miércoles, 26 de julio de 2017

Recuerdos infantiles en un pueblo del Somontano oscense




Recuerdos infantiles en un pueblo
del Somontano oscense.

He hurgado en mi memoria, tanto como mis envejecidas neuronas me lo han permitido, y el resultado ha sido un ejercicio duro pero grato: He intentado plasmar en este libro la gozosa semblanza de unos días de mi infancia, vividos en Arbaniés, un pequeño pueblo del Somontano oscense.
Quizás los muchos años transcurridos desde entonces han idealizado aquellos recuerdos, que hoy me llegan tiernos, alegres y felices, pero es el regusto que me queda de ellos y es así como hago este, para mí, emocionado relato.
Copio aquí el Prólogo, como una verdadera declaración de intenciones
PRÓLOGO
Es propósito de esta narración rememorar y describir algunas de las vivencias habidas durante mi infancia en aquella entrañable tierra del Somontano oscense, para que sirva, tanto de conocimiento general, como de particular enseñanza a mis hijos, nietos y demás descendientes, de una forma de vida agotada ya en nuestros días, que no pudieron, por tanto, conocer y que nunca les será posible protagonizar.
Deseo que puedan comparar sus experiencias vitales con las mías y aquel estilo de vida con el suyo, de manera que consigan valorar la gran distancia social y económica que existe entre uno y otro.
Quiero también que sepan que esta distancia ha sido lograda mediante un arduo esfuerzo colectivo, realizado por nuestros padres y nuestra propia generación, a lo largo de un prolongado periodo de paz, entendimiento y trabajo.
Todavía aún más espero que puedan apreciar el extraordinario hecho que tuve la suerte de advertir muy joven. Pues, a pesar de las limitaciones materiales de todo tipo presentes en el cotidiano hacer de aquellas gentes, eran capaces de encontrar en él motivos palpables, para llevar a cabo su existencia con la suficiente alegría y contento, como para conformar una sencilla pero amigable sociedad, de trato afable y cordial. Lograban, de esta manera, una aceptable tasa de felicidad colectiva.
 Se evidencia, así mismo en estas líneas, que ésta puede ser hallada con independencia de la situación política, social y económica o de la propia aptitud para obtener medios materiales y su disfrute.

viernes, 17 de marzo de 2017

21.-Relatos, Fábulas y Leyendas

21.- LOS REFUGIADOS.





