martes, 7 de febrero de 2017

20. Relatos, Fábulas y Leyendas

20.- EL CIELO.





Los niños de hoy aterrizan en este mundo con una curiosidad sin límites. Quieren saber, pero necesitan hacerlo razonadamente. No admiten respuestas como: "porque lo dijo fulano" sea cual sea la autoridad de éste. O bien: "porque está escrito en tal libro" por muy relevante que sea.
Recuerdo que estos imprecisos argumentos eran suficientes para aplacar nuestro deseo de conocer temas delicados, allá por los años cuarenta del siglo pasado. Hoy ya no valen.
Esto viene a cuento por la pregunta que me ha lanzado mi nieto Andrés -alias Andrews- de ocho años.
Es esta: Oye yayo ¿Cómo supieron las personas que Dios estaba en el cielo?
¡Casi nada! No me negaran que esta pregunta se las trae.
Andrés, con sus 8 años, hace nada que ha sufrido la desilusión de saber que los Reyes Magos y el Ratoncito Pérez son un escandaloso invento de los mayores. Está, y con razón, más que resabiado y ya no acepta ninguna proposición fundada en la autoridad de quien se la hace.
¡Vaya un papelón que me ha caído! Necesito meditar mucho la respuesta. No vale cualquiera, ni tampoco salirme por la tangente para cubrir de cualquier modo el expediente. A su vez, deberá resultar asequible a la capacidad de entendimiento correspondiente a su edad. ¡En menudo charco me he metido!
Verás, Andrés, lo primero que debes entender es la diferencia que existe entre cielo y Cielo.
El cielo, o firmamento, es ese espacio etéreo, diáfano y azulado que rodea la Tierra, donde vuelan  pájaros y aviones, corren las nubes y andan las estrellas. Es algo tangible y visible, es decir, material. Aunque su dimensión sea desconocida para nosotros, pues se extiende hasta los ignotos límites del Universo.
El Cielo de define como la morada de Dios, los ángeles, los santos y los justos. Debido a Su naturaleza  debe ser inmaterial, invisible y su situación ignorada. Por pura lógica, aunque sin ninguna seguridad por falta de conocimiento, el Cielo debería estar situado en una dimensión, tan distinta a las que conocemos los humanos, que ha de resultar inimaginable para nosotros.
Como ves, nos encontramos ante dos mundos muy diferentes. El material, que se puede ver y tocar, es decir, el nuestro, donde vivimos, y el inmaterial o espiritual que no se puede ver ni tocar. Tampoco  sabemos dónde se encuentra, por dónde anda, ni cuál es su verdadera naturaleza.
Ahora debes entender la diferencia que existe entre conocimiento y creencia.
Los conocimientos corresponden a todo lo que sabemos o podemos llegar a saber de ese mundo material donde nos encontramos los humanos.
Las creencias pertenecen a este otro mundo espiritual que no se puede ver, tocar o medir, solo imaginar, suponer o admitir, es decir, creer lo que nos propongan otros, revestidos con la adecuada autoridad.
Entonces, te preguntarás cómo saber a quién creer sobre un hecho espiritual, si no se puede conocer, a ciencia cierta, nada en concreto de esa proposición.
Muy fácil. Se trata de comprobar si esa creencia propugna el bien y/o conduce a él.
Recuerda bien esa frase, pues te puede servir para cualquier otra situación de tu vida futura. Si alguien te dice algo que contradice ese principio no le hagas ningún caso. Aunque te lo diga tu abuelo.   
Nosotros -y tú en particular- disponemos de un conjunto de creencias que componen una religión, la Católica, fundada en la doctrina de Jesucristo, que encaja bien en esa definición que yo te he dado. Por eso tus ancestros, tus tatarabuelos, bisabuelos, abuelos y padres han creído y creen en ella.
Después de esto volvemos a tu pregunta inicial.
¿Cómo supieron las personas que Dios estaba en el cielo?
Pues bien, las primeras personas que pensaron en Dios, muchos siglos antes de que naciera Jesucristo, situaron su casa en el cielo, más allá de las nubes, por la sencilla razón de que era evidente que no estaba en la Tierra -nadie lo había visto por aquí- y no podían imaginar otro lugar más adecuado donde vivir sin que le vieran: si no estaba en la tierra, estaría en el cielo. Además disponían de muy pocos conocimientos de Astronomía y, por lo tanto, ignoraban la inmensidad y el funcionamiento del Universo.
Hoy ya se sabe que la morada de Dios no está en el cielo, sino en el Cielo, un lugar inmaterial, como corresponde a la naturaleza divina, que nadie sabe cómo es ni dónde se encuentra.
Se ha mantenido la misma palabra para los dos distintos criterios por tradición y porque el cambio de la significación de un concepto a otro fue muy lento.
Resumiendo: Las personas nunca han podido saber, a ciencia cierta, dónde está Dios. La Religión nos lo puede explicar, pero eso no es un conocimiento sino una creencia, como te he comentado.
Espero haber podido responder bien a tu pregunta y, al mismo tiempo, aclarar los conceptos que la componen. Y si algo no entiendes, aquí me tienes para esclarecerlo.




viernes, 27 de enero de 2017

19.- Relatos, Fábulas y Leyendas

19.- UN DÍA EN TEOTIHUACAN.







