lunes, 29 de julio de 2019

35.- Relatos, Fábulas y Leyendas

35.- INCURSIÓN  EN  LA  POLÍTICA 

Adams Smith (1723 - 1790)

Karl Marx (1818 - 1883)



No genera demasiado entusiasmo en mi ánimo escribir sobre política. Todavía mucho menos conversar en torno a ella. Me siento por completo infeliz, al quedar atrapado, sin buscarlo ni poderlo evitar, en una de esas tediosas tertulias sobre este tema. Lo considero un ejercicio inútil por demás y una pérdida de tiempo.
No es por nada que se deba a su naturaleza. Resulta que, con frecuencia, a mi interlocutor le interesa un pito lo que pueda pensar, decir o aportar. No se molesta en reflexionar, mucho menos admitir y ni siquiera escuchar -oídos sordos-, cualquier idea que roce aquellas que tiene aceptadas como propias en su maltratado entendimiento.
Y esto ocurre con independencia de la persona que se tenga delante, ya sea un "perteneciente" a un partido, un fiel votante, un veleta que cambia de preferencia y voto de acuerdo con la veleidosa "opinión pública", un anti sistema, o a quien el tema le resbale.
Tampoco importa demasiado el nivel cultural o social de los contertulios. Con frecuencia es posible escuchar ideas más sensatas en aquellas personas sencillas, con poca formación académica, que compensan esa carencia con una adecuada dosis de sentido común.
Pero, como en todo, siempre se puede hallar alguna feliz excepción. No es frecuente, pero de vez en cuando, es posible gozar  
de una agradable e inteligente conversación.
 Esto ocurre cada vez que la suerte me lleva a un encuentro con mi amigo José Luis, "Jose" para los amigos.
Este buen amigo, ex directivo de varias importantes empresas, además de un profundo conocimiento de la economía real, debido a su profesión, posee una gran capacidad de análisis, junto a un vasto conocimiento de las artes plásticas, literarias e, incluso, políticas, merced a una insaciable inquietud intelectual, complementada y asistida por su condición de contumaz lector.
Aunque su mayor virtud, la cualidad que me obliga a sentir una admiración incondicional hacia él, consiste en su capacidad para respetar las ideas contrarias, siempre que no sean ofensivas ni violentas, pues opina que, en todo sistema económico, político o social, siempre se puede hallar algo bueno, algo malo o algo indiferente. El bien absoluto, la perfección, no existe en este mundo.
La semana pasada, mi amigo Jose ha tenido la deferencia de regalarme una grata visita en su paso por San Sebastián, camino de Paris. Encuentro que propició una larga y amena conversación en un agradable rincón de la cafetería del Hotel Londres, donde se alojaba.
En aquel idílico lugar, cómodamente arrellanados en sendas confortables butacas, vimos decaer la tarde en la preciosa bahía de La Concha, hasta la llegada del anochecer. La ausencia del astro rey mermó en muy poco su encanto, merced a la profusa, atrayente y bien dispuesta iluminación, que multiplicaba su fascinador efecto al reverberar sobre la oscuridad de sus tranquilas aguas.
Rodeados por tan grato y encantador ambiente, charlamos sin tasa, hasta que un solitario, aburrido y somnoliento waiter nos rogó, entristecido, que le permitiéramos cerrar el chiringuito, pues era hora de finalizar su trabajo y alcanzar, por fin, un bien ganado descanso.
-Malos tiempos nos aguardan, querido amigo -de este modo quise iniciar el temario de fondo de nuestra  conversación, tras los saludos de rigor y después de evocar felices recuerdos propios y de nuestros comunes amigos de aventuras estudiantiles.
-Te equivocas. Estamos ya inmersos en ellos, aunque no se  
note, o no se quiera advertir -contestó sin dudarlo, mi amigo Jose.
-Te veo pesimista y decaído, tú que acostumbras a ver bonanza donde los demás solo barruntamos temporal.
-Sí, pero hoy es difícil, o quizás imposible, hallar signos esperanzadores de una mejora definitiva de los eternos problemas que nos agobian día a día.
-¿En qué te fundas?
-Solo tienes que pasar revista a la conducta de las autoridades cívicas, sociales y políticas y a las ideas que nos proponen.
-Ya sé. Esas ideas son antiguas. Muy viejas. Han quedado ancladas en el pasado y no son capaces de dar respuesta a los problemas de hoy. La vida, mejor dicho, la actividad humana, en su vertiente científica y tecnológica, avanza a velocidad de TAV, mientras que las ideas y los progresos sociales lo hacen a cámara lenta, gracias a la incapacidad de los sistemas políticos para reducir esa distancia entre ellos. Y de su comportamiento prefiero no hablar.
-Así es -replicó mi amigo- Es un gran problema de fondo, agravado por el progresivo descenso de nivel de todo tipo de cualidades en los líderes que nos gobiernan. Y no solo en España.
-Pero además -preciso- La sociedad en su conjunto se ha hecho específicamente confusa, laxa, olvidadiza, desculturizada, sin criterios propios ni referentes morales válidos. Crecen los derechos y merman las obligaciones. El yo, o el nosotros, se impone sobre las consideraciones generales. La voluntad propia, o la propia definición de lo justo, se sitúa por encima de las leyes. Décadas de impropios sistemas de enseñanza han generado una legión de ciudadanos incapaces de pensar por sí mismos, que caminan hacia donde sopla el viento de lo vulgar, el prejuicio o las modas ideológicas, sociales y culturales del momento. Nunca como ahora es adecuada la frase de Maistre: "Cada pueblo tiene el gobierno que se merece".
-En realidad, no me parece que esa situación sea una cuestión de merecimiento. La calidad de los gobernantes refleja y depende, al mismo tiempo, de la calidad de sus electores.
-Tienes razón -asentí sonriendo- Como "casi" siempre.
-De todas formas -continua mi amigo- se debe tener en cuenta que toda obra humana es imperfecta, de igual manera que lo es la naturaleza y condición de sus autores. La perfección total o completa no existe. Por tanto, es obligado tener presente esta circunstancia a la hora de considerar cualquier idea política, social o religiosa. El éxito, o al menos la adecuada comprensión, puede consistir en la conveniente gestión de esa natural y forzosa imperfección.
-Eso es -replico con entusiasmo-. Por ese motivo, resulta absurda, o carente de razón, la adhesión incondicional a cualquier idea política, social o religiosa y el rechazo absoluto al resto. Sigo enamorado de esa afirmación tuya de que, en todos los sistemas, doctrinas o propuestas, se puede encontrar algo bueno, algo inconveniente, algo erróneo y algo intrascendente.
-Claro. Además, estas cosas suelen complicarse sin ninguna necesidad ni beneficio. El quid del asunto político se mueve en torno a dos simples principios fundamentales: Cómo crear riqueza con honestidad y cómo distribuirla de manera justa. El liberalismo se ha ocupado con éxito del primero y el socialismo del segundo. Es decir, al final todo se mueve tras los pasos de de sus principales teóricos: Adams Smith y Karl Marx.
-Bueno -puntualizo-, hay otras teorías y otros agentes metidos en este lío.
-Sí, hubo otros autores que moldearon de alguna manera sus teorías, pero siempre en el sentido de aquellos dos principios. Otras ideologías trataron de transitar por diferentes caminos, pero fíjate que hoy no cuentan con apenas relevancia. Durante el pasado siglo apareció el fascismo como tercera vía. Fue un desastre.
-¡Y tanto! Fue tan terrible que jamás sabremos si hubiera podido progresar positivamente sin aquellos personajes tan siniestros que lo implantaron en sus países. Aunque...en Argentina funcionó durante un tiempo.