El doloroso tema de los refugiados se encuentra en las primeras planas de la actualidad. Cada día hay una nueva -o repetida- noticia, a cual más triste, sobre las gentes que huyen de la desolación que procura la guerra, una cruenta guerra que asola a varias naciones musulmanas, en especial Siria, Irak y Afganistán.
Son las consecuencias desastrosas de las guerras, que ya tiñeron de sombra y horror los pinceles y plumas de nuestro genial pintor Goya.
No es que en otros lugares no haya guerra. En el centro de África se han producido, y se producen, conflictos bélicos tan -o aún más- crueles y sangrientos, que los acontecidos en aquellos países musulmanes. Pero ninguno ha tenido el impacto mediático que estos.
Alguien sabrá, supongo, por qué las desdichas de la población africana ocasiona menos lástima y ocupan menos espacio en las noticias, que las sufridas por gentes con piel más decolorada. ¡Anda, que no han habido guerras, muertes y desplazados en África!
¿Será que aquello está muy lejos o que todavía nos quede inadvertida alguna que otra pincelada de aquel primerizo racismo colonial europeo? Pudiera ser.
Pero me ceñiré a las calamidades que se producen en un área tan cercana a Europa, como es el Oriente Próximo, según la definición de la RAE, u Oriente Medio, según la denominación empleada por la mayoría de los organismos internacionales.
Desde el primer momento en el que apareció el tremendo problema ocasionado por la gran riada de aspirantes a refugiados, me he sentido asombrado. No solo por el hecho en sí -en aquella región ha habido guerra desde antes de los años cuarenta del pasado siglo, sin que se hubiera producido este fenómeno-, sino también por la elevada magnitud del desastre. La cifra de desplazados suma hoy 7 millones,  contando solo los 5 provenientes de Siria y los otros 2 de Irak.
Mayor sorpresa me ocasionó la reacción que se produjo en la mayoría de las alcaldías españolas. En un país, donde la mala uva es uno de los productos más abundantes y característicos, comenzó entre ellas una curiosa puja benefactora al alza, para conseguir más refugiados que sus vecinos. Hubo quien se ofreció a recibir a cuantos llegaran. Sin límite alguno. No era cosa de regatear ni de andarse en pequeñeces, tales como asegurarse de disponer los medios precisos para ello.
Hace poco escuche una frase en boca del Papa, en defensa de los refugiados que buscan su acogida en Europa, ante los recelos que se dejaban sentir en algunos Estados, Alemania entre ellos: "Todo el mundo tiene derecho a buscar un futuro mejor".
Preciosas palabras. Pero yo me pregunto qué pasaría en Alemania si todos los millones de personas del mundo, que tienen ese derecho a buscar un futuro mejor, se presentaran allí. ¿Se imaginan el cuadro?
Es que el bien "hay que hacerlo bien", porque en caso contrario se corre el peligro, no solo de perder la ocasión de alcanzarlo, sino incluso, obtener un mal en su lugar, consecuencia de ese buenismo destalentado y muchas veces hipócrita, tan en boga.
¿Qué se ha hecho para resolver este sangrante problema? Muy poco. Se reunieron los mandamases europeos y decidieron formar cupos de admisión de acuerdo con las posibilidades de cada Estado. Lo más sencillo que se les ocurrió a las "lumbreras" que nos gobiernan. Pero las "posibilidades" de la mayoría de ellos quedaron pronto enflaquecidas por la tibia voluntad de echar a andar un plan, que adivinaban impracticable y repleto de líos e inconvenientes.
Más tarde, unos pocos países decidieron parchear el problema por su cuenta: La opinión pública apretaba.
Así, ahora, aceptan refugiados con cuenta gotas, confiando en que el asunto pierda actualidad con el paso del tiempo y el problema se vaya resolviendo por sí solo.
Una pena, porque el problema es de tal magnitud y el sufrimiento tan enorme que solo una acción pronta, poderosa, decidida y generalizada podría lograr paliarlo.   
Porque colocar, de repente, 7 millones de personas no es fácil, como se está demostrando. No solo por la enorme cantidad de recursos necesarios, sino además, porque el interés de la mayoría de refugiados se centra solo en dos o tres países europeos, lo que tiene que producir, por fuerza, innumerables tensiones en esos Estados.
Si yo fuera el Papa, la Merkel o el Trump -quiero decir: si yo tuviera la influencia y el poder de estos líderes- haría lo siguiente:
Promovería una reunión internacional seria de líderes de los Estados, tanto europeos como del resto de las potencias desarrolladas, junto a los mandatarios de los países limítrofes al conflicto. No me levantaría de la mesa hasta conseguir alcanzar un compromiso de ayuda pronta, real y efectiva a estas pobres gentes.
Obtenido este, haría que se formara, de inmediato, una comisión de expertos que estudiara a fondo el mejor sistema de ayuda a los refugiados y el método a seguir para su segura distribución, que contemplara algo mucho más efectivo que el simple reparto de asilados entre los estados comprometidos.   
¿Por qué? Porque empeñarse en dar asilo a siete millones de personas es imposible del todo. Hace poco, el gobierno español ha enviado un comunicado a la Comisión Europea, anunciando que está preparado para reasentar a 875 refugiados, con lo que sería el tercer Estado europeo en disponibilidad.
¿No es esto un ridículo total, incomprensible e hiriente? No me digan que no.
Por otra parte ¿qué capacidad de acogida tiene un Estado con cerca de cuatro millones de parados? Poca.
