definitiva del Franco Condado a Francia que ya nunca abandonaría.

Los partisanos, desesperados, pidieron a sus propios que, al morir, fueran enterrados boca abajo, por no ver franceses pisando su tierra, ni sentir la refulgencia emanada por el "Rey Sol"

Si la suerte, el paso o el capricho les llevan a esta pequeña ciudad, no duden en hacer un alto en su viaje. Podrán gozar de unos bellos paisajes y de una pintoresca y rica gastronomía. Y no dejen de anunciar que son españoles: serán acogidos con especial afecto. De manera muy especial por la gente mayor

 


martes, 25 de mayo de 2021

46.- El Inevitable Ocaso

46.- EL INEVITABLE OCASO.

 



        Hoy me apetece escribir sobre la muerte, ese ineludible ocaso. Es un tema tabú, lo sé, pero esa misma naturaleza suya me estimula a tratar sobre ella.

Hay quien lo considerará de mal gusto. Alguien opinará que nombrarla puede acarrear un mal fario. Más de uno creerá que debatir sobre ella ha de rozar la irreverencia. Otro aconsejará olvidar que existe.

No me parece que haya razón alguna para justificar ninguna de esas posturas. La muerte es un suceso tan natural y consustancial con todo ser vivo, como el propio hecho de su nacimiento. Tan natural, que la muerte es lo único seguro que hay en nuestra vida.

Alguien mucho más docto que yo dijo que la muerte es un hecho muy inoportuno para los ricos y bastante llevadero para los pobres.

Sin duda, acertaba en gran medida. Por mi parte, desearía añadir que es ignorada, despreciada y con frecuencia desafiada, por los jóvenes, pero recibida como una liberación por muchos ancianos.

Pero es bien cierto, que su evocación suscita un abanico de sensaciones y sentimientos de lo más variado.

Recuerdo con absoluta nitidez, cómo iba pensando en la muerte, en mi más tierna infancia, mientras subía los pocos escalones que daban entrada a la Escuela Normal de Huesca, junto al Parque, donde recibía enseñanza de primaria, supongo, con no más de seis años.

Me decía -recuerdo palabra por palabra-: "Sí, es cierto que todas las personas se mueren, pero yo...¿Yo? No, no es posible. Yo soy diferente. Yo no moriré."

Lamento no saber describir la sensación de singularidad que yo sentía en ese momento. Me veía, no solo único y diferente al resto de del mundo, sino, sobre todo, demasiado importante como para morir. Quizás, alguno de mis lectores haya tenido, en su juventud, ideas similares a las mías y pueda expresarlas mejor.

Crecí y, más pronto que tarde, supe que aquellos optimistas sentimientos no eran más que una de tantas ilusas fantasías que rondaban mi cabeza infantil.

Otro recuerdo, este en la época de estudios superiores: Un amigo y colega de clase me confesó que lo que más sentía de la muerte, era que le llegara antes de haberse acostado con una mujer. ¿Podéis creerlo?

Tengo otro amigo que asegura tener una obsesiva curiosidad por conocer qué sentirá unos minutos antes de ocurrir su muerte. Es decir, le interesa protagonizar y sentir, de manera consciente, la experiencia irrepetible del paso de la vida a la muerte.

Me temo que no lo logrará. Nadie conoce el momento exacto de su muerte. Ni siquiera durante esos momentos de extrema agonía, en el que uno puede sentir cómo se acerca su aliento. Nadie puede saber si esa agonía durará segundos, minutos u horas.

Esta oscura señora -falso. no tiene color ni género- se presenta sin avisar. Es un instante ¡Zas! Y antes de que puedas darte cuenta, ya te has ido. Por algo la pintan con una guadaña en las manos.

No hace mucho, asistía a un enfermo de cáncer, que estaba siendo tratado con pocas esperanzas de éxito, dado lo avanzado de la enfermedad. Era creyente y muy devoto. Me dijo que había puesto su destino en manos de Dios, "pero, no creas, que no por eso dejo de sentir miedo", me confesó.

-¡Pero hombre! - le contesté, empleando el tono de mayor tranquilidad que supe hallar, como quien habla de futbol-, ¿De qué tienes miedo? Aquí pueden ocurrir dos cosas: que los médicos te curen o que no puedan. Si lo hacen, bien; y si no, mejor. En este caso, te irás a gozar de un lugar muchísimo más atractivo. Se acabaron los problemas, las dolencias y tantas limitaciones humanas.