-En efecto, solo durante algún tiempo. En aquella época, lograron presencia e influjo los movimientos anarquistas y, en esta, campan los anti sistemas, desencantados y movimientos populistas, con el objetivo común de acabar con lo establecido. Sin embargo, una vez alcanzado el estatus de organización política, descubren que tienen muy poco nuevo que ofrecer. Sus propuestas acaban siendo regresivas y confusas, apoyadas en doctrinas políticas que han demostrado su ineficacia en el pasado con absoluta contundencia. Esto les obliga a colocarse a la izquierda o derecha, según su credo, de las dos doctrinas fundamentales: el liberalismo o el socialismo, afianzando los cimientos de las estructuras actuales que querían destruir, o remover.
-Está claro -replico convencido-, al final, quienes perduran, de una manera u otra, son las ideas liberales y las socialistas. Los liberales fían su eficacia, a la hora de crear riqueza, en las leyes de mercado. Leyes que han regido la economía desde que se produjo el primer trueque entre dos humanos. Los socialistas consideran que solo una economía planificada puede resolver los problemas de desigualdad que genera el deficiente reparto de la riqueza generada.
-Así es. Y ambos aciertan y se equivocan, al mismo tiempo, como es lógico por otra parte, al disponer de parciales, distintos y contradictorios objetivos -puntualiza Jose-. Las leyes de mercado no son inmutables. El poder y la corrupción las hacen dúctiles.
-Asimismo -añade-, la economía planificada acaba siendo un asfixiante corsé que impide, en gran medida, la creatividad individual, motor indispensable para la necesaria creación de riqueza. Además, tan cierto es que, si se modifica el curso de un río, tarde o temprano volverá a su antiguo cauce, como que una contingencia económica natural pueda ser corregida mediante un decreto ministerial. Si un producto, servicio o actividad escasea, su precio subirá, por mucho que la autoridad fije un límite. Servirá de poco. De inmediato, la especulación, el estraperlo y la inevitable corrupción administrativa los sobrepasarán.
-Por supuesto -intervengo-. Nosotros, que estamos metidos en la octava década de vida, hemos visto tanto y en tantas ocasiones, que resulta ocioso insistir en este tema. Está claro que no existe una receta mágica que resuelva el eterno problema de la justa distribución de la riqueza sin mermar la capacidad de su creación. Si la hubiera, el partido político poseedor ganaría siempre las elecciones y el mundo sería un paraíso.
-Qué va. Ni por esas. Te olvidas del factor humano, capaz de lo mejor y, también, de hacer añicos la más elaborada, eficaz o conveniente teoría o sistema. Para construir un buen edificio, hacen falta buenos cimientos y adecuados materiales, pero si los constructores son chapuceros, ignorantes o despreocupados, todos los auspicios señalan que la obra acabará siendo una ruina.
-Lo admito: vuelves a tener razón. Siempre he sentido indignación y extrañeza por la poca, o nula, exigencia de los ciudadanos en los conocimientos, moralidad o aptitud de los líderes que nos gobiernan.
En este momento, mi amigo alza la mano, y dibuja con ella un claro gesto de fastidio.
-Querido amigo, no sé qué hacemos aquí tú y yo, perdiendo el tiempo con este aburrido tema. Todo cuidado, empeño y lucidez que
pongamos para descifrar los escondidos secretos del buen gobierno, será perdido. No merece la pena. Solo una hecatómbica crisis o, en su defecto, algún que otro siglo de más, pueden dar ocasión a que se produzca el feliz parto de alguna nueva teoría, capaz de superar los retos actuales. Y, por supuesto, la figura de un excepcional líder que la difunda.
-Ya, de acuerdo que nuestra conversación es intrascendente ante la cruda y preocupante realidad, pero no me negarás que no deja de ser un buen ejercicio intelectual, ocuparse de ella -insisto, a riesgo de resultar pesado, porque sé que Jose tiene mucha ciencia oculta en su cacumen y estoy dispuesto a que aparezca, tirándole de la lengua tanto como pueda.
-Bueno, si no tienes algo más interesante que conversar tal vez sí. Pero, repito, con el "percal" de la gente que llega a las cumbres políticas, es hablar por hablar. ¡Oh, dioses del Olimpo! ¿Qué maldad tan grande cometimos los humanos, para merecer el castigo de olvidar las enseñanzas del buen gobierno de vuestros sabios clásicos? ¿Por qué el gobierno de los mejores, la meritocracia, es incompatible con el ejercicio de nuestra democracia?
-Sí. Para cualquier puestecillo oficial es necesario una tremenda oposición, pero para regir una alcaldía o nación se necesita poco: cultivar amigos en su partido y usar un aceptable verbo, sembrado de lugares comunes, algunos eufemismos y unas cuantas palabrejas como: empoderar, visibilizar, sostenible, miembras y militaras, sorpassos, afecciones, sinergias, conciliar, globalización,  acciones alternativas, poner en valor, biogeneración, transición energética, transversalidad,... Y sus objetivos: el bien común, la justicia, la reestructuración de la fiscalidad, la mejora del nivel de vida de los ciudadanos, potenciar la sanidad y la enseñanza, acabar con las diferencias sociales, la defensa de la Constitución, la Democracia, el Estado de Derecho y el Estado del bienestar, la lucha contra el cambio climático, el apoyo a las minorías y las clases más deprimidas, el compromiso con la renovación energética y ecológica ...aunque nadie aventura la forma de llevar a cabo todo eso. Solo aseguran que, si les votan y ganan las elecciones, gobernarán para defender todo eso ¡Como si alguien pudiera abanderar lo contrario! ¡Ah, y no se olvide del cambio! Esta es una palabra fetiche. Todo político que se precie pronunciará en alguna ocasión -o en muchas-, esta frase: ¡Es absolutamente necesario realizar un cambio aquí y ahora. Nuestro país lo necesita y nuestro pueblo lo exige! Se trata de que la cosa suene bien y de aparentar solidez en sus propuestas, cuando en realidad están sustentadas por el más etéreo de los vientos.
-¡Vaya Willy, te has soltado la melena! Puede que exageres pero, por desgracia, hay una buena dosis de verdad en lo que dices. Al final, todo acaba en un gran embrollo, que nadie entiende. Y sin embargo, como ya te he dicho, la cuestión es mucho más simple: todo se reduce a cómo crear riqueza de modo honorable y cómo repartirla de manera justa.
-Claro ¿Pero cómo se hace esto? -sigo tirando de la lengua a mi amigo.
-En teoría, tampoco es tan complicado, aunque su puesta en práctica puede ser mucho más difícil, por supuesto. Mira, en primer lugar, hay que saber que un pueblo sin referentes culturales, sociales y morales adecuados, ni conocimientos del buen razonar, carece de la capacidad necesaria para funcionar bien en democracia. Menos aún, si la clase política, además de tener esas mismas carencias, es inepta y solo le mueve el ansia de poder o, en el  peor de los casos, de figurar.
Mi amigo hace una pausa, reflexiona, reorganiza sus ideas y continua:
-Dicho esto, basta con analizar con rigor los dos principales idearios, hasta identificar las deficiencias que presentan. Adoptando lo contrario se obtendrá el acierto. Así, el sistema liberal fía su éxito en el libre mercado. Los ciudadanos se organizan libremente y la riqueza generada fluye de manera automática hacia los agentes productivos, según los méritos o esfuerzos de cada cual.