Pero si fuera posible asilar a esos 7 millones en los 27 Estados de la Unión Europea -los británicos ya se han ido en previsión de tener que hacerlo. No olviden que el argumento más efectivo para que los ingleses se pronunciaran por el Brexit fue "que les iban a llenar Gran Bretaña de refugiados incontrolados"-, lejos de resolver el problema lo agrandaría hasta límites imprevisibles, para hacerlo irremediable y crónico, por tanto.
Imaginen, sí no, a este ingente colectivo -unos 300 mil refugiados de media por Estado- llegando a cualquier País europeo. Unos pocos lograrían integrarse en él gracias a poseer la capacidad adecuada para conseguir un empleo. La mayoría quedaría desempleada e iría a engrosar los guetos, ya existentes, y sobrevivir gracias a la caridad pública y privada, casi siempre escasa.
Aun y todo, hay que suponer que esta situación todavía les resultará ventajosa, dadas las calamidades que han tenido que soportar. Pocos serán los que decidan regresar a sus respectivos países de origen. Para qué, si los encontrarán arrasados, exánimes y faltos de lo más vital e imprescindible, debido a los terribles bombardeos sufridos y a la dura guerra callejera entre las distintos grupos religiosos y políticos.
Así que, si añadimos a la cifra de desplazados, la de muertos civiles y militares, represaliados y fugitivos del bando perdedor ¿quién quedará para acometer la reconstrucción de sus países al finalizar la guerra?
Muy pocos. Por esto, advertía antes del riesgo de que el problema pueda hacerse crónico, tanto para los refugiados en los países de acogida, como para superar la ruina de los Estados en conflicto, terminado este.
No, hay que resolver el problema de los refugiados actuando de manera más racional y conveniente.
¿Cómo?
La primera medida debería ser atacar la raíz del problema: la guerra. Habría que emplear todos los medios de presión al alcance de las potencias firmantes para pararla. Y si esto resultara inviable, habría que intervenir en ella. No como se está haciendo ahora, sino de una forma decidida, contundente y rápida, para que el sufrimiento que conlleva dure lo menos posible.
No es admisible el modo de cómo hoy se está interviniendo militarmente en estos países. Esos terribles y cobardes bombardeos indiscriminados -se trata de evitar bajas propias-, no distinguen entre el enemigo y la población civil y provocan la destrucción, el sufrimiento y la muerte, tanto en las viviendas de ciudadanos inocentes, como en los centros de producción, tiendas y mercados, hospitales, escuelas y centros religiosos.
Ya es hora de que los organismos internacionales prohíban estas prácticas inhumanas.
Así se explica que haya tantos conflictos armados, en Oriente Medio y África, que se enquistan, duran décadas y acaban siendo crónicos. "No podemos enviar tropas -dirán los prebostes occidentales-, y tener bajas en nuestras filas". Claro: que pongan otros los muertos.
Pero si no quieren asumir las consecuencias que toda intervención armada provoca en sus tropas, hagan el favor de no injerirse y dejen que cada país resuelva sus propios problemas. Y si se ven obligados a actuar por "humanidad", como dicen, limítense a bombardear objetivos militares fuera de las poblaciones.
Mientras tanto, un enorme gentío trata de huir de la cruel guerra que está asolando sus países. Hombres, mujeres y niños desesperados inician un doloroso éxodo lleno de miseria, sufrimiento y peligro ¿Cómo remediar tanta desgracia de una forma racional, eficaz y definitiva, evitando su dispersión, de manera que no pierdan lo que para ellos representa sus mayores bienes: sus raíces, su cultura, costumbres y lazos familiares o vecinales?
No tengo duda alguna. Solo se podría lograr, promoviendo un plan similar al Plan Marshall, que tan eficaz resultó al finalizar la 2ª Guerra Mundial. Con la diferencia de que, en este caso, debería ocuparse, no solo de la reconstrucción de los países al finalizar la guerra, sino también de proporcionar acogida y acomodo digno a los desplazados durante ella.
Llegado a este punto, no se puede olvidar que el éxito del Plan Marshall se debió, en su mayor parte, a la eficaz administración de los medios asignados a los países beneficiarios, que realizó de manera impecable la AEC, organismo internacional creado para tal fin.
Una entidad similar debería crearse para promover, organizar, administrar y fiscalizar la ayuda pactada a los desplazados. Este ente supranacional -incluido o no en el actual ACNUR-, podría realizar, también, una eficaz tarea de coordinación en el trabajo de las distintas ONG que ya hoy se esfuerzan en colaborar, tratando de  paliar los sufrimientos de aquellas gentes, aunque la magnitud del problema les obligue a realizarlo de una forma precaria, puntual, descoordinada y según su único y propio poder, saber y entender.
¿Pero cómo debería materializarse esa ayuda?
Evitando las inhóspitas tiendas de tela, el barro, la inmundicia o la contaminación. Los países industriales deberían acometer un plan urgente de producción de módulos prefabricados habitables y reutilizables, en número suficiente para dar vivienda digna a todos los desplazados. Sé que Ikea está trabajando en esta idea.
Los módulos deberían estar dotados de todos los elementos necesarios para un uso inmediato y digno, tales como instalaciones sanitarias, de corriente eléctrica y agua potable, además de los oportunos desagües.
Para la ubicación de los módulos debería elegirse lugares comunicados y seguros en los países limítrofes a los que están en conflicto, que permitan el suministro,  de víveres y de aquellos otros elementos vitales antes indicados, así como la adecuada evacuación de aguas residuales. Es decir, dotados de cierta pre urbanización.