Era un domingo de septiembre del año 1992. Aquel día me hallaba en México D.F. tras una semana de intenso trabajo. Motivos profesionales, como casi siempre que viajo al extranjero, me habían llevado hasta allí. Excelente día, pensé, para destensar nervios y reposar la mente, al tiempo que aprovechaba para gozar de alguna excelencia de la ancestral cultura mexicana.
Después de una madrugadora sesión de arte escénico a cuenta del Ballet Folklórico de México -con  música, danza y canciones típicas de allá-, en el precioso marco del Palacio de Bellas Artes, mi guía, un amable colega que había tomado la responsabilidad de proporcionarme un día agradable, sosegado y sugestivo a la vez, me sugirió realizar una fugaz visita a la ciudad de Teotihuacán, la sorprendente "ciudad de los dioses".
Accedí entusiasmado. Nada me hubiera interesado más en aquel momento.
Este conjunto monumental dista del Distrito Federal unos 70 Km, cercano, por tanto, del lugar en que nos hallábamos.
En muy poco más de una hora, mi colega, su esposa y yo nos hallábamos ante el obligado parking anterior al conglomerado de las antiguas construcciones pétreas, que conforman la llamada "ciudad de los dioses" o Teotihuacán.
Todavía fue necesario caminar unos 300 metros sobre un camino polvoriento, en ligera cuesta, para llegar hasta la plana donde se asientan los restos de la antigua ciudad náhualt.
En realidad, aquella vía de llegada era una irregular senda, acotada a ambos lados por una legión de pequeños puestos de venta, con los más pintorescos artículos de recuerdo que pueda imaginarse. Algunos de bella factura, como los que yo mismo adquirí al regreso de la visita. No pude reprimir el deseo de llevarme varias estatuillas de ídolos mexicas, talladas con delicado tiento en brillante obsidiana. Me sirvieron de feliz recuerdo de aquella emocionante jornada.
Superada la pequeña cuesta, apareció ante mi asombrada mirada el impresionante panorama del pétreo conjunto monumental, en toda su inmensa grandeza.
Frente a mí, se abría una amplia plaza, la Plaza del Sol, antesala de la Pirámide del Sol, una construcción de planta cuadrada de 225 m. de lado y 65 m. de altura La plaza, delimitada por una gran variedad de restos arqueológicos, está cruzada por una ancha avenida Norte-Sur, la Calzada de los Muertos, que conduce por la derecha hacia la Ciudadela, el templo de Quetzalcóatl y la zona arqueológica, junto a incontables restos de antiguos edificios, a lo largo de una longitud de 1.300 metros.
Por la izquierda, la Calzada termina en la Plaza de la Luna, unos 600 metros más allá, limitada en su parte norte por la hermosa Pirámide de la Luna, algo más pequeña que la del Sol.
Tras obtener las primeras impresiones sobre la disposición y naturaleza del conjunto monumental, con ojos admirativos y bien abiertos, y recibir las primeras explicaciones de mis acompañantes, atacamos la subida a la Pirámide del Sol, bajo los tórridos e inclementes rayos del astro rey, que apretaba duro, como si tratara de cobrarse un caloroso peaje, en pago de nuestro descarado propósito de hollar su sede terrenal.
Para alcanzar la cima de la pirámide, es preciso subir -escalar más bien- por unas empinadas, fatigosas e inacabables escaleras con peldaños de gran altura y escasa huella. No conté los escalones, pero eran muchos. Demasiados para mis pulmones, que al llegar al primer descanso -hay tres antes de llegar a la cumbre- ya me reclamaban una pausa para tomar resuello.
Alcanzada la segunda plataforma, todo mi cuerpo se hallaba completamente bañado en sudor, mis pulmones reclamaban oxígeno con urgencia, mientras  mi corazón cabalgaba desbocado, para tratar de escapar de su encierro, tras considerarlo, quizás, demasiado estrecho.
Mi fatiga era tan evidente, que me fue imposible justificar la pausa que necesitaba, con la excusa de detenernos para contemplar el panorama, taimado pretexto que ya utilicé al llegar a la primera plataforma.
El caso es, que los estragos que la dura escalinata hacían en mí, no se transmitían a mis acompañantes, más allá de la normal fatiga ocasionada al subir una larga escalera. Y esto me fastidiaba.