-No hace falta que digas las pegas. Por desgracia las conozco bien -intervengo yo-. Las leyes que rigen el  mercado no garantizan su libre ejercicio: es muy fácil mediatizarlas. Por otra parte, no es cierto que exista un verdadero automatismo en el reparto de la riqueza producida. Al menos no de manera proporcionada. Los diferentes niveles de poder económico o social y algunas otras circunstancias, como la coyuntura, la desigualdad de oportunidades o la ley de la oferta y la demanda, evitan la justa proporcionalidad y, en la práctica, lo convierten en variable, dispar y, con demasiada frecuencia, injusto.
-Es cierto -asegura mi amigo-. Como tampoco se cumple que, en el polo opuesto, en la economía planificada, se produzca una mejor proporcionalidad en la justa distribución de la riqueza. En efecto, para asegurar la justa distribución de la riqueza, se considera que los bienes de producción deben estar controlados por el Estado. Sus mandatarios, elegidos por el pueblo, serán los encargados de distribuir los bienes resultantes entre los ciudadanos de manera equitativa y justa. Para que el sistema funcione, sin que aparezcan o crezcan las desigualdades, la propiedad privada deberá ser abolida o, al menos, estar sujeta a un rígido servicio de la sociedad.
-También conozco de sobra sus carencias.
-Tú y todo el mundo. Sobran ejemplos. Otra cosa es que se admita. Por tanto, amigo, no te ufanes, que no tiene mucho mérito conocerlas -replica inclemente Jose.
-No, no me ufano. Constato una realidad que, en efecto, ha quedado patente, en ocasiones de manera muy trágica, en aquellos países donde se ha implantado el socialismo real. Por suerte, en España no existe ese tipo de socialismo y espero que nunca se produzcan las circunstancias que faciliten su llegada.
-Bien, pues si todos las conocemos, no será necesario enumerarlas, de manera que ya deberíamos estar en condiciones de emitir nuestras personales normas del buen gobierno:
1ª.- Una excelente -no basta una buena- y continua educación de la ciudadanía. Las matemáticas son necesarias para hacer bien las cosas, pero recuerdo que la Lógica que aprendí en 4º de Bachillerato me ha servido mucho más, tanto en mi profesión, como en el transcurso de toda mi vida.
2º.- Cualquier gobierno, del color que sea, deberá priorizar la implantación de los medios necesarios para asegurar la igualdad de oportunidades de todos los ciudadanos.
3º.- Nada funciona en un país sin la creación de la necesaria riqueza para su adecuado desarrollo y el de sus ciudadanos. El gobierno deberá apoyar a todos los agentes productivos: los empresarios y los trabajadores. Al menos, deberá evitar entorpecer su acción. Unos, los defensores del libre mercado, tienden a apoyar al capital y a sus directos gestores, los empresarios. Los otros, los partidarios de la economía planificada, se manifiestan adalides de los trabajadores. Las políticas de ambos se quedan cojas. Es imprescindible el apoyo a ambos agentes productivos, Porque ambos son igual de importantes en la tarea de creación de riqueza. Las empresas estatales, e incluso las cooperativas, son incapaces de obtener el rendimiento necesario para su progreso. Su propia naturaleza ejerce de lastre. Por la misma razón, las sociedades laborales suelen acabar mal.
4º.-  Pero ¿Cómo se fabrica o crece la riqueza? Da la impresión de que algunos creen que nace en los árboles de una manera espontánea. Otros piensan que el Estado dispone de una gran bolsa sin fondo, de donde fluye una fuente inacabable de dinero, de cuyo alcance y disfrute se tiene un irrenunciable derecho. El mismo que muchos creen tener para quitárselo a los que lo poseen: los ricos. No, la riqueza surge del esfuerzo, el buen hacer, la imaginación, el estudio y los deseos de superación de empresarios, directivos y trabajadores. La acción armónica de estos agentes garantizan el éxito.
5º.- Es un grave error dejar en manos de cualquier institución, por alta y democrática que sea, la labor de repartir la riqueza entre los ciudadanos. No hay capacidad para resolver la casuística que presenta su distribución de una manera justa. No existe una moralidad tan exquisita que evite que parte de ella quede entre las uñas de los distribuidores. Donde hay dinero sin control crece la corrupción. Sería necesario un rígido sistema autoritario para evitarlo. Y quizás, ni aun así. Acabo de leer que en España hay 15.000 millones de subvenciones sin control. Claro, luego pasa lo que pasa.
6º.- Por lo antedicho, es fundamental y, por tanto, necesario, definir un sistema de verdadera asignación automática de las plusvalías generadas en la actividad económica, que evite las carencias señaladas en la distribución de la riqueza, tanto de la economía de mercado como de la economía planificada. No es demasiado complicado: bastaría con enunciar un inalienable principio que expresara el derecho de todo ciudadano a acceder, conservar y disponer de propiedad. El acceso se obtendría, además de como hasta ahora, por compra, herencia o cesión, mediante el trabajo. Este es el quid de la cuestión. Los trabajadores, además de la participación en los beneficios, que algunas empresas vienen aplicando ya, obtendrían participación del capital de manera proporcionada a su justo salario. Es decir, de acuerdo con su aportación en la buena marcha de la empresa. Observa lo revolucionario de la idea. En vez de la dictadura del proletariado, de tan mal recuerdo, se obtendría lo contrario: la universalidad del propietariado. Se acabó la lucha de clases para siempre: se trata de la democratización del capital.
-¡Caray, Jose! En dos patadas has arreglado el mundo. Me parece demasiado simple tu teoría. Habría que estudiarla bien para saber si su implantación es factible. Además, hay un grave problema: los funcionarios quedarían excluidos.
-Hombre, no querrás que se formule todo un sistema económico y social en una tarde. En mi opinión, esta es una idea fácil de comprender y de un enorme potencial económico que, por supuesto, debería ser desarrollada con mucho tiempo y estudio. En cuanto al funcionariado, es el Estado, su patrón, quien debería encontrar las fórmulas adecuadas para asimilar su situación a la de los demás asalariados, como también de atender las necesidades de la gente desamparada. Ahora bien, te diré una cosa: un Estado realmente avanzado, debe aligerar su estructura tanto como pueda. La privatización es una bicha que sindicatos y funcionarios no quieren ni nombrar, por razones obvias, pero hecha de manera inteligente, ordenada y correcta, puede ser un gran bien para los trabajadores y para el mismo País. Tú y yo no lo veremos, pero algún día todo esto se hará realidad.
-El Cielo te oiga. Y ya que estamos metidos en harina, te diré que siempre me ha escandalizado la facilidad y simpleza con que los gobiernos tratan el tema de los impuestos. Unos los suben, otros los bajan y eso no puede estar al capricho de nadie. No se puede disponer de la propiedad de cada cual alegremente. La recaudación de impuestos debe cubrir las necesidades del Estado, de acuerdo con las posibilidad de los ciudadanos. Y punto. Forzar este principio, como defienden algunos progresistas, no es progresismo ni es nada.
-Claro. Es que este concepto tiene varias caras, al tiempo que distintas definiciones, según la ideología que lo enuncie. Pero la realidad enseña que ante un problema, el retrógrado prohíbe y multa. El verdadero progresista lo estudia y resuelve. Lo demás es cuento.
-¡Bien dicho! Pero oye. ¿No te parece hora de dejar ya este tema?
-Me parece. Hagámoslo. Pero recuerda que tú lo iniciaste. Por tanto, tú eres el culpable...O presunto culpable. presunto implicado o presunto investigado. Qué sé yo -dijo Jose con guasa, y a continuación usamos el precioso tiempo que nos quedaba en viajar por tesis más placenteras.