Creo que mis palabras lograron un efecto positivo. Supe que su familia notó una serena mejoría tras mi visita. Y  es que, como dije antes, la muerte es un hecho natural y se la debe despojar de dramatismo y rareza.

Conozco a personas de mi edad -soy octogenario- que se aferra a la vida como una lapa marina. Viven obsesionados por alargarla tanto como puedan y son capaces de soportar toda clase de privaciones y molestias con tal de "cuidarse" y, así, prolongarla.

He sido testigo de la terrible lucha protagonizada por algunas personas de mi entorno y edad, en el intento de sobrevivir a una grave enfermedad. Y he presenciado el cruel padecimiento que debían soportar ante los agresivos tratamientos a que fueron expuestos.

¿Merece la pena soportar tales sufrimientos, a cambio de alargar la vida tres o cuatro años más?

Yo me hice esta pregunta y me respondí de inmediato: ¡Ni hablar!

En el extremo opuesto se encuentra otro amigo. Este buen y querido amigo cuenta con 85 tacos y está gordo como un "trullo" -para aquel que ignore el significado de esta palabra, Trullo es un depósito redondo, en el que cae el mosto después de pisarlo-. Sin exagerar, es casi tan ancho como alto. Sufre de fuertes dolores de espalda y le cuesta caminar.

Cierto día que hablábamos sobre sus problemas en la columna vertebral, se me ocurrió recomendarle que tratara de adelgazar un poco. Él, rotundo, me contestó.

-Mira, con mi edad soy consciente que me quedan tres o cuatro primaveras, como mucho. Me gusta comer. Y me gusta comer bien -por mi parte, certifico que es un excelente cocinero-. Este es el único vicio que me queda y no voy renunciar a él por nada del mundo. Y mucho menos para alargar mi vida...¿cuánto?

No me quedó otra que asentir y darle la razón.

En fin, es posible que haya tantas formas de afrontar ese drástico final llamado muerte, como personas existen en el mundo. Corresponde a cada cual elegir, llegado el caso, su actitud ante él.

Sin embargo, no puedo resistir la tentación -o deseo, más bien- de vestirme con la bata a rallas de abuelete cebolleta, calar gafas y pantuflas, y enunciar unas sencillas reflexiones, sugerencias, consejos, o como quiera que se desee calificar lo que sigue:

Destaqué, al principio, la diferencia de actitud ante la muerte de ricos y pobres, así como de jóvenes y viejos -aprovecho para advertir que me gusta llamar las cosas por su nombre. Lo de "mayores", en vez de viejos o ancianos, me parece un eufemismo tonto. Se es lo que se es y punto-. Pero se debería considerar unos cuantos grupos más. Intentaré mostrarlos y definirlos mientras discurro algunas de mis reflexiones al respecto.

Los jóvenes, en efecto, ven a la muerte muy lejana. Tanto más, cuanto menor es su edad. Delante de ellos, en la fila que camina hacia ella, hay otros muchos candidatos, piensan. Consecuencia: tienden a ignorarla y, con frecuencia, a desafiarla, arriesgando su vida.

No os fiéis. Esta oscura señora, la tétrica y mitológica "Parca" -me tomo esta licencia literaria solo por una vez-, tiene muy mal humor y no admite bromas.

Es cierto que, en esta vida, es necesario arriesgar en muchas ocasiones, pero nunca, nunca, apostéis sobre el tapete de la vida, todo vuestro resto. La vida es un regalo tan maravilloso que despreciarlo, al ponerla en grave riesgo, además de una gran sandez, es una enorme ofensa al orbe, o a Dios si eres creyente.

Porque si han recibido la suerte, o el don, de existir, es grave ofensa a la humanidad comprometerlo en el efímero gozo de una aventura de riesgo insensato, sin provecho para nada ni nadie.

Y es que la vida, ese maravilloso don, solo se justifica, se hace fértil y otorga placentera satisfacción, cuando se emplea en procurar utilidad a algo o alguien.