Debería evitarse la formación de esos horribles macro campamentos, como el de Dadaab, en Kenia, que alberga a cerca de 465.000 refugiados. Por contra, los núcleos de población no deberían alojar a más de 10.000 refugiados. Cada núcleo dispondría de módulo escolar, hospitalario, administrativo y de culto.
Una atención especialmente cuidadosa debería tenerse en la colocación de los módulos y el alojamiento de sus habitantes. Estos deberían reunirse por familias, calles, barrios, aldeas y distritos en el caso de grandes ciudades, tratando así de reproducir, en lo posible, la localización anterior en sus lugares de origen.
De este modo, la población desplazada, una vez resueltas sus necesidades vitales, viviría de acuerdo con su natural forma de vida, su cultura y sus costumbres.
Una vez logrado esto, la administración de los medios, la distribución de las ayudas y la actuación de las ONG podrían realizarse de forma fluida, ordenada, segura y eficaz.
Los módulos habitables, propiedad de la UE, podrían reutilizarse, una vez superado este conflicto bélico, en otros escenarios sujetos a nuevas carencias humanitarias, tales como terremotos, inundaciones, huracanes u otras contiendas armadas.
No resulta difícil adivinar las ventajas de este sistema, en relación con el que se está intentando establecer en la actualidad. En realidad, todos los actores que intervienen en el programa obtendrían una solución mejorada a su problema.
Más que nadie los propios desplazados, que encontrarían sus necesidades cubiertas sin necesidad de arriesgar la vida en esos terribles y largos recorridos, muchas veces en condiciones infrahumanas, en busca de una vida mejor que muy pocos encontrarán.
Sobre todo, podrían convivir con su gente más próxima, sin necesidad de enfrentarse a otras culturas y formas de vida ajenas a las suyas y, con frecuencia, en un medio excluyente, y aun de franco rechazo.
También sus países obtendrían un claro beneficio por esta disposición de los asentamientos. Llegado el tiempo de la reconstrucción, terminada la guerra, los refugiados estarían en condiciones de participar en ella activamente, una condición indispensable para el buen resultado de la misma. Esto quedó demostrado, de forma evidente, durante la aplicación del Plan Marshall en los países asolados por la 2ª Guerra Mundial.
Los estados limítrofes al conflicto, que acogieran los asentamientos descritos, obtendrían las ventajas de poder suministrar muchos de los productos necesarios para la supervivencia de los refugiados, que serían financiados por la agencia encargada de la correcta administración de la ayuda.
Los estados donantes quedarían así, mediante  dicha agencia, libres de todos los líos organizativos en la aplicación de las ayudas. Pero, sobre todo, evitaría las complicaciones sociopolíticas inherentes al asunto.
Deberían de preocuparse solo de dotar a este plan, similar al Marshall como he dicho, del dinero necesario para su ejecución. Los estados "ricos" no podrían negarlo y a los menos ricos les resultaría imposible racanearlo -como en el caso de la cifra de acogimiento-. Quién más o quién menos, la mayor parte recibe ayudas o subvenciones de la Comunidad Europea. Bastaría con descontarles la cuota asignada.
Algo parecido han pretendido hacer con Turquía, subvencionando a este país como receptor temporal de los refugiados sirios. Sin embargo esta acción no ha representado más que un tímido intento de paliar el problema por parte de la UE. Han cometido un error fundamental al dejar en manos de las autoridades turcas la gestión de los recursos de ayuda y la selección de los aspirantes a obtener el acogimiento europeo.
Hoy se sabe que los refugiados han tenido que sufrir carencias alimentarias y de todo tipo en este país.
Además, las autoridades turcas, sin el menor asomo de sonrojo, han realizado una bochornosa selección auténticamente discriminatoria.
Han enviado a occidente a la mayoría de personas enfermas y ancianas, mientras que ellos acogían a todos los refugiados que eran capaces de demostrar una buena preparación en cualquier actividad económica o profesional de interés. En especial ingenieros o médicos. Las personas sin oficio ni estudios son deportadas y puestas en la frontera de Siria de inmediato.
Tampoco los campamentos que han montado son modelo de humanitarismo y confort. Muy al contrario, la gente ha de sufrir, en sencillas tiendas de campaña, el frío, lluvia o el calor extremo, además del hambre al que están condenados por la escasa, y en ocasiones nula, distribución gubernamental de enseres, víveres y demás suministros.
Sorprende la poca visión de futuro de los gobiernos europeos, sobre todo la de aquellos que ostentan un mayor poder e influencia. 
Aun sin tener en cuenta los aspectos humanitarios ni las repercusiones políticas en juego, hay que hacer notar las connotaciones económicas en la resolución del conflicto y el bajo costo necesario para obtenerlas. En efecto, buena parte de las ayudas prestadas en la ubicación de los desplazados, y aun en mucha mayor medida en la reconstrucción de sus países, tendrían un efecto de retorno al efectuase el suministro de los módulos habitables y demás productos industriales.
Bien, todo esto sucedería si yo fuese el Papa, la Merkel o el Trump. Pero como no lo soy ni lo seré ¿no es una solemne tontería perder el tiempo en discurrir sobre algo que no tiene, ni puede tener, la más mínima proyección ni consecuencia y, seguramente, ni siquiera un ínfimo interés por parte de mis pocos lectores? Cuanto más lo pienso mayor sandez me parece.