lunes, 18 de febrero de 2019

34.- Relatos, Fábulas y Leyendas


34.- OTRA HISTORIA CON MORALEJA



Pico Castillo de L´Acher. -2378 m.- Vista oriental, desde el campamento Ramiro el Monje.

Al tiempo que hurgaba en mi memoria, hasta lograr abrir brecha en ella, a fin de conseguir dar forma al relato anterior, vino a mi mente un rosario de vivencias infantiles y juveniles, gratas en su gran mayoría.
He seleccionado la que relato a continuación.
Éramos cuatro buenos compañeros de colegio y amigos que, un buen día, decidimos acudir juntos a un campamento de verano, cabalgando sobre nuestros felices, alocados y animosos 16 años de palpitante vida.
Digamos que era el año 1954. ¡Lo que ha llovido desde entonces! Vértigo da volver la vista a tan lejana fecha. Sin embargo, los gratos recuerdos de aquel feliz evento pronto transforman ese vertiginoso sentir en calmada ensoñación.
Muchas anécdotas jalonan el recuerdo de aquella alegre convivencia en el corazón de la Selva de Oza, joya del incomparable Pirineo Oscense. De entre ellas, elijo la gran excursión -casi una aventura para mí- al ibón de Estanés, situado en la raya con Francia.
El trayecto estaba planeado para una duración de unas 7 horas la ida y otras 5 la vuelta, realizada ésta por un camino más llano y accesible. Tres pastores de recia figura y poco habla servían de guía.
Así, la madrugada de un espléndido día, partimos un animoso grupo de muchachos a la conquista de un brillante objetivo que, como digo, era para mí una  excitante e inédita aventura. Por desgracia, dos de los cuatro amigos no pudieron acompañarnos. Se vieron impedidos a causa de la aparición de unas inoportunas molestias, que resultaron de poca importancia.
La marcha se inició en el campamento, en dirección Este, hacia el Castillo de Acher, remontando una empinada, interminable y sinuosa senda, que subía sin descansos, entre la frondosa arboleda del bosque. Era una cuesta tan dura, que el médico abandonó a su mitad. Roto quedó allí, sentado al borde de la senda.
De este modo, superamos unos 800 metros. Dejamos atrás el bosque y, tras cruzar una seca torrentera, afrontamos varios collados, casi verticales, extrañamente alfombrados por una densa hierba.
Recuerdo que la ascensión por estos collados era tan penosa, que la mochila donde llevaba la comida del día -kilo y medio como máximo en total- tiraba de mí hacia abajo, como si cargara 20 kilos de plomo. 150 metros más arriba, ganamos la base derecha del Acher.
Por fin, remontado ya el último collado y mientras recuperábamos el aliento perdido en su ascensión, se abrió ante mí un espectacular y fascinante panorama como jamás antes había tenido la oportunidad de contemplar. Acostumbrado a las suaves colinas y reducidos "tozales" de mi Somontano infantil, aquella agreste naturaleza me parecía de otro mundo por mágico y salvaje.
Hacia el frente, y a un lado, se abría un profundo valle, cuyo fondo no se alcanzaba a ver. A derecha e izquierda se alzaban altas cumbres de variada fisonomía, siempre enriscadas y agrestes. A nuestra altura y paralela a la dirección del valle, corría una suerte de verdeante terraza que terminaba en una serie de pequeñas crestas rocosas. Mucho más adelante, allá en el lejano fondo de este singular paisaje, aparecía una enorme pared rocosa que, en aquel momento, era cruzada por una manada de veloces sarrios, en una circense carrera, por donde parecía imposible que nadie, hombre o animal pudiera transitar sin despeñarse.
Una vez tomado buen respiro, continuamos nuestro camino por aquella amplia faja, alfombrada con alta, abundante y fresca hierba.
Llegamos al final de este bucólico paraje y allí nos encontramos con el primer obstáculo serio: Había que descender por una estrecha y complicada canal rocosa, que obligaba a gatear con pies y manos sobre los pequeños accidentes de la roca.
Mi amigo y yo nos aprestábamos a iniciar el descenso, cuando alguien advirtió que unos metros más allá, a la izquierda, aparecía otra bajada, mucho más suave que permitía el descenso andando sin más apuro.
Los dos amigos, acompañados por tres o cuatro chicos más, decidimos tomar aquel suave atajo. Así llegamos a una nueva terraza, cubierta también de hierba, al estilo de la anterior, aunque algo más ancha.
¡Sorpresa! No había ni señal de los compañeros que habían bajado por la canal rocosa. Ni siquiera esta se veía desde allí. Tampoco se apreciaba a nadie marchando en la lejanía. De repente nos encontramos solos, como si hubiéramos sido transportados a otro lugar de otra montaña. 
Sin embargo, reparamos en un rastro formado en la hierba y señalado con nitidez por la falta en ella del rocío de la madrugada. Aquel rastro seguía la dirección de marcha que habíamos llevado hasta entonces, por lo que supusimos que pertenecía a los compañeros que, al acceder por la canal, nos habían tomado la delantera.
Seguimos con rapidez aquel rastro para tratar de alcanzarles, pero nuestro empeño terminó pronto. Al llegar a otra zona rocosa, desapareció por completo. Hoy pienso que aquellas huellas debieron pertenecer a una alimaña o, tal vez, a un cérvido.
Había que rendirse a la evidencia: estábamos perdidos en medio de aquella inmensidad de abruptas escarpaduras. Quizás mi amigo, que era mucho más aventurero que yo, estuviera más tranquilo, pero yo en seguida me sentí arrebatado por el pánico, aunque no se notara, pues hice todo lo que buenamente pude para ocultarlo.
No era para menos. Ignorábamos dónde ir, ni cómo hacer, para reunirnos con el resto de compañeros. Y era muy dudoso que supiéramos deshacer con bien lo andado, a causa de lo intrincado de aquellos parajes.
En ese apuro andábamos, cuando un bendito hecho providencial vino en nuestra ayuda. De pronto, vimos aparecer a lo lejos, en dirección nuestra, a un reducido grupo de rezagados, conducido por uno de los pastores guías.
Tal vez este hombre, que sin duda era conocedor aquellos parajes mejor que yo el pasillo de mi casa, supo de nuestro desvío y decidió ir tras nuestros pasos, hasta alcanzarnos y enmendar aquel inconsciente desatino.
Recobrado el ánimo, quizás no perdido, pero sí bastante resquebrajado, continuamos la marcha hacia el objetivo de la excursión: el precioso Ibón de Estanés.
Un retraso de 3 horas fue el precio que tuvimos que pagar por habernos desviado de la ruta precisa. Desde entonces estuvimos obligados a caminar monte a través, sin la ayuda de sendas señalizadas, superando trochas y complicados pasos, no exentos de belleza, pero tampoco de esfuerzo y de relativo peligro.
De todos ellos, solo me queda el recuerdo de dos.
Era un paso horizontal que rodeaba a un peñascal. Dicho paso era tan estrecho, que había que pegarse a la pared y, en ocasiones, agarrarse a ella. Recuerdo que los salientes de la roca estaban tan afilados que uno de ellos me hizo un corte en el hombro de la cazadora de cuero vuelto que llevaba. Tuve un buen disgusto: le tenía cariño y aquel roto no tenía compostura.
Muy cerca del ibón, atravesamos otro paso, quizás no tan arriesgado, pero mucho más impresionante. Tuvimos que cruzar una enorme pared. A un lado del paso se abría un inmenso precipicio sin fondo, al otro la pared desnuda impedía cualquier acción de escape.
En estas condiciones, había que salvar unos 50 metros. No era una senda. Es difícil de explicar, pero la disposición de los accidentes naturales de la pared iban abriéndose a nuestro paso, permitiendo un espectacular e irregular acceso, solo capaz de ser usado por quienes conocieran su existencia. Yo jamás me hubiera aventurado por aquella cornisa sin la presencia de aquel experto pastor.
    