Pero si la pierdes tontamente, antes de poder realizar todo aquello para lo que naciste, tu corta estancia en este mundo pasará sin dejar huella en él. Habrás sido poco más que una cosa, en vez del valioso ser  humano a que estabas destinado.

Hazme caso, joven. Diviértete, estás en edad de hacerlo, pero usa el sentido común y no arriesgues más de lo debido. Porque deberás tener muy en cuenta que la vida no solo es diversión. Vivirla con plenitud, de manera que al final de ella quedes satisfecho de ti mismo, requiere mucho esfuerzo y dedicación para que sea provechosa, no solo para quienes te rodean, sino, de alguna manera, a la sociedad en su conjunto.

¿Y qué decir de la eutanasia? Pues que toda persona es responsable de su propia vida y allá cada cual con la suya, pero considero que nadie, médico o persona alguna, por muy próxima que sea, puede disponer de la vida ajena. 

En relación con este asunto quiero exponer el caso sucedido a un pariente cercano,  que me fue relatado por él mismo. Sucedió que tuvo un ataque de apendicitis que, al no ser tratado con la celeridad necesaria, derivó en peritonitis. Por la causa que fuera, tras la operación quedó en coma. Los médicos le dieron unos pocos días de vida. Su padre, muy religioso, mandó traer al cura para que le diera la extremaunción. Llegó un viernes y los médicos, antes de irse el fin de semana, dieron orden a las enfermeras de que retiraran todos los cuidados porque no llegaría al lunes. Pero el paciente, en coma profundo, ¡oía todo!

Imagínate, me decía,  la desesperación y angustia que sentía, al pensar que aquella gente era capaz de enterrarme vivo. Yo creo que si, en aquellos terribles momentos, me ponen una pistola en la mano, me lío a tiros y no dejo a nadie con vida, incluido a mi padre. 

Con todo, llegó el lunes y el hombre no había muerto. Entonces sucedió que, estando su padre rezando al lado de la cama del enfermo,  escuchó como un murmullo procedente de éste. Sobresaltado, aplicó su oído a la cara de su hijo. 

-¡Qué quieres, hijo! -exclamó.

-Bo-ti-jo -dijo el enfermo, con vos quebrada y apenas audible. El hombre se estaba muriendo de sed.

El padre salió corriendo buscando las asistencias. A partir de ese momento, llegaron médicos y enfermeras a toda prisa y comenzaron a cuidarlo hasta que se repuso, aunque no se libró de que unas cuantas molestas secuelas le acompañaran a lo largo de toda su vida

Que cada cual extraiga las consecuencias que desee de esta historia tan real, como terrible.    

En fin, está claro que pensar, y hablar, de la muerte es cosa de viejos. Es lo natural. Si eres de mi quinta, debes asumir que estás viviendo en la segunda parte del descuento o, por decirlo de otro modo, con el depósito de la vida en zona avanzada de la reserva. Y si, a pesar de ser viejo, aun te sientes joven, no te ilusiones: antes de lo que esperas te darás de frente con esa realidad.

En estos casos, conviene que te prepares y cuando veas llegar lo inevitable no te amilanes. Mira a la muerte de frente y no sientas temor. No hay motivo. Al contrario, hazlo sereno y, a poco que puedas, con alegría.

Sí, sí, no te sorprendas. Si has llegado al final de tu vida, en la casual circunstancia de hacerlo de manera consciente, claro, y has tenido una vida en la que te has conducido de una forma medianamente recta y honrada, procurando hacer las cosas más bien que mal, ¿no crees que has de sentirte orgulloso de ti mismo, al llegar al final, tras el digno papel realizado en ella? Seguro. Y eso a pesar de esos "peros" que, en mayor o menor número e intensidad, arrastramos todos.

Y te digo más, a nada que te sea posible, intenta hacerlo con una sonrisa. Será el último regalo que hagas a tus próximos, a la gente que quieres y que te quiere. Sentirán el consuelo de saber que te has ido en paz, satisfecho y sereno.

Quienes no han sabido, o no han podido, igualar la recta conducta anterior y cargan en su mochila más hechos malos que buenos, habrá que decirles que espabilen. No es momento para dudas o dilaciones.