Pero, qué le vamos a hacer. Me lo pedía el cuerpo.  

martes, 7 de febrero de 2017

20. Relatos, Fábulas y Leyendas

20.- EL CIELO.





Los niños de hoy aterrizan en este mundo con una curiosidad sin límites. Quieren saber, pero necesitan hacerlo razonadamente. No admiten respuestas como: "porque lo dijo fulano" sea cual sea la autoridad de éste. O bien: "porque está escrito en tal libro" por muy relevante que sea.
Recuerdo que estos imprecisos argumentos eran suficientes para aplacar nuestro deseo de conocer temas delicados, allá por los años cuarenta del siglo pasado. Hoy ya no valen.
Esto viene a cuento por la pregunta que me ha lanzado mi nieto Andrés -alias Andrews- de ocho años.
Es esta: Oye yayo ¿Cómo supieron las personas que Dios estaba en el cielo?
¡Casi nada! No me negaran que esta pregunta se las trae.
Andrés, con sus 8 años, hace nada que ha sufrido la desilusión de saber que los Reyes Magos y el Ratoncito Pérez son un escandaloso invento de los mayores. Está, y con razón, más que resabiado y ya no acepta ninguna proposición fundada en la autoridad de quien se la hace.
¡Vaya un papelón que me ha caído! Necesito meditar mucho la respuesta. No vale cualquiera, ni tampoco salirme por la tangente para cubrir de cualquier modo el expediente. A su vez, deberá resultar asequible a la capacidad de entendimiento correspondiente a su edad. ¡En menudo charco me he metido!
Verás, Andrés, lo primero que debes entender es la diferencia que existe entre cielo y Cielo.
El cielo, o firmamento, es ese espacio etéreo, diáfano y azulado que rodea la Tierra, donde vuelan  pájaros y aviones, corren las nubes y andan las estrellas. Es algo tangible y visible, es decir, material. Aunque su dimensión sea desconocida para nosotros, pues se extiende hasta los ignotos límites del Universo.
El Cielo de define como la morada de Dios, los ángeles, los santos y los justos. Debido a Su naturaleza  debe ser inmaterial, invisible y su situación ignorada. Por pura lógica, aunque sin ninguna seguridad por falta de conocimiento, el Cielo debería estar situado en una dimensión, tan distinta a las que conocemos los humanos, que ha de resultar inimaginable para nosotros.
Como ves, nos encontramos ante dos mundos muy diferentes. El material, que se puede ver y tocar, es decir, el nuestro, donde vivimos, y el inmaterial o espiritual que no se puede ver ni tocar. Tampoco  sabemos dónde se encuentra, por dónde anda, ni cuál es su verdadera naturaleza.
Ahora debes entender la diferencia que existe entre conocimiento y creencia.
Los conocimientos corresponden a todo lo que sabemos o podemos llegar a saber de ese mundo material donde nos encontramos los humanos.
Las creencias pertenecen a este otro mundo espiritual que no se puede ver, tocar o medir, solo imaginar, suponer o admitir, es decir, creer lo que nos propongan otros, revestidos con la adecuada autoridad.
Entonces, te preguntarás cómo saber a quién creer sobre un hecho espiritual, si no se puede conocer, a ciencia cierta, nada en concreto de esa proposición.
Muy fácil. Se trata de comprobar si esa creencia propugna el bien y/o conduce a él.
Recuerda bien esa frase, pues te puede servir para cualquier otra situación de tu vida futura. Si alguien te dice algo que contradice ese principio no le hagas ningún caso. Aunque te lo diga tu abuelo.   
Nosotros -y tú en particular- disponemos de un conjunto de creencias que componen una religión, la Católica, fundada en la doctrina de Jesucristo, que encaja bien en esa definición que yo te he dado. Por eso tus ancestros, tus tatarabuelos, bisabuelos, abuelos y padres han creído y creen en ella.
Después de esto volvemos a tu pregunta inicial.
¿Cómo supieron las personas que Dios estaba en el cielo?
Pues bien, las primeras personas que pensaron en Dios, muchos siglos antes de que naciera Jesucristo, situaron su casa en el cielo, más allá de las nubes, por la sencilla razón de que era evidente que no estaba en la Tierra -nadie lo había visto por aquí- y no podían imaginar otro lugar más adecuado donde vivir sin que le vieran: si no estaba en la tierra, estaría en el cielo. Además disponían de muy pocos conocimientos de Astronomía y, por lo tanto, ignoraban la inmensidad y el funcionamiento del Universo.
Hoy ya se sabe que la morada de Dios no está en el cielo, sino en el Cielo, un lugar inmaterial, como corresponde a la naturaleza divina, que nadie sabe cómo es ni dónde se encuentra.
Se ha mantenido la misma palabra para los dos distintos criterios por tradición y porque el cambio de la significación de un concepto a otro fue muy lento.
Resumiendo: Las personas nunca han podido saber, a ciencia cierta, dónde está Dios. La Religión nos lo puede explicar, pero eso no es un conocimiento sino una creencia, como te he comentado.
Espero haber podido responder bien a tu pregunta y, al mismo tiempo, aclarar los conceptos que la componen. Y si algo no entiendes, aquí me tienes para esclarecerlo.




viernes, 27 de enero de 2017

19.- Relatos, Fábulas y Leyendas

19.- UN DÍA EN TEOTIHUACAN.