Por fin llegamos a Estanés con tres horas de retraso, como está dicho, con nuestros compañeros cansados de esperar... y de ligar con otro grupo excursionista de chicas francesas que había aparecido por allí. Por cierto, que alguno recibió la reprimenda del cura al sobrepasar, a su juicio, las rígidas normas morales de la época.
Apenas tuvimos tiempo de alimentarnos y de inmediato debimos iniciar el regreso. Este fue mucho menos trabajoso. Por supuesto, no se nos ocurrió separarnos del grupo ni por un momento.
Bajamos hasta el valle donde nace el Aragón Subordán y seguimos el curso del río, que corría mansamente, en medio de amplios pastizales, donde aparecían diseminados varios grupos de tranquilas vacas, rumiando su pasto.
 La caída de la niebla vespertina puso un punto de misterioso halo en el paisaje y otro de intranquilidad en nosotros. Sin embargo, pronto llegamos a  un lugar, conocido como La Mina, territorio ya muy familiar, que solíamos visitar con frecuencia. Desde allí al campamento, asentado a la orilla del río, no había mayores dificultades, a pesar de que la noche se nos había echado encima.
Aquel día, en esta preciosa excursión, aprendí algo que quedó grabado en mi mente para siempre y guió mis pasos a lo largo de mi  exigente, inesperada y cambiante existencia.
Supe que el camino más sencillo o fácil, no siempre es el mejor. Que las dificultades hay que afrontarlas en vez de ignorarlas. Y que la honradez, la generosidad y el trabajo tenaz, no admiten rodeos ni componendas.
El campamento acabó. Desde ese día, la vida, siempre veleidosa, insondable, dulce en ocasiones y agria o amarga en otras, nos separó y condujo por lugares, situaciones y labores muy distintos.




Pero 48 años más tarde, conectamos de nuevo y acordamos reunirnos en el mismo lugar donde, tantos años atrás, había transcurrido aquella bella y juvenil página de amistosa convivencia.
En esta feliz e histórica cita, antes de escuchar el relato de sus andaduras, pude comprobar, tanto en sus rostros, como, sobre todo, en sus miradas francas y limpias, que los cuatro amigos habíamos sabido viajar por cada una de nuestras vidas, caminando por esa senda recta, sin desvíos ni atajos, que lleva a culminarlas con bien y utilidad.
Y sentí una enorme satisfacción.
(Dedicado a mis cinco nietos)   


jueves, 10 de enero de 2019

33.- Relatos, Fábulas y Leyendas


33.- UNA EXTRAÑA HISTORIA DE NAVIDAD.

 
El pueblo de Arbaniés, según mi interpretación.
          