Les queda poco tiempo para aligerar su conciencia y reparar en lo que se pueda el daño hecho. Y si ya no es posible, al menos arrepentirse y ser capaz de solicitar las oportunas disculpas a quien proceda. Se trata de lograr el mismo objetivo: morir en paz.

Si además eres creyente ¿Qué puede haber en la muerte que te espante? Nada, por supuesto. Todo lo dicho en los 3 y 4 párrafos más arriba, es aplicable a este grupo de gentes, aunque corregido y aumentado.

Pero si eres creyente y has sido "malo", lo menos que puedo decir de ti es que eres tonto, pero tonto, tonto. Tonto a macha martillo, porque estás arriesgando, a sabiendas, el inmenso feliz futuro que te ofrece tu fe. Así que corre, no pierdas tiempo y limpia tu alma más rápido que veloz, porque ese tren no da aviso de salida.

Existe la posibilidad de que hayas sido "malo, malísimo" durante tu vida. Mira, en ese caso, lo siento. Me parece que no tienes remedio, por lo que voy a evitar darte ningún consejo.

Corrijo: no es que no tengas remedio, es que estoy convencido de que no lo vas a buscar. Los "malos, malísimos" formáis un grupo de gentes muy especial. Sois así porque no sois capaces de distinguir el bien del mal. Mejor dicho, tenéis una visión deformada de ambos conceptos y jamás reconoceréis vuestras fechorías.

Hábiles en justificar vuestros actos, siempre halláis razones para ello: La sociedad me lo debe. Tengo derecho para esto, aquello y a lo de más allá. Me he limitado a defenderme. Si no me lo llevo yo, se lo llevará otro cualquiera. Era un ....-escríbase lo que lo que se desee- y se merecía esto y mucho más. Al enemigo ni agua, solo palo y tentetieso. Qué pasa, no he matado a nadie. Soy mal enemigo, quien me busca me encuentra.

Estas son algunas de las muchas razones para justificar sus vilezas. Y como, al tiempo, suelen intercalar algunas acciones benéficas o filantrópicas, sirven estas últimas para anestesiar, aun más y mejor, a su laxa conciencia. Pero no te arriendo la ganancia.

Me temo que dichas excusas no serán suficientes para afrontar el último escalón de su vida con la misma paz y dignidad que en los casos anteriores. Ni tampoco, desde luego, la misma huella que dejarán en su paso por este mundo.

Bien, creo que se ha quedado en el tintero mucho más de lo dicho sobre este tema, pero hasta el "abuelo cebolleta" debe saber contenerse. Por ejemplo, he soslayado, a propósito, plantear la eterna duda de qué habrá después de la muerte. Me parece ocioso hacerlo. Lo que sea ya se verá...o quizás no.    

Lo dejo aquí. Hasta pronto amigos, os deseo lo mejor en este último trance. Pero tranquilos, es algo que hay que hacer y punto.

 

miércoles, 12 de mayo de 2021

45.- La Espada de San Cosme

45.- LA ESPADA DE SAN COSME.

 

San Cosme y San Damián debajo de una peña están. Sierra Guara.

 


 Espada de San Cosme. Museo catedralicio de Essen. Alemania.

 

Uno de los recuerdos más gratos de mi infancia lo compone la peregrinación, romería o simple excursión, al santuario de San Cosme y San Damián, situado en un imponente paraje rocoso de la Sierra de Guara, a unos 34 kilómetros de Huesca.

Cierto es, que yo era entonces muy niño e ignoraba a dónde íbamos, el por qué y hasta el para qué.

Desde los cuatro años, gozaba con los felices veranos vividos en Arbaniés, pueblo del Somontano cercano a la capital de Huesca.

Allí  residía mi abuela paterna Silveria, viuda con una hija, que había hecho de mí, más que su nieto preferido, su "ojito derecho".

De vez en cuando, mi abuela aparejaba su "burreta" -animal con el que ella se entendía mejor que con su hija-, me montaba encima de la albarda y allá marchábamos ambos a visitar a parientes y conocidos, diseminados por la mayoría de los pueblos de los alrededores. Más tarde supe que era una mujer muy respetada por su sabiduría y bondad, y que era mucha la gente de aquellos lugares que solicitaba su consejo o mediación en los más diversos conflictos familiares.