Era un domingo de septiembre del año 1992. Aquel día me hallaba en México D.F. tras una semana de intenso trabajo. Motivos profesionales, como casi siempre que viajo al extranjero, me habían llevado hasta allí. Excelente día, pensé, para destensar nervios y reposar la mente, al tiempo que aprovechaba para gozar de alguna excelencia de la ancestral cultura mexicana.
Después de una madrugadora sesión de arte escénico a cuenta del Ballet Folklórico de México -con  música, danza y canciones típicas de allá-, en el precioso marco del Palacio de Bellas Artes, mi guía, un amable colega que había tomado la responsabilidad de proporcionarme un día agradable, sosegado y sugestivo a la vez, me sugirió realizar una fugaz visita a la ciudad de Teotihuacán, la sorprendente "ciudad de los dioses".
Accedí entusiasmado. Nada me hubiera interesado más en aquel momento.
Este conjunto monumental dista del Distrito Federal unos 70 Km, cercano, por tanto, del lugar en que nos hallábamos.
En muy poco más de una hora, mi colega, su esposa y yo nos hallábamos ante el obligado parking anterior al conglomerado de las antiguas construcciones pétreas, que conforman la llamada "ciudad de los dioses" o Teotihuacán.
Todavía fue necesario caminar unos 300 metros sobre un camino polvoriento, en ligera cuesta, para llegar hasta la plana donde se asientan los restos de la antigua ciudad náhualt.
En realidad, aquella vía de llegada era una irregular senda, acotada a ambos lados por una legión de pequeños puestos de venta, con los más pintorescos artículos de recuerdo que pueda imaginarse. Algunos de bella factura, como los que yo mismo adquirí al regreso de la visita. No pude reprimir el deseo de llevarme varias estatuillas de ídolos mexicas, talladas con delicado tiento en brillante obsidiana. Me sirvieron de feliz recuerdo de aquella emocionante jornada.
Superada la pequeña cuesta, apareció ante mi asombrada mirada el impresionante panorama del pétreo conjunto monumental, en toda su inmensa grandeza.
Frente a mí, se abría una amplia plaza, la Plaza del Sol, antesala de la Pirámide del Sol, una construcción de planta cuadrada de 225 m. de lado y 65 m. de altura La plaza, delimitada por una gran variedad de restos arqueológicos, está cruzada por una ancha avenida Norte-Sur, la Calzada de los Muertos, que conduce por la derecha hacia la Ciudadela, el templo de Quetzalcóatl y la zona arqueológica, junto a incontables restos de antiguos edificios, a lo largo de una longitud de 1.300 metros.
Por la izquierda, la Calzada termina en la Plaza de la Luna, unos 600 metros más allá, limitada en su parte norte por la hermosa Pirámide de la Luna, algo más pequeña que la del Sol.
Tras obtener las primeras impresiones sobre la disposición y naturaleza del conjunto monumental, con ojos admirativos y bien abiertos, y recibir las primeras explicaciones de mis acompañantes, atacamos la subida a la Pirámide del Sol, bajo los tórridos e inclementes rayos del astro rey, que apretaba duro, como si tratara de cobrarse un caloroso peaje, en pago de nuestro descarado propósito de hollar su sede terrenal.
Para alcanzar la cima de la pirámide, es preciso subir -escalar más bien- por unas empinadas, fatigosas e inacabables escaleras con peldaños de gran altura y escasa huella. No conté los escalones, pero eran muchos. Demasiados para mis pulmones, que al llegar al primer descanso -hay tres antes de llegar a la cumbre- ya me reclamaban una pausa para tomar resuello.
Alcanzada la segunda plataforma, todo mi cuerpo se hallaba completamente bañado en sudor, mis pulmones reclamaban oxígeno con urgencia, mientras  mi corazón cabalgaba desbocado, para tratar de escapar de su encierro, tras considerarlo, quizás, demasiado estrecho.
Mi fatiga era tan evidente, que me fue imposible justificar la pausa que necesitaba, con la excusa de detenernos para contemplar el panorama, taimado pretexto que ya utilicé al llegar a la primera plataforma.
El caso es, que los estragos que la dura escalinata hacían en mí, no se transmitían a mis acompañantes, más allá de la normal fatiga ocasionada al subir una larga escalera. Y esto me fastidiaba.