Mi nieto Andrés, 10 años, me ha pedido que escriba algo sobre la Navidad, en su postal de felicitación navideña.
Los deseos de mis nietos son órdenes ineludibles para mí, así que comencé de inmediato a poner en marcha mi imaginación, a fin de cumplir su pretensión de la mejor manera.
Pronto me di cuenta de que la tarea de relatar algo original no era sencilla. Hay tanto escrito sobre la Navidad que cada historia que venía a mi mente ya la había oído, visto o leído antes.
Decidí entonces hurgar en mi memoria, intentando encontrar algún recuerdo, que pudiera servir de guía o argumento, capaz de ayudarme a cumplir la destacada misión encomendada.
Me costó, pero al fin, en un remoto rincón de mis recuerdos, hallé, entre brumas, una extraviada anécdota.
Tendría yo alrededor de 8 años. Quizás 9, pero estoy seguro de no llegar a los 10.
Era época navideña. Cada año solía pasar mis vacaciones, tanto las de verano como las de invierno, en el pueblo de mi abuela -mi abuelo murió sin llegar a conocerlo-, aprovechándome de que era su "ojito derecho" y, por tanto, el favorito de todos sus nietos. Celebraba la Noche Buena en Huesca junto a mis padres y hermanos, pero en los días siguientes, marchaba hacia el pueblo, bajo la tutela de algún conocido adulto que viajara con el mismo propósito y destino. Allí permanecía hasta vísperas de Reyes.
Aquel día, mi abuela me encomendó una tarea muy delicada e importante: debería llevar su silla-reclinatorio a la iglesia. En aquel pueblo, y supongo que en otros muchos, no había bancos en el recinto eclesial. Solo unos pocos y muy sencillos para los niños, en la parte delantera y algunos otros en el coro, que usaban los hombres. Las mujeres utilizaban sillas de su propiedad.
La de mi abuela se hallaba en su casa para realizar algún arreglo y yo debía devolverla a su lugar de culto.
Era un día frio, habitual en ese riguroso invierno del Somontano, cercano a la Sierra. Había caído una preta boira -niebla cerrada, en el habla del pueblo- y apenas se podía ver más allá de diez pasos, a pesar de que rondaba el mediodía. Pero yo estaba acostumbrado a ella y caminaba seguro hacia la iglesia, llevando la silla vuelta sobre mi cabeza, es decir, patas arriba.
Encontré la iglesia abierta -entonces solo se cerraba durante la noche-, desierta y en penumbra, apenas iluminada por la lamparilla del Sagrario.
Después de colocar la silla en el lugar adecuado, me dio por curiosear un rato por aquel santo lugar, que además de sagrado, era a mis ojos tan místico y misterioso, como poco comprensible, con multitud de enigmas que mi corta edad no alcanzaba a explicar.
Uno de los que más llamaba mi atención era el confesionario. Me intrigaba la extraña forma de aquel raro armario y, sobre todo, el misterioso ir y venir de las gentes hacia él, en las pocas ocasiones que estaba en funcionamiento. En ese lugar, las mujeres y los hombres cuchicheaban reclinados, haciendo gala de mucha piedad y recato. Ellas ante las dos rejillas laterales, mientras que los hombres lo hacían por un hueco frontal, semi oculto por unas oscuras cortinillas moradas.
Me acerqué con precaución y miré en su interior. Apenas se podía ver algo, dada la obscuridad que llenaba el sagrado recinto. Palpé, más que vi, un banco corrido, pegado a la pared, y una especie de bufanda reluciente, que ya en otras ocasiones había visto usar al cura, colgada en algo parecido a una percha.
De pronto, escuché el chirrido de la puerta al abrirse. El ruido me asustó y di un respingo. Tras él,  no se me ocurrió otra idea más feliz que ocultarme dentro del confesionario. En ese momento, me sentía reo de algún delito indeterminado, a punto de ser pillado infraganti.
Con la mayor precaución, asomé la nariz por entre las cortinas para ver quien entraba y ,,, ¡horror, era el Miguelico, la persona que más temía del pueblo!
El tal Miguelico era un ser muy extraño. No se relacionaba con nadie. Vivía solo y apenas salía a la calle. Jamás iba a misa, ni siquiera en la Fiesta Mayor.
Tampoco la gente del pueblo hacía esfuerzo alguno por remediar esa situación. En resumen, este hombre vivía en el pueblo como un auténtico apestado. Mucho más tarde, conocí la causa de esta situación. Algo, que no viene a cuento relatar aquí, sucedió durante la guerra civil que no fue del agrado de sus vecinos y, al parecer, éstos mostraron su reprobación, aplicándole aquel duro y radical ostracismo.
Pero, como digo, eso es otra historia. En aquella época de posguerra, la gente trataba de paliar, con el olvido, las terribles heridas sufridas a causa de la guerra y las barbaridades cometidas por muchos integrantes de los dos bandos del conflicto. Sin embargo, a los niños no se les implicaba en estas historias y no se hablaba de ellas en su presencia. Al menos en mi familia, a pesar de que hubo abundante sufrimiento en ella, provocado en ambos lados de la contienda. Era como una pesadilla que había que olvidar para poder rehacer sus vidas, lejos del peligro, la angustia y la ruina ocasionada en aquella enconada guerra.
Y los chiquillos campábamos a nuestro aire, felices, libres de obligaciones escolares, y siempre enredados en juegos, travesuras y aventureras correrías.
De vez en cuando, los zagales, que eran de la piel del diablo -éramos, debo decir mejor. Aunque yo, como forastero, fuera a remolque y de comparsa-, solíamos ir a tirar piedras a las ventanas de la parte trasera de la casa de Miguelico, que daba al campo.
Pocas ventanas del pueblo tenían cristales, por lo que hacíamos poco daño. Ruido sí: la pedrea sonaba en las contraventanas como una escuadra de tamborileros.
En cuanto notábamos el menor movimiento en la casa, salíamos corriendo a la máxima velocidad que podían imprimir nuestras cortas piernas, entre risas y gritos de rechifla: Miguelico, Miguelico, agárrame el melico.
Solo en una ocasión pude verle a corta distancia y con detalle. Cruzaba yo por delante de su casa, cuando apareció, de repente, por el siempre oscuro hueco de la puerta de entrada.
Fue una terrible visión que me aterrorizó. Era la imagen viva del hombre del saco o del sacamantecas, tal como yo les había dado forma en mi mente, para interpretar a esos dos terroríficos enemigos de las niños de aquella época.
No era para menos. Contaba con una figura magra y encorvada, enfundada en ropas demasiado holgadas que, sin llegar a la categoría de harapos, lucían sucias y ajadas, mostrando a las claras el excesivo tiempo de uso y la mucha falta en ellas de agua y jabón.
Su cara era de película de miedo: tez renegrida, gesto contraído y hosco, amenazante mirada y faz surcada por muchas profundas arrugas que asomaban por entre una desaliñada y escasa barba, dando a su rostro un aspecto en verdad temible. Remataba su cabeza con una boina que había perdido su original color negro hacía mucho tiempo, de la que surgían unas greñas entrecanas, mal cortadas y peor peinadas.
Salí corriendo y no paré hasta llegar a mi casa.
No es de extrañar que, al ver a este hombre penetrar en la iglesia, sintiera entrar en mí un temor insuperable. Apenas respiraba por miedo a delatar mi presencia.
¿Entraría en la iglesia con el propósito de robar el cepillo de las limosnas? O peor aún ¿Me habría seguido con la intención de pillarme y hacerme mondongo?
Preso de un miedo inevitable, y el corazón sonándome en el pecho y sienes, vi al Miguelico avanzar por el pasillo central, hasta llegar al altar mayor.
Allí, ante la mayor de mis sorpresas, se arrodilló, se santiguó y estuvo rezando un buen tiempo. En algún momento, lo hacía en voz alta, pareciéndome que solicitaba el perdón del Altísimo. Después se levantó, besó el pie del Niño Jesús que reposaba en su cuna a un lado del altar y, tras rebuscar en el bolsillo de su raída chaqueta, dejó sobre la bandeja de las ofrendas dos perras gordas y una chica. Es decir: un real. A continuación, salió por donde había venido.
Hoy, aquel dinero sería la sexta parte de un céntimo de euro. Puede parecer una ofrenda miserable, pero en aquellos tiempos, aunque en el pueblo no faltaban alimentos de cualquier clase, raro era poder ver un duro, ni  tampoco una peseta para los más pequeños.
Poco a poco me fui reponiendo del sofoco sufrido. Dejé transcurrir un tiempo, hasta asegurarme que el Miguelico se habría alejado lo suficiente y entonces salí disparado hasta la casa de mi abuela, envuelto en la densa niebla que me enmascaraba.
No revelé a nadie lo sucedido aquel día, pero jamás volví a tirar piedras a la casa de Miguelico, ni permití que mis amigos lo hicieran. Además, aprendí una lección que ya nunca olvidaría: jamás se debe juzgar a nadie por las apariencias, ni por lo que digan de él. Solo los hechos deben ser capaces de calificar a las personas.
Sin embargo, treinta años más tarde pude comprobar cuán débil es la memoria de los humanos -y humanas, que no deseo molestar a ninguna de ustedes...¿o debo decir ustedas? ¡Uf, qué lío esto del feminismo!-, a la hora de mantener la promesa de un buen principio o una correcta norma de conducta.
Sucedió en México D.F. durante un viaje de trabajo. Caminaba junto a un colega por una calle cercana a la conocida plaza del Zócalo, en busca de un reputado restaurante, donde gustar la típica comida mexicana.
Al poco tiempo, noté la presencia a mi lado de otro transeúnte, que caminaba acompasado a nuestra marcha. Miré de soslayo y sufrí un fuerte sobresalto: aquel hombre tenía el mayor aspecto y catadura de maleante y rufián que se pueda describir. ¡Vaya, este tío nos va a asaltar! Pensé y me apresté a vigilar con cuidado todos sus movimientos. Así anduvimos durante un rato, hasta que vi cómo echaba mano a su bolsillo.
Mi inicial sobresalto subió de tono. Estaba seguro que iba a sacar un arma para asaltarnos y, tenso, me puse en guardia a fin de repeler el inminente ataque. En ese momento, el sospechoso sujeto sacó la mano del bolsillo y...¡oh sorpresa! la extendió y entregó las monedas que llevaba en ella a un mendigo que pedía limosna unos metros más allá, sentado en el umbral de un portal.
Ante aquel inesperado desenlace, sentí una vergüenza infinita. A buen seguro, mi rostro enrojeció hasta cubrirse por completo. Por suerte no había comunicado mis sospechas a mi colega, lo que me ahorró unir al bochorno sufrido por la desatinada calificación de aquel ejemplar ciudadano, la segura chanza que me habría de corresponder por "gachupín gallina", allí donde todos son "muy machos".
Pero, tanto aquella anécdota navideña, como esta última, me sirvieron para que, durante el resto de mi existencia, rechazara cualquier clase de prejuicio, por muy sutil o enmascarado que fuese.