De este modo, tuve la ocasión de conocer los pueblos de Sipán, Ibieca, donde nació mi abuela, Coscullano, Loscertales, Aguas y Liesa.

Aquel año, habíamos ido a Aguas, quién sabe para qué, aunque puedo asegurar que lo pasé en grande las dos semanas que permanecimos en aquel lugar.

En efecto, El tío José, soltero, y su anciana madre Antonia, viuda, me trataron como a un "princés", lo que me permitía campar a mis anchas en el enorme caserón donde habitaban, frente a la iglesia del pueblo.

Uno de aquellos felices días. mi abuela decidió unirse a un grupo de personas del pueblo que habían preparado una visita al santuario de San Cosme y San Damián, distante de Aguas apenas doce kilómetros.

Y hacia aquel santo lugar, emprendimos la marcha ella, la "burreta", conmigo encima, además de unas diez o doce personas más.

No puedo precisar mi edad en aquella época, pero estoy seguro de no sobrepasar los diez años. Tampoco la fecha de la excursión, aunque es más que probable que fuera en septiembre. Era la época del año más adecuada, para que los muchos devotos de los pueblos circundantes acudieran al santuario, a fin de rezar a los santos y solicitar su ayuda y mediación en la prevención o curación de las abundantes enfermedades endémicas en esos tiempos. En aquellos pueblos, dejados de la mano de Dios, no había médico ni botica, entre otras numerosas carencias.

La presunción del mes de septiembre para este viaje está justificada: la mayor parte de las labores de recolección habían acabado, las fiestas patronales se habían celebrado ya y aun se gozaba de buen tiempo.

El viaje en sí, ya me pareció una apasionante aventura. Era el único "jinete" de la expedición, postura que me proporcionaba un extra de distinción y contento.

Anduvimos por sendas y veredas, siempre cara a la Sierra, por parajes cada vez más agrestes y bellos. Solo durante un corto tiempo transitamos por una carretera llana y bien cuidada, sin baches, algo insólito, pero sin asfaltar, sistema desconocido en aquella época y lugar. Allí sucedió un hecho que, aun lejano, recuerdo bien.

A poco de entrar en dicha carretera, nos alcanzó una pareja de la Guardia Civil. Uno de ellos era de edad media y el otro muy joven. Este apenas hablaba y concedía un trato de acusado respeto a su compañero.

Pronto se estableció un cordial coloquio entre los lugareños y el guardia veterano. El otro callaba. Como mucho asentía o sonreía.

De repente, la comitiva se dio de frente con un hombre con aspecto de vagabundo, que caminaba en sentido contrario.

Los guardias le pararon, le cachearon -eran tiempos en los que el maquis rondaba por estos parajes- y el mayor le quitó una caja de cerillas que llevaba.

-Es que hacen hogueras para calentarse y pasar la noche al raso, pero a poco que se descuiden pueden quemar medio monte -explicó, una vez se fuera el mendigo- Por lo demás, no hay que tener cuidado. No son gente peligrosa. Ellos viven así: pidiendo limosna de pueblo en pueblo.

Reanudamos la marcha y poco después dejamos la carretera, para introducirnos por sendas y atajos, bien conocidos por nuestros acompañantes, hasta llegar al final de nuestra andadura: la pequeña explanada anterior al Santuario.

Poca información puedo dar del santo lugar, ya que poco quedaba de su excelso pasado. Durante la Guerra Civil del 36, tropas milicianas esquilmaron el Santuario e hicieron desaparecer, en parte pasto de las llamas, los ricos objetos de culto de los cuatro altares existentes, así como imágenes, reliquias, archivos y seculares exvotos de peregrinos agradecidos por alguna dádiva alcanzada.

El Santuario estaba completamente vacío. Nada hacía pensar que alguna vez hubiera habido culto en aquel lugar.

Quedaban los edificios de la casa del conde, la antigua hospedería, ambas cerradas, y la Santa Fuente, donde manaba agua milagrosa, al decir de las gentes. Nada más.

Lo que nadie había podido destruir, de momento, era el maravilloso paisaje que se podía disfrutar desde allí. Hacia el sur se abría un extenso panorama que, desde el frondoso valle inmediato, a nuestros pies, se alargaba hasta "donde la vista alcanzaba". Hacia mi derecha, destacaban las airosas figuras de los "mallos" de Vadiello, imponente formación rocosa que habría de darme muy gratos momentos, en las frecuentes excursiones que años más tarde realizaría con verdadero gozo.