Pronto mis amigos me tranquilizaron al darme a conocer la posible causa. Aquello estaba a una altura de 2.300 metros. Ellos estaban aclimatados y yo, que vivo a nivel del mar, no.
En ese momento, la esposa de mi colega, apiadada de mi fatigada imagen, me ofreció su "piedra de la energía".
Ya había notado, al dejar el coche, que llevaba apretada, en su mano izquierda, una gruesa, brillante y casi transparente piedra, de talla irregular y color anaranjado que creí semi preciosa por su belleza.
Me explicó que la llevaba siempre que debía realizar algún esfuerzo continuado, ya que le aportaba la energía necesaria para evitar la fatiga. Su abuelo se la había regalado poco antes de morir.
Después me contó su historia: Sus abuelos fueron emigrantes chinos y ella era hija de china y mexicano. Debí suponerlo, sus rasgos raciales lo evidenciaban.
Una nueva revelación me dejó boquiabierto: El abuelo de la esposa de mi colega fue el cocinero personal de Doroteo Arango, alias Pancho Villa, y la "piedra de la energía" un regalo que Villa donó a su abuelo en pago de sus buenos servicios, antes de ocultar su fabuloso tesoro en alguna parte de las escarpaduras del Cerro Santa Cruz. El tesoro de Villa jamás se encontró, al menos que se sepa.
Mi innata e inagotable curiosidad me condujo a "tirar de la lengua" a Isabelita, nombre de la simpática semi china, para conseguir que me describiera alguna, o cuantas más pudiera, de las aventuras corridas por Pancho Villa, y escuchara de niña en boca de su abuelo. No es este el momento, pero ocasión habrá para narrar unas cuantas emocionantes anécdotas, todavía inéditas, del famoso revolucionario mexicano.
Pero al fin, llegamos a la cumbre de la enorme Pirámide del Sol, no sin antes haber agotado gran parte de la poca energía que me quedaba.
Tomé aliento y una mirada a mi alrededor bastó para alejar de mí cualquier señal de fatiga. Era un panorama indescriptible el que se abría ante mis pies desde lo alto de la gran pirámide. Al momento, sentí cómo su asombrosa contemplación me arrebataba de mi mundo actual, para trasladarme siglos atrás e imaginar a los cientos de miles de habitantes que vivieron allí su vida laborando, quizás peleando, tal vez amando.
O puede que aquel inmaterial sentimiento que me embargaba fuera producido por el aleteo de los espíritus de los incontables seres humanos fallecidos en aquella urbe inmensa, durante los diez siglos de su existencia.
Según me explicaron mis acompañantes, la ciudad de Teotihuacán fue fundada por tribus de otomíes y mazahuas unos 300 años a. C., después de que los dioses se reunieran allí para dar origen al Nahui Ollin, es decir, el Quinto Sol que alumbró la edad contemporánea.
Floreció durante los siglos IV y V, llegando a tener entre 100 mil a 200 mil habitantes. Una urbe inmensa a juzgar por los 22 km2 que componen la superficie de los restos de las edificaciones de la antigua ciudad.
Sin embargo, durante el siglo IX algo terrible tuvo que suceder, para que la ciudad fuese abandonada por sus habitantes y quedasen destruidos y quemados la mayor parte de sus edificios. Un insondable misterio, jamás revelado, guarda las causas que ocasionaron aquella horrible hecatombe. Pero créanme, todas sus dispersas piedras rezuman un fantasmal y pavoroso halo, que se cuela entre los visitantes y los envuelve, hasta hacerles sentir un indescriptible sentimiento de misteriosa inquietud.
Sobrecogido por las imprecisas, pero angustiosas, sensaciones recibidas, inicié el descenso de la pirámide con el suficiente cuidado, puesto que la inclinación de la escalera y la estrechez de sus peldaños, daban un claro riesgo de rodar por ellas y quedar bien maltrecho.
Hecho esto, trepamos por la Pirámide de la Luna, en el extremo de la Calzada de los Muertos, desde donde se obtiene un nuevo panorama de Teotihuacán. Ante nosotros y a nuestros pies, se sitúan las construcciones de la plaza de la Luna y se abre la Calzada al frente, perdiéndose en el horizonte y acompañada, a un lado y otro, por innumerables restos de edificaciones. Mucho más lejos, al final de ella, se adivinaba la Ciudadela y la bella pirámide de la Serpiente Emplumada.
Una potente y sabrosa comida mexicana puso broche de oro al paso de aquella inolvidable jornada. 