miércoles, 19 de diciembre de 2018

32.- Los malditos coches diésel


32.- LOS MALDITOS COCHES DIÉSEL 

Con mayor frecuencia de lo deseado, me encuentro con la imaginación en huelga de neuronas caídas, sin ningún tema, medianamente interesante, que llevar al teclado de mi ordenador. Por suerte, el casual y afortunado encuentro con algún amigo -o conocido, como dijo aquel famoso futbolista- acude en mi ayuda, aportándome, gratis, la perdida inspiración.
Tan solo hace un par de días, tuve la fortuna de toparme con dos de ellos. Uno llegaba rebosante de satisfacción. Acababa de comprar un coche híbrido y se hallaba feliz por la adquisición.
-¿Qué tal va? -pregunté al instante, pues sentía verdadera curiosidad por conocer algo de ese novedoso sistema de tracción.
-¡Ah, es una auténtica maravilla! -se apresuró a contestar. Y a continuación nos relató una larga serie de ventajas y provechosas cualidades.
-¿Y has notado algún inconveniente? -quise saber.
-No, no, ninguno. Este coche marcha como una seda. De verdad, da gusto conducirlo.
Insistí, pero no hubo manera de conseguir la menor información de trastorno o molestia. Se hallaba en un total estado de enamoramiento de su flamante vehículo.
-Pues yo -intervino el otro amigo- no pienso cambiar de coche hasta que salgan los de combustión de hidrógeno. Porque, por más que digas, tu coche híbrido sigue contaminando, aunque sea de manera más leve que los coches normales de gasolina o diésel.
-¿Lo dices en serio? -pregunté asombrado, ante su rotunda afirmación.
-¡Ya lo creo! -contestó rotundo, influenciado, quizás, por la reiterada exposición del tema en los medios-. Es y será el sistema más ecológico de cuantos se inventen. En la práctica funciona con agua, y solo emite algo tan inocuo como el vapor de agua.
-Ya, ya. Pues te voy a decir algo al respecto con absoluta seriedad: Yo no llevaría un coche de hidrógeno ni gratis. Mira, he trabajado con gas hidrógeno durante toda mi vida profesional y conozco muy bien la problemática de su uso.
-Oye, en todas las informaciones que he tenido oportunidad de acceder, solo he leído alabanzas sobre ese sistema y ningún inconveniente.
-Seguro. Es un estupendo combustible, pero tengo la completa seguridad de que nadie te ha dicho que el hidrógeno, con el aire y en determinadas proporciones, forma una mezcla explosiva muy potente. En esas condiciones, cualquier chispa, incluso la más pequeña o las producidas por electricidad estática, te harían saltar por los aires.
-¡Venga, me estás vacilando! -exclamó mi amigo, aunque su rostro mostraba una inicial mueca de alarma.
-Ya te lo puedes creer -aseguré rotundo-. En la fábrica donde trabajaba, explotó un horno de vacío suizo que usaba atmósfera de hidrógeno en el enfriamiento de la carga. Era el mejor que teníamos y quedó hecho chatarra. Por suerte para mí, que era el responsable de la planta, no hubo desgracias personales. Además, el accidente se produjo cuando el operario accionó el interruptor de puesta en marcha, al día siguiente de que un técnico de la casa fabricante realizara el trabajo de revisión y mantenimiento solicitado por mí. Por lo visto, no detectó una pequeña fuga de gas en la cámara y bastó la chispa del interruptor para que aquello saltara por los aires, ante el horror del resto de operarios que también en ese momento comenzaban su turno. Así que, tampoco tuve responsabilidad por daños materiales. Pero, podéis creerme si os digo que solo respiré tranquilo el día de mi jubilación y perdí de vista ese gas.
-¡Caray, vaya faena! Menos mal que no saliste perjudicado en ese desastre -exclamaron mis dos amigos a coro.
-Sí, tuve suerte. No fue así en nuestra central de Alemania. Allí, un horno vertical Rotosil -de este mismo modelo teníamos nosotros siete-, explotó y la cabeza de cierre salió disparada hacia arriba como un cohete, atravesó el techo de la nave y quedó asentada en el tejado. Años más tarde, unos diez años antes de jubilarme, les explotó un gran horno de vacío con el resultado de siete muertos y cerca de veinte heridos, al tiempo que la planta quedó totalmente destrozada. Comprenderéis ahora por qué no quiero ni oír hablar de hidrógeno en los coches. Me sentiría como si llevara una bomba en el trasero a punto de estallar. Tampoco creo muy ecológico descomponer el agua para obtener el H2.
-¡Qué horror! Habrá que ir al coche eléctrico ¿no?
-Sin duda -respondí-, pero me temo que las autoridades competentes están cogiendo el rábano por las hojas en este asunto. Como, por otra parte, suelen hacer en la mayoría de los casos.
-¿Cómo es eso? -preguntaron de nuevo a coro mis dos amigos.
-Pues no hay más que oírles hablar para saberlo. Un día, la ministra del ramo suelta que el diésel tiene los días contados, causando la alarma en los usuarios y el pánico entre los fabricantes de coches. Poco tiempo después, el gobierno en pleno avisa que en el año 2040 quedarán prohibidos los vehículos que utilicen gas o cualquier otro carburante procedente del petróleo.
-Bueno, eso dicen también en Bruselas.
-Sí, pero de otra manera. Sin crear alarmas injustificadas. Por lo pronto, en la CE dan como fecha previsible para la eliminación de los carburantes de origen fósil, el año 2050. Algo más realista, creo yo.
-Puede que tengas razón -conceden-, pero cuanto antes mejor ¿no?
-No. Las cosas hay que hacerlas a su debido tiempo, cuando se puede, no cuando se quiere. Imaginaos que los fabricantes de coches, espoleados por las alarmantes indicaciones gubernamentales, inician una desesperada carrera por ser los primeros en hacerse con el mercado de los coches eléctricos y, en pocos años, todos o la mayoría de ellos llenan nuestras ciudades y carreteras. Ahora, pensad en millones de coches cargando sus baterías durante la noche. ¿De dónde saldrá esa energía? Porque pronto no habrá centrales térmicas ni nucleares. Nadie las quiere.
-Bueno, hay que apostar por la generación de energías renovables.
-¡Esa frase sí es bonita! ¡Y cuántas veces la habré oído repetida! ¿En serio creéis que los molinillos, placas solares y otros sistemas geotérmicos, podrán suministrar la energía necesaria para todas las calefacciones, trenes, camiones, coches, aviones, cocinas y demás artilugios móviles o caloríficos, sean eléctricos? ¡Pero si ya hoy tenemos problemas de suministro y, por tanto, de carestía, con una constante elevación de los precios!
-¡Vaya, pues no pones poco negra la cosa!