De su histórico pasado tampoco he podido conocer demasiado, oscurecido, quizás, por la quema de sus archivos. Se sabe que la devoción y culto a los dos Santos se realizó desde tiempo inmemorial. Hoy me maravilla que todavía recibiera peregrinos aquel vacío y destartalado santuario, cuando no quedaba ni rastro de su pasado esplendor en cuanto a ornamento y culto.

Las reliquias de los Santos debieron de llegar desde Francia, donde habían residido desde el año 800, tras haber sido cedidas a Carlomagno por el Papa León III. También consta que el Santuario y las tierras aledañas pertenecieron al linaje de los Azlor, al menos, desde el siglo XIV. Más tarde, los Condes de Guara, procedentes de la rama troncal de aquellos, heredaron el Santuario y sus tierras.

A cuenta del entonces Conde de Guara, recuerdo "como si fuera ayer" los jocosos comentarios de varios de los aldeanos presentes, durante la espontanea tertulia creada, al juntarnos para consumir los apetitosos víveres que cada cual traía.

Al parecer, el Conde era un tipo campechano que gustaba en refugiarse en aquel bello y solitario paraje, huyendo del ajetreo del tumultuoso Madrid, donde vivía.

-¡Dios, qué ganas tenía de venir aquí para poder tirarme a gusto un buen cuesco! -afirmaban que clamaba el buen hombre, regodeándose de la gracia pronunciada

Y aseguraban, que el eco de la potente ventosidad podía escucharse desde todos los rincones del valle.

Transcurrieron muchos años, mucho duro trabajo y muchos esforzados lances, tras esta feliz "aventura".

Me "bailan" las fechas, pero creo que debió ser por el año 1971 -por tanto contaría yo con la edad de Cristo al iniciar su vida pública-, cuando aterricé en la localidad de Essen en Alemania.

Era un viaje de trabajo. Debía recibir, en la central alemana, la información precisa para poner en marcha un nuevo y complicado proceso de fabricación en la filial española, donde trabajaba como director técnico.

Mi estancia estaba programada en tres semanas. Siempre me trataron con mucha consideración y deferencia. Era hecho habitual que algún colega me acompañara al finalizar la jornada, bien a cenar, a ver algún espectáculo o, incluso, tuvieran la amabilidad de invitarme a visitar sus casas y a conocer a sus familias.

Sin embargo, en el primer fin de semana, todos se excusaron. Tenían compromisos familiares que atender.

No me importaba demasiado. Hacía buen tiempo y pensé que lo habrían aprovechado para salir con la familia y gozar de los agradables parajes campestres de los alrededores. Aquel sábado, me levanté tarde, desayuné bien y salí a pasear por la larga avenida peatonal que discurre desde la plaza del ferrocarril, Hauptbahnhof, hasta Kennedyplatz, y sus calles transversales, que forman la zona comercial del centro.

Aquel día, radiante por cierto, había una excepcional afluencia de transeúntes inundando las calles. Las tiendas estaban abarrotadas de acuciantes compradores y, por todas partes, rondaban multitud de familias enteras, cargadas con bolsas y paquetes.

En ese día, me quedé sin comer. Cuando quise darme cuenta, todos los restaurantes de la zona estaban completos y sus puertas cerradas. Solo quienes disponían de reserva previa podían acceder a ellos.

Para mayor desgracia, en mi hotel, un pequeño establecimiento familiar, solo proporcionaban desayuno. Me tuve que conformar con un "perrito caliente" que cacé en un puesto ambulante, en la plaza de la estación, cuando ya la tarde oscurecía.

El lunes supe el motivo para ese extraño, comportamiento

Era el primer sábado de mes y la gente, con la paga recién cobrada, acudía a la zona comercial dispuesto a "fundirla", movidos por una frenética e insaciable ansia consumista. En aquella época, esta costumbre se había hecho tradición y, al parecer, no había quien se resistiera a esa inevitable atracción.

Pero el domingo todo volvió a su tranquilo cauce.