martes, 3 de enero de 2017

18.- Relatos, Fábulas y Leyendas

18.- MILAGRO EN BIZANCIO.



Las campanas de la bella e imponente basílica de Santa Sofía, en Constantinopla, daban sus últimos tañidos, antes de consumirse el tumultuoso siglo XIII, y el otrora poderoso e invencible Imperio Bizantino se debatía en un mar de penurias y deterioro, rodeado de amenazas.
Reinaba en Bizancio, desde el año 1282, el emperador Andrónico II Paleólogo, hombre inseguro de carácter débil y poseído de escaso talento político, aunque adornara su figura un profundo sentimiento religioso.
La endeble naturaleza de su temperamento propició que fuera su hijo Miguel quien manejara las riendas del gobierno del Imperio Bizantino, para desgracia de sus súbditos.
Era Miguel una persona disoluta, falaz, déspota y disipador. Amante de festines, orgías y bacanales, hizo que la situación del Imperio se fuera deteriorando día a día. El excesivo fasto, la mala administración, los gastos del ejército mercenario -la operatividad del ejército imperial había decaído hasta el extremo de necesitar la ayuda de mercenarios alanos para defender sus amenazadas fronteras-, y la rapiña de los invasores latinos durante las primeras cruzadas, habían dejado exhaustas las arcas imperiales.
El Imperio se veía amenazado por francos y tropas del Sacro Imperio Romano en sus límites occidentales. Por el norte, debían hacer frente a las frecuentes incursiones de temibles hordas de guerreros lantzauros y en oriente, los ejércitos otomanos del sultán Omar I cruzaban los desfiladeros de los Montes Tauro y amenazaban conquistar la península de Anatolia.
Para mayor desgracia, navíos venecianos, genoveses y pisanos se enseñorearon de los mares de aquella parte del Mediterráneo. Aprovecharon la debilidad de la marina imperial para, valiéndose de esa posición hegemónica, acaparar el comercio entre Oriente y Occidente y cobrar fuertes tributos a los mercantes imperiales.
Se comprende así que la moral de la ciudadanía no estuviera en su mayor nivel de confianza. Más aún cuando, al acercarse el final del siglo, una legión de visionarios se empeñara en predicar la llegada del fin del Mundo, en el mismo momento de producirse el tránsito.
Unos insólitos acontecimientos, que tuvieron lugar durante el año 1299, fueron tomados por los bizantinos como nefastos augurios, anunciadores de grandes y dolorosos males, durante el devenir del nuevo siglo.
Así, en la madrugada del día 5 de julio, la luna, que se hallaba en un avanzado cuarto creciente y aún brillaba por occidente sobre Constantinopla, la capital del Imperio, comenzó a oscurecerse y a las seis y media desapareció por completo del firmamento.
El extraño fenómeno mantuvo a la población amedrentada durante todo el día, y aunque al anochecer volvió a lucir como siempre y a recorrer su órbita acostumbrada, no fue suficiente para hacerles olvidar el desasosiego que sobrecogió el ánimo de las gentes al despuntar esa misma mañana.
Al día siguiente, a la misma hora de la madrugada anterior, un fuerte temblor sacudió la ciudad durante casi dos minutos. Muros y cimientos se resquebrajaron, al tiempo que se derrumbaba una gran cantidad de edificios. La población, ganada por un gran espanto, huía despavorida de sus inestables edificios, tratando de salvar la vida, sin que muchos lo lograran.
Eso no fue todo. Al cabo de una hora, las personas situadas en el alto de las murallas y otros sitios elevados vieron formarse en el horizonte del mar una gigantesca ola, que se movía con rapidez en dirección a la ciudad.
Por fortuna, un sacerdote de la corte, que oraba ante una imagen de la Virgen, en una estancia elevada del Palacio Blaquernae, la vio llegar. Tomó el milagroso icono de la Señora, llamada la Blachernitissa, lo asomó por un ventanal y gritó con todas sus fuerzas:
-¡Madre de Dios, sálvanos!
Y en ese instante, la enorme ola, que lamía ya las murallas y asomaba su agitaba espuma como diez varas por encima de ellas, quedó inmóvil un momento y, en seguida, se retiró mansamente sin producir daño alguno.
El milagro vino a engrosar una larga lista de portentos, atribuidos a esta imagen de Nuestra Señora.
El milagroso icono tiene relieve, está confeccionado con ceras coloreadas, embebidas de los Santos Óleos y amasadas con cenizas de los mártires del siglo VII.
A pesar del milagroso suceso, todo Bizancio quedó convencido de que el nuevo siglo XIV, aun sin ocurrir el fin del Mundo, vendría seguido de dolor, sufrimiento y muchas penalidades.
No andaban equivocados. El 27 de julio de 1302, el ejército bizantino, mandado por el heteriarca Mouzalon, se enfrentó al otomano, con el sultán Omar I a la cabeza, en la llanura de Bafea, entre Nicomedia y Nicea. Las tropas mercenarias de alanos, encuadradas en las filas bizantinas, desertaron pronto y los otomanos infringieron al resto del ejército bizantino una derrota total. Después asolaron los territorios griegos de Anatolia, hasta asomarse al estrecho del Bósforo y contemplar, codiciosos, la resplandeciente ciudad de Constantinopla, capital y corazón del Imperio Bizantino.
Viéndose perdido, Andrónico pidió ayuda al rey de Sicilia, Federico III, y este envió en su socorro a quince mil almogávares aragoneses y catalanes, mandados por un caballero de origen alemán llamado Rutger Blume -Roger de Flor-, que protagonizarían una heroica y legendaria  página de la Historia.
Pero ese es otro relato.