-Al menos no es tan clara como la pintan. Pronto, millones de baterías, mucho más grandes que las actuales y todavía más contaminantes, inundarán las chatarrerías. Por otro lado, cientos de miles de equipos, máquinas, materiales, dispositivos y utillajes utilizados en la construcción de los motores actuales quedarán fuera de servicio, sin haber amortizado sus costos en su mayoría. Y junto a ellos, perderán el empleo la mayoría de los trabajadores implicados en su fabricación.
-Además -continué sin concederme un respiro-, la autonomía de estos coches viene a ser la mitad que los actuales y la recarga de las baterías lleva su tiempo: ocho horas con la red doméstica y treinta minutos la carga rápida de un poste de enchufe público. ¡Cómo para una prisa! Claro, la gente que disponga de una plaza de garaje lo tendrá más o menos fácil, pero me gustaría saber cómo se las arreglaran aquellos que tienen los coches durmiendo en la calle. ¡Ah, se me olvidaba un detalle importante: el precio de un coche eléctrico puede doblar el de uno de alta gama actual.
-¡Uf! Sí, según tú, hay muchos y muy graves inconvenientes en los coches eléctricos, pero alguna ventaja habrá también, para que los gobiernos se impliquen con tanto afán en ese plan de renovación.
-Hombre, claro. La más evidente es la eliminación de emisiones de gases contaminantes. Pero, aunque en algunas grandes ciudades, con un alto nivel de emisiones, puedan llegar a producir serios efectos nocivos, en determinadas condiciones atmosféricas, el problema, visto desde un punto de vista más amplio, no es tan grave ni acuciante. He leído que las emisiones en la UE, por este concepto, son del 5% del total mundial. Quiere decirse, que en España serán del 0 y algo %, lo que significa que si, hoy aquí, se eliminaran todas las emisiones, nadie en el mundo lo notaría y poco más si lo hiciera el resto de la UE. Hay que darse cuenta que un cambio de esta naturaleza supone una auténtica revolución industrial, económica y social a nivel mundial -pensad en los países cuyo único recurso es el petróleo-, y no se puede realizar mediante una orden ministerial de obligado cumplimiento de uno o unos pocos países. Los estados productores de petróleo, ni los de economías emergentes, van a seguir por ese camino, ni aceptarán esa directiva. 
-Nada, que según tú no hay solución -me reprochan.
Mis amigos se muestran mosqueados por mis comentarios, al tiempo que bastante confusos. He deshecho los esquemas que llevaban grabados en sus mentes, a fuerza de esa machacona información sesgada que transmiten tanto la mayoría de nuestros ineptos gobernantes como otros tantos indocumentados medios de comunicación. Y les cuesta cambiarlos.
-¡Claro que hay soluciones! No hay problema sin solución. Pero para encontrarla es obligatorio aplicar método, estudio y un poco de sentido común. Las revoluciones tienen la virtud de quemar etapas, pero a cambio, en muchas ocasiones, de generar un alto precio económico, social o político. Los cambios deben realizarse en la extensión, profundidad y tiempo que la sociedad es capaz de soportar sin excesivas tensiones. Este es el camino correcto.
Y para ilustrar mis afirmaciones puse el ejemplo de mi coche. Es un diésel alemán. Lo elegí: 1º Por seguridad. El riesgo de incendio es mucho menor que en el de gasolina. 2º Por comodidad. Las aceleraciones son más suaves y la marcha más regular. 3º El motor trabaja a menos revoluciones, lo que produce un menor calentamiento. 4º por la misma razón, el consumo es menor, su autonomía es mayor y dura más que los coches de gasolina. 5º Las averías son menos frecuentes. A pesar de estas ventajas, ahora me encuentro en riesgo de que no me permitan circular con él por algunas ciudades, a pesar de disponer del permiso de circulación expedido por el Ministerio del Interior y la preceptiva revisión de emisión de gases de la ITV. Dicen que contamino.
No es cierto. Mi coche contamina mucho menos que la mayoría.
1.- El motor es uno de los mejores, si no el mejor, de entre los que circulan por nuestro país. Lo conozco bien porque pude ver la fabricación de este tipo de motores en Alemania y la impresionante precisión de su ensamblaje y mecanización asemejaba a la que pueda realizarse en la fabricación de un reloj suizo.
2.- Lo utilizo en contadas ocasiones. Apenas lo conduzco en un par de trayectos cortos al mes y otro par de viajes largos durante el año.
3.- Aunque es antiguo, no es viejo. Con 16 años solo ha recorrido 55.000 kilómetros.
En estas condiciones, considero un abuso de poder que me prohíban circular por viejo o contaminante.
En fin, que el ultimátum de los años 40 ó 50 -largo me lo fiáis, dijo el Sr. Tenorio- no deja de ser tonta broma. ¿Hay quién sepa qué sucederá en esos años?
No. Lo racional, lo que debería hacerse, es usar los carburantes fósiles en tanto sea posible, porque el sistema está bien organizado y funciona. ¿Poluciona? Oblíguese a los fabricantes a instalar, desde hoy, los filtros adecuados para evitarlo. Problema resuelto.
¿Y los coches viejos, como el mío?
Creo que tienen el derecho de circular libremente, porque lo hacen bajo condiciones legales. Solo aquellos vehículos que emitan gases por encima del nivel establecido como peligroso deberían ser inmovilizados.
Otras medidas podrían establecerse, tal como  una penalización para los coches antiguos que circulen sin los nuevos filtros. Dicho canon estaría de acuerdo con el volumen total de gases emitidos dentro de los límites establecidos. Nada más sencillo de controlar: en las ITV podrían disponer de un baremo de pago proporcional a la emisión registrada y al número de kilómetros recorridos durante el período de revisión.
Mientras, con tiempo, calma y buen hacer, se debería impulsar la investigación para superar los inconvenientes actuales de los coches eléctricos: reciclado de las baterías, producción de la energía eléctrica necesaria para implementar el uso masivo de estos coches, la adecuada distribución de la misma, el necesario aumento de la autonomía y la reducción de los costos de producción y, por tanto, los precios de venta. Todavía algo más importante: los poderes públicos deberían prestar una atención prioritaria al tremendo impacto social que supone la eliminación de los actuales puestos de trabajo, empleados en la fabricación de los millones de motores de explosión en todo el mundo.  
Mis amigos están rumiando mis propuestas, pero sospecho que con poco aprovechamiento. ¡Es la gran contrariedad de predicar en el desierto, como bien dijo aquel!