Sin nada mejor que hacer, decidí visitar la Catedral. Había pasado ante ella en varias ocasiones, pero aquel día me picó la curiosidad. Y me sobraba el tiempo. Estaba situada hacia la mitad de Kettwiger Strasse, la calle peatonal antes citada. No, no es que recuerde su nombre, no tengo tan buena memoria y menos con esos intrincados nombres alemanes. Confieso que la he buscado en el mapa de Google. Allí la calle se abre para formar Burgplazt. Esta plaza. en cambio, sí la recuerdo.

Entré con algún reparo. Era un edificio modesto, distinto al de las grandes catedrales católicas alemanas. y pensé que, quizás, se tratara de un templo protestante.

No era así. Acababa de comenzar la celebración de la Santa Misa y ¡oh sorpresa, la hacían en latín! Fue como un feliz salto a un tiempo pasado: me llevó a recordar la misas oídas en el colegio y las ayudadas en San Lorenzo como monaguillo, a las órdenes del buenazo de Mosén Félix, el párroco, y el cascarrabias de Mosén José Laviña. En cierta ocasión, este cura me echó tal bronca, en mitad de una misa en la que yo le ayudaba, que casi me hace apostatar. El pecado fue que tropecé al retirar las vinajeras y se derramó la del vino.

Bien, tras la anécdota retomo el relato. Ocupé un banco vacío de la parte trasera y ¡otra sorpresa! En el altar situado al frente de la nave principal había un retablo con las imágenes de los Santos Cosme y Damián, curando a varios enfermos caídos a sus pies.

¡Qué feliz encuentro! Quién me iba a decir que hallaría el rastro de estos Santos, tan venerados en el Santuario rupestre del Somontano oscense, justo en la ciudad líder de la fragorosa industria pesada alemana.

Seguí la ceremonia con agrado -la homilía no, que era dicha en alemán- y a la salida observé un cartel escrito con caligrafía gótica.

Anunciaba el museo catedralicio, a la vez que señalaba con una flecha el edificio colindante, además del horario de apertura y el precio: 2 DM.

Supuse que allí encontraría detalles de nuestros queridos Santos y acerté. Pagué religiosamente -nunca mejor empleada la expresión- el óbolo requerido y me dispuse a contemplar, con verdadero interés, lo que allí hubiera.

Lo que vi, me dejó maravillado. No solo por la valiosa información sobre la vida de Cosme y Damián, de la que desconocía todo, sino, además, por el cúmulo de preciosas reliquias de todo tipo depositadas en el museo, sobre todo las expuestas en la llamada Sala del Tesoro.

¡Qué paradoja: ir a conocer en Alemania lo que no pude saber de nuestros santos en nuestra propia tierra!

Recorrer aquellas salas, repletas de ricos objetos sacros, bien dispuestas y engalanadas, luciendo muebles y vitrinas de nobles maderas bellamente talladas, componía un autentico regalo para los sentidos.

La iluminación misma, estudiada a la perfección y personalizada, hacía resaltar, con sus brillos, la riqueza de las bellas reliquias, la mayoría de oro y plata.

Había muchas y muy bellas, pero resaltaban dos: Una hermosa figura de la Virgen María, la Goldener Madonna, tallada en madera y recubierta de oro y la espada con que fueron decapitados Cosme y Damián.

Así supe que la Catedral está consagrada a la advocación de la Virgen María y a los Santos Cosme y Damián. Fue una antigua Abadía, fundada en el año 845 y reconstruida tras la II Guerra Mundial.

Antes, durante el año 1248, la pequeña capilla de la abadía fue ampliada, adoptando el estilo gótico temprano imperante en la época, en su única nave central. No alcanzaría el rango de Catedral hasta la fundación de la Diócesis de Essen en 1958.

Así se explica mi extrañeza, en aquella primera visita, al contemplar su modesta construcción. Nada en su exterior, ni tampoco en su interior, revelaba su condición de Catedral, más parecida, en cambio, a una iglesia corriente de una pequeña ciudad.