Pronto mis amigos me tranquilizaron al darme a conocer la posible causa. Aquello estaba a una altura de 2.300 metros. Ellos estaban aclimatados y yo, que vivo a nivel del mar, no.
En ese momento, la esposa de mi colega, apiadada de mi fatigada imagen, me ofreció su "piedra de la energía".
Ya había notado, al dejar el coche, que llevaba apretada, en su mano izquierda, una gruesa, brillante y casi transparente piedra, de talla irregular y color anaranjado que creí semi preciosa por su belleza.
Me explicó que la llevaba siempre que debía realizar algún esfuerzo continuado, ya que le aportaba la energía necesaria para evitar la fatiga. Su abuelo se la había regalado poco antes de morir.
Después me contó su historia: Sus abuelos fueron emigrantes chinos y ella era hija de china y mexicano. Debí suponerlo, sus rasgos raciales lo evidenciaban.
Una nueva revelación me dejó boquiabierto: El abuelo de la esposa de mi colega fue el cocinero personal de Doroteo Arango, alias Pancho Villa, y la "piedra de la energía" un regalo que Villa donó a su abuelo en pago de sus buenos servicios, antes de ocultar su fabuloso tesoro en alguna parte de las escarpaduras del Cerro Santa Cruz. El tesoro de Villa jamás se encontró, al menos que se sepa.
Mi innata e inagotable curiosidad me condujo a "tirar de la lengua" a Isabelita, nombre de la simpática semi china, para conseguir que me describiera alguna, o cuantas más pudiera, de las aventuras corridas por Pancho Villa, y escuchara de niña en boca de su abuelo. No es este el momento, pero ocasión habrá para narrar unas cuantas emocionantes anécdotas, todavía inéditas, del famoso revolucionario mexicano.
Pero al fin, llegamos a la cumbre de la enorme Pirámide del Sol, no sin antes haber agotado gran parte de la poca energía que me quedaba.
Tomé aliento y una mirada a mi alrededor bastó para alejar de mí cualquier señal de fatiga. Era un panorama indescriptible el que se abría ante mis pies desde lo alto de la gran pirámide. Al momento, sentí cómo su asombrosa contemplación me arrebataba de mi mundo actual, para trasladarme siglos atrás e imaginar a los cientos de miles de habitantes que vivieron allí su vida laborando, quizás peleando, tal vez amando.
O puede que aquel inmaterial sentimiento que me embargaba fuera producido por el aleteo de los espíritus de los incontables seres humanos fallecidos en aquella urbe inmensa, durante los diez siglos de su existencia.
Según me explicaron mis acompañantes, la ciudad de Teotihuacán fue fundada por tribus de otomíes y mazahuas unos 300 años a. C., después de que los dioses se reunieran allí para dar origen al Nahui Ollin, es decir, el Quinto Sol que alumbró la edad contemporánea.
Floreció durante los siglos IV y V, llegando a tener entre 100 mil a 200 mil habitantes. Una urbe inmensa a juzgar por los 22 km2 que componen la superficie de los restos de las edificaciones de la antigua ciudad.
Sin embargo, durante el siglo IX algo terrible tuvo que suceder, para que la ciudad fuese abandonada por sus habitantes y quedasen destruidos y quemados la mayor parte de sus edificios. Un insondable misterio, jamás revelado, guarda las causas que ocasionaron aquella horrible hecatombe. Pero créanme, todas sus dispersas piedras rezuman un fantasmal y pavoroso halo, que se cuela entre los visitantes y los envuelve, hasta hacerles sentir un indescriptible sentimiento de misteriosa inquietud.
Sobrecogido por las imprecisas, pero angustiosas, sensaciones recibidas, inicié el descenso de la pirámide con el suficiente cuidado, puesto que la inclinación de la escalera y la estrechez de sus peldaños, daban un claro riesgo de rodar por ellas y quedar bien maltrecho.
Hecho esto, trepamos por la Pirámide de la Luna, en el extremo de la Calzada de los Muertos, desde donde se obtiene un nuevo panorama de Teotihuacán. Ante nosotros y a nuestros pies, se sitúan las construcciones de la plaza de la Luna y se abre la Calzada al frente, perdiéndose en el horizonte y acompañada, a un lado y otro, por innumerables restos de edificaciones. Mucho más lejos, al final de ella, se adivinaba la Ciudadela y la bella pirámide de la Serpiente Emplumada.
Una potente y sabrosa comida mexicana puso broche de oro al paso de aquella inolvidable jornada. 


martes, 3 de enero de 2017

18.- Relatos, Fábulas y Leyendas

18.- MILAGRO EN BIZANCIO.



Las campanas de la bella e imponente basílica de Santa Sofía, en Constantinopla, daban sus últimos tañidos, antes de consumirse el tumultuoso siglo XIII, y el otrora poderoso e invencible Imperio Bizantino se debatía en un mar de penurias y deterioro, rodeado de amenazas.
Reinaba en Bizancio, desde el año 1282, el emperador Andrónico II Paleólogo, hombre inseguro de carácter débil y poseído de escaso talento político, aunque adornara su figura un profundo sentimiento religioso.
La endeble naturaleza de su temperamento propició que fuera su hijo Miguel quien manejara las riendas del gobierno del Imperio Bizantino, para desgracia de sus súbditos.
Era Miguel una persona disoluta, falaz, déspota y disipador. Amante de festines, orgías y bacanales, hizo que la situación del Imperio se fuera deteriorando día a día. El excesivo fasto, la mala administración, los gastos del ejército mercenario -la operatividad del ejército imperial había decaído hasta el extremo de necesitar la ayuda de mercenarios alanos para defender sus amenazadas fronteras-, y la rapiña de los invasores latinos durante las primeras cruzadas, habían dejado exhaustas las arcas imperiales.
El Imperio se veía amenazado por francos y tropas del Sacro Imperio Romano en sus límites occidentales. Por el norte, debían hacer frente a las frecuentes incursiones de temibles hordas de guerreros lantzauros y en oriente, los ejércitos otomanos del sultán Omar I cruzaban los desfiladeros de los Montes Tauro y amenazaban conquistar la península de Anatolia.
Para mayor desgracia, navíos venecianos, genoveses y pisanos se enseñorearon de los mares de aquella parte del Mediterráneo. Aprovecharon la debilidad de la marina imperial para, valiéndose de esa posición hegemónica, acaparar el comercio entre Oriente y Occidente y cobrar fuertes tributos a los mercantes imperiales.
Se comprende así que la moral de la ciudadanía no estuviera en su mayor nivel de confianza. Más aún cuando, al acercarse el final del siglo, una legión de visionarios se empeñara en predicar la llegada del fin del Mundo, en el mismo momento de producirse el tránsito.
Unos insólitos acontecimientos, que tuvieron lugar durante el año 1299, fueron tomados por los bizantinos como nefastos augurios, anunciadores de grandes y dolorosos males, durante el devenir del nuevo siglo.
Así, en la madrugada del día 5 de julio, la luna, que se hallaba en un avanzado cuarto creciente y aún brillaba por occidente sobre Constantinopla, la capital del Imperio, comenzó a oscurecerse y a las seis y media desapareció por completo del firmamento.
El extraño fenómeno mantuvo a la población amedrentada durante todo el día, y aunque al anochecer volvió a lucir como siempre y a recorrer su órbita acostumbrada, no fue suficiente para hacerles olvidar el desasosiego que sobrecogió el ánimo de las gentes al despuntar esa misma mañana.
Al día siguiente, a la misma hora de la madrugada anterior, un fuerte temblor sacudió la ciudad durante casi dos minutos. Muros y cimientos se resquebrajaron, al tiempo que se derrumbaba una gran cantidad de edificios. La población, ganada por un gran espanto, huía despavorida de sus inestables edificios, tratando de salvar la vida, sin que muchos lo lograran.
Eso no fue todo. Al cabo de una hora, las personas situadas en el alto de las murallas y otros sitios elevados vieron formarse en el horizonte del mar una gigantesca ola, que se movía con rapidez en dirección a la ciudad.
Por fortuna, un sacerdote de la corte, que oraba ante una imagen de la Virgen, en una estancia elevada del Palacio Blaquernae, la vio llegar. Tomó el milagroso icono de la Señora, llamada la Blachernitissa, lo asomó por un ventanal y gritó con todas sus fuerzas:
-¡Madre de Dios, sálvanos!
Y en ese instante, la enorme ola, que lamía ya las murallas y asomaba su agitaba espuma como diez varas por encima de ellas, quedó inmóvil un momento y, en seguida, se retiró mansamente sin producir daño alguno.
El milagro vino a engrosar una larga lista de portentos, atribuidos a esta imagen de Nuestra Señora.
El milagroso icono tiene relieve, está confeccionado con ceras coloreadas, embebidas de los Santos Óleos y amasadas con cenizas de los mártires del siglo VII.
A pesar del milagroso suceso, todo Bizancio quedó convencido de que el nuevo siglo XIV, aun sin ocurrir el fin del Mundo, vendría seguido de dolor, sufrimiento y muchas penalidades.
No andaban equivocados. El 27 de julio de 1302, el ejército bizantino, mandado por el heteriarca Mouzalon, se enfrentó al otomano, con el sultán Omar I a la cabeza, en la llanura de Bafea, entre Nicomedia y Nicea. Las tropas mercenarias de alanos, encuadradas en las filas bizantinas, desertaron pronto y los otomanos infringieron al resto del ejército bizantino una derrota total. Después asolaron los territorios griegos de Anatolia, hasta asomarse al estrecho del Bósforo y contemplar, codiciosos, la resplandeciente ciudad de Constantinopla, capital y corazón del Imperio Bizantino.
Viéndose perdido, Andrónico pidió ayuda al rey de Sicilia, Federico III, y este envió en su socorro a quince mil almogávares aragoneses y catalanes, mandados por un caballero de origen alemán llamado Rutger Blume -Roger de Flor-, que protagonizarían una heroica y legendaria  página de la Historia.
Pero ese es otro relato.


jueves, 29 de diciembre de 2016

17.- Relatos, Fábulas y Leyendas

17.- EL CAPITAL. O SEA, EL DINERO.