Esta circunstancia, también se justifica porque la ciudad de Essen tuvo un crecimiento tardío. No lo hizo hasta bien entrado el siglo XX y, aun entonces, estaba sustentada por las poderosas empresas mineras del carbón, al ser cabecera de la Cuenca del Ruhr, así como las grandes acerías. Ellas hicieron de Essen una ciudad eminentemente industrial, compuesta por fábricas y por las modestas viviendas de sus trabajadores. Fue el feudo de la familia Krupp, con alrededor de 250.000 empleados en sus fábricas. Cuando yo entré en su nómina, todavía contaba con 175.000 asalariados.

La primera vez que viajé a esta ciudad, a finales de la década de los 60, tenía una población de quinientos mil habitantes, aunque todavía entonces rezaba un dicho: Essen para trabajar y Dusseldorf para divertirse.  

Además de la historia del santo recinto, encontré una extensa documentación sobre la vida de los Santos Hermanos y de la espada con que fueron decapitados. A pesar de que había allí auténticas maravillas, eran estos dos últimos temas lo que más me interesaba conocer.

Así supe que los dos hermanos eran gemelos nacidos en Arabia, en el siglo III d. C. De religión cristiana, ambos se dedicaron a la medicina y ejercieron su oficio, al parecer con mucha maestría, entre los más pobres de manera desinteresada y gratuita, aunque parece que no negaban su ayuda a nadie, aunque fuese rico y poderoso. Como ejemplo, se cita al emperador Justiniano I como beneficiario de una de sus curaciones.

Vivieron en Cilicia, Asia Menor, en el extremo sur de la costa turca, sobre el golfo de Alejandreta, situado éste frente a la isla de Chipre.

Según relata Teodoro de Ciro, en el siglo V, los dos hermanos hicieron multitud de curaciones y actos de caridad, entre las gentes pobres de aquellos territorios. Algunas de ellas, rozaron lo milagroso, como la reimplantación de la pierna a un desamparado que la había perdido en accidente.

Según Teodoro, ya en el siglo IV, el conocimiento de la santidad de los dos hermanos, y la  devoción hacia ellos, se había extendido por todo el Asia Menor. Así mismo, describió el martirio y muerte de los dos Santos:

Sucedió durante la terrible persecución que decretó el emperador Diocleciano contra los cristianos. Hacia el año 300 d. C., Lisias, gobernador de Cilicia, ordenó su prisión y, después, su tortura y muerte.

Les sometieron a los más espantosos tormentos con hierros y fuego, pero lograron sobrevivir gracias a la intervención divina.

Al comprobar los verdugos que los dos hermanos resistían con vida, por más torturas que les aplicaran, decidieron darles muerte cortándoles la cabeza.

Sus restos, junto a numerosas reliquias y enseres, fueron rescatados por sus hermanos en la Fe y enterrados en Cirro, Siria, donde más tarde se construiría una iglesia para su culto.

Fue tal la propagación de la devoción a los Santos Hermanos, que pronto llegó a Roma y, desde allí, se extendió a todo el orbe cristiano.

La espada, con la que decapitaron a los Santos, llegó a Roma, junto con otras reliquias. El Papa Juan XII la entregó a Otón I en el día de su coronación como Emperador del Sacro Imperio Romano. en el año 962.

En el 964, Otón la donó a la Abadía de Essen, habida cuenta la gran devoción con que contaban Cosme y Damián en aquella ciudad, y desde 1473, la espada figura en el escudo de la ciudad de Essen.

Salí del museo más que satisfecho y decidí acudir al restaurante Burgoff, situado en la misma plaza. Lo recomiendo, si todavía existe. Allí gocé, por primera y última vez, de una exótica y deliciosa sopa de tortuga.

Mientras comía, repensé mi visita al museo.

Al recordar aquellas preciadas reliquias, expuestas con tanto esmero, delicadeza y arte, no pude evitar que un sentimiento de envidia y vergüenza a la vez, embargara mi mente, al comparar su estado con la miseria que presentaba nuestro Santuario de Guara.

La guerra no es excusa. La Abadía había sufrido infinidad de sangrientos y devastadores conflictos armados, Durante el último, la II Guerra Mundial, la ciudad fue planchada literalmente por la aviación, pero allí seguían intactas y bien cuidadas las preciosas reliquias.

Me pregunto cuándo cesará en nuestro País ese espíritu cainita, iconoclasta y bárbaro, que nos persigue desde siglos y nos obliga a mostrar, con tanta frecuencia, lo peor de cada uno de nosotros.