Ayer estuve en el Banco. Caducaba una imposición y el director me había llamado para decidir que se hacía con ella.
Conozco a este hombre de antiguo, ya que había sido mi asesor financiero en otra sucursal del mismo Banco, antes de que abrieran la oficina actual. Ahora era director de esta última
Es un hombre amable, culto y poseedor de fácil palabra, lo que, unido a nuestro dilatado trato, nos proporciona una larga y amena conversación en cada uno de los encuentros que nos es dado disfrutar.
Lo hallé preocupado, actitud poco habitual en él.
-La situación, Guillermo, no es de las mejores que se han vivido y no sé qué aconsejarte -dijo a modo de entrante, entre preocupado y entristecido.
-Bueno, ya sabes. Conmigo no necesitas discurrir mucho: Riesgo cero y el resto me da igual -contesté.
-Sí, sí, ya lo sé. Pero es que me da vergüenza presentar la miseria que te puedo ofrecer.
-Pues tú dirás. Pero no necesitas preocuparte demasiado -añadí- la semana pasada estuve en la oficina de la competencia, allí enfrente, y ya vengo aleccionado de miserias y estrecheces.
-Es que con el Banco Central Europeo marcando el interés del 0%, estamos sin ningún margen de maniobra. En renta fija, imposible llegar al 0,2%. Porque de renta variable no quieres oír ni hablar ¿eh?
-No, no. A mis años, mi horizonte se mide en semanas, no en años, ni siquiera en meses, así que nada a medio o largo plazo. Y, por otra parte, el poco dinero que tengo me ha costado demasiados sudores ganarlo, como para arriesgarlo en esa loca danza sube y baja de valores y fondos de inversión ¡Ni hablar!
-Claro, lo entiendo y no eres el único que piensa así. El caso es que, en estas condiciones, resulta difícil sacar el negocio adelante. Te supongo enterado de que hemos cerrado las otras dos oficinas que teníamos en este barrio. Y no es que no fueran rentables, ocurre que nos vemos obligados a reducir costos para mantener los márgenes, que la situación actual del mercado financiero nos impide obtener con la normal evolución del negocio.
-Pues tendréis que espabilar, porque así no vamos a ninguna parte. De este modo, os vais a quedar solos.
-Tengo la impresión -proseguí- de que habéis vivido demasiados años con muchas más facilidades que las necesarias para obtener el obligado progreso en cualquier empresa. Las épocas de vacas gordas relajan la creatividad y el necesario sentido de evolución entre los responsables de empujar hacia delante. No hace falta ser un artista en la gestión, las ganancias fluyen sin necesidad de un gran esfuerzo: todo vale. Y cuando llegan mal dadas se encuentran fofos de mente, acomodados y sin ideas imaginativas, ni capacidad para encontrar soluciones que resuelvan los retos de los nuevos y difíciles tiempos.
-Algo hay de eso, por desgracia. Pero insisto, el mayor problema reside en el bajo interés ofrecido por el BCE. -interviene mi amigo el bancario-  Claro, es una maniobra dirigida a reactivar la actividad económica, mediante un incremento del consumo. Aunque esto va en contra del ahorro y no sé si, al final, esta medida será tan beneficiosa como se espera.
-Bueno, hay algo más -digo yo- Se trata de aliviar a los Estados miembros de la Comunidad del tremendo peso de los intereses de sus voluminosas deudas. Supongo que pretenden crear una moratoria mientras los Estados van reduciendo su endeudamiento. Pero es evidente que esta situación no puede durar tanto tiempo como el necesario para esa reducción.
-Y tanto, porque si dura mucho lo vamos a pasar mal.
-Todos -añado- Recuerdo que nuestro profesor de Economía, D. José Domínguez Díaz, nos advertía, con gran énfasis y reiteración, que la inversión debía ser igual al ahorro. Nunca mayor. En caso contrario se caminaba hacia un seguro desastre.
-De acuerdo, pero hay que tener en cuenta el recurso del crédito, que complementa al ahorro y lo alarga, promoviendo un incremento en la actividad económica -recordó mi interlocutor, acercando el ascua a su sardina, como buen empleado de banca.
-Sí, claro. Pero D. José definía al crédito como el adelanto a un ahorro más, aunque sea aplazado y necesite ser planificado. Y le aplicaba la misma sentencia: si la planificación no se cumple y el ahorro aplazado no alcanza el valor del crédito suscrito, habrá el mismo seguro desastre que auguraba antes.
La conversación caminaba hacia una estéril tertulia de café. No lo fue al final, porque pronto dejamos este aburrido y triste tema, para entrar en consideraciones personales y de familia, siempre más entretenidas y amenas. Después, firmé lo que me propuso y salí de allí, lo confieso, un tanto compungido.
Y es que, tras lo hablado durante la anterior reflexión económica, obtenía una amarga conclusión:
Porque si el BCE propone unos intereses bajos, a fin de tirar del consumo para incrementar la actividad económica y ayudar a los Estados con grandes deudas, resulta que los bancos tiemblan, el ahorro se aminora y la inversión deberá acudir al crédito, lo que supone un aumento de la deuda, lo opuesto a lo que se desea.
Si, por el contrario, los intereses suben, el ahorro aumentará y las inversiones serán más sanas, pero los Estados verán agravada su enorme deuda al tener que atender el pago de unos altos intereses.
Tengo la impresión de que el ciudadano, en general, no aprecia la gravedad que supone el que un Estado mantenga una de esas deudas tan elevadas como las que se han generado en los últimos años. Sin embargo, hay una línea de no retorno que, cuando se alcanza, ningún Estado es capaz de salir del negro pozo en el que cae. Ni siquiera después de una condonación de la deuda. De esto hay multitud de ejemplos en todo el Mundo.
¿Por qué? Porque la raíz del problema es que se llega a esa situación por gastar más de lo que se gana y, además nadie está dispuesto a apretarse el cinturón y asumir el más mínimo sacrificio o "recorte". En estos casos, y por lo general, tampoco suele haber una autoridad moral para pedirlos.  

 ¿Sera que esto no tiene solución? Sí, yo tengo la mía, aunque no la voy a exponer aquí, a pesar de ser muy simple. Prefiero que cada lector piense la suya y la aplique en su entorno.

sábado, 10 de diciembre de 2016

16.- Relatos, Fábulas y Leyendas.

16.- LA NOUVELE CUISINE




 Hay algo que me sorprende en la llamada “alta” o “nueva” cocina, cocina de “autor”, o como quiera llamarse aquella que se elabora en esos estrellados lugares de culto gastronómico. No consigo entender la razón por la cual los chefs que la practican son tan populares. Sobre todo, en un tiempo en el que los ricos están tan mal vistos.
Sucede, y me parece una paradoja digna de estudio, que quienes se dedican a procurar, en exclusiva, el deleite a gente pudiente y adinerada -¿han tenido el privilegio de ver la astronómica nota, al final de alguna de sus largas minutas?-, gocen de la popularidad y la admiración de quienes jamás estarán en condición de catar dichos placeres.
No digo que no se lo merezcan. Solo expreso mi extrañeza por este hecho concreto.
Porque es algo que no suele producirse en otras actividades, ni tampoco durante las complejas relaciones sociales y económicas de la mayoría de los ciudadanos.
Argumentaba un buen amigo, engalanado éste con muchos años de experiencia en esa dura labor de pelearse con los fogones, que, en realidad, esos afamados chefs tratan de elevar la restauración a la categoría de arte. Cualquier manifestación artística es cara, aseguraba, y todas ellas han sido destinadas a personas capaces de poseerlas, gracias a su elevado nivel adquisitivo. Siempre ha sido así y así ha sido aceptado por la mayoría de las gentes en todo tiempo.
No había contemplado el fenómeno desde ese punto de vista, pero en seguida encontré una diferencia esencial entre este y cualquier otro testimonio artístico.
En efecto, raro será encontrar obras de arte al alcance del bolsillo del ciudadano medio, pero, en cambio, podrá gozar de ellas y contemplarlas, a bajo o nulo precio, en exposiciones, conciertos, proyecciones, reproducciones o representaciones.
Este arte culinario, en cambio, desaparecerá para siempre, engullido por su afortunado consumidor, y solo él gozará de las delicias creativas de los eminentes, encumbrados y exclusivos chefs que en el mundo son.
Me gustaría conocer la opinión de algún prestigioso sociólogo sobre este fenómeno social, aunque sospecho que puede estar relacionado por la inalcanzable ilusión milagrosa de obtener un acierto quinielístico, que nos lleve a este y otros consumos de creso establecido. O tal vez, nuestra admiración esté incrustada en nuestros genes, por tantas hambrunas ocurridas en el pasado.
Debo confesar que yo mismo sucumbí bajo el embrujo de estos sanctasanctórum del guiso, al visitar un famoso restaurante de tres estrellas. Se trataba de festejar una de esas celebraciones familiares de obligado "tirar la casa por la ventana". No lo pude resistir. Pido excusas.
La verdad es que salí satisfecho de aquel menú degustación, profuso, variado y de una exquisitez sin tacha. Gracias a una ceremoniosa presentación de un estirado cicerone, el comensal pudo conocer, de antemano, aquello que sería ingerido a continuación, obviándole el trabajo de tener que adivinarlo.
Pero si tanto el paladar, como el estómago, salieron agradecidos por aquella grata experiencia, no lo fue así mi bolsillo que, entristecido, se vio obligado a dejar sobre la mesa, amplio ara de las delicias consumidas, todo un sueldo antes de impuestos, y algo más.
Si me preguntaran en qué consistió el convite, me costaría mucho describirlo. En esencia, se trataba de servir una serie de alimentos conocidos, con su forma, color, textura y sabores modificados, hasta hacerlos desconocidos, todo ello adornado por una presentación original, colorista y armónica. Deconstruídos, creo que es el término que se emplea para definir el estado final de estos alimentos.
En efecto, aquello era puro, aunque efímero, arte.
No tardé, sin embargo, en proponerme una serie de preguntas a cual más crítica o insidiosa.
¿De verdad, merecía la pena todo aquel esfuerzo culinario por variar las cualidades iniciales de las viandas presentadas, ante el elevado costo producido?
¿No estaremos ante esa manía humana, tan afín a nuestra propia naturaleza, de complicarnos la existencia, cuanto más mejor y sin ninguna necesidad?
¿Cree alguno de mis pocos lectores que un simple plato de huevos fritos, con patatas y buen chorizo, necesita complicación alguna, para conseguir gozar de él, como un bendito en la Gloria?
¿Acaso tiene sentido "deconstruir" una de esas hermosas y sencillas tortillas de patata, culto y prez de propios y extraños, a todo lo largo y ancho de nuestra piel de toro?
¿O unos callos con morro y manitas de gulín?
¿O un rabo de toro, hecho como Dios manda?
¿O se les ha ocurrido alguna vez la necesidad de modificar en algo un generoso cocido -madrileño o no- con todos sus componentes y sacramentos?
¿Habrá mano sacrílega que se atreva a retocar unas ricas, sabrosas y completas fabes -alubias, pochas, mongetes o babarrunak- con denominación de origen?
¿Han tenido la suerte de gozar la cata de un besugo asado a la parrilla en Orio?
¿O un rodaballo recién pescado en Guetaria?
Y hablando de mar ¿han salido defraudados en alguna ocasión, tras consumir toda clase de manjares marinos propuestos en cualquier puerto de mar español?
O de montaña. ¿Han tenido el privilegio de echarse al coleto unas migas de pastor auténtico?
¿O una caldereta de cordero y caracoles?
¿Sigo? No, no puedo. La saliva brota ya incontenible de mi boca y riega mi camisa hasta cerca de la cintura. Además la lista se haría interminable.
Allá va, pues, la última pregunta: Habiendo tanto y tan rico manjar a precio asequible ¿se puede saber qué necesidad hay de complicar las cosas más de lo que ya son?

Me agradaría obtener alguna respuesta.

lunes, 26 de septiembre de 2016

15.- Relatos, Fábulas y Leyendas



15.- ¿JUVENTUD OBLIGATORIA?



Septuagenarios andarines.

No sé si a Vds., gente mayor como yo, les ocurre, o les ha ocurrido, lo que a mí. Durante todos mis años vividos de larga y trabajada vida, he ido adquiriendo experiencia y conocimientos como para llenar de valiosa información unos cuantos baúles de buen tamaño.
Uno acaba sintiéndose medio sabio, o sabio entero en ciertos casos. Pero desde ese preciso momento, nadie le hará el menor caso. Ni el más lerdo o ignorante. Nadie. Salvo que salgas mucho en los papeles o en TV.
Eres un viejo y tus ideas son viejas y obsoletas, impropias de una época que pide y necesita innovación, agilidad, audacia, agresividad y dinamismo: juventud, en suma.
¿El consejo del anciano? ¡Chorradas! ¿Quién lo necesita? ¿Quién necesita calma, reflexión, prudencia y sentido común? Nadie. Las cosas deben hacerse más rápidas que deprisa, en frenética galopada, hasta hacer de la vida una vorágine sin rumbo, para vivirla al día y lo mejor posible, o hasta imposible si fuera el caso.
Y los mayores harán bien en aceptar su jubilación y entretenerse en viajar con el IMSERSO, dedicar cierto tiempo al día a caminar, echar una partida al dominó, leer el diario local –no se olviden de las esquelas- asistir a algún evento cultural, ver la tele o quizás practicar deportes adecuados a la edad. No sirven para otra cosa.
Puede que se les permita realizar alguna actividad de carácter benéfico, con tal de que traten asuntos marginales, no productivos, en organizaciones benéficas sin ánimo de lucro, como oenegés humanitarias –no en todas, pues en la mayoría solo aceptan gente joven-, Cáritas, asistencia a desplazados, hospitales y cárceles, o cosas así. Nunca en la política ni en tareas ejecutivas.
Lo cierto es que la mayoría de nosotros, la gente mayor, aceptamos de buena –o forzada- gana el rol que la sociedad nos asigna. Y decididos a huir de ese infamante desdoro que supone ser viejo –término este que ha desaparecido del uso común del lenguaje, al ser sustituido por mil y un eufemismos-, trataremos, con auténtica dedicación y hasta desesperadamente, no parecerlo. Para ello, vestiremos ropa informal y juvenil de moda –mejor si el pantalón es corto-. Usaremos calzado deportivo –por supuesto-. Practicaremos algún deporte y hasta quizás baile “salsa” –o presumamos de hacerlo-, aunque a más de uno le cueste la vida zambullirse en tales excesos.
No hace mucho tiempo, me topé en la calle con un amigo –conocido, más bien, como diría Piqué-, tras varios años sin verle, ni tener noticias. Venía de “andar”.
-¡Caray, Guillermo, te encuentro fenomenal! ¡Hay que ver. El tiempo no pasa por ti! –exclamó, con admiración. Aunque en vez de caray pongan cualquier cosa que empiece por J.
-Sí, sí, por desgracia sí que pasa –contesté, a la vez que agradecía el cumplido-, aunque no me puedo quejar. Me conservo bien y todavía me siento joven…hasta que me miro en el espejo y me pregunto ¿quién demonios es ese?
-No, no, te encuentro muy bien. En serio ¿Haces mucho deporte?
-Ah, no. Desde que hice la mili no he vuelto a practicar deporte alguno.
-Pero andarás ¿no?
-Lo menos que puedo. Solo cuando el bus no me es útil o no me apetece sacar el coche.
Mi amigo, -conocido- que ya había empezado a mosquearse tras mi primera respuesta, estaba llegando a sospechar que le estaba tomando el pelo. Cualquiera, con solo contemplar su figura, sabría que andaba sobrado de razón para ello.
El hombre vestía una ajustada camiseta con algún símbolo deportivo y un ancho pantalón semi corto –o semi largo- lleno de bolsillos, de uso más propio en una expedición por las fuentes del Nilo, que para una caminata urbana, cuyo destino final no sería otro que una ronda chiquitera en los bares del barrio con rioja peleón o tal vez, según el día, con fresco txacolí del país
Calzaba enormes y policromadas deportivas, con seguridad de las más caras por la pinta, que, junto a una voluminosa barriga cervecera y txuletona, y las anchas perneras de su corto pantalón, hacían parecer a sus retorcidas y arqueadas piernecillas aún más raquíticas de lo que quizás fueran.
Pueden pensar que exagero. De ningún modo. Enfundada su cabeza bajo una gorra visera de un afamado equipo ciclista, representaba, mejor que nadie, la ridícula y hasta patética estampa de un septuagenario tratando de imitar la esbelta y ágil figura de un teenager.
Lo más sorprendente del caso es que en absoluto extrañaba a la mayoría del resto de los viandantes que en esos momentos circulaban a nuestro derredor.
Era yo, quizás, quien más llamaba la atención, al ir ataviado con prendas convencionales. Es decir: de las de siempre, de las de salir a la calle con un cierto decoro.
No quiero decir con esto que no pueda uno vestir como le apetezca, pero creo un deber de todo buen ciudadano evitar el injusto sufrimiento del resto de los transeúntes al provocar espectáculos de tan lamentable escasez estética como aquél. Aunque ya no sorprendan por lo frecuente.
Ajeno a mis aviesos pensamientos, él continuó:
-Hombre, realizar algún entrenamiento deportivo es bueno para mantener un aceptable estado físico y, sobre todo para el buen funcionamiento del corazón.
-Sí, tienes mucha razón, pero depende de la expectativa deportiva que tengas. Mi amigo Miguel, con 77 años, corre maratón y necesita mucho entreno, pero mi expectativa es mucho más modesta: caminar una hora seguida y correr los 10 metros lisos, como máximo.
-¡No me digas! -exclamó, con una sonrisa, seguro ya de que le estaba tomando el pelo.
-Eso creo, pues tampoco he vuelto a correr desde que hice la mili. Espero que todavía pueda aguantar durante esos 10 metros seguidos, porque no voy a correr más por nada del mundo. Y si aparece un toro desmandado me apartaré lo más que pueda y él verá lo que hace ¡Ah! -proseguí con mi malvada cháchara- Y del corazón, olvídate. A nuestra edad, hay que cuidarse de todo...menos del corazón. Es el único que te puede proporcionar una muerte rápida y limpia. Y hasta con un poco de suerte te la puede traer durmiendo. De este modo quizás consigas esquivar al probable cáncer, o alzheimer, que dicen nos acechará tras cumplir los 80. Al menos, eso aseguraba un famoso premio Nobel de Medicina. Además, ahorrarás así gastos a la Seguridad Social y molestias a la familia.
Tras esta última declaración, mi sufrido contertulio consideró que no merecía la pena seguir conversando. Tenía claro que yo no tenía remedio y que ya estaba bien la broma. Se despidió apresuradamente y marchó ligero, llevando en su mirada, legible sin necesidad de ser vidente, este -o muy parecido- pensamiento:
-¡Jo, con el tío este! Siempre fue un tipo raro, pero es que ahora está imposible.
En fin. No me sorprendió. No dejaba de ser uno de los inconvenientes de ir a contra corriente de las opiniones generalizadas del personal.
Pero volvamos al tema que nos ocupa: la necesaria y obligatoria “eterna juventud” para todas las personas que configuran la sociedad de nuestros días.
Queridos coetáneos: No se dejen engañar, pues por más que quieran convencerles, no es obligatorio ser joven. Y aún mucho menos someterse al duro quehacer de parecerlo. Vivan su añosa vida como más y mejor les pete, pero háganme el favor de no perder esa hermosa dignidad, que obtuvieron tras tantos años de buena labor, en favor de su propia familia y de la misma comunidad.
Tengan los jóvenes la viveza, frescura y empuje que les corresponde y los “mayores”, gastados ya, y hasta ajados quizás por tanto fruto como entregaron, el respeto que bien merecen.
Una cosa pueden tener por cierta: Jamás, oigan bien, jamás expondré mis piernas a su pública exhibición en la calle. Y eso que comparadas con las de mi amigo -conocido- podrían pasar por las del perfecto Apolo o las del bello Adonis.
Y aunque sea harto improbable que lea estas lineas, deseo pedir mis más sinceras disculpas a este anónimo amigo, por hacerle involuntario protagonista de mi tesis.